La política como adicción
Gisela Kozak Rovero
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Más ha hecho por las convencionalmente llamadas humanidades La odisea, de Christopher Nolan, que muchos cursos universitarios que intentan complacer a los estudiantes alejándolos de toda dificultad y convirtiéndolos en adictos a la política en su dimensión más pobre, la de la militancia disfrazada de ejercicio académico.
Soy adicta a la política desde adolescente y, la verdad, no tengo una idea clara de por qué es así puesto que no es una herencia familiar. ¿Los libros en la casa? No lo creo, se trataba de una biblioteca absolutamente literaria, con algunos textos sobre la Unión Soviética y uno que otro ensayo histórico, entre los cuales recuerdo El cesarismo democrático, de Laureano Vallenilla Lanz, que trataba sobre la necesidad del hombre fuerte en Venezuela y otras tierras del continente. Me gustó tempranamente la historia y leía con fruición los manuales de bachillerato cuando estaba en primaria y después los textos que se citaban. Sin embargo, el gusto por la historia no justifica mi interés temprano por los partidos políticos, mi identificación a los 13 o 14 años con el partido socialdemócrata Acción Democrática y, muchísimo menos, mi repentina pasión por la izquierda revolucionaria que no hallaría lugar y eco hasta que entré en la Universidad Central de Venezuela a estudiar Letras. Otros adictos, adictas y adictes nos juntábamos para hablar horas de política para desconcierto de nuestros bastante más normales compañeros y compañeras; había otros anormales, como nosotros, pero su vocación era exclusivamente literaria y ensimismada, y decían grandes frases al estilo de “hombre moderno”, “la pérdida de lo sagrado” y cosas así. Sobra decir que en Letras no suelen abundar las personas sensatas, pero en Letras de la Universidad Central de Venezuela la insensatez era el pan nuestro de cada día.
A veces me pregunto por qué no estudié Ciencias Políticas. Si mal no recuerdo, a mis dieciocho años tenía un afán de pureza que me llevó a mirar por encima del hombro el lodo de la vida práctica, una ridiculez que me hace reír al momento de escribirla. La literatura, por la que siempre he sentido una afección profunda no adictiva, me salvaría del aburguesamiento, de la infinita tosquedad de la cultura de masas, de la esclavitud al dinero, del matrimonio, de lo que consideraba el estrecho destino de las mujeres de mi entorno y quién sabe cuántas fruslerías basadas en la superioridad moral. El mundo significaba una masa infinitamente maleable cuya levadura sería la revolución. No existía un solo aspecto de la vida —desde la vestimenta, el sexo y el amor, pasando por la economía, la política y la cultura— que no pudiera ser modificado de raíz y para siempre por virtud de la acción humana, debidamente conducida por una vanguardia esclarecida. Tengo que decir que tuve la extraordinaria suerte de haber leído mucho en la adolescencia y también en Letras, un escudo contra tanta soberbia junta. Con todo, la caída del mundo socialista a finales de los años ochenta no me curó de la adicción; me curó de las supercherías comunistas, un excelente avance.
Viéndolo en perspectiva, la política parecía la única salvación para una adolescente en desventaja por diversas razones, quien sustituyó la vida real por una ficción alentadora y fascinante respecto a nuestro poder sobre el mundo. Sería muy fácil llevar el tema al terreno más personal, pero es evidente que la política como adicción es muy frecuente en los campos de las humanidades, las ciencias sociales, el arte y la literatura, lo que empuja a una pregunta antipática: ¿a mayor utilidad práctica, menor interés en la política y viceversa? Mi experiencia como profesora universitaria e investigadora es que los posgrados y pregrados de humanidades se refugian en ejercicios políticos radicales de izquierda, no de otra ideología, como si tuvieran que justificar su existencia poniéndose del lado de los sectores excluidos. Otros sectores políticos no parecen especialmente interesados en estas áreas porque, haciendo gala de su ignorancia, asumen que las humanidades, las ciencias sociales y la cultura son asuntos de gente de izquierda, un absurdo sin pies ni cabeza pues las tensiones entre la creación, el pensamiento y la política práctica han sido constantes en los últimos dos siglos.
Una cosa es la adicción por la política, mi enfermedad, y otra muy distinta pensar que tal adicción tiene signo ideológico. La política es una adicción cuando se nos olvida que la riqueza de la vida desborda la idea de sistema o cuando se convierte, como en mi caso, en una amenaza constante (soy venezolana). Le he robado a mi existencia muchas horas de belleza, de afecto y de vitalidad por darle a la política un espacio excesivo. No es cuestión de arrepentirse, es cuestión de echarle pasión a lo que de verdad importa, alojada con felicidad en la convicción íntima del valor de esos momentos en los que he vivido libre de la idea de opresión, ese espacio tan lejano a la cárcel discursiva de la política como adicción, cuyo reverso desde el ejercicio del poder estatal son las pulsiones totalitarias. Como dice Laurence Ferlinguetti en “La vida sin fin”: No tiene fin/ la espléndida vida del mundo/ no tiene fin su hermoso vivir/ su hermoso respirar.
Vivir libre de la política como adicción significa que ejercer plenamente la ciudadanía y luchar por una causa no debe alojarnos en la amargura de la víctima ni en el rechazo sistemático de otras etapas históricas. La variedad y complejidad del mundo es irreductible al ejercicio del poder con fines de explotación y sumisión. Un ideal emancipatorio no puede ponernos de espaldas al pasado, independientemente de la evaluación que nos merezca. En un tiempo de auge de los nacionalismos de tinte religioso, toca recuperar el aliento universalista de las herencias humanistas, en lugar de considerar estas como expresión pura y simple del colonialismo, el racismo o la dominación masculina. Una buena dosis de cosmopolitismo, apertura y tolerancia es fundamental en esta época de nacionalismos y pulsiones identitarias. Este debería ser el marco de las humanidades en la educación superior; pero no lo es actualmente, no al menos en el campo de las letras, sumergido en debates políticos que suelen responder en las democracias liberales a un signo político: la izquierda más radical posible.
Lo más lamentable es que la adicción a la política nos ha llevado a olvidar que las prácticas artísticas, culturales y de pensamiento tienen sus propias reglas irreductibles a la ideología. Más ha hecho por las convencionalmente llamadas humanidades La odisea, de Christopher Nolan, que muchos cursos universitarios que intentan complacer a los estudiantes alejándolos de toda dificultad y convirtiéndolos en adictos a la política en su dimensión más pobre, la de la militancia disfrazada de ejercicio académico.
Foto de Peter Lawrence en Unsplash
Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak
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Posted: August 25, 2026 at 9:35 pm







