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La gran visión en México e Italia

La gran visión en México e Italia

Mari Carmen Barrios Giordano

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El 2 de junio, mientras los mexicanos enfilaban hacia las urnas, en Italia se celebraba la Fiesta de la República, día festivo en el que se conmemora el referéndum de 1946 que instauró el estado italiano democrático de posguerra. Ese mismo día cerró en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México la exposición La gran visión italiana. Colección Farnesina curada por Achille Bonito Oliva y organizada por el servicio exterior italiano, conocido como “La Farnesina” por el edificio desde el que opera en Roma.

A quienes desconocen la historia moderna de Italia les sorprende la fuerza con la que empuña la mano el fascismo en pleno siglo XXI: la primera ministra, Giorgia Meloni, es la dirigente nacional de Fratelli d’Italia, un partido de extrema derecha que domina el escenario político desde hace 5 años. En su juventud activista, Meloni declaró que Benito Mussolini había sido el mejor político italiano del siglo. Aunque Fratelli d’Italia niega ser neofascista, es irrefutable la apelación “postfascista” que se comienza a utilizar en Europa para posiciones políticas como la suya: euroescéptica, islamófoba, conservadora, nacionalista y populista. Conozco bien ese discurso, pero no esperaba topármelo de cara en una dependencia pública del gobierno federal de México cuya dirigencia se proclama izquierdista, democrática y antineoliberal. Hoy, a algunos días de los comicios que extendieron el plazo de esa dirigencia, reconozco en la contradicción de este proyecto expositivo de la Secretaría de Cultura y el INBAL una metáfora perfecta para la función pública cultural de este sexenio.

El epíteto “fascista” viene de “fascio”, una unión de varas que en la antigua Etruria se utilizaba para sujetar una cabeza de hacha. Los romanos adoptaron los fasces etruscos como símbolo de poderío y Mussolini, fanático de las culturas antiguas, lo usó para nombrar su movimiento. La simbología y estética fascista enaltecía no sólo los fasces etruscos, sino las expresiones que imitaran o simularan las reliquias de aquellos pueblos antiguos que alguna vez poblaron la península italiana y a quienes Mussolini asoció siempre con el poder y la pureza racial. El “Palazzo della Farnesina” data de esa época; espacio enorme y hierático, a los servidores públicos que comenzaron a habitarlo a fines de los 50 les parecía excesivamente severo y comenzaron a coleccionar arte para vestir los insípidos corredores kilométricos al interior. Esa es la colección que en marzo de 2023 comenzó una gira mundial para llegar a presentarse al Museo de Arte Moderno del INBAL en febrero de 2024.

Al centro de la exposición se colocó El Etrusco, una escultura de Michelangelo Pistoletto. Erguido ante un espejo de cuerpo entero, el etrusco entogado extiende recto el brazo derecho hacia su propia imagen, en un saludo reconocible y por ello desconcertante. Mientras el público a mi alrededor se tomaba selfies en la superficie de cristal, a mí me agitaba la incómoda sugerencia de Pistoletto: ¿quién de los aquí reflejados reconocerá al fascista que lleva dentro? Sin duda nadie en la sala reconocía el trasfondo fascista del saludo romano, en gran parte porque los curadores decidieron no incluir ningún texto de sala: “Se invita al público a experimentar directamente estas obras sin rigidez académica, dejándose llevar por el flujo de la gran visión italiana.” La Grande Italia fue el nombre del proyecto imperial fascista que buscaba expandir las fronteras italianas hacia los Balcanes y la costa de África.

Hay referencias etruscas y romanas en por lo menos otras 7 obras de la exposición, no todas irónicas como El Etrusco de Pistoletto: algunas son tan ambiguas que no pude concluir nada en favor o en contra de su posible significado fascista. Otras, como CleoPatria del Luigi Ontani y Gesú de Enzo Cucchi, apelan al nacionalismo de modo evidente. Presentarlas ante un público italiano requeriría una interpretación obligada, pero para el público internacional —Japón, Singapur, India, Nueva York, México y próximamente Brasil— los funcionarios de diplomacia cultural italianos no pensaron que fuera necesaria una condena incontrovertible de esa ideología infame y, en cualquier caso, la dirección del INBAL no se las pidió.

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La falta de posicionamiento ante la simbología fascista me recordó el libro del divulgador antifascista Francesco Filippi, Mussolini también hizo cosas buenas. Las sandeces que siguen circulando sobre el fascismo. El trabajo de Filippi se dedica a esclarecer la relación entre la historia y la memoria colectiva de hechos recientes. En Italia, la memoria preservó una impresión positiva de la era fascista que nunca armonizó con la historia oficial, condenatoria de la tiranía de Mussolini. Al triunfar la resistencia y unirse a los Aliados, el pueblo italiano no tuvo que enfrentase a su rol de perpetradores de atrocidades como lo hicieron los alemanes, cuyo complejo de culpa hacia el pueblo judío hoy parece ilimitado. Muy al contrario, el complejo de culpa italiano es nulo y la sociedad que vilipendió hebreos transmutó en una que arremete contra musulmanes, afrodescendientes y foráneos de cualquier tipo. Para Filippi, confrontar ideas erróneas sobre la historia es poner en evidencia los procesos sociales que durante décadas enaltecieron a voz baja a un déspota y permitieron que la intolerancia y el fanatismo sobrevivieran.

También en México la memoria histórica ha sido sujeto de uso y abuso por parte de líderes políticos que dicen actuar en su nombre y en el de la justicia. Los esencialismos históricos se han utilizado para dividirnos y embobarnos, pero en el caso de servidores públicos en el sector cultural, parecería básico que estuvieran a la altura de los hechos históricos para así actuar como intérpretes responsables. Cuando el INBAL decidió emprender La gran visión italiana —un proyecto de diplomacia cultural extranjera que se recibió en un recinto público distinto al Museo de la Cancillería, destinado para ese tipo de proyectos— como un proyecto expositivo propio, aceptó compartir responsabilidad de su presentación pública en este país. El MAM no estuvo a la altura del cometido. No sólo faltan textos explicativos ante símbolos abiertamente fascistas como el águila imperial (en el video de Irene Dionisio, A Very Italian Palazzo) y el saludo romano, sino que el único retrato incluido es del curador italiano de la muestra (Ad Achille por Piero Pizzi Cannella). Jamás había atestiguado el nivel de desvergüenza necesario para que un curador colgara su propia figura entre las obras de una exposición bajo su nombre y de la timidez del recinto que no impide tal muestra de soberbia. Claramente, la directora de la institución, Natalia Pollak Bianchi, y su encargada de exposiciones, Erika Guadalupe Ruiz Vitela, no revisaron bien el contenido de la exposición o carecían de los conocimientos necesarios para actuar como intérpretes del mismo, y les faltó temple para negociar o imponerse sobre los intereses y las actitudes de sus asociados.

El 2 de junio, la primera mujer en dirigir el gobierno de su país celebró el nacimiento hace 78 años de una república instaurada en oposición a la ideología que ella profesa. Lustrosa y maquillada, Giorgia Meloni recibió las adulaciones esperadas para dirigentes nacionales bajo una llovizna que ensombreció la fiesta nacional. En esa fecha, los servidores públicos del MAM comenzaron a desmontar una exhibición que representa perfectamente la política de Meloni, quien sigue creyendo en una Italia poderosa y alabada mundialmente por la superioridad de su cultura. El servicio exterior italiano  emprendió esta gira como una muestra del poder blando de Italia a nivel global: no es de sorprenderse que la gira empezara en Japón y que no incluyera ningún país africano ni musulmán excepto la India islamófoba de Narendra Modi. En México, la exposición pasó 4 meses mostrando símbolos fascistas —quizás de modo irónico y crítico, pero quizás no— sin que nadie en el MAM, INBAL o la Secretaría chistara. La falta de críticas y contrapesos de parte del gobierno federal de izquierda parecería mostrar a Meloni en lo correcto: las instituciones culturales mexicanas que recibieron La gran visión italiana demostraron ser mediocres, serviles e incongruentes en sus posicionamientos públicos.

No es La gran visión italiana la peor exposición presentada en el Museo de Arte Moderno este 2024: ese premio ya se lo llevó una instalación de balones ponchados. Pero para mí fue la exposición que subrayó la hipocresía y tibieza bajo la que operan las instituciones públicas de este país con su actual mandatario, incapaces de condenar aun la ideología de derecha más vil, más odiosa, y más contraria a los ideales democráticos que dicen profesar: el fascismo.

 

*Cover image by Grazia Varisco

 

Mari Carmen Barrios Giordano es escritora, investigadora y una diletante atroz. Escribe crítica de arte y ensayos para ARTnews, Revista Cubo Blanco y Revista de la Universidad. Estudió historia y relaciones internacionales en Stanford University y el posgrado en historia del arte en la UNAM. Es especialista en museología y edición de textos para museos de arte. IG: @mcbg_barrios.

 

 

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Posted: July 23, 2024 at 2:12 am

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