Essay
Atila en las fronteras del ensayo

Atila en las fronteras del ensayo

Malva Flores

Cuentan que Atila, el rey de los hunos, el “azote de Dios”, no era un hombre tan cruel como su propio deseo lo pintó. Amaba la poesía pero íntimamente despreciaba —como Genserico, el rey de los vándalos—, “el lujo de los vencidos”. Fue tal vez montado sobre Othar, a las puertas de Constantinopla, cuando pronunció la frase que todos recordamos: “Las estrellas caen, la tierra tiembla, yo soy el martillo del mundo y donde pone mi caballo los pies no vuelve a crecer la yerba”. Después de un cerco cruel y de la traición de algunos romanos a su emperador Teodosio, Atila arrebató a Constantinopla un tributo brutal para sus huestes. Teodosio era un pusilánime; Atila, una máquina de guerra: y como siempre en la guerra, una máquina que fue un negocio y aceleró el fin del imperio Romano. Todo imperio llega a su término. Lo sustituye otro, pero mientras esto sucede, las guerras intestinas son la gota que lo va minando.

El arte, ¿es, ha sido, un imperio? Sólo si lo concebimos desde fuera del arte: desde todas esas vagas pseudociencias que han querido domesticar su poder subversivo, acotándolo a categorías que no le son propias; como si poniendo un cerco de palabras alrededor del objeto artístico pudiéramos construir un corral adecuado para un borrego doméstico. El arte no es un borrego y siempre se ha saltado las trancas del corralito, pero preferimos encerrarlo a dejarnos arrebatar por su radical y peligrosa extrañeza, que nos obliga a pensar. Hay que domesticar a esa fiera, hay que volverla manipulable y la hemos querido someter, desde dentro, con el lenguaje. Ese “dentro”, parece un agente embozado, un romano sin su fe, aliado de los hunos.  Pero el arte no es un imperio, sino la forma más persuasiva de la libertad.

Cuando Alfonso Reyes consideró, hace ya muchos años, que el ensayo era “el centauro de los géneros”, nos hizo un guiño sobre lo que hoy llamamos hibridez, y que no es otra cosa que la unión no disparatada de uno o más seres literarios posibles: si el hombre y el caballo cabalgaban unidos en aquella prodigiosa creatura, los elementos del ensayo, como en un tubo de ensaye, se reunían para producir un nuevo elemento. Alquimia pura, el ensayo es esa forma que resulta de la unión de seres aparentemente disímbolos; unión que ya en su torre Montaigne concebía con un perfil menos dramático, más amable, dada su naturaleza de paseo. El ensayo era, entonces, un pasear entre las cosas y los siglos, entre las obras y los hombres. Era, también, una reflexión y una crítica sobre el hombre, el arte o la literatura, escrito desde la literatura. Era, es, otra de las formas de la creación.

No voy a hablar aquí de la historia, ya muy larga, del género; ni de las extrañas y, ociosas para mí, disquisiciones sobre si es realmente un género o no. Hacerlo implicaría dudar incluso de la existencia del mulo, ese caballo/burro que propició aquel hermoso poema de Lezama Lima —su “Rapsodia”—, que inicia diciéndonos: “Con que seguro paso el mulo en el abismo.” Así el ensayo. Sin embargo, como lo concebíamos, enfrenta hoy detractores múltiples, pues la especialización del conocimiento ha propiciado una serie de equívocos que se quieren científicos. La manía de la catalogación, de la taxonomía, ha alcanzado al ensayo, justo cuando era, de las formas, la más libre. Nos encontramos así con que ahora existen el ensayo académico, el ensayo literario y, entre ellos, una variedad absurda de nomenclaturas.

Nada me impresionó más que advertir, al participar como jurado de algunas becas literarias, que la categoría en la que yo había concursado muchos años atrás —ensayo—, ahora se llama “ensayo creativo”. Si hay un ensayo creativo, significa que hay cientos, miles (me dijeron las autoridades), que no lo son. La acotación pretendía dejar fuera al ensayo académico, las tesis y otros productos que tienen más citas que cuerpo, menos ideas que palabras. No abundaré más en ello y sólo diré que entre los escritores se ha verificado una lucha encarnizada para reclamar la titularidad del género. No sé en qué terminará esa disputa. Seguramente se talarán muchos árboles para demostrar la “legitimidad” de cualquiera de sus posturas. Aclaro que mi defensa de los árboles no quiere ser una expresión “políticamente correcta”, en favor de la “sustentabilidad”, pues quienes nos impusieron la corrección política como manera de explicar el mundo, nos obligaron a modificar nuestra visión de la realidad para así someter al pensamiento a la blandengue esfera del eufemismo, que no es peligroso, que es manipulable y que, no obstante, reclama con avidez sacrificios en su nombre. Así, una sombra recorre el campus: la de los profesores que, víctimas de un concepto alentado por ellos mismos —lo políticamente correcto—, han sido cercados por el monstruo que crearon y no son pocas las veces que injustamente se les lleva a juicio, con una absoluta falta de sentido común, por atentar contra las creencias de sus pupilos. Esto ha conducido a disposiciones “académicas” realmente asombrosas. En un programa de estudios hispanoamericanos en Estados Unidos, por ejemplo, los profesores deben advertir que algunas de las lecturas propuestas (El laberinto de la soledad, en el caso que conozco) pueden ser ofensivas para algunos estudiantes y, por lo tanto, su lectura no es obligatoria. No falta mucho para que El Quijote se prohíba y allá o acá, que un profesor le diga a un estudiante que su redacción es deficiente, puede costarle el empleo.

Esta censura sui generis oculta otro asunto que pocas veces se aborda en las distintas reflexiones sobre la materia: la perversa oficialización, homogeneización, del lenguaje crítico. A mediados del siglo pasado, el “pensamiento universitario” emergió como el único moralmente legítimo porque, se decía, era autónomo y no dependía de las circunstancias políticas o económicas: más bien debía incidir en ellas. Aunque las evidencias prueban lo contrario, la autonomía del pensamiento universitario es algo que se da por sentado: no se discute y las universidades son, en nuestro imaginario, las únicas depositarias del pensamiento crítico. Pero el lenguaje subversivo que las caracterizó durante la década de los sesenta fue expropiado por el camaleónico lenguaje oficial: nuestros ensayos son la prueba más contundente de lo que digo.

El ensayo es una de las formas más depuradas de la pasión escrita. No significa esto que su escritura deba olvidar el rigor de un estudio metódico o que, abusando de la vena lírica, el ensayo prescinda de la forzosa argumentación. El ensayo no es, tampoco, la acumulación inmoderada de citas que a nadie sorprenden y sí fatigan el alma de quien lee buscando algo que hemos olvidado: el entusiasmo. Somos nuestras palabras y no es difícil entender que la profundidad o la amplitud de nuestras pasiones o entusiasmos sean directamente proporcionales a nuestro lenguaje.

No podemos, yo no puedo, escribir sobre un asunto que no nos competa de manera personal. En cada una de las palabras que ensayamos existe ese elemento íntimo que nos conecta con lo que hacemos, así nuestro ensayo hable de las moscas, de la literatura, del futbol, la política o de las variadas formas de escribir un soneto. Hacer lo contrario es simular. Sólo si en el tubo de ensaye incluimos la sal y la pimienta de nuestras aversiones, deseos o admiraciones, podremos de allí obtener un elemento nuevo cuya único propósito será compartir una charla por escrito y hacernos pensar. Eso, finalmente, es la literatura. Una forma de leer el mundo. Una conversación que primero pasa por un soliloquio y luego, en su forma de ensayo, puede convertirse en un diálogo con el otro, aunque nunca lo conozcamos. Procurar ese diálogo, alcanzar la forma de la charla o el disenso, es, debe ser, labor del ensayo. Otra de sus tareas, y de la que dependen aquellas, es su legibilidad.

Pero en los tiempos que corren, el ensayo se ha visto asediado por una invasión que lo destruye: se cree que para evitar “el impresionismo” es necesario acudir a una terminología teórica adornada con jergas extraídas de un verdadero lenguaje autónomo: el de la filosofía. La filosofía y la literatura son lenguajes particulares que se cruzan y confluyen en el hombre. Sin embargo, los estudiosos de la literatura y en general de todas las mal llamadas ciencias sociales hemos creído que nuestros medios palidecen ante la exactitud del lenguaje científico. Desde la academia hemos pervertido al lenguaje literario sustituyéndolo por “metodologías” y un vocabulario ad hoc. En un caso aún más dramático confundimos nuestras metodologías con productos tecnológicos (“dispositivos”, según la terminología al uso). Y así como la tecnología no es el pensamiento científico, sino su aplicación, hemos dotado a nuestras vagas metodologías, que cambian según la moda, del supuesto poder de una tecnología para el uso de todos. Pero una tecnología no es un pensamiento.

El problema no estriba en la falta o existencia de un pensamiento teórico en el ensayo. Su pretendida ausencia es la razón que alegan los oficiantes para desestimar cualquier discusión literaria que no lo posea en forma de tecnicismos. Toda literatura es, en sí misma, el resultado de un pensamiento de tal naturaleza. Es absurdo creer que podemos acotarla a un vocabulario mínimo, a un pseudo razonamiento que, en realidad, es la pobre puesta en escena de una técnica pedagógica que se ha transformado en una burocracia del lenguaje. Esta burocracia ha colonizado todas las áreas de la actividad humana: ése es el poder de cualquier totalitarismo y con un lenguaje chato, romo, eunuco, nos han sometido. No nos damos cuenta y el ejemplo que sigue no es una exageración retórica. Es real, ocurrió y ocurre todos los días frente a nuestros ojos. Pero ya lo dijo Daniel Sada: “Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”.

Durante la pasada copa del mundo, un comentarista de Televisa empezó a discurrir sobre “la narrativa del corner” y pocos minutos después, ante la debacle del seleccionado nacional, exclamó: “es que no están sabiendo articularse”. Nadie advirtió ese giro del habla porque ése es ya nuestro lenguaje. Comentándolo, escribí en Twitter: “A la narrativa del corner debemos articular la narrativa del taco”. Fui retuiteada, aplaudida y comentada… por varias de las personas que, sin darse cuenta, utilizan a cada instante esas dos palabras —articular  y narrativa—, en su lenguaje cotidiano.

Cuando escribimos nuestros ensayos con el vocabulario sancionado por Conacyt, que en sus múltiples documentos oficiales sugiere atender los “saberes” para propiciar “la horizontalidad del discurso”, en realidad estamos siguiendo de rodillas las ideas dictadas por los organismos internacionales que decimos combatir porque son la expresión del sistema que nos sojuzga, burocratizando cualquier expresión de libertad: y olvidamos que la primera de ellas es el lenguaje. Es paradójico este mundo que dice respetar la diferencia y al mismo tiempo prohíbe y sataniza el discernimiento –que es la primera tarea del crítico–, la disensión y la variedad.

Blandiendo nuestras armas ideológicas —las palabras—, creemos que somos revolucionarios y conceptuales, pero nuestra crítica literaria es como el PRI: burocrático-institucional y profundamente corrupta porque transó con las modas, las “líneas de investigación” académica y los experimentos pedagógicos planteados por la UE, el Banco Mundial, la OCDE, etc. y, mansamente, nosotros buscamos nuestra línea, nos formamos atentos para recibir “estímulos a la productividad”; pero nos gusta pensar que estamos contribuyendo para el bien común, descalificando siglos de tradición crítica al sustituirla con el glosario técnico que nos han impuesto las instituciones.

Preocupado por la horizontalidad, la inclusión de las minorías, etcétera, el lenguaje del ensayo contemporáneo es, de hecho, un instrumento de segregación. Quienes lo escriben no hablan para que los individuos a quienes dicen incluir los entiendan; sino para un gremio que reclama sus cotos de poder y la ración presupuestaria correspondiente. Hablan entre ellos, se citan entre ellos y la pretendida “socialización del conocimiento” es sólo una etiqueta conveniente, que no amplía el conocimiento y se conforma con la uniformidad del habla. Así, es posible que un comentarista de futbol, un doctor en letras o un poeta hablen con el mismo lenguaje. ¿Necesitaría decir que, además de la religión, la mejor forma para colonizar ha sido el lenguaje? Las instituciones nos han convertido a su fe y, al mismo tiempo, nos han querido volver sus comisarios. Nuevos Torquemada, linchamos gustosos a quienes no profesen nuestra religión, aunque nuestra religión, decimos, tiene su base en el respeto de las diferencias.

En la crítica literaria ocurrieron transformaciones profundas después de la Segunda Guerra Mundial que hoy nos tienen –por lo menos en los países que somos satélites del pensamiento norteamericano, que a su vez se apropió del francés, alemán, etcétera– en un estado grave de postración  respecto de nuestras capacidades argumentativas. Hoy ya no somos capaces de imaginar o de pensar dos pasos más allá de nuestro marco teórico: deliberada o inconscientemente repensamos (repetimos) lo que otros dijeron y ese acto nos parece brillante. Creemos que el discurso es lo real; que la literatura sólo existe como documento y que nuestra función no es entender, compartir y transformar en otra, una experiencia estética, sino “problematizarla”, traducirla a un lenguaje que la traiciona: homogeneizarla.

Todo esto es grave, pero lo realmente trágico sucede cuando en un poema, o en una novela, literalmente, la voz lírica o un personaje repiensan. No es extraño que ello ocurra si desde la institución rectora de la cultura en este país, se plantearon las mismas políticas y el mismo lenguaje que usa el Conacyt. Se preguntarán, con toda razón, ¿acaso no existía un vocabulario privilegiado por la vieja historia de la literatura?, ¿no se usaban tecnicismos? La diferencia consiste en que un ensayista o un crítico los utilizaba como herramientas, pero no creía que esas voces sustituyeran al pensamiento crítico. Nos convertimos ya, como Theodore Rozack temía en 1968, en los hijos de la tecnocracia, definida por él como “la sociedad en la cual quienes gobiernan se justifican porque se remiten a los técnicos, los cuales, a su vez, se justifican porque remiten a formas científicas de pensamiento. Y más allá de la ciencia, ya no hay santo al qué encomendarse”. Pero la ciencia, no es la técnica.

Ya no construimos, arriesgamos, desarrollamos una idea: sólo podemos “articularla”, “formularla”, y con esas dos palabras simplificamos un mundo de relaciones. Es paradójico que entre los requisitos para la presentación de una tesis de grado se advierta que debe tratarse de una “investigación original”, cuando ya no creemos que los autores que estudiamos sean capaces de ningún rasgo distintivo, porque la originalidad está oficialmente desterrada: ahora, nuestros autores “reformulan”, “reconfiguran”, alguna idea previa. Ya no son el lobo que se come a los corderos: si son autores cuya obra nos produce simpatía, hacen “reapropiaciones”, “recontextualizaciones”, “engordamientos”. En el mundo del re, el plagio no debería asombrarnos: está inscrito en nuestras líneas de investigación, en nuestras preocupaciones estéticas y en nuestro lenguaje cotidiano. También lo premia el SNI, hasta que el niño se ahoga con las muchas palabras que se apropió de los otros y se vuelve un escándalo.

Para la academia todos los autores son un borrego adentro del corral, pero un borrego “paradigmático”. Ya no estudiamos la obra de un autor: la “trabajamos” y la convertimos en “emblemática”. No son más un ejemplo o un modelo: son un “paradigma que reformula y articula al mismo tiempo la ruptura de otros paradigmas”, y así explicamos lo mismo a Cervantes que a Joyce, que a Kafka, que a Aimé Césaire. Esa frase cree que refuta o condensa “teóricamente”, la discusión de Los hijos del limo, los ensayos de Eliot, y hasta al Harold Bloom de La angustia de las influencias, pero somos felices porque sin citar a los autores “hegemónicos” abreviamos, en una frase, un siglo de pensamiento.

Es curioso, pero nada ofrece el milagro de la individualidad, para aquellos preocupados por defender las identidades y las diferencias. Tal vez por ello nuestra crítica es una horizontalidad genérica e intercambiable. Hemos simplificado las enormes o sutiles diferencias que ocurren al interior del cuerpo literario, en “negociaciones entre prácticas” y creemos que no es necesario describirlas desde su compleja singularidad, sino reunirlas en el cajón de los “emplazamientos críticos”. Si yo escribo un ensayo sobre las distintas formas de actuar de un mismo escritor en Twitter o Facebook, mi trabajo puede ser calificado por la crítica como un “estudio de las prácticas intelectuales en el campo cultural”. Si, en vez de ello, me centro en el papel de Francisco A. de Icaza en España y su relación con Alfonso Reyes y los otros mexicanos exiliados, la crítica también podría decir que me he dedicado “al estudio de las prácticas intelectuales en el campo cultural”. Probablemente, mi crítico agregará el siglo, como si la demarcación temporal fuera el único incidente que los distanciara. Uno más avezado, tal vez advertiría algo que empata mis hipotéticos apuntes y entonces escribiría en su propio paper: “se trata de una revisión que repiensa y articula, desde la desterritorialidad, el empoderamiento de los marginales y su inserción en los grupos hegemónicos que detentan el campo cultural.” Si el ensayo es literatura, ¿de veras eso es la literatura? Hemos decidido que la literatura es un tema de estudio, una línea de investigación y no, una forma de comunión que intenta dar respuesta a las preguntas esenciales que nos incumben a todos. Teorizamos sobre el archivo en Reyes, pero no nos interesa el drama, que aún nos concierne, en Ifigenia cruel.

Nos encantan las palabras que terminan en al: “contextual”, “paradojal”, etcétera. Hoy, todo es pos, neo, des. Buscamos “desplazamientos”, “desapropiaciones”, “resignificaciones”, “autorreferencialidades”, “intermediaciones”, “desterritorializaciones”, “reproducciones de la singularidad”, pero ¿en verdad vemos la singularidad? ¿Realmente nos interesa la literatura? La literatura y el arte, así como la ciencia, no son “saberes”, ni son “tecnologías” y, sin embargo, constituyen lo único que nos redime como especie. Nos negamos a verlo porque creemos que ello nos excluye, cuando es lo que nos salva. Jubilosos en el dantesco infierno de la repetición sin esperanza, creemos que estamos ayudando a derrocar un imperio, sin ver que es ese mismo imperio, enmascarado, el que ya nos colonizó y somos sus agentes, sus misioneros cándidos, sus miopes comisarios que no vemos la contradicción que existe al traducir el mundo diverso que decimos ideológicamente defender con un manual de fórmulas y esquemas; con un glosario exiguo que, pensamos, dice por sí mismo, y con esas pocas voces —alentadas, difundidas y premiadas por la burocracia académica—, construimos el corral.

Imágen de Ernest Descals

Imagen de Ernest Descals

En las primeras páginas de El castillo, leemos: “Este pueblo es propiedad del castillo. Quien vive aquí o pernocta, vive en cierta manera en el castillo. Nadie puede hacerlo sin autorización del conde. Usted, sin embargo, o no posee esa autorización o al menos no la ha mostrado”. Entonces, K. se pregunta: “¿En qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí un castillo?” En la academia, esa pregunta está vedada. Vivimos en el castillo, acatamos las órdenes del conde y su burocracia, hablamos con las pocas palabras que están “calificadas” para “interpretar” y traducir el mundo. Nuestro trabajo ocurre en una fábrica: la fábrica de papers, que humea día y noche, y escupe —en serie—, las nuevas escrituras que descalifican y desprecian el trabajo “no autorizado”, independiente, de cualquier crítico artesano del lenguaje, porque la independencia, la autonomía del pensamiento, también están proscritos. Nada más peligroso para la burocracia que la crítica real, la que disiente y distingue. Para evitar ese peligro nos han convencido de una de sus normas centrales: no podemos prescindir de la burocracia pues “se funda en una preparación especializada, una división funcional del trabajo, y una constelación de actitudes metódicamente integradas. Si el funcionario deja de trabajar o si su trabajo sufre una interrupción forzosa, sobreviene el caos”. Esa es una de las razones, continúa Weber, que vuelve utópico creer en la posibilidad de eliminar a la burocracia.

En el reino de la burocracia, lo sabemos, ya no tenemos aura, y debemos arrasar con todos sus vestigios porque ellos nos hablan de lo que un día creímos y no queremos ver más en ese espejo que sólo nos refleja una montaña de huesos. Igual que el alienado, el niño o el salvaje, que destruye el reloj para encontrar el tic-tac, llevados por la benévola mano de las instituciones, hemos desmontado los lenguajes y tropos. Pero a diferencia de aquellos, no lo hemos hecho por curiosidad, sino alentados por el sistema que le teme a cualquier alegoría, siempre peligrosa. Así, nos ha enseñado a derribarlas y en nombre de su Dios tecnócrata quieren hacernos creer que de esa forma entendemos, que así explicamos, que “problematizamos” y con ello estamos colaborando para el bien común.

Somos nuestras palabras, nuestro lenguaje. Por eso, para la burocracia es forzoso uniformarlo, enrarecerlo y propagar ese nuevo misterio, esa nueva fe que anuncia: ¡por fin leemos desde otro lado!, aunque ese lado sea, y no nos demos cuenta, el de un bando oficial. La literatura, ¿es, ha sido, un imperio? No. Pero germina con la savia de lo diverso y es uno de los últimos reductos de la libertad. Hemos destruido todos sus mitos, todas sus metáforas. Hemos sitiado a la literatura y socavado el poder subversivo de la lengua. En lo alto, Atila nos observa montado sobre Othar, cuyos cascos de lumbre ya quemaron la hierba. En nuestra lengua está que vuelva a florecer.

malva3Malva Flores es poeta y ensayista. Su libro más reciente es La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy (Literal Publishing/ Conaculta, 2014). Es columnista de Literal. Twitter: @malvafg

 


Posted: December 14, 2015 at 11:17 pm

There are 4 comments for this article
  1. Rosalinda at 12:41 pm

    Qué chafa ¿ensayo?
    Sobre todo porque eso que “defiende” la autora no se cumple en su obra. La falta de ideas, los versos abstractos y sin sentido, así como los plagios velados son de las bases de su construcción. También me sorprende mucho este tipo de sentencia, mucho más en este tiempo: “No podemos, yo no puedo, escribir sobre un asunto que no nos competa de manera personal.”. Acaso no va directamente en contra de la supuesta idea de libertad que más abajo enmarca?
    Chafa y contradictorio.

    • Malva Flores at 2:07 pm

      Gracias por tu lectura, Rosalinda. Lamento que mi artículo te parezca “chafa”. Agradezco también que hayas leído mi “obra”, aunque consideres mis versos “abstractos y sin sentido”. Me conmueve tu generosa disposición a la lectura de trabajos que no te interesan.

      • Sandro Cohen at 12:05 pm

        Malva, mil gracias por enviarme la liga a tu ensayo. Me parece uno de los más brillantes y propósitivos que he leído en mucho tiempo. Creo que voy a dárselo a mis alumnos de la Universidad Autónoma Metropolitana como lectura obligada este trimestre. Gracias, de veras. Te lo dice un poeta y crítico que muchas veces se siente sitiado dentro de los muros de su propia academia, o un curioso agente doble que desde el ensayo busca rescatar a la poesía, esa princesa que han encerrado en su distante y fría torre de marfil de marcos teóricos, problematizaciones y recepciones que a mí siempre se me han negado, por fortuna.

    • Sandro Cohen at 11:55 am

      Estimada Rosalinda:

      Disiento de tus palabras. Este me parece uno de los ensayos más lúcidos, combativos y fértiles que he leído en mucho tiempo. Lamento que no hayas justificado ninguna de tus acusaciones. Si uno, como crítico, califica algo de positivo o negativo, debe decir dónde y por qué. La simple desalificación —o el simple elogio— no merece el calificativo de “crítica”. Su crítica, pues, no lo es.

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