Escribe como si estuviéramos en guerra
Carlos Labbé
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Ay, me responde una buena amistad que también se dedica a la literatura. Quién quiere leer en estos tiempos.
Trato de animarla con mi conversación: sólo seis personas. Pero son quienes mejor y más hábilmente han leído nunca tu libro. La literatura es llegar a reconocer quiénes son esas seis. Puede ser un centenar, pueden ser cientos de millones, pueden ser dos nada más pero cerrémoslo en seis personas. Lo que importa es que alguna vez podremos conocer a la séptima.
Me dice que le encanta ese razonamiento, ¿pero al final qué es eso de leer mejor y más hábilmente? ¿Viste la cantidad de autores varones que se están yendo y, con homenajes nacionales y todo, podrías acaso asegurar que son leídos?
No le respondo aún. Resulta que cada cierto tiempo yo dejo ir al autor varón, en virtud de que ambas nociones, la de ser varón y la de ser autor, no agregan sentido a la práctica de quien trabaja en esta vida cotidiana y se dedica a escribir, que es lo que quiero. Lo que varón y autor nombran como palabras pareciera no tener objeto ni sujeto sin su frase adjetiva. Por eso me tardo en escribirle de vuelta, ay. ¿Quien quiere escribir en estos tiempos?
Estas semanas debo dejar ir a Lobo Antúnez, el aristócrata Bryce, el McOndiano por antonomasia Sergio Gómez y el poeta siempre joven y siempre moral Germán Carrasco. A todos ellos los conocí personalmente en diferentes circunstancias de varones escritores; debo reconocer que de cada uno he leído apenas un solo libro y justamente no es ese que me dicen que yo debería leer para afinar mi perspectiva que se aleja tanto de ese varón y autor que soy —Mi nombre es legión, Un mundo para Julius, Vidas ejemplares, Calas.
Honro la literatura de cada uno de ellos porque no la leo como obra y no los leo. Honro el nombre que se hicieron escribiendo porque tuvieron la fortuna del lugar, las amistades y el tiempo correcto, así como cultivaron la persistencia en partes iguales, varón y autor. Los honro también porque por mi limitación humana se me hace imposible aprenderme los nombres de cada una de las cientos de miles de personas de a pie, junto a militares, periodistas y dirigentes, que son masacradas cada hora por enormes bombazos que iluminan en plena noche entre el humo y drones en las ciudades, los cultivos y los campamentos de esa región que antiguamente se llamaba el Masriq, hoy Medio Oriente, allá en la penúltima guerra santa del petróleo, en el África Oriental, así como en las barriadas de Caracas, La Habana, Guayaquil, Buenos Aires y Temuco un poco más cerca, igual que en los centros de confinamiento de inmigrantes aquí mismo hoy.
Que muera uno es muerte natural.
Que mueran dos es una desgracia.
Que mueran tres nos deja sin palabras.
Que mueran cuatro es la guerra.
Leer mejor y más hábilmente, estoy tentado a escribirle a mi buena amistad, es dedicarse a encontrarle significación a todas estas muertes sin tener que contarlas ni someterse a la ley del ojo por ojo, diente por diente, sino sostener el privilegio —que solía ser nada más el privilegio del varón, del autor, y ahora es, y momentáneamente, ahora es nada más el privilegio de vivir—, de poder sentarse a leer con lentitud esa ley, de reflexionar del ojo con el ojo, de conversar sobre eso con alguna buena amistad, de escribir algo largo al respecto, de disputar esa ley de intercambio sanguinario con mis propias palabras en mi propia sintaxis dentro de una ficción de que la muerte lejana de uno o de seis o de cien mil no sea el impuesto a pagar por estar vivo acá —tal vez la ficción de que alguien alguna vez pudo dejar de pagar ese impuesto de manera permanente.
Por eso, tal vez le respondería luego a mi amistad, conviene nada más escribir.
Escribir por estos días de lo que muere de manera pasajera, leve, con agilidad, divertida y volátil porque lo que así muere no está vivo y por eso no puede ser masacrado en masa para provocar un dolor inmenso. Porque lo que es absurdo no se presta para una venganza milenaria. Escribir en un mensaje electrónico —porque se desvanece— que viste que murió el fútbol marketing de Messi cuando se desenmascaró su ideología en palacio; que la música invitadora de Bad Bunny murió al permitir que el exitoso himno imperial “Die With a Smile” de Lady Gaga fuera el Caballo de Troya de su Caballo de Troya de reggaetón, Latin trap y salsa en el Super Bowl; que murió la rima callejera de Nicky Minaj cuando intentó ofrecerse como plataforma del hiphop negro al movimiento supremacista blanco; que Gloria Estefan encabezó el festival de Viña en Chile justo cuando la administración de ese Estado pasa de las manos de un falso discurso de justicia social a las de la meritocracia policial del mundo conservador apocalíptico, y que la Patagonia y que el Caribe y que la Amazonía arden, que Miléi y que María Corina y que Clau y que Lula y que Petro y que Noboa y que Bukele y que etcétera, etcétera, le escribiría a mi buena amistad para responderle que si son seis quienes leen como si no estuviéramos en guerra, se irán cayendo hasta que quede uno solo, varón y autor de todo lo que nos determina. Pero si una sola persona leyera con la urgencia de que no hay mañana para darle sentido a la solidaridad literaria, creo que seremos siete a fin de año, para las fiestas, cuando por fin podamos vernos y brindemos.
Foto de Yuri Efremov en Unsplash

Carlos Labbé vive entre Machalí, Santiago, Brooklyn y Queens. Ha publicado diez novelas, entre ellas Pentagonal: incluidos tú y yo (primera novela en hipertexto latinoamericana, 2001), Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009), Piezas secretas contra el mundo (2014), La parvá (2015), Coreografías espirituales (2017), Viaje a Partagua (2021) y Riachuelo (2025), varias traducidas al inglés, turco y alemán. También es autor de las colecciones de cuentos Caracteres blancos (2010) y Cortas las pesadillas con alebrijes (2017), y del ensayo Por una pluralidad literaria chilena: el colectivo Juan Emar (2019). Formó parte de las bandas de rock pop Ex Fiesta y Tornasólidos, del colectivo Sangría Editora, y tiene cinco discos solistas disponibles en todas las plataformas. Ha sido guionista de los largometrajes Malta con huevo (2007) y El nombre (2016). Trabaja como traductor y editor bilingüe.
©Editorial Literal. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Nuestros colaboradores y columnistas son los únicos responsables de las opiniones aquí expresadas, las cuales no necesariamente reflejan el punto de vista de esta revista o sus editores. Sin embargo, sí reafirmamos y apoyamos su derecho a expresar dichas opiniones con plena pluralidad.
Posted: March 13, 2026 at 5:52 am







