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Lejos del mundo

Lejos del mundo

Adriana Díaz Enciso

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Notas sobre los Lagos de Wordsworth, un cabaret, el Mundial y el infierno

Un paréntesis en la narrativa desquiciada que narra el día a día de la vida humana en nuestro siglo. Desde que cambiamos de tren en la pequeña estación de Oxenholme en Cumbria, rumbo a Windermere, la apariencia acostumbrada de la realidad empezó a difuminarse, a disolverse en otra realidad fuera del tiempo, sosegada pese a la intensidad de sus formas y color. Durante el breve trayecto en autobús hacia Grasmere se desplegaba un paisaje muy distinto al de los alrededores de Londres y la Inglaterra del sur; otro país adormecido, hecho de valles, montañas y lagos, arroyos y cascadas de indescriptible belleza.

Hacía décadas que quería visitar el Distrito de los Lagos, y por un motivo u otro (la vida, que huyendo tuerce el rumbo) no me había aventurado. Cuando el pasado abril impartí un curso en línea sobre Wordsworth y Shelley[i], ya no pude aplazar más la visita. Para entender cabalmente a Wordsworth, me dije, tenía que ver con mis propios ojos la tierra en que tuvo la fortuna de crecer, esas formas de la naturaleza que tanto amó, que fueron su refugio y la fuente de lo mejor de su obra, así como de su visión panteísta de lo divino. Ahí fue donde su amor profundo por la naturaleza y el amor por la humanidad le fueron revelados como una esencia unívoca; ese fue su amparo cuando las esperanzas de su juventud radical y revolucionaria empezaron a quebrarse, y cuando enfrentó, con un dolor hondo y sin embargo estoico, el presentimiento de que la limpidez de su visión empezaba a empañarse.

No me equivocaba. “El preludio”, su gran poema autobiográfico, me acompañó en nuestro viaje, y leerlo en ese entorno fue una experiencia de intensa comunión con el espíritu aún vivo que anima las palabras del poeta que no he de olvidar mientras viva.

Nos alojamos en The Swan, en la orilla del pueblo, una antigua casa de postas y taberna, construida en 1650, que Wordsworth frecuentaba y menciona en un poema (su silla, con todo y taburete para los pies, sigue ahí, en una especie de nicho medio oculto junto a la chimenea). Ahora pertenece a una cadena de Bed & Breakfasts de la zona, y la atmósfera lo resiente, pero el edificio conserva su nobleza, una larga pincelada blanca al pie de la majestuosa Stone Arthur, una de las cimas más altas entre las innumerables fells (tierras altas o montañas) que rodean el pueblo, y que podíamos ver desde la ventana del cuarto. Una presencia.

Eso son las montañas: presencias vivas que casi sentimos respirar, como gigantescos animales. Durante los días que pasamos en los Lagos (la mayoría en Grasmere), sucedieron muchas cosas, y esa multitud de acontecimientos puede resumirse como cambios en la luz, transformación y movimiento de las nubes, bruma en las montañas, alternancia de llovizna y sol, canto incesante de pájaros, la conversación avispada de los grajos, luz inconstante del cielo reflejada en fells y lagos. Cada uno de estos eventos tenía su importancia, y su acumulación llenó los días con una riqueza y abundancia que no recuerdo haber experimentado en ningún otro lugar.

Wordsworth reconocía esta importancia; esa fue su crianza, y constituye el fundamento de su poesía. Leer ésta en Grasmere es una experiencia completamente distinta a leerla en cualquier otra parte. Es la revelación, ese “¡Ah! ¡De esto es de lo que habla!”, la comprensión íntima y profunda de que no se necesita ninguna otra fe, ninguna otra verdad, si somos capaces de ver realmente la magnificencia de la naturaleza, con los ojos del cuerpo y con la mirada interior.

Wordsworth amaba también a la humanidad que poblaba el Distrito de los Lagos en sus tiempos: el soldado dado de baja, emblema de la soledad, demasiado exhausto y dolorido como para encontrar su casa; el recolector de sanguijuelas, anciano y agotado, que no pierde su hierática dignidad; el pastor divisado a la distancia delineado contra el fulgor del sol, imagen que en su infancia cobraba visos de divinidad, aún si intuía que el pastor padecía de los mismos sufrimientos y vicios de todos los hombres; los hombres trabajando la tierra, las mujeres y los niños de los pueblos. Si su polvo pudiera alzarse de la tumba (una tumba sencilla, rodeada de las de su hermana Dorothy, Mary, su esposa, sus hijos y otros miembros de su familia al pie de la iglesia de St. Oswald, y a la sombra de uno de los tejos que él mismo mandó plantar en el cementerio) para volver a andar por las montañas, lo que vería ahora serían excursionistas y turistas.

Es para ellos, supongo, que el pub en la planta baja de The Swan exhibe citas de sus poemas en letras muy grandes: versos fuera de contexto, abaratados por la obviedad de estos honores. Hay también unas sillas horrendas con la copia de un retrato de Wordsworth en el respaldo.

Cuando visitamos Dove Cottage, al otro extremo del pueblo, las contradicciones de estos supuestos homenajes locales se agudizaron. Junto a la casa hay ahora un museo, en el que se exhiben sobre todo manuscritos que es muy conmovedor ver, al igual que objetos como la pequeña maleta maltrecha que Wordsworth y Dorothy llevaban en sus viajes. En una sala se proyectan imágenes sublimes del paisaje de los Lagos mientras alguien lee fragmentos de los poemas de William o de los diarios de Dorothy. Por los manuscritos y otros objetos personales vale la pena la visita, pero me parece que la museografía, que enfatiza de manera un tanto insulsa el hecho obvio de que Wordsworth amaba a la naturaleza, está muy lejos de sugerir siquiera la complejidad de su vida y de su obra. Me pregunto de nuevo a quién está dirigido Wordsworth Grasmere (que es el nombre del complejo que abarca Dove Cottage, un jardín aledaño y el museo); quiénes son los destinatarios del sin duda enorme esfuerzo e inversión para mantenerlo activo y preservar Dove Cottage[ii]. (Cruzando la carretera está el Daffodil Hotel & Spa. No se pueden dar dos pasos en Grasmere sin ver la mención de los daffodils: los narcisos que Wordsworth celebrara en uno de sus poemas más famosos. B. pensó que quizá podríamos sugerirle al gerente de The Swan que vistiera a su personal con uniforme de narcisos, para completar la visitor experience; andarían a pasitos muy pequeños, pero podrían sin problema bailar en la brisa.)

Lo primero que sucede al entrar a Dove Cottage (la visita es guiada), es que somos encerrados durante diez minutos en una de las habitaciones para ver un video en que varios poetas dicen algunos lugares comunes sobre la obra de Wordsworth, y dos actores, disfrazados de William y Dorothy, intentan recrear lo que era su vida durante los ocho años que vivieron ahí, como si los visitantes careciéramos de la imaginación o la inteligencia para formarnos nuestras propias ideas. ¿Será que ese es el perfil mayoritario de los visitantes? Quien realmente conoce y ama la obra de Wordsworth, o no la conoce, pero quiere acercarse a ella con genuino interés, no necesita de semejante literalidad ni trivialidad, esta especie de muletas “interactivas” que infestan los establecimientos culturales de toda índole. Concluyo que la mayor parte de los visitantes son turistas a secas, sin mayor conocimiento o interés sobre el tema.

En el jardín trasero, casi oculta en un nicho en la sombra, está la reconstrucción de fragmentos de la llamada “roca de los nombres”, con las iniciales de William y Dorothy Wordsworth, así como las de su hermano John, Samuel Taylor Coleridge (quien durante una época se mudó a la cercana ciudad de Keswick para estar cerca de ellos), y las de Mary Hutchinson (esposa de William) y su hermana Sara. Sabemos que las iniciales fueron grabadas durante varios paseos del grupo de amigos entre Keswick y Grasmere, en uno de sus parajes favoritos. Es un testimonio elocuente, y conmovedor en su simplicidad, del afecto que los unía, y la roca aparece mencionada en la obra de William y Dorothy, con particular ternura en el caso de esta última.

A unos pasos de esta reconstrucción (los fragmentos de la roca fueron salvados con considerable esfuerzo luego de que la construcción de un reservorio la amenazara en el siglo XIX) hay una instalación rebosante de humor involuntario: una multitud de gigantescos narcisos de cerámica, de un amarillo chillón, como si la artista, Helen Ratcliffe, le dijera a Wordsworth: “¡Hey, William! ¿Tú te crees que has visto narcisos? ¡Checa esto!” Sé, obviamente, que la intención no es esa; que se trata de un “tributo”, un “homenaje”, pero no deja de irritarme la literalidad, y finalmente la pobreza imperante en Grasmere en esta interpretación de la poesía de Wordsworth, reduciéndola a los narcisos y nada más, como si nunca hubiera escrito de otra cosa, y erosionando lentamente el poema que inicia con el famoso verso “Vagaba solitario como nube…”, deslavando su fuerza hasta convertirlo en un objeto de ridículo, o a lo mucho un tema de Disneylandia.

William y Dorothy Wordsworth encontraron en Dove Cottage refugio, en un paraje que entonces quedaba muy lejos de la sociedad humana. William sanó aquí de la confusión y el tumulto de sus años en las ciudades, del derrumbe de sus ideales revolucionarios tras los excesos que siguieron a la Revolución Francesa y la pérdida también de su primer gran amor, Annette Vallon, y la hija que fue su fruto. Aquí trajo a su esposa Mary al contraer matrimonio, llegaron los hijos, y en esta casa escribió muchos de sus más grandes poemas, incluyendo buena parte de “El preludio” (concebido inicialmente como ejercicio preliminar de un ambicioso poema que nunca terminó y que habría de llamarse “El recluso”). Dove Cottage significaba estar lejos del mundo. Ahora la casa es visitada por multitudes cada año (alrededor de 70,000 personas, para ser exactos). ¿Pero qué de su poesía, así representada, queda grabado en todos estos visitantes? ¿Y qué pensaría Wordworth mismo si pudiera ver este desconcertante peregrinaje?

Sé que el problema no es de fácil solución. La supervivencia de las casas literarias depende en gran medida de su capacidad de atraer al gran turismo, a las masas adormecidas, por necesidad sentimentales (que sí, ya sé, también tienen derecho a la existencia). Una curaduría más sutil, más penetrante, más relevante para la comprensión de la obra que pretende celebrar, puede bien significar la desaparición de la casa misma, que probablemente perdería visitantes y sería imposible de mantener. La casa fue adquirida con las mejores intenciones por el Fideicomiso Wordsworth en 1890, y ha permanecido abierta al público desde 1891. El vecino Jerwood Centre, inaugurado por Seamus Heaney en 2005, contiene los valiosos archivos del fideicomiso. Wordsworth Grasmere ciertamente organiza talleres y lecturas de poesía. Sabemos que el fallecido Robert Wood, primer director del complejo, entregó fervorosamente a este proyecto más de 30 años de su vida, convirtiéndolo en un centro cultural y de investigación de renombre mundial que reúne invaluable material de y sobre Wordsworth y el periodo romántico. No conocí a Wood, y no sé qué tanto ha cambiado Wordsworth Grasmere desde su fallecimiento hasta la fecha. Lo que sé es que el complejo de casa y museo fue “reimaginado” entre 2020 y 2021, y ahora se anuncia como “una experiencia familiar inmersiva”. Por desgracia, la vacuidad de esta jerga que en nuestros tiempos prolifera como una plaga, sin significar absolutamente nada, inevitablemente se contagia al contenido de los espacios y eventos que promueve. Aunque hay mucho de valor en Wordsworth Grasmere, sin duda sentí su efecto durante mi visita. Dudé que Wordsworth, aunque con seguridad se habría sentido agradecido, orgulloso y conmovido de saber que existe este lugar para preservar y promover su legado, se habría sentido cómodo con la trivialidad “enarcisada” con que se representa su obra, y me quedé cavilando, no por primera vez, sobre cuál es la respuesta adecuada a este dilema. No quiero llegar a la conclusión derrotista de que, así las cosas, quizá sea mejor dejar que se pierdan las casas literarias, finalmente piedra que alguna vez devorará el tiempo; dejarlas hundirse en el silencio y aprender a encontrar el sentido de nuestra herencia cultural, de las obras del arte y la literatura que otorgan sentido a nuestro paso por la tierra también en ese silencio. En esencia, creo que estos lugares deben preservarse y defenderse, llenarse de sentido, como lo hizo Wood (yo misma, hace poco más de diez años, casi me dejo la vida tratando de salvar la casa de William Blake en Felpham). Pero también sé que, durante mi reciente viaje al Distrito de los Lagos, no fue en Wordsworth Grasmere donde realmente sentí la presencia del gran poeta romántico y su obra. Esa presencia la sentí en la naturaleza a mi alrededor, humilde y majestuosa a la vez.

Claro está, sin embargo, que es mucho mejor Wordsworth Grasmere, y los esfuerzos de todos quienes trabajan con toda seguridad arduamente y con las mejores intenciones para mantener el complejo en pie, que un cabaret.

Esto lo digo para llamar la atención sobre esa otra casa de un celebrado poeta al otro lado del océano, la Casa del Poeta Ramón López Velarde en la Ciudad de México, que durante 30 años fue un centro vital de la literatura en la capital mexicana, incluyendo su legendario Café Las Hormigas, donde hubo tantas presentaciones de libros, lecturas de poesía y discusiones literarias que acercaron la literatura a miles de personas y avivaron el diálogo en torno a las letras nacionales e internacionales, y que ahora la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México pretende convertir en cabaret. En las páginas de Literal apareció recientemente un artículo excelente de Ana Clavel que habla sobre el tema. El nivel de estupidez y corrupción de un gobierno que lleva ya demasiados años intentando aniquilar la cultura en México queda expuesto aquí en toda su grotesca mezcla de violencia e inanidad. No me enteré a tiempo de la carta pública que aparece reproducida en el artículo de Ana, pero aprovecho la oportunidad para decir aquí que sumo mi voz a todas sus exigencias.

México, por cierto, estuvo en mi mente —doloroso— en los días anteriores a nuestro viaje al Distrito de los Lagos. Seguí las noticias sobre la inauguración del Mundial de Futbol, no porque el futbol me importe en lo absoluto, sino para ver cómo abordaba el asunto un país hecho pedazos cuya condición la sonrisa vacía de su representación oficial insiste en ocultar. Vi, conmovida, a multitudes alegres ávidas de celebrar algo que no sé qué es (una manifestación colectiva del gozo de la vida, supongo, o algo así); un pueblo que sabe lo dura que esa vida puede ser y sin embargo estaba ahí, casi con la inocencia de un niño (a ratos un niño idiota: la a menudo triste alegría de México)[iii], ignorando voluntariamente que hace mucho que el futbol no es “el deporte del pueblo”, sino la industria que llena las arcas de la FIFA. Vi la vulgaridad estridente e inenarrable de la ceremonia de inauguración. Y vi las manifestaciones de variada índole que intentaban que su causa fuera vista por el país y por el mundo. Vi la cena de gala en el Castillo de Chapultepec, mientras en la calle el contingente de las Madres Buscadoras de las decenas de miles de personas desaparecidas imploraba a los elementos del descomunal despliegue de policía que les dejara pasar hasta el estadio; vi a uno de esos policías escuchar el clamor, aparentemente impávido pero con los ojos rebosando de lágrimas. Y vi, al día siguiente, a la presidenta Claudia Sheinbaum declarando en “La mañanera” que nosotros los malos, los “conservadores”, habíamos querido caos para ese día, habíamos querido que la inauguración saliera mal, alegando que había violencia en México (supongo entonces que para ella no la hay, ni vio los disturbios afuera del estadio), pero que todo había salido muy bien; que el mundo había visto que México era un país alegre. “Cielito lindo”, dijo, con su débil sonrisa equívoca.

“Cielito lindo” es la canción con que inicia el video con que los colectivos de búsqueda de desaparecidos convocaron a las protestas durante la inauguración del Mundial. Es muy probable que la Sra. Sheinbaum haya tenido noticia del mismo. Sea como sea, su alusión a esta canción popular tras exaltar la supuesta alegría de México es una seña más del cinismo imperdonable que iniciara su predecesor en la vida pública de un país desgarrado.

Esa indignación y ese dolor me llevé a los Lagos. Pensé en cómo Wordsworth había regresado al paisaje de su infancia con su propio dolor y honda decepción tras lo que, como tantos otros en sus turbulentos tiempos, consideraba la traición de los ideales de justicia, hermandad y libertad de su juventud. Pensé en el anhelo, la necesidad incluso que a veces nos atenaza de alejarnos del mundo, como él lo hizo, y encontrar refugio en la naturaleza y su silencio (un silencio, en los Lagos, hecho de canto de pájaros, rumor del viento y del agua). Lo seguía pensando mientras veíamos en la televisión del hotel las noticias de la agitación en el Reino Unido causada por las divisiones al interior del Partido Laborista que han dado lugar a la renuncia del primer ministro. Cuando regresamos a Londres, Europa ardía. La oleada de calor con visos apocalípticos, provocada enteramente por la estupidez y la avaricia humanas, me recordó que sobre ese mundo que tanto agobia, a veces, cuelga inexorable la espada de Damocles, y que esperar ansiosos el verano tras los largos meses de invierno quizá pronto se convierta en un deseo proscrito, si el verano ha de significar una manifestación del infierno.

Pero es inexacto hablar de un anhelo de alejarnos del mundo. Es anhelo de alejarnos de su ruido, de su barbarie, de su absurdo y su mezquindad. La majestuosidad de la naturaleza y su belleza no sólo son también el mundo; son su fundamento. La comunión con ella, como lo demuestra la mejor poesía de William Wordsworth, afina las facultades humanas para entender ese mundo y afirmar su trascendencia, al igual que la trascendencia de nuestro paso por él. Este retirarse es todo lo contrario a la huida.

Las acusaciones a Wordsworth por haberse vuelto conservador en la última mitad de su vida son simplistas e inexactas. Que su decepción de la experiencia revolucionaria le dejó una herida abierta de por vida es indudable, pero nunca abandonó sus ideales de igualdad y justicia, y con ellos en mente se involucró en los asuntos públicos locales de la tierra que tanto amaba. Su poesía sigue viva y alimentando a nuevas generaciones: una celebración del mundo pocas veces igualada, que delinea la compleja y misteriosa relación de la mente humana con el universo de lo creado. En los Lagos entendí con plena claridad cómo en Wordsworth poesía y mundo (es decir, realidad) conforman un tejido inextricable. Esta es una característica de toda verdadera poesía, y saberlo es un incentivo para seguir defendiendo las casa literarias: una defensa contra las malas, y a veces incluso algunas de las buenas intenciones.

[i] Gracias de nuevo a la Cátedra Extraordinaria Octavio Paz del Colegio de San Ildefonso por la oportunidad.

[ii] La casa, por cierto, fue ocupada por Thomas De Quincey cuando los Wordsworth, de quien era buen amigo, se fueron.

[iii] Escribo estas notas tras ver escenas incomprensibles de la celebración masiva del triunfo de México sobre Ecuador en el Mundial, con un saldo de al menos cuatro muertos, tres por asfixia.

Foto de James Armes en Unsplash

Adriana Díaz-Enciso es poeta, narradora y traductora. Ha publicado las novelas La sedPuente del cieloOdio y Ciudad doliente de Dios, inspirada en los Poemas proféticos de William Blake; los libros de relatos Cuentos de fantasmas y otras mentiras y Con tu corazón y otros cuentos, y seis libros de poesía. Su más reciente publicación, Flint (una elegía y diario de sueños, escrita en inglés) puede encontrarse aquí.

 

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Posted: July 6, 2026 at 9:57 pm

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