Placeholder De Mi Corazón, Parte 8
Carlos Labbé
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Así como la tejedora detiene con su trama el filo doble del tiempo que vivimos al darle a alguien una bufanda que nunca ha de ser comprada y con eso detendrá el gasto del frío y de la intemperie, así como el zapatero mide exactamente el cuero de su tapilla contra el paso hacia la extinción al obsequiar un par suyo a quien quiera para evitarle que con su esfuerzo compre unas chancletas caras mediante las cuales no tocar el pavimento ora congelado ora hirviente y que todo le calce rápido o mullido según necesita, a la medida, así quiero en este evento que me es conmovedor ––porque es tuyo–– ser como tu tío que ha elegido esculpir en madera en vez de pintar de plástico, como tu tía mayor que decidió ser jardinera en vez de paisajista, como tu tía menor que de modista pasa a vestuarista y a sastre según la necesidad, como tu abuela la diseñadora que se ha hecho artesana de grutas y tu abuelo que fungió una temporada como arquitecto de políticas públicas pero lo suyo fue siempre bocetear al máximo detalle los nidos de los pájaros, hijo mío en este octavo cumpleaños tuyo, así he decidido ofrecerte a tus ocho un regalo que no se compre ni se venza tan rápido como los materiales irrompibles con que hasta hace poco jugabas, pelotas y autitos y muñecos: que mis palabras anotadas puedan contener lo que puedo no decirte porque no estamos juntos ahora mismo.
La otra vez me pediste en tu idioma: pon en la radio esa canción que me gusta, la del Kendrick Lamar. Puse «The Heart, Part 5» aunque sabía que me estaba equivocando y a propósito, para que me preguntaras cuántas partes acaso tiene el corazón del rapero aun si sabía también que esa pregunta viene de mi imaginación, pues tú nunca la harías, a lo mejor ibas a rectificarme: not this one, papa. You know it’s «Luther» that I want. Que sea como esa canción esto que te convido, como escuchan en tu curso al Kendrick y lo bailan y al mismo tiempo ojalá te quedes pensando en lo que te digo ––décadas más adelante o este mismo día ojalá––: qué estaba pasando que la tristeza tan profunda de mi papa con mi ausencia se volvió pasajera, relativa, transmutada en un intento de sublime para quien la recibiera si no era yo, que el canto de la SZA y el sampleo al Kendrick sea como una carta que empieza pero no termina cuando se vuelve el primer capítulo de una novela epistolar gruesa, como quien abre una piedra fósil cristalina con agua al centro y al hacerlo se desvanece en un parpadeo su líquido antehistórico; no hay dolor, no hay pérdida, no hay carencia durante el momento único de haber podido observar eso que no volverá a ocurrir. De ese modo quiero proponerte una respuesta a por qué no estoy contigo en tu cumpleaños: recordar es incordiar, es estirar la cuerda, es dejar un surco en el cordón umbilical; «recordar es vivir de nuevo», como dice la Andrea Belén. Claro que me acuerdo de cuando naciste y de lo que te seguiré contando entre tantas otras voces de esa madrugada brillante ––la sangre, el agotamiento de tu mamá, los gritos entre la gente ahí, tu silencio, mi nariz, tu baño––; es un recuerdo que ya tienes adquirido junto a todo lo que te narren del nacimiento, aunque digan que los bebés y los niños antes de los ocho no recuerdan nada.
El corazón tiene tantas partes como todas las oportunidades en que te preguntarás cuántas veces puede partirse una célula, mi hijito.
El corazón no es una célula, en cambio. El corazón no es asunto cerrado. El corazón no habla de lo único. No es celda. Ni siquiera está ahí para albergar emociones, ni palabras, ni para seguir expresando lo que uno quisiera que pueda ser llenado; lo que significa se relaciona con cuántas veces pueda ser aludido y su referencia se rebasa, es falta y es el colmo que siempre haya una nueva canción al respecto, que haya otra manera de decirlo cada vez, que no dejes de cambiar y que te vayas volviendo más alto, más grande, más perceptivo, más independiente como nos pasa a todos hasta que de súbito comenzamos lento el camino de regreso. I’m not your heart, me responderás con tu lengua.
Es que hay en el cuerpo un lugar por donde pasa toda la sangre: ese lugar es todo el cuerpo y no el corazón.
Es que hay un lugar en el cuerpo por donde no pasa nunca la sangre: ese lugar es el cuerpo como un todo y tampoco es el corazón.
Es que son cientos de miles los pedazos ––canciones, películas, libros, mensajitos, bailes, oficios, jugadas de fútbol, poemas, esculturas, jardines, camisas, grutas, nidos, cartas–– cuyo centro es un corazón herido, sangrador, pleno, rebosante, hecho añicos, sagrado, nuclear, bien guardado en el pecho para a veces convertirse también en coraza su misma víscera, en lenguaje del dolor que es fuente de todo lo que brota a la vez, hijo mío, hasta que se acaba este bolero nomás.
Es que son tantos los lugares en que hemos estado juntos, donde ojalá me veas y yo te veo siempre que te mires al espejo. Aun así, recuérdalo.
Es que el corazón es un hueco como cualquier otro, un pedazo que puede estar donde sea pero ya nos pusimos de acuerdo en que esté aquí, escucha, dame tu mano, ¿lo sientes? El dolor de pecho por tu ausencia es concreto. La madre de una familia que puede ser también tuya me dice que allá en el Ecuador sienten el corazón al centro del tórax; yo le quiero insistir casi con orgullo que en Chile está siempre a la izquierda y, cuando vamos a consultarlo juntos a la pantalla, que es igual a cualquier otro sistema circulatorio porque nos lleva lejos, me duele un poco el brazo de tomar tanto el teléfono para llamarte en vano. Del mismo modo quiero escribirte, porque me han dicho toda la vida que mis textos son en extremo cerebrales, como si al hacerlo no estirara de nuevo el músculo vivo de eso que va y viene. Sabes que mi obra no es en extremo cerebral, cuántas veces me viste llorar mientras me llevaba mis libros o cuando mis libros me llevaban a mí. Como el tema del corazón otra vez te digo: I wanna say thank you.

Carlos Labbé vive entre Machalí, Santiago, Brooklyn y Queens. Ha publicado diez novelas, entre ellas Pentagonal: incluidos tú y yo (primera novela en hipertexto latinoamericana, 2001), Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009), Piezas secretas contra el mundo (2014), La parvá (2015), Coreografías espirituales (2017), Viaje a Partagua (2021) y Riachuelo (2025), varias traducidas al inglés, turco y alemán. También es autor de las colecciones de cuentos Caracteres blancos (2010) y Cortas las pesadillas con alebrijes (2017), y del ensayo Por una pluralidad literaria chilena: el colectivo Juan Emar (2019). Formó parte de las bandas de rock pop Ex Fiesta y Tornasólidos, del colectivo Sangría Editora, y tiene cinco discos solistas disponibles en todas las plataformas. Ha sido guionista de los largometrajes Malta con huevo (2007) y El nombre (2016). Trabaja como traductor y editor bilingüe.
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Posted: April 16, 2026 at 8:52 pm







