Terror y necesidad
José Antonio Aguilar Rivera
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Uno de los argumentos para justificar la destrucción por parte del ejército israelí de Gaza ha sido que buena parte de las muertes civiles y la destrucción de la infraestructura de la franja es un daño colateral al objetivo militar de derrotar a Hamas y neutralizar su poderío militar. El sufrimiento de la población de Gaza es lamentable, pero, se aduce, es similar al de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial cuando los Aliados bombardearon sus ciudades. En ambos casos la intención no sería exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo. Es obvio que los Aliados buscaban vencer a Hitler, pero el símil con el bombardeo de las ciudades alemanas es mucho más ambiguo y problemático de lo que parece.
El teórico político Michael Walzer le dedica a la idea de la emergencia y la necesidad un capítulo de su importante libro Just and Unjust Wars (1977). ¿Existen circunstancias extraordinarias que justifican moralmente romper las reglas de la guerra? Para responder esa pregunta Walzer investiga dos casos históricos: el bombardeo de las ciudades alemanas y el uso de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Esta es tal vez la parte más inquietante del libro de Walzer, porque encuentra que en circunstancias excepcionales la necesidad puede justificar acciones criminales. Aunque condena absolutamente la decisión de emplear la bomba en Japón, su posición frente a los bombardeos de las ciudadades alemanas es más matizada.
Bombardeos terroristas
Como recuerda Walzer, la decisión de la Royal Air Force de bombardear las ciudades alemanas se tomó a finales de 1940. Antes de esa fecha el bombardeo de blancos civiles estaba prohibido. Sin embargo, en noviembre de ese año, tras el ataque alemán a la ciudad de Coventry, se le ordenó al Comando de Bombarderos que “simplemente apuntara al centro de una ciudad.” Lo que antes se había llamado “bombardeo indiscriminado (y comúnmente condenado) ahora era obligatorio. A comienzos de 1942 ya no se bombardearon blancos militares o industriales: ‘los objetivos debían ser las zonas urbanas edificadas y no, por ejemplo, los astilleros o las fábricas de aviones’. El propósito declarado explícitamente de los ataques aéreos era destruir la moral de la población civil. A raíz del célebre memorándum de Lord Cherwell de 1942 se concretaron los medios para lograr dicha desmoralización: los barrios residenciales de la clase trabajadora constituían los objetivos principales. Cherwell consideraba factible para 1943 dejar sin hogar a un tercio de la población alemana. […] como consecuencia directa de la adopción de una política de bombardeos de terror por parte de los dirigentes británicos, unos 300.000 alemanes —en su mayoría civiles— perdieron la vida y otros 780.000 resultaron gravemente heridos.” [1] Estas acciones claramente violaban las reglas de la guerra que distinguen entre combatientes y no combatientes. La muerte de los segundos sólo puede justificarse como un daño colateral de atacar a los primeros. Sin embargo, eso no fue lo que hicieron los ingleses.
La política británica tuvo otras consecuencias pues, como señala Walzer, fue el precedente crucial para los bombardeos incendiarios de Tokio y otras ciudades japonesas, y “posteriormente para la decisión de Harry Truman de lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El número de víctimas civiles causadas por el terrorismo de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial debió de superar el medio millón de hombres, mujeres y niños”.[2]
La mayor parte de la sociedad británica, con todo, “siguió creyendo que los bombardeos estaban dirigidos exclusivamente contra objetivos militares”. Walzer llama a estas acciones de guerra “bombardeos terroristas”. Recurrir al terror provocaba en los ingleses profundas dudas morales: “en el momento álgido del Blitz muchos oficiales británicos seguían convencidos de que sus propios ataques aéreos debían dirigirse exclusivamente a objetivos militares y de que era preciso esforzarse por reducir al mínimo las bajas civiles. No querían imitar a Hitler, sino diferenciarse de él. Incluso aquellos oficiales que consideraban deseable causar la muerte de civiles buscaban preservar su honor profesional: tales muertes, insistían, eran deseables «solo en la medida en que fueran una consecuencia indirecta de la intención principal de alcanzar un objetivo militar…».
Con todo, a Walzer le pareció justificable, inicialmente, recurrir a los bombardeos terroristas. En efecto: “La decisión de bombardear ciudades se tomó en un momento en que la victoria no se vislumbraba y el espectro de la derrota estaba siempre presente. Y se adoptó cuando no parecía posible ninguna otra decisión si se quería llevar a cabo algún tipo de ofensiva militar contra la Alemania nazi. Cuanto más segura parecía una victoria alemana —sin un bombardeo masivo—, más justificada resultaba la decisión de emprender dicha ofensiva. No es solo que tal victoria fuera aterradora, sino también que, en aquellos años, parecía muy próxima; no es solo que estuviera cerca, sino también que resultaba tan aterradora. Nos hallábamos ante una emergencia suprema, una situación en la que bien podía exigirse pasar por encima de los derechos de personas inocentes y romper las convenciones de la guerra[3] […] ¿Debería poner en la balanza este crimen concreto —el asesinato de personas inocentes— frente a ese mal inconmensurable: el triunfo nazi?” Walzer responde, compungidamente, de manera afirmativa. Tiene claro que la norma que prohíbe tales actos criminales “se fundamenta en una concepción de los derechos que trasciende toda consideración inmediata. Surge de nuestra historia común; contiene la clave de nuestro futuro común. Pero me atrevo a decir que nuestra historia sería anulada y nuestro futuro condenado a menos que se acepten las consecuencias de la criminalidad aquí y ahora. No es un argumento fácil de plantear y, sin embargo, debemos resistir cualquier intento de simplificarlo. Sin duda, muchas personas hallaron cierto consuelo en el hecho de que las ciudades bombardeadas fueran alemanas y algunas de las víctimas, nazis. En la práctica, aplicaron una escala variable y negaron o restaron importancia a los derechos de los civiles alemanes para así negar o minimizar el horror de sus muertes… Si uno se ve obligado a bombardear ciudades, me parece que lo mejor es reconocer que también se ha visto obligado a matar a inocentes”. Para Walzer, una victoria nazi significaba una amenaza a los valores humanos “tan radical que su inminencia constituiría, sin duda, una emergencia suprema; y este ejemplo puede ayudarnos a comprender por qué otras amenazas de menor gravedad podrían no constituir tal cosa”.
No es una sorpresa que esta defensa de la necesidad, aunque haya sido matizada y cualificada por Walzer, haya sido cuestionada. Al final del día creía que “para salvar a una nación, podemos vulnerar los derechos de un número determinado —aunque menor— de personas.” La razón es que para él, “la supervivencia y la libertad de las comunidades políticas —cuyos miembros comparten una forma de vida desarrollada por sus antepasados para ser transmitida a sus hijos— constituyen los valores supremos de la sociedad internacional. El nazismo desafió estos valores a gran escala, pero aquellos desafíos de menor alcance —si son de la misma índole— conllevan consecuencias morales análogas: nos someten al imperio de la necesidad (y la necesidad no conoce reglas).” Esta es precisamente la lógica que Benjamín Constant, un liberal francés, rechazó después del Terror de la Revolución francesa. Sin embargo, Walzer rápidamente da un paso atrás: “quiero establecer límites radicales a la noción de necesidad, incluso cuando yo mismo la he estado utilizando. Porque la verdad es que la emergencia suprema terminó mucho antes de que los bombardeos británicos alcanzaran su punto álgido. La gran mayoría de los civiles alemanes muertos por bombardeos terroristas murió sin razón moral (y probablemente también sin razón militar). Para julio de 1942, sin duda, era hora de detener el bombardeo de ciudades alemanas y apuntar, táctica y estratégicamente, solo a objetivos militares legítimos. Pero esa no era la opinión de Churchill… Así continuaron los bombardeos, culminando en la primavera de 1945 —cuando la guerra estaba prácticamente ganada— en un ataque salvaje contra la ciudad de Dresde en el que murieron unas 100.000 personas. Solo entonces Churchill reconsideró su postura”. Por esa razón no tuvo justificación moral la destrucción de Dresde, Hamburgo y Berlín y todas las demás ciudades atacadas “simplemente por el afán de terror.”
En el caso de Japón, según Walzer, la situación era muy diferente. No había justificación moral para el uso de la bomba atómica. En efecto, “incluso si asumimos que la rendición incondicional era moralmente deseable debido a la naturaleza del militarismo japonés, podría seguir siendo moralmente indeseable [el uso de la bomba] a causa de los costos humanos que conllevaba. Sin embargo, yo plantearía un argumento más contundente: el caso japonés difiere lo suficiente del alemán como para que nunca se hubiera debido exigir la rendición incondicional… Si matar a millones (o a muchos miles) de hombres y mujeres era militarmente necesario para su conquista y derrocamiento, entonces —para no matar a esas personas— era moralmente necesario conformarse con algo menos”.
Contra el terror
Walzer cree, de manera renuente, que para “salvar a una nación” a veces es permisible, en un caso extremo, sacrificar inocentes. Esa es una conclusión moral que Albert Camus rechazó enfáticamente. No solo se trata de que es muy dudoso que los israelíes hayan estado —o estén— en una situación análoga después de los ataques terroristas de Hamas a la que enfrentaban los ingleses en 1940. Es claro que esos ataques terroristas fueron injustificables crímenes de guerra contra civiles. Sin embargo, no representaron una amenaza existencial a Israel como la que significó el nazismo para Inglaterra. Y aunque lo hubieran sido, para Camus la violencia en contra de civiles —palestinos o israelíes— es ilegítima en sí misma: no importa quién la emplee, por qué se emplee y para qué se emplee. Ciertamente, entre los alemanes muertos en los bombardeos hubo quienes apoyaron y simpatizaron con Hitler, de la misma manera que numerosos palestinos de la franja de Gaza apoyaron a Hamas y corearon mueras a Israel. ¿Esas actitudes y opiniones los despojaron de la inmunidad que les confería ser civiles? La pregunta no es sencilla, pero me parece que el criterio central es que no eran combatientes y, por lo tanto, no eran blancos legítimos de violencia armada. Exactamente lo mismo que los ciudadanos israelíes que fueron asesinados y secuestrados por los terroristas de Hamas. Un gobierno también puede recurrir al terror. Para ser justos y equitativos, escribió Camus en el contexto de la guerra de independencia de Argelia, debemos condenar con igual fuerza y sin ambages el terrorismo usado por el Frente de Liberación Nacional (FLN) en contra de civiles franceses y en un grado mayor contra civiles árabes. Ese terrorismo es un crimen que no puede ser exculpado… “No hay forma de transformar el reconocimiento de las injusticias cometidas contra el pueblo árabe en una tolerancia sistemática a quienes asesinan indiscriminadamente a civiles árabes y franceses sin importar su edad o sexo… cualesquiera que sea la causa que se defienda siempre será deshonrada por el asesinato ciego de una multitud inocente cuando el asesino sabe con anticipación que matará a mujeres y niños”. Eso aplica tanto para Hamas como para Israel. Aun la causa más legítima no puede, ni debe, legitimar el asesinato de mujeres y niños. Como señala David Carroll, para Camus, “las vidas individuales debían estar antes que los ideales, cualesquiera que fuera la legitimidad de esos ideales. No habría, y no podría haber, justicia si lo contrario fuera cierto, puesto que ningún fin puede justificar nunca medios terroristas. Ningún ideal puede legitimar el asesinato; ni siquiera la libertad y ciertamente no la justicia”.[4]
Como escribí en estas páginas, para Camus los crímenes siguen siendo crímenes, los asesinatos, asesinatos y el terrorismo, terrorismo sin importar la causa a la que sirvan. Haríamos bien en escuchar esa voz que se atreve a incordiar a tirios y troyanos por igual. Camus no solo defendía a su madre: nos defendía a todos. Para que el bombardeo de las ciudades alemanas y la destrucción de Hiroshima y Nagasaki —y las acciones militares israelíes en Gaza— sean considerados crímenes de lesa humanidad, no es necesario que se emplee la palabra genocidio. La precisión terminológica, e incluso legal, es secundaria al hecho humano, a la catástrofe, que significaron —y significan— esas acciones.
Notas
[1] Michael Walzer, Just and Unjust Wars, New York, 1977. pp. 255-57.
[2] Walzer, Just and Unjust, p. 255.
[3] Walzer, Just and Unjust, p. 259.
[4] David Carroll, Albert Camus the Algerian: Colonialism, Terrorism, Justice (New York: Columbia University Press, 2008).
José Antonio Aguilar Rivera (Ph.D. Ciencia Política, Universidad de Chicago) es profesor de Ciencia Política en la División de Estudios Políticos del CIDE. Es autor, entre otros libros, de El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos (Taurus, 2004) y La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 (FCE, 2010). Publica regularmente sus columnas Panóptico, en Nexos, y Amicus Curiae en Literal Magazine. X: @jaaguila1
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Posted: September 13, 2026 at 8:31 pm








