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Más de lo que puedo, menos de lo que quisiera

Más de lo que puedo, menos de lo que quisiera

Alejandra Gómez Trueba

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Prólogo

Al principio, quería escribir este libro solo para mis hijos. Quería que recordaran a su padre, que nunca olvidaran quién fue, cómo amó, cómo vivió y cómo, incluso en su partida, dejó una huella imborrable en nosotros. Con el paso del tiempo entendí que esta historia no debía quedarse solo en nuestra familia. Comprendí que lo que vivimos, por doloroso que fue, tenía una fuerza que podía tocar otras vidas. Mi esposo falleció, nuestra familia se quebró y, aun así, en medio de la oscuridad, aprendí tanto, que me resisto a dejar que todo este dolor se pierda en el silencio. Escribo estas páginas con la esperanza de que, si alguien allá afuera está atravesando su propio duelo, pueda encontrar aquí un pequeño refugio, una palabra que consuele, un eco que lo haga sentirse menos solo. Porque si algo me ha enseñado la muerte, es que el amor que sigue vivo también puede sanar.

En medio del dolor comencé a escribir porque necesitaba hacerlo. Porque el dolor, cuando no encuentra salida, se estanca y pesa. Porque hay momentos en la vida en los que una tiene que hablar, aunque le tiemble la voz. Al principio, pensé que escribir este libro sería una forma de sanar, de poner en palabras todo lo que me estaba rompiendo por dentro. Sin embargo, pronto entendí que no era solo para mí. Era para mis hijos, para que no olvidaran quién fue su padre. Y más allá de ellos, era también para quienes han atravesado una pérdida profunda y sienten que el dolor los mata. No tengo la poción mágica, pero tengo una historia, y creo con el alma que contarla puede acompañar a otros en su propio camino de duelo, cuando todo parece perdido y cada día cuesta el doble. Este libro nació del amor, del dolor y de la necesidad urgente de dar sentido a lo vivido. Así que te invito a que me acompañes y recorramos juntos esta historia donde descubriremos que incluso en las tormentas más terribles, siempre se esconde un rayo de sol.

Capítulo 1

Más de lo que puedo y menos de lo que quisiera, nos decíamos constantemente mi marido y yo. Más de lo que puedo amarte, menos de lo quisiera hacerlo. Más de lo que mi alma y mi cuerpo pueden expresar, menos de lo que quisiera que dijeran. Más de lo que puedo y menos de lo quisiera era una forma de confesarnos el gran amor que nos teníamos.

Mientras escribo estas líneas, veo el reflejo de un pequeño arcoíris en la pared. Es un día frío, aunque soleado, sin el menor atisbo de lluvia, pero aquí, en este rincón del mundo, se ha formado un arcoíris. Consito, en todo momento has encontrado la manera de hacerte presente. Solo nos faltó tiempo, siempre nos faltará tiempo.

Constancio Salazar Jiménez, lo único que no me gustaba de ti era tu nombre. Mientras lo pienso, me causa gracia la resistencia que puse ante ti cuando nos conocimos. Incluso tu nombre me disgustaba. Todo el mundo te llamaba Cons, pero para mí, serías Consito y para ti, yo no sería Alejandra sino Alita. A la distancia, se escucharía como un par de sobrenombres cursis, pero para nosotros, sería una manera única de llamarnos el uno al otro. Tan única como sería para mí la experiencia de haberte conocido.

Nunca imaginé sentarme a escribir mi historia de amor con Cons, pese a que, en muchas ocasiones, tras contarla juntos, en reuniones, frente a amigos y a veces hasta frente a uno que otro desconocido, la escucharan con entusiasmo. En varias ocasiones, recibimos la misma alegre observación: su historia es como para escribirla en un libro. Recuerdo claramente lo bien que me sentía en aquellos momentos, esos comentarios me ayudaban a reafirmar lo que yo ya sentía: estaba casada con el hombre y el amor de mi vida.

Se escucha obvio y fácil, pero en realidad no lo es. Mucha gente logra casarse con el hombre de su vida, pero esa persona está lejos de ser el amor de su vida, lo que hace que esa relación no perdure o no alcance su máximo potencial, o viceversa, cuántas personas se casan con el amor de su vida, aunque en el fondo nunca lleguen a estar felices y satisfechos con él. ¿Qué sé yo? ¡Realmente nada! Esto del amor no es un tema fácil y yo no soy ninguna experta en la materia, pero lo que sí puedo afirmar y compartir es que, efectivamente, yo tuve la gran fortuna de estar casada por veinte años con el gran amor de mi vida y con el hombre de mi vida. Tuve a ambos en la misma persona: Constancio, mi adorado Consito.

No sé si realmente sea una historia tan maravillosa, menos aún sé si será de interés público, pero cuando Cons y yo la contábamos juntos, al ser tan especial para nosotros, se nos iba el corazón entero platicándola y eso enganchaba a la gente. Esa es la razón por la que estoy escribiéndola, para que esta historia de amor que, para mí es perfecta de principio a fin, sea recordada por mis maravillosos hijos: Andrés, Rodrigo y Alonso. Es valioso que quede escrita para que el día de mañana ellos puedan contársela a sus hijos y a sus nietos, y todos sepan que esta familia está edificada y consolidada sobre el amor, el más puro y verdadero que yo haya conocido.

Mientras les narre esta historia, podrán darse cuenta de la gran persona que era mi esposo y lo especial que fue para todo aquel que lo conoció. Una persona que era muy fácil de querer y muy difícil de olvidar. No solo por lo distintivo de su nombre, Constancio, sino por esa forma tan suya de dejar huella en todo aquel que se cruzaba por su camino. Tenía una magia muy particular con la que la gente se enganchaba fácilmente. Sabía cómo hacer sentir especial a cada uno. ¡Dominaba el arte de ser recordado, supo cómo trascender y vaya que lo hizo!

Mi historia comienza con un encuentro inesperado, pero con la certeza de que hay cosas que, por más que lo intentes, son inevitables. Tanto las cosas bellas como las desagradables tienen una razón de ser.

Conocí a mi esposo cuando yo tenía dieciocho años y él diecinueve. Una noche, salimos a bailar mi prima Andrea, Cristi, mi amiga, y Ramón, su novio, con un numeroso grupo de amigos. Sin embargo, no todos nos conocíamos entre sí. Aquella noche éramos tantas las personas reunidas que era difícil distinguir quién realmente formaba parte del grupo. Mientras esperábamos afuera de la discoteca, para que nos dejaran entrar, Cons me vio de espaldas. No me había visto aún la cara, no sabía mi nombre ni que formábamos parte del mismo grupo de amigos que se había reunido para salir, lo único que podía distinguir de mí era el cabello. Entonces, narraba mi marido, al verme, le dijo a Pato, un amigo suyo: con esos chinos me voy a casar. Entre risas, él se volteó y le contestó: ¿Estás loco? Cuando ella se gire, verás que tiene tres hileras de dientes y cinco ojos. ¿No la conoces y estás diciendo que te vas a casar con ella? Te lo estoy diciendo en serio, con esos chinos me voy a casar, contestó Cons, muy seguro de sí mismo.

©️ Alejandra Gómez Trueba

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 Alejandra Gómez Trueba es licenciada en Relaciones Industriales por la Universidad Iberoamericana y cuenta con más de quince años de trayectoria en el ámbito corporativo, donde ocupó posiciones directivas en Recursos Humanos para México y Latinoamérica dentro de empresas transnacionales.
Nacida en la Ciudad de México y madre de tres hijos, Alejandra vivió una historia de amor profunda y luminosa que se vio atravesada por una pérdida que lo cambió todo. Fue entonces cuando comprendió que hay historias que, si no se dicen, se quedan atrapadas en el cuerpo.
Actualmente se encuentra concluyendo la carrera de Psicología, motivada por la urgencia de acompañar amorosamente a otros que han tenido que aprender a vivir con una ausencia demasiado grande. Más de lo que puedo, menos de lo que quisiera es su primera obra.

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Posted: February 28, 2026 at 10:31 pm

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