Essay
El padre, un relieve fantasmal
COLUMN/COLUMNA

El padre, un relieve fantasmal

Socorro Venegas

¿Buscamos al padre en la escritura para destruirlo?

Tal vez.

Pero antes hay un largo camino, un periplo colmado de asedios.

A propósito de la nueva edición de mi novela La noche será negra y blanca, que se publicará este otoño en España, me puse a releerla. Abro el manuscrito y el epígrafe es éste:

Mis escritos trataban de ti, no hacía más que depositar en ellos las quejas que no podía hacerte directamente, apoyado en tu pecho.

Era una despedida de ti, dilatada expresamente.

Franz Kafka, Carta al padre

Cuando elegí las palabras de Kafka como umbral para lo que necesitaba contar, quise atrapar el momento infinito del corte de caja. El saldo con el que nos despedimos de los padres. Escribía con rabia y dolor. También con ternura y compasión. Si no hay en estas páginas un tono dominante, quizás se deba a que buscaba sobrevolar la historia, abarcarla con una honestidad feroz, mostrar la construcción de un ser humano: una mujer, una hija, defendiéndose como puede de una memoria atroz, sobreviviendo. Pero también quería conocer y dar a conocer al niño que pudo ser mi padre. Otro sobreviviente.

En este viaje sobre mis pasos escriturales me he acompañado de algunos libros que me atrajeron por el poder de sus evocaciones, porque en sus páginas me sentí dentro de una caja enorme de resonancias. Se trata de dos preciosas ediciones colombianas: Sembré nísperos en la tumba de mi padre, de Johanna Barraza Tafur (Himpar editores) y Movimientos involuntarios, de Yulieth Mora Garzón (Animal extinto), ambas muy jóvenes autoras colombianas.

El poemario de Johanna recupera al padre alcohólico, asesinado, lo busca en las parcelas del alcohol, vedadas para una niña, pero no para la mujer que taladra con el lenguaje:

también guardé el retrato de ella

y al igual que tú

me emborracho en su cumpleaños

y en el tuyo,

en el mío lloro

por la ausencia

de tu llamada a medianoche.

Dicen que soy poeta,

te abro para escribir

pero no soy capaz de cerrarte

y decir adiós.

La incapacidad para despedirse se convierte en escritura. En otro poema deja correr la ira hacia el padre que llega a casa borracho, destruyendo todo a su paso, y lo envenena, lo castra, lo mata. “Crímenes perfectos”, escribe Johanna, “en mis pensamientos”. El exterminio de verdad lo ejecutará un criminal, y ese ajuste de no se sabe qué cuentas pendientes traerá la orfandad y abrirá el camino memorioso hacia ese hombre muerto, nunca lejano. La poeta que narra habla de una nueva vida en Buenos Aires, de la cocina en donde un accidente mínimo le deja una herida en un dedo, y allí de pronto jala el gatillo de lo inesperado para devolver todo al mismo sitio, al sagrado corazón del padre:

Esta herida es mía

pero la sangre es tuya,

fluye dentro de mí

como una vez yo fluí

de tu sexo.

Por otro lado, la delicada edición de Movimientos involuntarios, de Yulieth Mora Garzón, ofrece en la portada el inquietante grabado en relieve de una silueta masculina que se superpone a la imagen de tres niños que juegan, colgados de un poste vertical; sus posturas sugieren las contorsiones de los trapecistas del circo. ¿Habrá red para esos niños? ¿Ese hombre ausente, un relieve fantasmal, podrá sostenerlos? La respuesta hay que buscarla en este libro de relatos brevísimos, estampas y rememoraciones. Todo arranca en la infancia, el tiempo del daño. La madre se ha quedado sola con dos hijos y aunque el padre vive en la misma calle, con su otra familia, solo después de mucho tiempo la niña que narra se enterará de quién es ese hombre al que ha imaginado tantas veces.

Vi a un hombre y lo quise a través de un vidrio.

Lo vi desde mi ventana, al otro lado de la calle, haciendo las trenzas de su hija. Quise ser ella.

Quise un padre de pie junto a mí, superior a mí. Su concentración en la corona de mi cabeza. Quise su regaño. Vi a ese hombre y ahora lo detesto. Detesto ese mundo infantil al que la niñita lo ha confinado, detesto que ella se mueva para los lados y se fastidie del orden que intenta poner el padre en su cabeza, detesto su mueca de malestar, que dice: “Algo pasará”.

La necesidad de ponerle un dique a ese hombre fundamental. Su poder, su herencia contradictoria, su verdad. La amargura de encontrarlo y el amor desesperado que se le profesa. Y siempre la necesidad de contarle cómo es el mundo del que ha estado ausente. Destruirlo es aniquilarse un poco una misma.

La vida y las despedidas dilatadas.

-Foto de Jr Korpa en Unsplash

Socorro Venegas es escritora y editora. Ha publicado el libro de cuentos La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019),  las novelas Vestido de novia (Tusquets, 2014) y La noche será negra y blanca (Era, 2009); los libros de cuentos Todas las islas (UABJO, 2003), La muerte más blanca (ICM, 2000) y La risa de las azucenas(Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 y 2002).  Ha recibido el Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, Premio Nacional de Novela Ópera Prima “Carlos Fuentes”, Premio al Fomento de la Lectura de la Feria del Libro de León.  Es directora general de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. Su Twitter es @SocorroVenegas

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Posted: July 5, 2023 at 6:36 pm

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