Essay
El periodista deportivo
COLUMN/COLUMNA

Periodismo deportivo

Eduardo HuchĂ­n Sosa

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Tal vez el verdadero periodismo deportivo son los amigos que no hicimos en el camino

Hay momentos en que uso el deporte como terapia. No me refiero a que practique alguna actividad física para sobrellevar las situaciones de crisis, sino que, de vez en cuando, localizo algún video en YouTube, digamos el 7-1 de Alemania contra Brasil en el 2014 o la tanda de penales entre España y Marruecos en el 2022, en busca de consuelo. Cuando la experiencia lo amerita añado escenas de los aficionados –de los que perdieron, por supuesto– y secretamente me felicito por no haber sido español ni brasileño ese día específico. Debe de haber algún problema psicológico ahí que ni siquiera intentaré tratar, porque no voy a pagar por quitarme una perversión que no le hace mal a nadie.

Hay, por otro lado y para compensar, un puñado de imágenes deportivas que de repente toman mi memoria, incluso si estoy metido en asuntos del trabajo. Las más habituales son la de Harald Schumacher atajando los penales de Quirarte y Servín en el mundial de 1986, la de Hugo Sánchez presenciando desde la banca la eliminación de México frente a Bulgaria en Estados Unidos 1994, la de Bernardo Segura siendo despojado del oro en los olímpicos de Sídney 2000 y la de Maxi Rodríguez metiendo un golazo para dejar a México tendido en la cancha en Alemania 2006. Y debo reconocer que algunas de esas escenas son inseparables de otros recuerdos acaso más agradables: el tema de Emerson, Lake & Palmer que anunciaba el inicio de DeporTV, las voces de Menotti y Valdano en una mesa de análisis o Andrés Bustamante, en su papel del Hooligan, destruyendo con evidente regocijo una escenografía.

A lo que voy es que mi formación en materia de deportes ha dependido, casi en su totalidad, de los programas de José Ramón Fernández, en los que rara vez puedo decir qué vi en tiempo real y qué en retrospectiva. No es de extrañar, con esos antecedentes, que apenas enterado de que el comentarista había dado a la luz un segundo libro de memorias, saliera corriendo a conseguirlo. Un primer acercamiento a El protagonista (Grijalbo, 2026) lo hace ver como una mezcolanza de historia de vida y post de LinkedIn, cuyo tema principal son el ascenso, persistencia y caída del más exitoso periodista deportivo que ha habido en nuestro país. Una lectura más atenta deja en claro que el libro se vuelve de verdad interesante cuando adquiere el tono de un ajuste de cuentas con conocidos, adversarios, superiores, subalternos, hijos, aliados, discípulos, maledicentes y principalmente con David Faitelson, némesis del autor y el personaje que mejor encaja en casi todas las categorías antes mencionadas.

No voy a resumir acá los primeros años laborales de José Ramón ni el puntual recuento de los sucesos olímpicos y mundialistas que lo marcaron, desde Montreal 1976 hasta París 2024. Sería un desperdicio, sin embargo, pasar por alto un par de episodios que no dudaría en calificar de “épicos”: uno es su singular encuentro con Jorge Luis Borges en un local de comida durante Argentina 1978, que concluyó con un autógrafo del escritor en el mismo papel donde el periodista había anotado las alineaciones del funesto encuentro entre México y Alemania; el otro son las discusiones entre un ingeniero mexicano y tres soviéticos para poner en marcha un estropeado equipo de transmisión durante los juegos olímpicos de Moscú 80 (el mexicano lo hizo funcionar, para alivio de José Ramón y sorpresa de sus camaradas rojos, con una tremenda patada que denominó “un golpe técnico”).

A juzgar por las estadísticas, dos líneas narrativas pueden desprenderse del volumen: la serie que llamaré “de la amistad” y la que podríamos denominar “de Televisa” (las palabras “amigo” y “amistad” aparecen 64 veces en el libro y la palabra “Televisa”, 172). De hecho, si tuviera que unir ambos hilos en una misma sinopsis diría que: “Al tiempo que narra su incapacidad para hacer amigos en un ambiente marcado por la competencia feroz, las ambiciones personales y la falta de presupuesto, el periodista José Ramón Fernández reconoce en su lucha contra Televisa –una entidad casi lovecraftiana que ha devorado a sus excompañeros, buscado formas de sabotear su trabajo y corrompido el deporte nacional– la obsesión que le da sentido a su vida”.

Y es verdad, en primera instancia, porque desde Cicerón no había leído a nadie tan intrigado por la amistad y por diferenciarla de otras clases de vínculos. En muchas ocasiones, José Ramón habla de gente cercana pero lo hace para deslindarse de ella y esclarecer que compartir espacios, irse en coche juntos, acompañarse en un país extranjero, no hace a dos personas forzosamente amigas. No fue amigo de Orvañanos, asegura, incluso si laboraron diecinueve años hombro a hombro; tampoco tuvo amigos futbolistas y más de una vez se jacta de haber marcado distancia con entrenadores, dueños y directivos de cualquier disciplina. Su filosofía del desapego puede sintetizarse en una frase: “si eres muy amigo de los colaboradores, abusan de la amistad para tener concesiones”. Sin embargo, en breves atisbos de humanidad, reconoce la dicha que le proporciona llevarse con Andrés Bustamante y Víctor Trujillo y, dentro del medio periodístico, con Odín Ciani, en particular porque este último le salvó el pellejo cuando un trabajador de Televisa lo quiso agarrar a golpes en la entrada de un baño.

Y ya que entramos en terreno pantanoso. Al modo de las caricaturas de los ochenta (las de Imevisión, para más señas), José Ramón cuenta su pleito con Televisa como una lucha de larga duración en la que el héroe solo posee ingenio, entereza y algunos aliados chistosos para ganarle al villano abusivo. A menudo pinta a la alta cúpula de la empresa como un comité torpe y maligno que, tras ver cómo su plan se frustra una vez más, promete vengarse el próximo mundial o los siguientes juegos olímpicos. Su principal miedo, si puede llamarse miedo a esa paranoia que lo carcome la mayor parte del tiempo, es el poder que ha tenido la televisora para adueñarse de las almas de sus compañeros, a quienes les ha ofrecido sueldos tentadores o un papel más protagónico en sus programas. Con todo, el momento estelar de la saga es cuando, a mediados de los dosmiles, José Ramón Fernández y Emilio Azcárraga Jean se encuentran en una cena en Río de Janeiro. En el que prometía ser el duelo definitivo, o al menos el intercambio de pesadeces más impactante de la historia, el presidente de Televisa le hace algunas revelaciones. Le cuenta sobre sus colegas que anduvieron coqueteando con el diablo a sus espaldas y sobre las pugnas al interior de TV Azteca para reemplazarlo. “Nosotros somos tu competencia –le advierte en una frase digna de un final de temporada–, pero los verdaderos enemigos están dentro, así que cuídate”.

Cuando le toca retratar a las personas de su entorno –poderosas o no–, el periodista es lo suficientemente ambiguo como para dar la impresión ser honesto. Lanza sobre la misma gente opiniones negativas y positivas con apenas unos párrafos de distancia, y tiene mano maestra para imputarle a un tercero los peores comentarios acerca de alguien. La excepción a ese ejercicio de equilibrismo es un puñado de personalidades –como Valdano y Menotti– para quienes solo tiene elogios. Y, en el otro extremo, David Faitelson, que únicamente le despierta bajas pasiones.

“Se decía periodista, pero nunca lo fue”, afirma de su excompañero, al que ni siquiera le concede haber inventado la nota de “color” deportiva, que le atribuye más bien a Óscar Cadena. La acumulación de detalles en el caso particular de Faitelson deja en algunos casos de ser cómica para volverse de pena ajena, sobre todo cuando describe la época en la que el reportero le daba a diario un aventón. En un despliegue de mala leche o de precisión periodística, vaya uno a saber, José Ramón insiste en que el coche “no tenía placas y circulaba con permisos vencidos”, una condición que, según él, “reflejaba mucho de lo que era su dueño”. Y no conforme con eso, termina su historia añadiendo que “de los cinco días de la semana, los agentes de tránsito nos detenían al menos dos, y David les pagaba mordidas a los policías con cheques sin fondos”.

En fin que, más allá de los enconos particulares, la imagen duradera en este libro es la de un icono en su afán por reconstruir su legado. Un legado difícil de materializar porque está en los talentos que descubrió (y que quizás renieguen ahora de él), en los formatos televisivos que creó (y que ya se apropiaron otros), y en las negociaciones que encabezó para convencer a empresarios y altos directivos de la televisión (y de las que ni sus propios colaboradores tuvieron noticia). Se ha visto –se sigue viendo– como “un hombre que resuelve”. Y en su ranking personal de los once mejores periodistas deportivos de todos los tiempos, coloca su nombre al final de la lista. No sin disculparse por la falta de modestia.

 

Eduardo Huchín Sosa es escritor y editor literario de la revista Letras Libres. Sus libros más recientes son Calla y escucha. Ensayos sobre música: de Bach a los Beatles y La consagración de la maldita primavera. Escritos sobre música y libros.

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Posted: May 10, 2026 at 8:43 am

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