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Habitar la calle y con la luna alumbrarse

Habitar la calle y con la luna alumbrarse

Giovanna Rivero

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En mi pueblo, cuando era pueblo -antes de la modernidad tardía y de convertirse en ciudad-, había pocos mendigos. “En situación de calle”, me corrige alguien, porque decirlo de esa manera, subrayando lo circunstancial, deja abierta la posibilidad de que esa persona un día, con buenas políticas de estado, o mejor, con un golpe de suerte, cambie sus condiciones. Sin embargo, en este breve texto en el que reflexionaré en voz alta, quiero pronunciar la palabra “mendigo”, “mendiga”. Una palabra llena de desamparo, de antigüedad, de periferia. En inglés, la palabra es más material, apunta a un despojo específico: “homeless”, que en una traducción literal significa “sin techo”.

En mi pueblo, digo, había pocos mendigos tal vez porque, pese a que nadie era muy rico, el tejido social era eficiente, empático, y ese magma social era capaz de tenderles la mano a las personas al borde del abismo. Había, por supuesto, locos. El delirio siempre estuvo ahí, callejeando, cantando verdades. Y eran esas criaturas las que, habitando por fuera de la razón, habían encontrado en la calle un hábitat adecuado, sin límites. Tal vez no se alejaban del todo de la etimología de la palabra “mendigo”: se dice que proviene del término en latín “mendicus” y este, de “menda”, que se refiere a “defecto”. Y de allí, claro, llegamos a “enmendar” y “mendaz”, que denota alguien mentiroso o falaz.

Aventurándonos, entonces, a una elipsis tipo salto largo en el ámbito de la representación literaria y del imaginario popular, podríamos decir que el mendigo comparte con la figura del “pícaro” un perfil ambivalente. Por un lado, ambos se mueven en los riscos de la ley, tal vez sin llegar a romperla, pero sí desafiando su elasticidad. Por otro, ambos son hijos malamados de ese mismo estado-ley; por ello, en el arco narrativo que protagonizan, se niegan a someter su libertad, su dignidad, su psiquis, y se entregan, como en una larga inmolación, a la existencia en orfandad, creando lazos sociales hondos con criaturas de ‘menor rango’: perros, objetos, esquinas, árboles… y también con el lenguaje. Recordemos que la semilla de la palabra “pordiosero” es, precisamente, ese “por Dios” que el mendicante enuncia para persuadir al que pasa por su acera, que es su lugar de trabajo. El mendicante le vende una bienaventuranza y el que pasa se marcha con el alma más limpia que antes. Y es que ‘pordiosear’ involucra también una energía emocional capaz de completar la gran maquinaria de la producción que exige goce y sacrificio a partes iguales.

En 1994, el poeta chileno Enrique Lihn, por ejemplo, narró el folclor cívico del “Paseo Ahumada”, una avenida pensada para el consumo material, objetivo que se cumple, sí, pero desde el comercio informal de baratijas y la demanda suavemente implacable de los mendigos:

Su limosna es mi sueldo
Dios se lo pague
Un millón y medio de subempleados mendigos suscribirían el lema

(…)

Privilegiada la Volada, que estropajosa de niños forma con ellos un túmulo prefunerario, porque de ella es el reino de la Mendicidad
Privilegiados todo ellos porque de estos corderos está hecho el rebaño de los casos omisos

Si bien hay una ironía festiva en el breve retrato que Lihn hace de los mendigos –obligados a buscar en sí mismos talentos por los que el transeúnte pague unas monedas–, este ángulo es todo un acierto. Una mirada lastimera habría instalado la distancia, derribando el puente que estira Lihn para que nos acerquemos a las hermandades de la calle. ¿No es justamente lo contrario, ese quiebre ético, lo que la nueva arremetida eugenésica de esta administración parece querer?: que olvidemos que las mendigas y mendigos son tan sujetos políticos como cualquiera que tenga un techo seguro, que su situación económica es parte de un entramado complejo y perverso del que participamos todos.

¿Qué cosas conocerá de la calle, de sus piedras y callejones el mendigo? ¿Qué de cosas que al transeúnte apurado se le escapan? Alumbrándose con la luna, seguramente se le abrirán pliegues de la ciudad, como si de una ciudad encantada se tratara, que la civilizada luz diurna enceguece para los demás. Pero no es romantizar a esta población lo que quiero, sino acercarme, un poquito, un milímetro, a su ethos de la vida. Las representaciones literarias habilitan esa etnografía vicaria. Pienso, por ejemplo, en la novela Sumar(2018), de Diamela Eltit, en la que los vendedores ambulantes –que si bien no son mendigos, sí comparten con ellos la calle como hábitat, como medio de subsistencia–, reconociendo su lugar en una gran marcha civil que se ha organizado, declaran: “Somos cuerpos interdictos debido a la ilegalidad que nos han adjudicado”. Se sienten, en efecto, hastiados de ese margen y, cuerpo a cuerpo, van incrementando la energía cinética que los llevará hacia la Moneda, acarreando en sus hombros el encargo de la protesta.  En Sumar, la narradora reflexiona sobre la muchedumbre que marcha y a la que ella pertenece de un modo absoluto y casi espiritual, un modo anacrónico en esta era (cuando la idea de “pertenencia” está tan adulterada de fanatismos de barra): “nos acecha el estigma de portar unos rostros demacrados. Un tipo de sombra facial que se vuelve crónica ante la incertidumbre de lo que nos va a deparar el día”.

Y el día, con sus restos, con sus destinos cotidianos, tiene más de veinticuatro horas en el caminar de un país.

Estados Unidos, por ejemplo, que tanta pasión entrega en sus aventuras bélicas, no ha podido garantizar a sus propios soldados que todos tendrán un techo cuando regresen, si es que regresan, de las consecutivas guerras. Las estadísticas de veteranos que viven como “homeless” son vergonzosas. Si ni siquiera ellos, verdaderos “patriotas”, pueden contar con la benevolencia del estado, ¿a qué misericordia podrían aspirar los demás, los escupidos visceralmente por la parte más desalmada del capitalismo gringo? Todo lo contrario, en estos tiempos aciagos son vistos con la misma abyección con que se arrinconaba en los leprosarios a los que osaban enfermarse de esa antigua bacteria ‘pudrecarne’.  El plan apunta a relocalizarlos para que no contaminen los grandes centros urbanos con su presencia. ¿Será que, aunque les pese, ellos, los pordioseros del capitalismo, les recuerdan la parte inhumana del modelo? Sus cuerpos a la intemperie, o apenas protegidos por carpas que serán infiernos durante los veranos y membranas desnudas durante los inviernos, son testimonios vivos, acusaciones, recordatorios de que el dinero está monstruosamente distribuido –“distribuido”, claro, es solo un decir–, enquistándose en los patrimonios inconcebibles de una élite económica mundial.

Son testigos. Son flaneurs tercermundistas en el mal llamado “primer mundo”. Son excedentes. Pero también son ciudadanos. Y no lo digo con la connotación tan legalista que nos estamos viendo obligadas a manejar –¡muestre su certificado de nacimiento!–, sino en el ámbito de la legitimidad y la pertenencia. Como todos los que cierran con llave la puerta frontal de su casa, la persona indigente es un ciudadano que añora mejores días para su país, que tiene conciencia de sí en la rígida pirámide social, esto es, conciencia de clase, y cuya opinión política puede crecer como las voces que nos susurran secretos en sueños.

La novela de Guadalupe Nettel, El huésped (2006), también habla del mendigo en tanto sujeto irreductiblemente político. En el metro, los ciegos, liderados por “el Cacho”, piden limosna a la gente que baja a ese inframundo donde las clases sociales convergen. Tienen como ecosistemas naturales lugares donde la luz colapsa: lo subterráneo y los cementerios. Nettel subraya la potencia política de esos personajes asignándoles tareas subversivas, como las de llenar con excrementos los sobres de votación durante una jornada electoral, en una performance escatológica de incontenible indignación ante la corrupción sistémica.

El año 2014, el actor Richard Gere se disfrazó de vagabundo para comprender mejor al personaje que encarnaría luego en la película Time Out of Mind. Se instaló en las afueras de un Starbucks, en Nueva York, pero nadie le prestó atención. Un experimento similar había llevado a cabo el actor puertorriqueño, Luis Guzmán, el año 2012, mientras filmaba un documental para The Nimby Experience sobre la soledad de los desamparados. “Solo te tienes a ti mismo”, fue una de las conclusiones que sacó Guzmán después de pasar tres días como mendigo con un cartel que decía “Te veo, ¿tú me ves?”.  No, nadie lo veía. Mejor dicho, nadie quería verlo: el indigente es demasiado ostensivo, es una fisura innegable en la promesa de prosperidad, por lo que es mejor encapsularlo en la invisibilidad. Como a un zombi, se teme su mirada, su contacto; no sea que su tragedia contagie.

También Edipo Rey devino mendigo. Ciego, mientras deambulaba por reinos ajenos, el hombre conoció, sin embargo, la naturaleza más honda de su propia existencia, pues por fin pudo mirar hacia adentro y encarnar su destino, en toda la plenitud de su dolor y de su karma. Un karma, por cierto, político: la espiral endogámica del poder. Quizás eso es lo que teme la siniestra psicología pragmática de esta administración, que sus “homeless” desaten –desde el poder en latencia que también tienen– una imprevisible cadena de acontecimientos, que expongan como una gran llamarada un espejo colosal capaz de desvestir la sombra, la terrible sombra, de este país, en estos tiempos.

 

Foto de Nick Fewings en Unsplash

 

Giovanna Rivero (Bolivia). Es doctora en literatura hispanoamericana por la University of Florida. Es autora de los libros de cuentos Tierra fresca de su tumba (2020) y Para comerte mejor (2015), y de la novela 98 segundos sin sombra (2014), entre otros libros. Fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina” (2011). Académica independiente. Junto a Magela Baudoin y Mariana Ríos dirige Editorial Mantis. Coordina talleres de escritura y lectura online. https://giovannarivero.com/

 

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Posted: August 21, 2025 at 7:28 am

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