Razones de mi simpatía
Pablo Majluf
Muchos lectores a menudo me preguntan cómo es que, siendo de origen libanés, simpatizo en términos generales—aunque nunca sin críticas particulares— con Israel y en contra de sus enemigos regionales y globales. ¿Qué no se supone que Líbano e Israel son fundamentalmente enemigos? ¿Qué no se supone que un descendiente de libaneses debería estar con sus hermanos “árabes” aunque ése sólo sea un grupo lingüístico y de hecho haya judíos árabes?
Hay algunas razones que me gustaría esbozar brevemente, pues más allá de lo personal pienso que mi mirada tiene cierto eco.
La primera es que mis abuelos fueron cristianos maronitas y, como todos los libaneses, llegaron a México huyendo de los musulmanes. Concretamente del Imperio Otomano que obligaba a los hombres a convertirse e ir a la guerra, y violaba y esclavizaba a las mujeres. Hubo una segunda ola migratoria en la Guerra Civil Libanesa, donde también casi todos fueron cristianos huyendo de los musulmanes. Por eso prácticamente no hay libaneses musulmanes en México. Casi todos son cristianos —maronitas u ortodoxos—, y también algunos judíos.
La segunda es que viví en Líbano. No hago aquí una simple reverberación ancestral. Textualmente viví en Beirut entre el 2009 y 2010 y conozco muy bien el país. Ahí vi con mis propios ojos cómo los barrios cristianos están completamente asediados por el crecimiento imparable del Islam en dos ramas principales: la minoría sunní, hermanados con la Organización de Liberación Palestina y Hamás. Y por otro, la mayoría chií, de donde se desprende Hezbollah, el brazo armado de Irán en Líbano.
Más allá de consideraciones razonables de “diversidad”, no estamos hablando de facciones muy pacíficas que digamos. El sur de Beirut ya es prácticamente Teherán, con toda la escenografía urbana —y peor, las prácticas— de la teocracia oscurantista y sanguinaria de los Ayatolás. Ese es el gran invasor y poder colonialista que intenta fincar un enclave de terror en Líbano para destruir tanto al cristianismo como a Israel. Y peor, como les decía, con las mismas costumbres: esclavizar a las mujeres, matar homosexuales, prohibir la ciencia y el arte.
Estoy muy consciente de las atrocidades cometidas por la Falange cristiana en la Guerra Civil Libanesa, particularmente la masacre de Sabra y Shatila de la mano de Ariel Sharón, entonces Ministro de Defensa. Pienso que fueron un error, aunque fueron en venganza por otras masacres perpetradas contra cristianos, como la de Damour, donde la Organización de Liberación Palestina comandada por Yasser Arafat calcinó vivos y asesinó a quemarropa a miles de cristianos, entre otras muchas matanzas.
Sin embargo, no tengo ninguna duda de que lo mejor de Líbano es su herencia mediterránea: su legado fenicio, griego, romano y cristiano. Es lo que le permite ser un oasis de libertad en medio de un vecindario de regímenes y grupos que viven en otro siglo y quieren imponer su brutalidad. En las zonas cristianas de Líbano es donde uno puede beber alcohol, ir a galerías de arte, bailar en la noche, ir a entretenimiento para adultos, esquiar en la nieve de mañana y ese mismo día esquiar en el mar en el Mediterráneo en la tarde, asolearse en un club de playa, morirse de risa en la sobremesa — caray, todo lo que vale le pena de Occidente, y que sus enemigos quieren aniquilar aunque también esté lleno de musulmanes que escapan de sus países y se disfrazan de cristianos para pasar desapercibidos y probar las mieles de la libertad.
La otra perlita en el Medio Oriente es Israel, país que también conozco. Cruzar a Israel desde los vecinos es cruzar diez siglos y respirar libertad, ciencia, tecnología, orden, educación, arte. Me parece muy natural que sea con él —y por esas exactas razones— que se finque una nueva alianza entre ambos pueblos, cuando claramente comparten los mismos intereses. Y tampoco es una convocatoria tribal ni exclusivista: si ante la inminente caída del régimen iraní y la supresión de Hamás y Hezbollah, los musulmanes —sunnies y chíes— se suman o por lo menos respetan el nuevo pacto, no habría razón para negarse. Ya he argumentado por qué creo que el Islam es inherentemente violento y su propia teología hace imposible la secularización, pero si pragmáticamente conviniese, no habría objeción alguna.
Me despido quizá con la razón más importante, al menos para mí. Y es que en México los judíos y libaneses somos casi hermanos. A los libaneses nos dicen judíos, a los judíos los confunden con libaneses, y viceversa. Comemos lo mismo y tenemos similares historias. Es más: los judíos expulsados de países árabes no hablaban hebreo, en realidad hablaban árabe, de modo que sus grandes amigos aquí fueron siempre los libaneses con quienes podían hablar. Mi padre de niño creció en el Centro a la vuelta de Jacobo Zabludovsky. Vivían en el mismo barrio judíos y libaneses (y españoles), como si fueran pandillas de Nueva York. Salían a armar retas y canicas y, por supuesto, vender telas. Ambos son grandes comerciantes, empresarios y artistas. En pocas palabras, no tenemos absolutamente nada que ver con los musulmanes. Y la proximidad de las diásporas es la misma que debe resonar allá, en defensa de ambos pueblos y sus libertades. Para mí es muy evidente.
Pablo Majluf. Es autor de Confesiones de un deliberado (Literal Publishing, 2024) entre otros títulos. Es columnista semanal de la revista Etcétera y escribe en Literal, Letras Libres, Reforma y Juristas UNAM. Expanelista en “La hora de opinar”, de ForoTV, junto con Leo Zuckermann. Asimismo, conduce el podcast Disidencia. Estudió periodismo en el Tecnológico de Monterrey y Comunicación y Cultura en la Universidad de Sydney, Australia. X-Twitter: @pablo_majluf
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Posted: March 2, 2026 at 9:20 pm







