Fiction
Pleasure Pier

Pleasure Pier

Raquel Abend

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Antonio abrió los ojos a las ocho y vio a su hijo dormido a su lado. Era la primera vez que el niño se quedaba en la nueva casa. Quería sentir alegría, pero estar con su hijo era confrontarse con sus deficiencias más básicas, todo lo que no era y no sabía hacer. Todavía se percibía a sí mismo como el complemento de la exesposa.

El impulso de manejar hasta la costa ese sábado en la mañana fue extraño. Nunca salía de Houston los fines de semana porque detestaba el tráfico y sus días libres solían ser los días libres de todos. La ciudad entera tomaba el auto y huía lejos de sus vidas. Antonio no. Antonio se escondía como un gato enrollado en medio de la mugre y de los quehaceres interminables y de los correos acumulados y de las facturas que el seguro debía cubrir y nunca cubrió. El goce que Antonio extraía como un jarabe de la miseria era lo que su analista llamaba jouissance.

Antonio avanzó los primeros cuarenta minutos a buena velocidad, pasando decenas de vallas a los lados de la autopista. INJURED? WIN WITH WILLY. CRIMINAL AND INMIGRANT? El hijo se quedó dormido en el asiento trasero del auto, con el pecho sostenido por el cinturón de seguridad y la cabeza torcida. El puño apretaba un tiranosaurio Rex desconchado con los dientes teñidos de naranja. No encontraron tráfico hasta llegar a Broadway, la avenida principal de Galveston, donde había un semáforo en cada cuadra y los autos tardaban en avanzar cuando aparecía la luz verde. Le gustaba tocar la corneta cuando pasaban más de tres segundos y el carro de enfrente no arrancaba. Su ex se molestaba porque decía que algún día alguien se bajaría con un arma y lo mataría. Texas, baby.

Manejar por Broadway era atravesar una ciudad que nunca terminó de construirse antes de ser abandonada. Muchas de las casas y negocios estaban deshabitados y se intercalaban por tiendas de repuestos de autos, antigüedades y souvenirs, bombas de gasolina, lugares para comprar y vender oro, iglesias de cultos religiosos con títulos demasiado largos como NUESTRA SEÑORA DE JESÚS Y EL CORAZÓN SANGRANTE DEL RESURRECTOR EN EL NUEVO MUNDO, cementerios que ocupaban cuadras enteras con lápidas de piedra horizontales y verticales, parques cerrados de plantas muertas y troncos chamuscados, y moteles con señales de neón apagadas. Entre las casitas medio derruidas de vez en cuando aparecía alguna mansión excéntrica inspirada en la arquitectura barroca francesa, pero con detalles marinos kitsch, como un vitral de sirena o una puerta en forma de timón. En todas las aceras las palmeras se mantenían firmes, acompañadas por banderas de Texas, postes de electricidad y faroles de principios del siglo veinte.

Antonio sentía paz en medio de tanta decadencia. Siguió hasta Pleasure Pier y después cruzó en una calle residencial para estacionar frente a una casa de madera pintada de amarillo y rosado. No estaba dispuesto a pagar cincuenta dólares por dejar el carro en el muelle. Despertó al hijo y le dijo que habían llegado a un lugar que le gustaría mucho, un lugar al que nunca había ido, un lugar para niños. El hijo medio dormido lo tomó la mano y con la otra se aferró al dinosaurio. El cielo estaba nublado, pero hacía calor. Por fin podían estar al aire libre sin tener que usar abrigo. Antonio todavía no entendía por qué la gente decía que en Houston no había invierno.

El Pleasure Pier fue un lugar recreativo para los soldados norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. En los años sesenta se convirtió en un centro de atracciones turístico. Desde entonces varios huracanes lo destruyeron y la ciudad de Galveston lo volvió a construir. Eso decía el cartel de la entrada, acompañado por un mapa y una foto en blanco y negro de barcos militares en los años cuarenta. A simple vista, el parque le recordó a Coney Island. Tenía ese mismo aire fantasmal de un lugar decaído congelado en el tiempo. La taquilla de boletos estaba cerrada. No abrían hasta las once.

El hijo estaba cansado y menos entusiasmado de lo que hubiera querido. Le propuso ir a desayunar para hacer tiempo. A cinco cuadras encontraron un café en la planta baja de una casa verde. Un par de hombres delgados fumaban en las escaleras de madera. Uno parecía tener al menos setenta años, sus pies arrugados y de uñas nácar estaban expuestos en sandalias de cuero gastado. El otro parecía su hijo, los rasgos del rostro finos y puntiagudos eran similares y tenía el mismo cabello largo y liso, pero en vez de blanco, negro. Saludaron a Antonio y a su hijo con amabilidad. Antonio se vio reflejado en ellos y sintió el vértigo del tiempo.

Adentro estaba medio vacío. Se sentaron junto a la ventana y vieron el menú plastificado que ya estaba en la mesa. El niño lo leyó con cuidado, guiándose por su índice a medida que saltaba de palabra en palabra. Antonio quería ver qué pediría ahora que la mamá no estaba ahí. Le ofreció ayuda, pero él respondió que quería un grilled cheese. Era una buena oportunidad para ganar puntos, así que ordenó lo mismo y un café. Cuando el mesero se fue, el hijo repitió grilled cheese enfatizando su perfecta pronunciación y después se rio. Antonio pensó que nunca renunciaría a su pronunciación hispana del inglés y volvió a sentir esa tristeza de cuando recordaba que su hijo no era latinoamericano. A pesar de tener más de una década en Houston, temía que entre ellos siempre hubiera una barrera irremediable. 

Los sánguches de queso derretido vinieron acompañados por un par de pepinillos rebanados. El hijo tomó los suyos y se los puso a Antonio sin decir nada. A él le causó ternura el gesto y se preguntó si debía decirle algo. Quizás era un momento ideal para explicarle que primero tendría que preguntarle si él los quería o que uno no debe ponerle o quitarle cosas a las comidas de los demás. ¿Qué haría la ex?  La ex le diría algo y por eso él no quería decir nada. O quizás la ex le permitía que hiciera eso y estaba mal acostumbrado. Él podría quitarle la mala costumbre. Mientras analizaba la situación, el hijo se devoró como una maquinita la concha del sánguche, dejando el resto intacto. Qué peculiar, Antonio tenía la impresión de que los niños odiaban el borde del pan. Después el hijo continuó con el resto, haciendo pausas para beber agua. Antonio se hacía muchas preguntas, pero se las tragaba todas con el café. Al final se comió el sánguche y los pepinos sin decir nada.

El café se fue llenando de veinteañeros. Parecían universitarios iguales a sus estudiantes, con audífonos y laptops, ropas que oscilaban entre la pijama, lo deportivo y lo hípster. Pedían lates verdes que parecían teteros de fórmula para niños grandes. Eso le parecieron de pronto, unos bebés alargados chupando leche con matcha. Se imaginó a su hijo siendo un universitario, vio sus rasgos y trató de proyectarlos en un veinteañero. Se sonrió y el niño, que ahora dibujaba un dinosaurio con unos creyones sobre una hoja que le dio el mesero, lo miró de vuelta sin sonreír. Antonio lo dejó tranquilo y terminó de beberse el café. No solo no sabía de qué conversar con el niño, sino que además era un hombre de pocas palabras. Al hijo no parecía molestarle estar callado. Quizás había salido a él y sus encuentros por el resto de la vida serían silenciosos.

La puerta volvió a abrirse y entró un payaso con un algodón de azúcar en la mano. Antonio vio la hora y se dio cuenta de que el parque ya estaba abierto. El hombre era alto y robusto, su traje rojo de lunares blancos le quedaba brincapozo. Fue directo a la caja y ordenó un americano para llevar, luego tiró el algodón en la basura. Antonio bajó la mirada cuando el payaso buscó dónde sentarse. Después les pasó a un lado y se echó en la mesa diagonal a ellos, dándoles la espalda. El hombre se quitó la peluca con gestos cansados y acalorados, descubriendo su cabeza calva. Antonio detalló su cuello grueso y arrugado por la gordura, después la forma del cráneo y las orejas sobresalientes. Le recordó a alguien. Su hijo soltó el creyón y le dijo que quería hacer pipí. Llevó al niño al baño y aprovechó para pagar la cuenta en la caja. Le devolvió los colores y las hojas blancas a la veinteañera que le cobró y se quedó el dibujo del dinosaurio.

Antonio volteó y el payaso se removía el maquillaje con una servilleta. La cara la tenía empastelada de blanco y una sombra roja le ensuciaba los labios gruesos. Se desabotonó el disfraz hasta el ombligo y bajo la tela apareció un pecho peludo y fofo. La misma chica llamó al hombre para entregarle su americano y él caminó con paso vencido hasta Antonio. El hijo salió del baño y Antonio le cerró la cremallera, le dijo que siempre debía revisar que todo estuviera en orden. El payaso se rio y le tocó el hombro a Antonio.

¿Pacheco?

 Antonio lo vio a los ojos y volvió a sentir que le recordaba a alguien.

¿Pachequito?

Él permaneció callado, no lo podía ubicar.

¿Del Don Bosco?, insistió el payaso.

Antonio detalló los rasgos del cuarentón e hizo el mismo ejercicio que con el hijo, pero al revés. Intentó imaginarlo de niño.

¿Cómo estás, hermanito?

El hombre lo abrazó y Antonio sintió el cuerpo blando contra su pecho. Quizás fueron compañeros de clase en la infancia. ¿Habrían sido amigos?

Hola, hermano, le respondió Antonio. Tanto tiempo.

No puedo creerlo, Pacheco. ¿Qué haces aquí?

Traje a mi hijo de paseo. Mira, aquí está.

El hijo se escondió detrás de las piernas largas de Antonio y no dijo nada. Antonio esperaba que el payaso se presentara, pero continuó sin decir su nombre.

¡Pacheco, papá y todo! ¿Quién lo imaginaría?

Sus compañeros del colegio lo llamaban así. Tenía sentido que se hubieran conocido en el Don Bosco. ¿En qué punto se cruzaron? Debieron ser muy jóvenes, la familia de Antonio se mudó de Cochabamba a La Paz cuando era adolescente.

Y tú, ¿trabajas en el parque?

Sí, titubeó. Bueno, no. ¡Pleasure Pier mi culo! Te explotan estos hijos de puta. Saben que uno necesita trabajo, ya sabes.

Antonio se puso nervioso anticipando por dónde se iría la conversación. Pensó en su ex gringa, en su ciudadanía americana, en su hijo nacido en Houston, en su puesto como profesor a tiempo completo en una universidad privada.

Sí, entiendo. Oye, pues, un gusto verte. Le prometí a mi hijo que lo llevaría al parque.

Ah, claro. Qué mierda que renuncié, Pacheco. Si no, los metería gratis. Lo que sea por ti, hermanito. Nos tenemos que cuidar las espaldas en el extranjero.

Antonio sonrió y en un impulso desesperado cargó a su hijo. Temía que el hombre quisiera intercambiar números de teléfono.

Despídete, mi amor.

El niño metió la cabeza en el cuello de Antonio y abrazó al dinosaurio.

Salió tímido como tú, Pacheco. Qué belleza.

Antonio le extendió la mano y se la apretó fuerte, confiando que alguna vez fueron buenos amigos.

Buena suerte, hermano, le dijo.

Caminaron de vuelta hacia la entrada del Pleasure Pier y Antonio sintió vértigo en el estómago al ver los payasos agrupados en la entrada del carrusel. Escuchó la melodía y miró la fila que se formaba para entrar a la tienda Bubba Gump Shrimp. El hijo observaba su alrededor en silencio, casi desmotivado.

¿Entramos?

El niño subió los hombros, sin responder.

Antonio sintió una leve desesperación. Volteó hacia la calle del café, dudó si regresar. Tampoco sabía qué podría hacer por el tipo. Además, quién carajo era.

¿Nos vamos a la casa?, le preguntó al hijo, ya de mal humor.

El niño se puso el dinosaurio en la oreja y permaneció en silencio, como si escuchara un secreto. Luego le susurró a Antonio.

Rex dice que te odia.

 

Foto de Lesli Whitecotton en Unsplash

 

Raquel Abend van Dalen es autora de las novelas Cuarto azul (2017), Andor (2013), del libro de cuentos La señora Varsovia (2020), y de tres poemarios. Tiene una maestría de la Universidad de Nueva York y un doctorado de la Universidad de Houston en Escritura Creativa en Español. Su nueva novela Las Mercedes, traducida por Lizzy Davis, será publicada por Graywolf Press.

 

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Posted: August 12, 2025 at 11:31 pm

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