Sofía Bassi: Una isla en el surrealismo
Christian Velázquez
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Cuando leemos o escuchamos hablar del movimiento surrealista encabezado por André Breton, particularmente en Francia, y de cómo sus brazos alcanzaron tierras mexicanas, tendemos a situar bajo este género avant-garde, surgido en 1924 y cuyo término fue acuñado por el poeta Guillaume Apollinaire, a las artistas plásticas Leonora Carrington (1917-2011), de origen británico pero nacionalizada mexicana; Remedios Varo (1908-1963), española naturalizada mexicana; María Izquierdo (1902-1955); Frida Kahlo (1907-1954) y Nahui Ollin (1893-1978). Aunque muchos críticos sostienen que la obra de esta última se acerca más al movimiento naïf.
Sin embargo, se ha dejado en el olvido a una importante pintora y escritora mexicana cuya presencia debería, creo yo, asociarse sin duda con las anteriores. Sus aportes a la plástica mexicana y al surrealismo universal reúnen la fuerza de las tempestades y el espectro de sus mundos interiores: un ejercicio de interiorismo llevado a la práctica. Su nombre es Sofía Bassi (1913-1998).
Como sabemos, esta corriente estética e intelectual pretendía representar lo espontáneo y lo inconsciente, sentando sus bases en el psicoanálisis de Freud. Breton publicó el primer manifiesto, donde definió el surrealismo como un “automatismo psíquico puro” al margen de todo control de la razón. En este sentido, el artista cuenta con total libertad expresiva, inspirado en el mundo onírico, que está fuera de cualquier orden moral, religioso o estético. Por ello, la imaginación convierte en real —o razonable— la lógica del absurdo. En el surrealismo, la imaginación no tiene límite y busca su riqueza en aquello que parecía infranqueable. Las cosas que nos rodean son susceptibles de integrarse a nuevos mundos después de haber sido permeadas con nuevos valores; el fondo y la forma cambian su discurso. Aparecen nuevos entes habitando estas civilizaciones reconstruidas, y el contexto que abraza la imagen —la composición creativa— surge en un lienzo mental amparado por el silencio, acompañado de una polifonía de signos.
Con una vasta obra plástica, Sofía Bassi —cuyo verdadero nombre era Sofía Celorio Mendoza— nació en Ciudad Mendoza, Veracruz. Tras casarse con Jean Franco Bassi vivió en Acapulco, Gro., donde, con una inclinación a la filosofía desde joven, practicó yoga y descubrió la pintura. Al principio llegó a ella como un entretenimiento; después, como un lenguaje personal, donde lienzo y colores funcionaron como códigos perceptibles solo desde el intelecto, mediante un ejercicio minucioso de otear en profundidad.
Bassi, al igual que las artistas arriba mencionadas, creó su propio mundo: un universo íntimo y misterioso sin ser un misterio, más bien enigmático. A través de su lenguaje plástico transitó por flujos de luz y color, anclados a seres oníricos surgidos de su mitología personal.

Sofía Bassi
Fotografía de
Kati Horna (1967).
Imagen cortesía de la Fundación Sofía Bassi.
A medida que pintaba —en una dinámica de ida y vuelta—, también desdibujó la fría barrera de la tinta, exponiéndola a la inteligencia de los sentidos. Todo esto surgía de una narrativa que nunca dice todo y deja algo por descubrir, por intuir, permitiendo que sus raíces se extiendan y se enraícen con las nuestras a manera de ejercicio sináptico, como se aprecia en algunas de sus obras. Todo esto es parte del pase de abordar hacia una cartografía secreta, que nos convierte en psiconautas interactuando en un rito de iniciación perceptiva originado en sus propias latitudes y cadencias.
Para el escritor mexicano Salvador Elizondo (1932-2006), quien en 1974 publicó Los Continentes del Sueño —traducido a cinco idiomas, donde narra la vida de la artista e integra 70 de sus obras—, las creaciones de Bassi se desarrollan en una atmósfera atemporal:
“Yo descubro en la pintura de Sofía Bassi una cualidad inquietante: que el paisaje transcurre al margen, no de un tiempo precisable, sino del tiempo en sí. Ella intuye un universo absolutamente intemporal. Esta es la primera fase de una operación mística de los sentidos […] Las ciudades que sueña Sofía Bassi están contenidas en estructuras de cierto espacio, que envuelven todos los elementos de su mundo en una interioridad automultiplicante, de tal manera que su mundo es siempre un mundo interior de sí mismo”.
La pintura de Sofía Bassi nos remite, como diría Paul Éluard, a descubrir los otros mundos que se encuentran en este: en nuestro interior, orbitando como aerolitos mentales donde habitan seres de otra naturaleza. Allí, símbolos y significados distintos a los habituales se entrelazan para orientar nuevos propósitos, que recaen sobre nuestro asombro incitándolo a expandirse y liberándolo de cualquier sometimiento. Con ello aparecen equilibrios perceptivos que nos invitan a asimilar su obra con naturalidad, es decir, a sintonizar con la realidad que perciben nuestros sentidos en un contexto casi liminal. La lucidez, sus formas y contenidos, se vuelven sujetos de escrutinio.
“Es preciso pensar que toda obra de arte es como una puerta”. —S. Bassi
La contemplación de la obra de esta pintora nos deja una rara sensación: como si saliéramos de un estado de quietud y, de súbito, fuéramos arrebatados por el vértigo de un vivir soñando, donde la conciencia mística equivaliera a querer alterarla y jugar con ella con cierto regocijo. Dada la preparación previa que sin duda realizaba para cada una de sus piezas, me inclino a pensar que en su obra el plano visual domina sobre el especulativo. La teoría es importante, sí, pero la satisfacción de la vista se impone: imagen e idea convergen en un diálogo que surge de hurgar en sus pasadizos secretos, legitimando así su trabajo artístico y llevando al observador de lo personal a lo colectivo.
Para Sofía Bassi, el arte era un elixir que deseaba beber hasta el final de su vida para no morir. Pintó paisajes con seres antropomórficos que habitaban continentes y ciudades perdidas de su geografía particular, llevándolos a composiciones poéticas con trazos suaves que parecen deslizarse sobre la metáfora, sin tensiones, como si esos mundos ya poseyeran cierta tangibilidad y solo esperaran ser trasladados al lienzo. Puede sentirse —sin temor a equivocarme— la apacibilidad que Bassi imprime en su obra; como decía Miller: “el encanto de un lugar donde uno se siente como en casa, liberado del mundo exterior”.
Su comprensión del arte y la pintura, como un vasto campo visual y retiniano donde se desarrolla un lenguaje plástico capaz de transmitir pensamiento y experiencias filosóficas de factura extima —fraguadas desde lo más íntimo—, revela el aspecto conceptual de su obra.
Una de las características visibles en su plástica es la figura del “huevo” o forma ovoide, símbolo del origen: la vida que llega tras el viaje del embrión. Doce años antes de su muerte por un ataque al corazón, diseñó y pintó en fibra de vidrio su obra Sarcófago de huevo, un huevo gigante y hueco donde, ex profeso, serían depositadas sus cenizas, como efectivamente ocurrió.
Bassi escribió:
“Sí, el embrión es mi incógnita. La forma ovoide se repite en mis cuadros de forma alucinante. Yo percibo el germen potencial que se encierra en el huevo como filtración del éxtasis de la creación en la substancia humana. El huevo es la memoria de los atavismos del hombre. Lleva el secreto de la vida y el misterio de la muerte. Nuestro planeta es un enorme huevo, quizás expulsado por el útero de una galaxia. El huevo es la semilla universal que busca las raíces de todo lo que existe. El huevo es el inicio, la previda, el mensaje del nacer en la conciencia cósmica.
El ojo es huevo luminoso que capta todo lo que se mueve en esta tercera dimensión, de la que ya vamos saliendo para entrar en una cuarta donde el hombre —quizá— tendrá más recursos etéreos”.
En la pintura de Bassi se aprecia una dupla de “ismos”: simbolismos y paralelismos respecto a otras artistas con quienes comparte el surrealismo y sus visitaciones. Todo converge en viajes oníricos: una vasta travesía nacida de su creatividad, imaginación y sensibilidad; como Jasón y los Argonautas, cada artista emprende su odisea hacia su propia Cólquide, buscando en lo profundo del subconsciente su vellocino de oro: su expresión y su lugar en el arte.
El surrealismo mexicano ha quedado, me parece, incompleto al no sumar a Bassi al listado de figuras que desfilaron por este movimiento, el cual también reunió escultores, poetas, dramaturgos, novelistas y cineastas. Su paso a las sombras se debe, sin duda, a la terrible experiencia que la marcó y coartó su viaje hacia la consagración, aunque en vida fue respetada tanto por artistas contemporáneos como por la intelectualidad de la época.
José Luis Cuevas se refirió a ella como “una pintora que realmente emociona”.

Sofía Bassi – Dream Journey (1970)
El incidente que causó gran polémica en los años sesenta —y del cual Bassi se autoculpó— fue el asesinato del conde italiano Cesare D’Acquarone, cuyo cuerpo apareció flotando el 2 de enero de 1966 en la alberca de su residencia. Bassi llamó a la policía para informar lo ocurrido y explicó que había disparado accidentalmente al conde mientras él le pedía el arma para mostrarle técnicas de caza.
Sin embargo, las pruebas apuntaron a algo distinto: el cuerpo presentaba cinco disparos, lo que condujo a la conclusión de asesinato.
Se dice que el crimen fue cometido por su hija Claire, al enterarse de presuntos abusos sexuales del conde hacia un familiar. Cuando Sofía descubrió la escena, decidió inculparse para protegerla.
La condena fue de once años, pero cumplió solo cinco gracias a la presión de artistas y medios. Cumplió su sentencia en la enfermería, donde recibía visitas sin inconvenientes y podía ingresar materiales para pintar.
Sus amigos —Cuevas, Gironella, Coronel y Corzas— consideraron injusta la condena y acudieron a la cárcel para pintar un mural como protesta. Gironella, inspirado en el martirio chino Leng Tche, pintó El Suplicio; Cuevas representó La Justicia con simbología quijotesca; Bassi pintó La Calumnia, expresión de su crisis emocional. Firmó sus obras con las iniciales “E. L. C.”: En La Cárcel.
El mural, pintado bajo temperaturas extremas, fue el primero en el mundo realizado “a cinco manos”. Tras la demolición de la cárcel, estuvo a punto de perderse, pero fue rescatado con técnicas italianas y trasladado al Palacio Municipal de Acapulco, donde se conserva.
Tras su liberación, Bassi llevó una vida discreta. Murió el 11 de septiembre de 1998 de un paro cardíaco.
Fue miembro del Comité Mundial de los Derechos Humanos, colaboró con la NASA y recibió en 1991 una medalla del Gobierno mexicano por su labor social. Escribió Bassi… prohibido pronunciar su nombre, que luego fue adaptado para televisión, además del documental Acapulco 68.
Expuso desde 1964 en México y Nueva York.
Publicó El color del aire (como María Sacramento), El hombre leyenda, Siete cuentos inciertos y otros.
La obra de Sofía Bassi, una de las representantes del surrealismo mexicano, detonó y nutrió múltiples foros, biografías, películas, conferencias, escenografías e ilustraciones. Fue objeto de ensayos y poemas de destacados intelectuales.
Así, la participación creativa de Bassi me parece fundamental para comprender plenamente el movimiento surrealista que, más allá de Europa, llegó a México para quedarse, filtrándose entre zonas creativas y sumando perspectivas como la que aquí se aborda. Debido a las contingencias que vivió, su nombre ha permanecido en el olvido, como una isla en el mar surrealista, cuando debería pertenecer a un vasto archipiélago.
“Princesa De Hada” Óleo Sobre Lienzo, Firmado, México, Fechado En 1978
Christian Velázquez. Es egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), ha incursionado en el periodismo como columnista y corresponsal, ha colaborado en revistas culturales como: revista Elementos de la Universidad Autónoma de Puebla, la Revista Archipiélago (UNAM), Algarabía, reportajes para la emblemática revista México Desconocido, suplementos culturales, entre otros, y un libro publicado: Ensayos a Contracorriente, por la editorial JustFiction.
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Posted: June 3, 2026 at 8:10 pm







