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La metáfora de Pasolini
COLUMN/COLUMNA

La metáfora de Pasolini

Ricardo López Si

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La Roma monumental, la que sobrevive al mito de la ciudad eterna, es señalada por sus propios vecinos como un decorado artificial. Un museo a cielo abierto que reivindica un pasado glorioso, consagrado a las hordas de turistas que se agolpan bajo la promesa de inmortalidad. La verdadera Roma, la de las barriadas, las laderas, las terrazas con la ropa extendida y las tabernas, está en la periferia. Más allá del Tíber.

Precisamente a esa Roma llegó desde Bolonia —el único punto de convergencia posible entre el norte y el sur de Italia—, en 1950, el poeta, escritor y cineasta heterodoxo Pier Paolo Pasolini, huyendo con su madre de un padre alcohólico y abusivo. De alguna manera, el haberse convertido en una víctima precoz se convirtió en la génesis de su filiación tan radical con la izquierda, la ideología política tradicionalmente vinculada con los desfavorecidos.

En su cuento «Muchacho y Trastevere» —enmarcado en el libro Ciudad de Dios—, en alusión al famoso barrio bohemio del otro lado del Tíber, Pasolini vuelca toda su fuerza narrativa para despojar a la ciudad de sus coronas de oropeles, descubriendo al mismo tiempo la otra Roma, la que nadie quería mirar: «¿Qué otra cosa puede contenerse en esa feroz guía turística que ha reducido Roma a una obsesión de Roma? Cosas acaso que, nosotros, la gente civilizada, somos incapaces de suponer. La porción utilitaria del Tíber… el itinerario utilitario de la barriada… Ah, el vendedor de castañas sabe algo de eso; sabe algo, pero permanecerá mudo como una tumba. Para comunicar la topografía de su vida, no debería formar parte de ella: pero ¿dónde acaba Trastevere y dónde empieza el muchacho?»

Para entender lo que despertaba en Pasolini la decadencia de la capital bien podríamos recurrir a la que para muchos ha sido la mejor película italiana de la historia: La Dolce Vita, del legendario Federico Fellini, una feroz crítica social sobre la vida nocturna de la alta burguesía romana, la cual contó con su participación como coguionista. Si bien Pasolini no aparece en los créditos oficiales, su labor fue decisiva en el retrato del entorno de la cinta, como lo había sido antes con las prostitutas de Las noches de Cabiria. No es difícil imaginar que la famosa escena de la orgía fue, en buena medida, su responsabilidad.

Plenamente instalado en Roma, aunque sin olvidarse de su amado Bolonia, el club de futbol de la ciudad que lo vio nacer en 1922, vivió su etapa más fértil como promotor de obras transgresoras que exudaban un gran desprecio por la cultura del consumo y los discursos hegemónicos. El futbol, banalizado por muchos de sus coetáneos, ocupó un lugar preponderante en su vida y obra literaria como motor creativo, porque lo consideraba, ante todo, «un sistema de signos, es decir, un lenguaje». Un lenguaje, además, interpretado por poetas y prosistas. No se limitaba a implicarse intelectualmente, sino también irracionalmente, como un devoto más en la cancha y en las gradas. Al respecto, dejó una frase especialmente reveladora: «Los deportistas están poco cultivados, y los hombres cultivados son poco deportistas. Yo soy una excepción».

Si bien es cierto que en su amplísimo corpus fílmico no existen demasiadas alusiones directas al futbol, no podemos olvidarnos del episodio que protagonizó, apenas unos meses antes de morir, junto a Bernardo Bertolucci, uno de sus alumnos más aventajados, durante un partido en una fría mañana de invierno en Parma, en el campo de la Cittadella. Un partido que, como dato anecdótico, contó con la participación de un tal Carlo Ancelotti, el hombre ilustre de la ceja levantada. Bertolucci, molesto por el desdén que Pasolini había mostrado respecto a El último tango en París, vio, supuestamente, la ocasión como una oportunidad inmejorable para cobrar viajes afrentas. O reconciliarse. Nadie lo sabe con certeza.

En la cancha se vieron las caras el equipo de rodaje de Saló o los 120 días de Sodoma y el de Novecento. La cita tuvo lugar un 16 de marzo de 1975, el día del cumpleaños 44 de Bertolucci. Pasolini saltó a la cancha con la camiseta del Bolonia, pero la suerte le volteó la espalda. El marcador terminó con un categórico 5-2, favorable al equipo de Novecento, en el que Bertolucci jugó un papel testimonial como animador y un esbozo de director técnico. Aquella ocasión sería la última vez que Pasolini, un extremo zurdo punzante durante sus años juveniles, disputó un partido de futbol organizado.

Existe una sentencia inapelable: todo artista se crea a partir de contradicciones. Y Pasolini, en ese sentido, no rompió la regla. Fue, al mismo tiempo, marxista, católico y homosexual. Siempre aspiró a encarnar la típica historia del burgués que busca la libertad auténtica en los bajos fondos y descampados. Unos descampados que, paradójicamente, terminarían de tajo con la leyenda de uno de los más grandes creadores contracultura del siglo XX, cuando murió brutalmente asesinado en las playa de Ostia, en la periferia romana que tantas veces buscó redimir. El crimen, a la fecha, sigue teniendo varios cabos sueltos. Lo que sabemos es que el cineasta recibió una salvaje paliza, para después ser arrollado por los neumáticos de su propio Alfa Romeo. El único responsable procesado fue Giuseppe Pino Pelosi, un adolescente del extrarradio a quien conoció en un bar frecuentado por chaperos. Según la versión de Pelosi, Pasolini habría intentando mantener relaciones sexuales con él, lo que desencadenó su furia. Para muchos, en realidad, se trató de un crimen político, concertado por las cúpulas de poder que se veían vulgarizadas por las agudas críticas del artista.

Sobre su legado, como anticipaba el periodista Carlos Marañón, el mejor homenaje posible lo hizo el cineasta Nanni Moretti, en su película Caro Diario. Al final del capítulo «En mi vespa», el propio Moretti se cuestiona por qué nunca había estado en el sitio en el que mataron a Pasolini, en un plano secuencia aderezado por la música de Keith Jarrett, hasta que alcanza y contempla el punto exacto donde se erige un modesto memorial en honor al cineasta boloñés, justo detrás de una portería de futbol.

No era difícil advertirlo. Su muerte cobró forma de metáfora. Poeta y futbolista amateur, a fin de cuentas.

 

Foto de Glen Carrie en Unsplash

 

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

 

 

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Posted: August 13, 2025 at 9:11 pm

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