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El Tea Party jacobino

El Tea Party jacobino

Mark Lilla

Traducción de David Medina Portillo

Hace tiempo publiqué un artículo titulado “A Tale of Two Reactions” (14 de mayo de 1998). Por esas fechas me impactaba el hecho de que la sociedad norteamericana había cambiando de forma tal que los comentaristas conservadores y liberales sencillamente no se habían enterado. Los primeros aún vivían ocupados con la revolución cultural de los años sesenta y los liberales, por su parte, con la revolución reaganiana entendida como una “cultura de la codicia”. Unos y otros sólo coincidían en que los Estados Unidos no tenían remedio.

El público, mientras tanto, aceptaba ambos hechos reconciliándolos en su vida cotidiana. Dicha reacción tenía sentido en la medida que aquellas revoluciones fueron inspiradas por un mismo principio político: el individualismo radical. Durante los años de Clinton el país rebasó a la izquierda en cuestiones de autonomía privada (sexo, divorcio, uso discrecional de drogas) sin dejar de moverse hacia la derecha en materia de autonomía económica (iniciativa individual, libre mercado, desregulación). Según afi rmé entonces, los norteamericanos no veían “ninguna contradicción en vivir presionados durante los días de trabajo en un mercado mundial sin restricciones… y pasar sus fines de semana inmersos en un universo moral y cultural formado en los años sesenta”. Eran demócratas según la transacción del día o republicanos que se divorciaban. Todos individualistas.

¿Qué había pasado? Esto es precisamente lo que me preguntan algunas personas que recuerdan aquel artículo –y entiendo sus razones. George W. Bush, quien se había apoyado sobre una plataforma de “conservadurismo indulgente”, parecía en sintonía con los cambios sociales recientes. Sin embargo, el George W. Bush que emergió tras el 11 de septiembre llevó de nuevo a su partido y al país de regreso a la división política de décadas anteriores, con siete años de recriminaciones ideológicas. En la última campaña presidencial millones de ciudadanos se vieron arrastrados no por la sabiduría o la insensatez de la agenda política de Barack Obama, sino por los rumores absurdos acerca de su certificado de nacimiento y de su “socialismo”. Una vez electo presidente por una saludable mayoría, Obama se vio luchando con una economía maltrecha junto con dos guerras en el extranjero que había heredado. ¿De qué estábamos hablando? De un movimiento improvisado, el Tea Party, cuyos activistas arremeten contra el “gobierno” y “los medios de comunicación” mientras que los radicales de la radio y las noticias por cable declaran que la contrarrevolución conservadora ha comenzado.

Pero nada sucede de esta manera. Sabemos que el país está dividido porque la gente dice que está dividido. En política, thinking makes it so. Justo como las manifestaciones de ira y la organización de las campañas apenas tienen que ver con la arcaicas batallas derecha-izquierda que se prolongaron desde los años sesenta a los noventa. La rebeldía populista está siendo difundida como el encono, desde abajo, contra casi cualquiera cosa que se piense más “arriba”, ya sea demócrata o republicana. Dichos acontecimientos se han recrudecido a partir de tres hechos: el colapso financiero que le robó a millones sus hogares, trabajos y ahorros; la decisión del gobierno de Obama de continuar con la reforma de salud a pesar de la crisis; y, asimismo, la animadversión contra el propio presidente alentada por los medios de derecha (en algunas regiones teñida de racismo). No obstante, el estado de ánimo populista se ha estado gestando durante décadas por motivos ajenos a todo esto.

Muchos estadounidenses, un segmento ruidoso y variado de la población en general, se han convencido a sí mismos de que las elites educadas –no sólo políticos, burócratas y periodistas, sino también los médicos, científi cos e, incluso, los maestros– controlan nuestras vidas. Y quieren que esto se detenga. Afirman estar cansados de que les digan cuáles son las noticias o qué deben pensar sobre el calentamiento global, hartos de que les digan qué deben enseñar a sus hijos, cómo cuidar gran parte de sus ingresos, si deben asegurarse, a qué medicamentos puede acceder, dónde construir sus casas, qué armas comprar, cuándo usar cinturones de seguridad y cascos, si pueden hablar por teléfono mientras conducen, qué alimentos comer, qué cantidad de bicarbonato ingerir. La lista es larga. Sin embargo, no se trata de ningún pliego de reivindicaciones políticas en el sentido convencional.

Históricamente, los movimientos populistas han utilizado la retórica de la solidaridad de clase para tomar el poder político, un poder que “el pueblo” buscará ejercer en beneficio común. No obstante, la retórica populista de hoy está haciendo algo totalmente diferente. Enardece las emociones apelando a la opinión, a la autonomía y a la elección individuales y, enseguida, pone todo al servicio de una neutralización: no usar el poder político. Da voz a aquellos que se sienten amenazados, aunque esa voz –como en la famosa frase de Greta Garbo– apenas tiene algo que decir: “Sólo quiero que me dejen sola”. He aquí una nueva variedad del populismo haciendo metástasis ante nuestros ojos, alimentada por los mismos impulsos libertarios que han desestabilizado a la sociedad norteamericana durante el último medio siglo. Anarquistas como en los años sesenta y egoístas como en los años ochenta –sin contradicción alguna–, se están apartando, desorientados y juveniles como nuestro nuevo siglo. Esto seduce a ciertos individuos engreídos, convencidos de que pueden hacer todo por sí mismos una vez que se les deja solos, convencidos también de que hay otros que están conspirando para impedir que hagan, precisamente, lo que desean hacer. Tal es la amenaza que hoy puede llevar a los estadounidenses a las calles.

Bienvenidos a la política de la turba libertaria.

Si queremos entender en qué consiste el populismo de hoy, debemos entender primero qué no es. Ciertamente, no se trata de revertir la revolución cultural de los años sesenta. A pesar del giro a la  derecha del Partido Republicano en las últimas décadas, el consenso liberal sobre temas sociales aún en ciernes durante la década de los noventa ha crecido, con la compleja excepción del aborto.

En este sentido, consideremos los siguientes puntos:

• A partir del 2001 la proporción de quienes favorecen una mayor influencia religiosa en la sociedad se ha reducido en una quinta parte, mientras que los que se oponen a dicha infl uencia aumentó en un cincuenta por ciento.

• Hoy en día un mayor número de norteamericanos encuentran a las madres solteras moralmente aceptables, y casi tres cuartas partes toleran el divorcio. Aproximadamente un tercio de los adultos que alguna vez han estado casados, también se han divorciado al menos una vez –esto incluye a cristianos conversos, cuya tasa es más o menos la media nacional.

• A pesar de que la oposición al matrimonio gay ha disminuido durante el último cuarto de siglo, la mayoría aún se opone a ella. Sin embargo, más de la mitad de todos los estadounidenses encuentran que la homosexualidad es moralmente aceptable, y una gran mayoría favorece la igualdad de oportunidades de empleo para gays y lesbianas, con acceso a los servicios de salud y otros beneficios para sus parejas, así como permitir que ingresen al ejército. Esa misma mayoría (aunque en menor medida) acepta ya que adopten niños legalmente.

Aunque ha habido un ligero atrincheramiento conservador tras las elecciones de 2008, es claro que el principio de la autonomía privada característico de los años sesenta ha enraizado en la mentalidad norteamericana. Y lo mismo sucede con el principio de la autonomía económica originado en los ochenta. Desde hace tres décadas la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con las siguientes afi rmaciones: “cuando algo es administrado por el gobierno, resulta por lo general inefi ciente y derrochador”; “el gobierno federal controla gran parte de nuestra vida cotidiana”; “la regulación gubernamental de las empresas hace más daño que bien “; y “los pobres se han vuelto demasiado dependientes de los programas de asistencia del gobierno”. No obstante, apenas si existe el deseo generalizado de impulsar nuevamente la agenda reaganiana de los años ochenta. La polarización ideológica entre republicanos y demócratas registrada por las encuestas se debe, casi en su totalidad, a la radicalización de quienes forman parte de una reducida base republicana. (Después de 2009 sólo una cuarta parte de los estadounidenses se identificaron como republicanos. La cifra más baja desde los años post-Watergate.)

Por su parte, en asuntos políticos y económicos los demócratas se han enfilado un poco más a la izquierda, en tanto que la opinión de los independientes, el grupo más grande y de mayor crecimiento entre los votantes, no ha cambiado mucho en los últimos años. Mientras que a más de la mitad de los republicanos les gustaría que su partido se moviera más hacia la derecha, a muchos independientes les gustaría que ese partido fuera menos conservador o que se quedara donde está. La revolución de Reagan fue un éxito en la medida en que desvió la atención política del país hacia el crecimiento económico en lugar de sus preocupaciones por la igualdad social. Pero como todas las revoluciones que han logrado sus objetivos, ahora es una fuerza agotada.

En vista de lo anterior, ¿en qué consiste este nuevo populismo? Esto depende de quién enfrenta el problema. Glenn Beck, ex guardián de la Gran Narrativa de Fox News, llenaba su pizarra con círculos y flechas para cartografiar la red de las elites que han estado conspirando para tomar el control de nuestras vidas desde hace más de un siglo –de Teddy Roosevelt y Woodrow Wilson a George Soros, la Reserva Federal, el G7, la ONU y cierto número de profesores de izquierda. El colapso económico y el rescate fi nanciero que han utilizado en provecho propio (o más probablemente, que han causado) despertó al pueblo estadounidense de su sueño; ahora, ese pueblo está “recuperando a su país” de una manera que, al parecer, sólo consiste en anestesiar al gobierno y comprar oro. En su espeluznante libro Republican Gomorrah, Max Blumenthal –del Nation Institute– presenta a un tipo de conspiración de la derecha republicana completamente diferente, retratando a sus líderes como sadomasoquistas, porno adictos, cristianos fanáticos que comparten con los seguidores de Palin “una cultura de la crisis personal al acecho entre las expresiones histriónicas de resentimiento social”. (“Gingrich con el pelo largo, emulando el estilo de la contracultura a la que secretamente anhelaba unirse”.)

Si Beck o Blumenthal tienen razón, no valdría la pena tomarse las cosas muy en serio. Sin embargo, mi opinión es exactamente la contraria: debemos considerar al nuevo populismo como una manifestación del cambio social y psicológico profundo que el país ha experimentado en el último medio siglo. Aparte de su efecto sobre el equilibrio de poder entre los partidos (el cual debería durar poco), nos ha dado un nuevo tipo social: el antipolítico jacobino. Estos nuevos jacobinos tienen dos rasgos característicamente estadounidenses, mismos que se han acentuado en las últimas décadas: un recelo generalizado hacia las instituciones y una sorprendente –e injustificada– confianza en sí mismos. Son pesimistas apocalípticos en cuanto a la vida pública y, en contraste, unos optimistas infantiles arropados bajo la firme autoestima de sus propios poderes.

Desde los años setenta los científicos sociales han indagado las razones del por qué, aun con una mayor prosperidad y una paz relativa, los estadounidenses experimentan mucho menos confianza en su gobierno que lo visto hasta mediados de los sesenta. Antes de la última elección sólo una décima parte aceptaban estar “satisfechos con el rumbo que tomaban las cosas en Estados Unidos”. Un porcentaje bajo. Asimismo, expresaban cierta confianza en la presidencia y los tribunales, pero cuando se les preguntó en abstracto sobre el “gobierno” y si esperaban que hiciera lo correcto trabajando para nuestro beneficio, una mayoría relativamente constante dijo “no”. Es necesario recordar que la confianza que expresan en el libre mercado y la desregulación está en concordancia con su idea de que el gobierno ya no funciona como debería.

Y no están solos en esta percepción. Encuesta tras encuesta, confirmamos que la confi anza en el gobierno se está disolviendo en todas las sociedades democráticas avanzadas, y por la misma razón: a medida que los votantes se han vuelto más autónomos, menos atraídos por los partidos e ideologías familiares, se ha hecho más difícil que las instituciones políticas los representen en su conjunto. Esto no es una peculiaridad de los Estados Unidos, y ninguno de los partidos ni su descrédito son los culpables. La democracia representativa es un sistema complicado: primero debe dar voz a los ciudadanos en cuanto individuos y, luego, hacerla resonar como voz colectiva en las políticas que aprueban. Este procedimiento resulta más difícil hoy en día porque las ideas y las instituciones mediadoras, de las que hemos dependido tradicionalmente para realizar este trabajo, se están colapsando.

En Europa occidental la caída fue ideológica. Durante los dos siglos posteriores a la Revolución Francesa existió una distinción básica  pero evidente entre los europeos que aceptaron su legado y los que, de una u otra manera, lo rechazó. Cada bando tenía sus partidos y periódicos, héroes y enemigos, así como su propia versión de la historia. Esa distinción ideológica comenzó a desvanecerse en los años de posguerra ya que las nuevas sociedades de consumidores de la Europa occidental se volvieron más atomizadas y hedonistas, y con el colapso del comunismo la oposición dejó de tener sentido. Al mismo tiempo, las elites políticas europeas estaban ocupadas borrando las identidades nacionales con el fin de construir una “Europa” sin rostro, cuya moneda inquietantemente en blanco aparece ahora como un poderoso símbolo de la crisis de representación que se experimenta allí. A nadie se le ocurriría cercar a Bruselas o construir barricadas para defenderse; pero en su lugar han surgido partidos anti-inmigración xenófobos, dando una cruel expresión al duelo genuino por un sentido de pertenencia perdido.

El nuevo populismo norteamericano no está, por lo general, dirigido contra los inmigrantes. Su objetivo político es un nombre abstracto: “el gobierno”, origen del desencanto desde finales de los sesenta. En Why Trust Matters, Marc Hetherington señala el hecho asombroso de que en 1965 casi la mitad de los estadounidenses creía que la guerra contra la pobreza “ayudaría a erradicar la miseria” –un voto de confianza en nuestras instituciones políticas hoy inimaginable. El fracaso de los programas de la Gran Sociedad en su intento por satisfacer las altas expectativas que en ellos se invirtió fue una fuente importante de decepción y pérdida de confianza.

El desencanto creció en las décadas siguientes ya que el Congreso parecía cada vez menos capaz de actuar con decisión y legislar coherentemente. Ha habido muchas razones para que esto suceda así; por ejemplo, las consecuencias perversas de aquellas reformas que intentaron articular un gobierno más abierto y sensible a la opinión pública. Se crearon entonces nuevos comités y subcomités para enfocarse en temas cada vez más acotados, aunque esto suscitó el efecto imprevisto de que dichas instancias se volvieron más vulnerables a los grupos de presión y a los caprichos de los presidentes. Las audiencias en el Congreso comenzaron a ser televisadas y las finanzas de las campañas se hicieron públicas, con el resultado particular de que los senadores del Congreso llegaron a ser autosuficientes pudiendo pasar por alto los dictados del partido. Las coaliciones se rompieron y algunas de las grandes iniciativas quedaron estancadas, legislaciones de especial interés se apilaron junto con órdenes de la corte. El gobierno se tornó más complejo pero menos eficaz. Los estadounidenses, obviamente, se percataron de todo esto. Hoy ya no se reconocen a sí mismos en los sonidos ininteligibles que salen de Washington, y sin saber lo que los principales partidos representaban, han llegado a la conclusión de que sus voces son ignoradas. Sin embargo, no era del todo cierto… Salvo la paradójica evidencia de que ese mayor número de voces estaba teniendo menos eco.

Aún así, hasta ahora hemos ido tirando de algún modo. Desde los años setenta la desconfianza en la política ha sido el tema fundamental de nuestra política, y todos los candidatos presidenciales, desde Jimmy Carter, se han visto obligados a ir en contra de Washington, a sabiendas de que las grandes fuerzas que hacían al gobierno menos eficaz y menos representativo estaban más allá de su control. Los votantes pretenden rebelarse y los políticos hacen como que escuchan: este es nuestro teatro político. Lo que está pasando detrás del escenario es algo muy diferente. A medida que el espíritu libertario se asentó en la vida estadounidense, primero por parte de la izquierda y luego en la derecha, muchos dejaron de atender a nuestras instituciones políticas y aprendieron a trabajar al margen de ellas, como individuos.

Y la forma más sencilla de hacerlo fue mudarse. Según señala Bill Bishop en su esclarecedor estudio demográfico The Big Sort, durante décadas nos hemos estado retirando hacia esas “comunidades afines” donde las brechas individuales y colectivas se cierran. Se trata de lugares en los que nuestras afinidades electivas suplantan a la política electoral. Las personas con mayores grados, quienes, por ejemplo, se preocupan por la comida y el vino, el apoyo a los derechos de los gays, que desean pocos niños pero con buenas conexiones de internet, han estado desplazándose a los centros urbanos de las dos costas. Por su lado, las familias de practicantes que vemos por todas partes, quienes socializan con sus familiares y envían a sus hijos a universidades estatales, se han mudado a las crecientes exurbs de los estados del sur o a las montañas. En estas condiciones, a la hora de votar los estadounidenses han encontrado una gran dinámica de representación en las comunidades locales: comparten la visión política de sus vecinos en general y puede estar seguros de que su voz sí tiene resonancias. Es significativo que a nivel del condado, según destaca Bishop, las elecciones estadounidenses se deciden cada vez más por unanimidad, ya sea para los candidatos demócratas o para los republicanos.

Otra alternativa es ir por la libre. Un millón y medio de estudiantes norteamericanos están siendo instruidos por sus padres en casa; casi el doble de hace una década, lo que representa alrededor de quince estudiantes por cada escuela pública en el país. No hay nada extraordinario en el deseo de escapar de las escuelas inseguras y de los profesores incompetentes, o en asegurarse de que los niños sean criados dentro de su propia tradición religiosa. Lo que sí es notable es la confianza de los padres norteamericanos en el sentido de que lo pueden hacer mejor por sí mismos. Los de mayor nivel educativo probablemente sí, aunque nunca van solos: confían en un sistema escolar nacional –si bien voluntario– conectado en línea, donde circulan programas de estudio y materiales producidos por personas que trabajan en instituciones educativas convencionales. Dicho sector constituye ahora un poderoso lobby político después de haber encausado sus energías sobre los sistemas escolares locales de Washington y las capitales estatales, donde su llamamiento colectivo al individualismo es irresistible. Ellos son el único partido libertario exitoso en los Estados Unidos.

Pero como el espíritu libertario se ha extendido ya a otras áreas de nuestras vidas, junto con la desconfianza hacia las elites en general, el daño está hecho. Pero hay que tener cuidado con la salud. Menos de la mitad de nosotros dice tener una “gran confianza” en el establecimiento médico de hoy, mientras que la proporción de quienes expresan “casi ninguna” confianza se ha duplicado desde principios de los setenta. Hay una gran cantidad de cosas que sin duda están mal en la medicina que se practica en los Estados Unidos; sin embargo, no se sigue de ello que cualquier persona pueda curarse a sí misma. No obstante, un número creciente de nosotros nos hemos convertido en nuestros propios médicos y farmacéuticos gracias a la ayuda de los buscadores de internet que sustituyen a las revistas médicas arbitradas, a la Food and Drug Administration y a los centros para el control de enfermedades.

Tales tendencias no son alentadoras. Debido a que siembran el temor irracional en la web, el porcentaje de niños no vacunados de Estados Unidos –que por suerte sigue siendo bajo– ha aumentado  constantemente en los veintiún estados que hoy permiten ciertas exenciones personales basadas en “razones filosóficas y personales” sin especificar. Esto resulta significativo: la posibilidad de contraer sarampión por parte de los niños no vacunados, por tomar sólo un ejemplo, es de veintidós a treinta y cinco veces mayor que la de los niños vacunados. Los estadounidenses actualmente gastan más de cuatro mil millones de dólares al año en hierbas medicinales no reguladas, a pesar de la total ignorancia acerca de su eficacia, la dosis correcta o los efectos secundarios. Y, por supuesto, muchos medicamentos peligrosos prohibidos en Estados Unidos ahora se pueden comprar por internet en el extranjero, sin hablar de las dudosas prescripciones médicas a las que se exponen quienes pueden pagar una tarifa aérea.

Los estadounidenses son y han sido siempre unos escépticos cándidos. Ponen en duda la autoridad de los sacerdotes y, en seguida, hablan con los muertos; cuestionan a su cardiólogo y luego buscan a curanderos en la selva. Al igual que en todas las sociedades, hacen esto en momentos de crisis, cuando las cosas parecen sin esperanza. También, y a diferencia de otras sociedades, lo hacen con base en la idea general de que los profesionales y las autoridades son inherentemente sospechosas.

Creo que esta es la razón más profunda de la reacción del público a la crisis del 2008, del por qué la elección de Barack Obama dio un giro populista y el movimiento Tea Party se puso de moda. La crisis no sólo devastó las finanzas de las personas: sacudió la confianza en nuestro futuro y en el de nuestros hijos. Rompió las protecciones que habíamos estado construyendo en torno de nosotros y de nuestras familias, recordándonos que algunos problemas requieren de la respuesta colectiva encausada por las instituciones políticas. Es más, fue una catástrofe cuyas causas todavía nadie entiende del todo, ni siquiera los especialistas que, por ejemplo, saben exactamente qué derivados, tasas de descuento y efectos multiplicadores hay. Las medidas que el gobierno federal tomó para controlar los daños fueron complejas y controvertidas, pero hubo un acuerdo general en que dicho gobierno debía intervenir para evitar el colapso financiero mundial ya que la depresión que nos amenazaba era real. Sin embargo, no es en absoluto lo que quiere oír la gente que desconfía de las elites, quienes desean “tomar sus propias decisiones” y tienen fantasías de autosuficiencia. Para ellos, al parecer, es más convincente la idea de que estas medidas de emergencia fueron confeccionadas para apretar aúnmás el control del gobierno sobre sus vidas. Todo se conecta.

Lo que nos lleva de regreso a Fox News. Los demagogos de derecha de la Fox hacen lo que los demagogos siempre han hecho: atemorizar a las personas mediante la denuncia de un enemigo oculto y, luego, exaltarlos hasta la creencia de que tienen sólo un paladín, el propio demagogo. Pero a diferencia de los demagogos del pasado, quienes hacían un llamamiento a los líderes individuales y a los intereses colectivos de una clase determinada, Fox y sus aliados –muy populares en la radio y los sitios web conservadores– tienen a su disposición una tecnología que se adapta perfectamente a una nación de individualistas seguros de sí mismos, que quieren ser convocados y escuchados directamente, sin mediación y sin tener que dejar la comodidad de sus hogares.

Los medios en contra del establecimiento de un derecho que ellos mismos le otorgan al público. En efecto, dichos medios ofrecen un sistema sucedáneo de la representación directa en la que un público cada vez más segmentado absorbe lo que quiere de sus fuentes de confianza; unos medios que se adornan con la voz del público en sus blogs, sitios web, salas de chat y, luego, repiten los puntos de vista de su público transmitiéndolos como “noticias”. Si bien esta práctica no pone en peligro nuestro sistema de democracia representativa, lo cierto es que hace más difícil su buen funcionamiento y la posibilidad de recuperar la confianza ciudadana.

Los medios conservadores no ha creado el Tea Party ni lo dirigen; nadie lo hace. Pero la rápida proliferación del movimiento y su popularidad son impensables sin la capacidad de los nuevos demagogos para informar a los individuos aislados. Demagogos preocupados por el futuro de sus teleauditores, por lo que quieren oír y por ponerlos en contacto directo unos con otros, sin pasar por los partidos y otras instituciones mediadoras de las que depende nuestra democracia. Cuando los nuevos jacobinos encienden sus televisores no sintonizan la PBS News Hour o C-Span para escuchar a los economistas, el debate del Congreso sobre la efi cacia de la regulación financiera o la reforma de salud. Buscan aquello que alabe su sentido común y, desde luego, que les reciten el credo de los libertarios que enarbola la Fox en su página de casi todos los días: USTED DECIDE.

Un ritual familiar estadounidense se está llevando a cabo en los hogares de todo el país. Las sesiones han sido convocadas, el café está preparado, los brownies horneados, las manos se han puesto en alto, los votos han sido contabilizados, los sobres sellados y los folletos enviados por correo. Desde una edad temprana, los norteamericanos somos iniciados en los misterios de este ritual, de modo que para la época en que llegamos a la secundaria es posible que no sepamos leer bien, pero sin duda sabemos cómo organizar una campaña electoral.

¿Pero qué sucede después de que el presidente de la clase ha tomado protesta y la reina del baile ha sido coronada? Los comités se disgregan y la normalidad de la vida privada se reanuda. Y es precisamente lo que, sospecho, sucederá con las organizaciones del Tea Party: tras saborear algunas victorias simbólicas posiblemente se disolverá. Esto no es sólo porque, siendo ideológicamente alérgicos a las jerarquías de cualquier tipo, aún no tienen un liderazgo identificable. La razón principal es que no cuentan con ninguna agenda política constructiva, aunque el ala derecha del Partido Republicano estaría encantada con ganárselos. Sin embargo, el movimiento sólo existe para expresar rebeldía frente a una amenaza fantasma, oculta detrás de una crisis económica y política auténtica; asimismo, surgió para recordarle a aquellos en el poder que están allí con un sólo propósito: proteger nuestro derecho divino a hacer lo que nos venga en gana. El correo será entregado y en seguida los mensajeros se irán a casa.

Ahora bien, este espíritu jacobino podrían dar forma a nuestra política durante algún tiempo teniendo en cuenta lo bien que encaja con el espíritu de Woodstock y de Wall Street y dada la continua influencia que ejercen Fox News y la radio (Rush Limbaugh cuenta diariamente con millones de oyentes, por ejemplo). De hecho ya está transformando el conservadurismo estadounidense. Un hombre sabio resumió la historia del colonialismo en una frase: los colonizados en algún momento colonizarán al colonizador. Esto es exactamente lo que está sucediendo con la derecha de hoy: más que intentar explotar las energías de la rebelión del Tea Party, lo más tosco del movimiento conservador se ha apoderado de la retórica y el pensamiento de la derecha en su totalidad. Ronald Reagan era un maestro del discurso populista, pero gobernó con las ideas políticas de los intelectuales que conocía y admiraba (Milton Friedman, Irving Kristol, George Gilder, y Charles Murray, entre otros).

Los conservadores de hoy prefieren la compañía de los anti-intelectuales que saben cómo explotar a los no-intelectuales, como hace magistralmente Sarah Palin. La banalización que han lamentado siempre en nuestras escuelas, la están llevando ahora a nuestra política –y van a arrastrar a todos y a todo junto con ellos. Así, David Frum –uno de los últimos conservadores lúcidos– le ha dicho a sus obstinados compañeros: “Si tu razonamiento es estúpido, tu campaña es estúpida. Si tu campaña es estúpida, tu triunfo es estúpido. Y cuando tu victoria es estúpida, tu gobierno es estúpido”. (Como era de esperarse, Frum fue “aliviado” de su cargo en el American Enterprise Institute después de expresar su crítica a las tácticas de los republicanos en el debate sobre la salud.)

Conforme se acerquen las elecciones, estaremos escuchando aún más sobre el movimiento del Tea Party. El ala derecha republicana tiene la esperanza de atraer al movimiento en su favor. Sin embargo, el establishment republicano hará el ridículo tratando de dominar una retórica populista que no conoce y en la que no cree. Los demócratas, por su lado, confían en que sus pérdidas no será demasiado grandes y recuperarán sus lugares precisamente allí donde los republicanos se liquiden entre ellos. Al final, es probable que nos encontremos con un Congreso dividido e irresponsable, todavía menos capaz de ganar la confianza del público. El crédito del gobierno seguirá bajando y la comedia libertaria de la política norteamericana ampliará su espectro.

Pero la culpa no recae sólo en Fox News, Rush Limbaugh, Glenn Beck o el Partido Republicano. Estamos experimentando una réplica más de la explosión libertaria que todos, independientemente de nuestras inclinaciones partidistas, hemos deseado. Durante medio siglo los estadounidenses han estado rebelándose en nombre de la libertad individual. Algunos querían una sociedad más tolerante y con mayor autonomía privada: ahora la tenemos. Pero esto que sin duda es bueno, también nos trajo un mayor número de nacimientos extramatrimoniales, una cultura popular soft pornográfica, el comercio de las drogas que abastece a usuarios ocasionales mientras que, en otro escenario, destruye a los barrios pobres norteamericanos y desestabiliza a algunas naciones extranjeras. Otros deseaban estar libres de impuestos y regulaciones para poder enriquecerse rápidamente; y lo han conseguido, dejando a los más vulnerables entre nosotros en la ruina, con empleos precarios y batallando para encontrar atención médica para sus hijos. Quisimos nuestras dos revoluciones. Y bien, las hemos obtenido…

Ahora un grupo de estadounidenses enardecidos reclaman aún mayor libertad respecto de las agencias gubernamentales destinadas a proteger su salud, riqueza y bienestar; libres de problemas y políticas difíciles de entender, de los partidos y sus coaliciones, de los expertos que creen que saben más que cualquiera, de los políticos que no se dirigen a ellos o sólo simulan (no es el caso, ciertamente, de Barack Obama). Quieren exponer lo que tienen que decir sin temor a equivocarse y, después, oír a alguien en la televisión diciéndoles que tienen razón. Ellos no quieren el gobierno del pueblo, aunque eso es lo que dicen. Lo que desean es un pueblo sin normas –¿y quién sabe si no tendrán éxito? Esto es Estados Unidos, donde los anhelos se hacen realidad y donde nadie quiere recordar aquel adagio: “cuidado con lo que deseas”.


Posted: May 21, 2012 at 10:46 pm

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