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¿Presión o providencia?
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¿Presión o providencia?

Carlos Bravo Regidor

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A primera vista, ese mapa –por incómodo que resulte– podría ser útill

 

Seis minutos bastaron. Un oficial de la embajada estadounidense advirtió a sus interlocutores chilenos que, si seguían adelante con el proyecto de conectar un cable submarino con Hong Kong, los funcionarios responsables y sus familiares perderían sus visas. El proyecto quedó en pausa. Después, según consigna el New York Times (https://tinyurl.com/432efbjr), el embajador de Estados Unidos explicó el propósito sin rodeos: no castigarlos, sino cambiar su conducta. Y funcionó.

La administración de Donald Trump ha hecho de las visas estadounidenses un instrumento de presión formidable. La decisión es soberana —Estados Unidos decide quién ingresa a su territorio—, pero su uso puede ser coercitivo fuera de él. A veces, como en el caso chileno, Washington anuncia qué quiere y qué ocurrirá si no lo obtiene. Otras veces simplemente retira una visa y calla.

La primera variante es transparente; la segunda, opaca. No formula una exigencia concreta, susceptible de ser aceptada, negociada o rechazada: produce un estigma difícil de disipar. El Departamento de Estado afirma que tiene razones, pero no dice cuáles. El afectado queda obligado a defenderse de algo que nadie ha formulado y que, precisamente por eso, resulta imposible refutar.

Eso vuelve especialmente poderosa la medida cuando cae sobre alguien que ya arrastra sospechas. La cancelación de la visa de Andy López Beltrán no crea los señalamientos que circulaban sobre él, ni siquiera los corrobora, pero les añade el peso de una decisión oficial estadounidense. No confirma una sospecha determinada: las vuelve a todas un poco más difíciles de ignorar. No sabemos qué información tiene Washington ni si está relacionada con alguno de esos señalamientos; mientras no lo explique, la incertidumbre convoca a la imaginación.

Pero el efecto político de una visa cancelada no se agota en su titular. Y Washington tampoco trata al oficialismo como un bloque. Mientras algunos de sus integrantes reciben cancelaciones de visas, señalamientos o acusaciones, con otros mantiene una relación estrecha: García Harfuch en seguridad; Ebrard en comercio. Días antes del caso Andy, ambos gobiernos resolvieron el conflicto de los inspectores de aguacate en Michoacán; el sábado, Christopher Landau habló de una relación bilateral “duradera y simbiótica” y pidió que el “ocasional drama político” no distrajera de la cooperación.

No es, por tanto, Estados Unidos contra México. Ni siquiera Estados Unidos contra Morena. Washington coopera con unos y señala a otros.

La suma de premios y presiones va dibujando así un mapa de la coalición gobernante: con quién pueden trabajar los estadounidenses y quién representa un problema para sus intereses. Y el mapa puede redibujarse. El New York Times también documenta que funcionarios salvadoreños cercanos a Nayib Bukele, sancionados durante el gobierno de Biden, recuperaron sus visas bajo Trump. No estamos ante una certificación de honestidad o corrupción, sino ante algo mucho más transaccional: una clasificación según su utilidad para Washington.

Tampoco hace falta imaginar un cuarto de guerra en Washington trazando ese mapa. Como ha planteado Jorge G. Castañeda (https://tinyurl.com/2etaj29n), las decisiones pueden provenir de oficinas distintas y perseguir objetivos diferentes. Puede haber mapa sin cartógrafo.

Con todo, la presión sobre individuos termina alcanzando a la presidenta. Cada señal de Washington exige una respuesta: defender al señalado, deslindarse de él, pedir explicaciones o guardar silencio. La medida no necesita dirigirse a Sheinbaum para estrechar su margen de maniobra. Basta con hacer inevitable que asuma una posición.

A primera vista, ese mapa –por incómodo que resulte– podría serle útil a Sheinbaum. La presidenta heredó figuras, compromisos y redes del obradorismo que dificultan imprimirle al gobierno prioridades y operadores propios. Las distinciones que Washington hace visibles le ofrecen una oportunidad para pintar su raya: no para agachar la cabeza ante las decisiones estadounidenses ni asumir que una visa cancelada es prueba de un delito, pero sí para elevar sus estándares, exigir cuentas, tomar distancia o incluso limpiar la casa.

Pero ¿y si estuviera ocurriendo lo contrario?

Cuanto más públicamente señale Washington a una figura de Morena, más difícil puede resultarle a Sheinbaum tomar distancia de ella. Un deslinde que en otras circunstancias podría entenderse como una medida de disciplina interna corre ahora el riesgo de parecer dictado desde fuera. Si la presidenta se aparta de alguien justo después de que Estados Unidos le cancela la visa, ¿está aplicando sus criterios o aceptando que el Departamento de Estado determine quién merece su confianza dentro de Morena?

El costo tampoco sería sólo simbólico. Una cadena de deslindes frente a figuras señaladas desde Washington podría fracturar una coalición que Sheinbaum necesita para gobernar. Lo que podría fortalecerla ante la opinión pública podría debilitarla dentro de esa misma coalición.

Washington apunta a individuos: este, aquel. Sheinbaum y Morena responden en plural: nosotros. La discusión deja entonces de girar sólo en torno a la conducta de los señalados y empieza a girar en torno al derecho de una potencia extranjera a hacerlo. La presión que podía facilitar el aislamiento de esas figuras empieza a dificultarlo.

Andy ofrece el ejemplo más claro. Su carrera política venía dando tumbos y su apellido generaba más expectativas que resultados. Hay, además, una desmesura reveladora: no ocupa un cargo de elección ni representa al Estado mexicano. Convertir la cancelación de su visa en una causa de soberanía equivale a atribuirle una representación que nadie le otorgó en las urnas. Y, sin embargo, la medida le concede algo que él no había conseguido producir por sí mismo: la legitimidad política de una víctima.

La noticia no la dio Washington: la dio Andy López Beltrán, en primera persona, la noche del jueves, mediante una carta al presidente estadounidense. Cuando la revocación se anuncia desde afuera, el señalado responde a destiempo y a la defensiva. Cuando no se anuncia, decide cuándo y cómo se convierte en noticia. La opacidad que le ahorra costos a Washington le entrega al señalado la administración del momento. De lastre político para Morena, Andy puede ahora convertirse en un símbolo morenista de la resistencia nacional frente a Estados Unidos.

El desplazamiento es providencial. Las preguntas sobre Andy —qué hay de cierto en los señalamientos que arrastra, de dónde provienen, qué sabe realmente Washington— empiezan a competir con otra pregunta mucho más cómoda para él y su partido: si Estados Unidos está atacando a Morena. Así, la presión externa puede terminar neutralizando el escrutinio interno.

Se dirá que Morena habría cerrado filas de todos modos, que blindar al señalado es una vieja costumbre del movimiento. Es cierto, pero no basta. Una cosa es proteger a alguien hacia adentro, gestionando el costo; otra es que esa protección se convierta en la posición oficial del gobierno mexicano ante Washington. Lo que cambia, más que el reflejo, es su rango.

Washington puede avivar la sospecha, pero no fijar su significado político. Al no explicar sus razones, deja al señalado sin una acusación concreta que refutar. Y le da a él y a sus aliados espacio para presentar la medida como persecución, agravio o injerencia. Quizá Washington logre que millones se pregunten qué le sabe a Andy, quizá también que Morena se niegue a hacerse esa pregunta, cierre filas y lo envuelva en la bandera nacional.

El instrumento que estigmatiza puede generar, paradójicamente, solidaridad. En una de esas, Washington desacredita a quienes marca y, al mismo tiempo, hace políticamente más costoso que Sheinbaum se desmarque de ellos.

 

 

Photo by Norberto Triaes on Unsplash

 

Carlos Bravo Regidor. Es analista político. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México e Historia en la Universidad de Chicago. Sus áreas de especialización son la historia y la política contemporáneas, tanto en México como en Estados Unidos. Su libro más reciente es Mar de dudas. Conversaciones para navegar el desconcierto (Gatopardo / Grano de sal, 2025). X: @carlosbravoreg

 

 

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Posted: August 17, 2026 at 10:56 am

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