El ágata, el misterio, el pulpo o la errata
Malva Flores
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Hace veinte años, con inmensas dificultades debido a mis precarios conocimientos tecnológicos, diseñé una base de datos. Mi propósito era hacer los índices de la revista Vuelta. Durante cerca de cinco años, que fue el tiempo que me tomó leer la revista, hice varios índices que me fueron muy útiles cuando escribí Viaje de Vuelta, pero hace algún tiempo, un desastre tecnológico, mi impericia para trasladar la vieja base a una nueva que no fuera obsoleta —pues el programa donde originalmente la programé desapareció o se convirtió en algo incomprensible para mí—, hizo que perdiera dichos índices y sólo pude rescatar dos de ellos.
Para celebrar los 50 años de la revista que se cumplen este año, decidí volver a ese trabajo y hacer los índices que perdí. Durante la revisión me di cuenta de que hace veinte años yo no conocía muchos nombres (ni muchas otras cosas más) y había anotado en la base de datos erratas y disparates. Pero había cosas en la revista que aún hoy me sorprenden. El trabajo de quien hace índices se vuelve, así, una labor apasionante que sólo los que tienen espíritu de espías pueden comprender.
Sé que a pocas personas les interesa hacer índices de revistas: significa revisar nuevamente la publicación de forma íntegra y anotar sus asegunes con precisión hemerográfica. Yo misma me sorprendo por mi obsesión, pero al hacerlo se ponen al descubierto no pocos misterios y, con un poco de imaginación, uno puede reconstruir el ambiente que rodeaba a la revista en algunos momentos o descubrir las familias que allí se iban formando, las pasiones y admiraciones que se forjaban dentro de esa casa y que las dedicatorias de los textos nos dicen más, incluso, que los serios artículos sobre algún escritor. Viendo el índice de traductores, por ejemplo, uno advierte que Juan Almela publicaba con su nombre las traducciones de artículos políticos o científicos. En cambio, utilizaba su otro nombre, Gerardo Deniz, para la traducción de poemas u otros textos literarios. Uno se encuentra también con que, además de Aurelio Asiain, que fue otro de los más importantes traductores de la revista, dos familias se hicieron cargo de esa labor: la de Ulalume González de León (junto con Silvia y Sofía González de León), y la de los Segovia (Tomás, el primero, pero también Francisco y Rafael Segovia Albán).
Además es posible notar que hicieron de la fe de erratas casi un género literario o cómo y cuándo un crítico fue desplazado por otros (y las sordas peleas que aún imagino al respecto) o que, contra lo que la gente piensa, el género narrativo tuvo un sitio muy importante en la publicación. (Si contara el número de páginas dedicadas a él, muy probablemente superarían a la poesía, pero no estoy tan loca y no voy a hacerlo). Corrigiendo y casi elaborando nuevamente el Índice consecutivo, me di cuenta de que en Viaje de Vuelta dije que, después de Paz y Zaid, Guillermo Sheridan había sido el tercer más importante colaborador de la revista —lo que, en sentido estricto, es verdad— pero si se cuentan sus abundantísimas notas en el “Buzón de fantasmas”, por ejemplo, muy probablemente debería corregir ese dato. ¿No ocurriría lo mismo con Asiain, por el número de sus traducciones y notas? Anécdotas, chismes, peleas y afinidades van surgiendo de las páginas, pero también del índice. Hay, sin embargo, algunas cosas difíciles de dilucidar.

En el viejo índice de autores que pude rescatar, tenía que Y. A. había publicado en el número 28 de Vuelta (marzo de 1979) una pequeña nota en honor de Roger Caillois —entonces recientemente fallecido—, titulada “El ágata, el pulpo, la idea”, pero hace veinte años no me di cuenta de que ese era un título de Octavio Paz y lo marqué con amarillo para tratar de resolver el entuerto. ¿Quién era Y. A.? Recuerdo que entonces se lo atribuí, previsiblemente, a Yehuda Amijái, pero el fosforecente amarillo me decía que no estaba tan segura. Años después pensé que se trataba de Yesé Amore, el anagrama con que Paz llamaba a Marie José Tramini cuando publicaba en Plural. Escribí ese nombre junto al amarillo y lo marqué en rojo, porque incluso en el índice que Vuelta editó en 1994, consignaban Y. A. sin atribuirle ningún nombre.
A punto de concluir este trabajo, advierto que esa entrada sigue marcada en amarillo. Revisé las Obras completas de Paz: ahí estaba, claro. Sigo sin entender por qué pusieron Y. A. No puedo creer que fuera una errata, porque no lo advirtieron en posteriores notas (cosa que, como ya dije, hacían siempre, con gala de gracia e ingenio). Imaginé entonces una larga historia de amor, la de Paz y Marie Jo, una señal entre ambos, un guiño al alma de Caillois, y sólo Dios sabe cuántas cosas más. Quizá sólo fue una simple errata.
No tengo, por ahora, tiempo para más averguaciones y seguramente los expertos podrían darme alguna luz sobre el misterio. Sé que volveré a él porque Vuelta es un pulpo que me ha atrapado durante más de cuatro lustros. Cuando acabé Viaje de Vuelta, hace ya 15 años, escribí un poema en el que me preguntaba, citando a Paz, “¿Gané o perdí?”. Estaba exhausta y muy triste. Hoy me regresó esa enorme tristeza, porque siento que, ahora sí, estoy acabando un ciclo, pero la respuesta es obvia: gané.
Malva Flores es poeta y ensayista. Autora de La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy (Literal Publishing/Conaculta, 2014), Galápagos (Era, 2016), A extraña línea quebrada (Literal Publishing, 2019) y Sombras en el campus (Bonilla, 2020). Su libro más reciente es Estrella de dos puntas (Planeta, 2020), por el que obtuvo el Premio Mazatlán y el Premio Xavier Villaurrutia. En 2022 recibió el Premio Internacional Alfonso Reyes. Manual para el crítico literario en emergencias (El Equilibrista/UV, 2024) es su título más reciente. Es editora de poesía de Letras Libres y columnista de Literal Magazine. X: @malvafg
Posted: March 4, 2026 at 10:38 pm








Acucioso y amoroso trabajo el que hiciste querida Malva y como si fuera poco, un hermoso poema. Gracias.