DESORDEN PÚBLICO - EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS
DANIEL CENTENO MALDONADO
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La banda de ska venezolana cumple 40 años, y lo piensa celebrar con toda la pompa posible. A punto de sacar un disco tributo a la Fania All Stars, y en medio de una gira internacional, que los traerá a Houston, la llama de los cuatro amigos fundadores dista de apagarse sin importar cuán bravo sea el mar que lleve al barco del grupo.
Me gustan las anécdotas que dan cuenta de la génesis de una banda de rock. Como la de los Rolling Stones, que está en todos lados y mejor explicada que acá: dos jóvenes coinciden en un vagón de tren. Uno trae un disco de Chuck Berry y el otro un par de Muddy Waters. Los vinilos hacen que se rompa el hielo entre ellos. Hablan y, sin saberlo, en ese preciso momento ambos estaban sellando la sociedad Jagger/Richards.
Algo parecido pasó en Caracas hace más de 40 años.
“Yo llegué a la banda por carambola. No sé si conoces la historia”.
Cómo no dejar que me la cuente, pienso.
“Fui a comprar un disco de XTC a una tienda, y el que yo quería lo había pedido otra persona. No hubo forma de que me lo vendieran. Por suerte, en el momento llegó el chamo que lo había encargado, me presenté y le dije: ‘¿Me lo puedes grabar mientras llega mi copia?’. A lo que el pana me respondió: ‘Claro, te lo grabo, pero quiero ver qué tienes ahí’. Cuando revisó mis discos –The Beat, Joe Jackson, Elvis Costello, The Selecter–, el chamo soltó un: ‘¡Nooo, pana, tienes que conocer a mi primo! ¡Ese escucha lo mismo que tú!’ Y yo: ‘¿En serio oye ska?’. ‘Sí, tiene una colección gigantesca. Yo voy para allá. Si quieres, acompáñame’.
Era un sábado por la tarde. También era otra Venezuela. Una en donde estas cosas sucedían, en donde dos jóvenes que no se conocían atravesaban una ciudad por un simple gusto musical.
“Y me voy con él. Sin saber adónde nos dirigimos, sólo con la misión de conocer a su primo. De repente, tenemos que agarrar metro hasta la estación Gato Negro. De ahí nos subimos a un carrito que va por una montaña, entre un poco de edificios que en mi vida había visto. Nunca había llegado hasta esa parte de Caracas, porque no tenía amigos en ese lado de la ciudad. Nos bajamos, y el pana me dice: ‘Vamos a cruzar por una pared para agarrar un atajo’. Se refería a un hueco en un muro para poder pasar a la urbanización. Yo no sabía adónde iba, pero también me decía: ‘Bueno, ya estás aquí. Sigue pa’ lante’. Cuando llego, en el porche de la casa del familiar, estaban un poco de panas con franelas de Dead Kennedys, Ramones… Todo un rollo new wave: pantalones de camuflaje, botas militares, y esas cosas”.
El famoso primo sacó sus discos, y toda la tribu empezó a escuchar esa extraña música. También tuvo tiempo para hablar con el recién llegado. Vio sus vinilos y de inmediato sucedió el mismo milagro de Jagger/Richards pero en el Caribe.
“Instalaron un VHS y un televisor en la sala, y nos dimos el gusto de ver el concierto US Festival 83, el mismo donde tocaban The Clash y The Beat. Pana, pasamos toda la tarde en eso… Con decirte que después no sabía ni cómo devolverme a mi casa, pero ellos me trajeron. Uno de los del combo tenía una camioneta. Cuando llegué al apartamento, le dije al primo del pana: ‘¿Sabes qué? Sube a mi casa, y agarra lo que quieras para que lo grabes’. El chamo me acompañó, tomó unos discos y se fue.”
El tan mentado primo era José Luis “Caplís” Chacín (bajo), y entre los presentes estaba Horacio Blanco (cantante). Quien relata esa historia de juventud es Danel Sarmiento (batería), una persona reflexiva a quien le confiarías las llaves de tu casa si fuera tu amigo. Acabo de mencionar a las tres cuartas partes en activo de Desorden Público.
Esto comienza a agarrar forma.
–¿Cuando llegaste a esa casa y conociste a esa gente qué pensaste?
–Me dije: ‘Aquí es donde quiero estar.’
***
Demarcar el instante exacto del nacimiento de una banda que acaba de cumplir 40 años no es tarea fácil. Para mí eso sucedió con la anécdota pasada, cuando Danel entró a formar parte del núcleo duro de Desorden Público. Para ellos el hecho se limita a una cuadra: la calle tres de la urbanización caraqueña de Vista Alegre: la guarida de Caplís y sus compinches. Para los estudiosos del rock venezolano la precisión obliga a dar una fecha y lugar indiscutibles: 27 de julio de 1985 en el Club Junkolandia, ubicado en el kilómetro 35 de la vía que desde Caracas lleva a la Colonia Tovar.
El reto sigue. Tal como su denominación lo señala el talante del grupo tiende al desorden. Dirán que acabo de usar un recurso fácil para jugar con su nombre. ¡Qué va! Conseguir una entrevista con ellos requirió decenas de mensajes internacionales, meses de negociación y diferentes reuniones por separado para ir armando al muñeco. Muchos no creerían que el mejor encuentro fue en la habitación de un hotel en Austin en donde la casualidad quiso que coincidiera con dos de sus fundadores. Pero ya habrá un lugar para esa parte…
Este perfil, por consiguiente, responderá a las leyes del caos que tan bien ha funcionado para el grupo. El mismo principio que los llevó a Junkolandia y, para ser poetas, al lugar que estuvo asediado de neblina en pleno meridiano de una década prodigiosa. En aquel tiempo, Horacio Blanco y Caplís eran los organizadores de la famosa Crisis Musical, cónclave de bandas y chavalada que buscaron su hogar en la estridencia. En la primera edición, solo fungieron como discjockeys de su miniteca Aseo Urbano; en la siguiente, se estrenaron con el grupo recién armado. El nombre hacía burla directa al lema de los antiguos camiones de la aún más antigua Guardia Nacional de Venezuela: Orden Público.
“Sí, en la segunda edición apareció Desorden, este primerísimo Desorden. También ahí tocaron bandas bien underground como por ejemplo 4to Reich, Sucia Sugestión, Botín Urbano y Caos Total. Fíjate del éxito de estos eventos: lo que te refiero pasó hace casi 40 años y seguimos hablando de eso”.
Quien me da el dato es Horacio Blanco, el hombre de las palabras, el pana al que le pedirías que puliera todos tus borradores e intervenciones para buscar el término exacto que te libre de todo mal. Para entonces, él tocaba la guitarra y el cantante era Andrey Vivas. Tampoco estaba Danel en sus filas. Los que presenciaron el concierto dicen que la banda tuvo actitud punk y ofreció siete temas. De ese repertorio sobrevivieron Políticos paralíticos, ¿Dónde está el futuro? y Lili es…
–Tengo entendido que entre las canciones tocaron una que se titulaba Juan el Coprofílico. ¿O eso es un mal chiste?
–No creo que la tocáramos ese día, pero sí era parte de lo que veníamos ensayando. No es un chiste, aunque de serlo, estaría muy gracioso.
Lo que sí reviste cierta seriedad era el contenido de esas primeras canciones, piezas que mezclaron el humor negro con la protesta social. Para esa Venezuela aún próspera, que comenzaba su camino a transformarse en un recuerdo, la Guardia Nacional era una de las fuerzas represoras, conocidas por dispersar a la ciudadanía a fuerza de peinilla, bombas lacrimógenas y perdigón. Las letras de este grupo disparaban a matar al status quo de un país que, por entonces, era ignorante de su suerte futura. Esta marca de la casa descollaba aún más cuando la voz cantante rugía su disconformidad con un color muy poco convencional.
“Dices que mi voz no es normal, y estoy de acuerdo”, comenta Horacio. “En la música popular, más del 90% de las voces masculinas son tenores. Todos mis héroes musicales lo son. Yo nací barítono, y esto le da un color distinto a mi timbre vocal dentro de la estética de la música popular. Fíjate que yo nunca pude versionar a las bandas que me gustan, porque mi tesitura no me lo permite. Si trato de cantar como un tenor, me ahogo, me ahorco, no doy. Para mis compañeros, a veces esto es un fastidio, porque ellos deben llevar una canción a una tonalidad que yo pueda cantar. Quizás por eso muchas de mis piezas tienen un tono conversacional. Además, compongo con mucho texto, cosa que te exige charlar; y eso es como otro sello de Desorden.”
Toca hablar del tema. Las letras de Desorden Público, desde sus inicios, son unívocas. Van a lo que van y pocas veces se enmarañan en metáforas insolubles. Libros y tesis universitarias las han usado para retratar los cambios sociales del país. Un grupo que se estrena con Políticos paralíticos, Lo agarraron o ¿Dónde está el futuro? no cree en las medias tintas para señalar su inconformidad con las instituciones.
“¿Por qué teníamos un cantante llamado Andrey? En esa época, lo primordial era ser panas, incluso si no tenías experiencia musical. Lo importante era que compartieras el mismo ámbito de fiesta, de amigos, de pandillas adolescentes y de gustos musicales. Un día, nos inventamos una asamblea ad hoc en donde nos repartimos las funciones e instrumentos en la banda. Andrey tenía una buena actitud, mostraba entusiasmo y se ofreció como cantante, sin audición ni experiencia previa, hasta que arremetió su verdadera pasión.”
–¿Su verdadera pasión?
–Sí. La verdadera pasión de Andrey era el futbolito, no la música. Entonces, él comenzó a faltar a los ensayos porque coincidían con sus horarios de entrenamiento. Como yo escribía las letras, y me las sabía, me fui quedando como el suplente. Todavía estoy esperando a que venga el cantante oficial de Desorden. Vamos a ver si llega…
Es la primera vez que se me ocurre la idea de que a Desorden Público lo salvó el deporte.
***
Va una batallita personal para el distinguido público lector:
Hace un cuarto de siglo, formé parte de esas asambleas de repartición de instrumentos. Fue en un ensayo para el disco Diablo al que un amigo trompetista me llevó en calidad de asomado. Oscar Alcaíno, Oscarello el Magnífico para las masas, necesitó una mano extra para el tema Amargo rencor. El percusionista de Desorden Público me acercó una quijada de burro y me pidió que la accionara cada tres compases. Cuando el ensayo llegó a su fin, Oscarello me dio una palmada en el hombro y, con una sonrisa pícara, me soltó un parlamento de hermano mayor delante del resto de la concurrencia:
“¡Ya puedes decirles a las carajitas que tocaste con Desorden, chamín!”
Esa misma noche lo hice, con el pecho inflado, y la joven no me creyó.
O no le importó.
Eso recuerdo, mientras un halo de luz se filtra dentro de una habitación de motel barato en el centro de Austin. Oscarello mantiene la sonrisa de hace 25 años desde un flanco. Caplís me observa, cejijunto, sentado en una esquina de su cama. Busco meter algo de conversación, y alabo la calidad del hotel turísticoen donde coincidimos de pura casualidad.
–Será tirístico…–rezonga con hastío el guitarrista Harold Quevedo desde la otra cama que tiene el cuarto, mientras me da la espalda para intentar echar un sueñito.
Después de fracasar en mi intento de refrescarles la memoria con mi cuento del ensayo, disparo una pregunta, en apariencia aleatoria, a ver si así quiebro el iceberg.
–¿Por qué elegiste ser bajista, Caplís?
–¿Cómo? –pregunta sorprendido, antes de retomar con la mirada de alguien con malas pulgas -. Me lo tripeo mucho… Me gusta mucho el bajo, de toda la vida. Y soy un guitarrista frustrado. Nunca pude con la guitarra.
Luego de que Caplís diera por zanjado ese tema, intento justificar mi admiración por los bajistas. Hablo de Paul McCartney y de Sting, quienes consideran a los de su especie como los grandes arquitectos del sonido de una banda. Después, le menciono una conversación que sostuve con Oscar D’León, genio ejecutor de las cuatro cuerdas, que califica al bajo como el instrumento líder; y, cuando voy a dar otro ejemplo, a Caplís se le ilumina el rostro y me ataja.
– Mira, no le pares bolas a lo anterior que te dije. Deja y te cuento mejor algo que me pasó: el primer bajo que toqué, así en mi vida, fue el del bajista de Van Halen.
Va otra anécdota de oro, y en el dato final vuelve el desorden a este rompecabezas:
“Me coleé con 15 panas al Poliedro de Caracas, y Van Halen estaba en su prueba de sonido. De repente, los tipos se bajaron del escenario porque llegaron unas pizzas y unas cervezas. En una de esas, Michael Anthony me dice que él construyó su propio bajo y me dio la oportunidad de tocarlo. Cuando lo hice, esa vaina sonó durísimo por las cornetas. Ahí me di cuenta de que las cuerdas eran gruesísimas… Y me acordé de lo mucho que me gustaba The Police y los bajos de las canciones de Bob Marley. Pasó en 1983, y esas son vainas que se te quedan… Por cierto, ahí vi a Danel antes de que fuera a mi casa”.
***
–Yo escuché algo interesante. No sé si sea una leyenda urbana: Wilexis, el cacique que controla el barrio de Petare, dio permiso para que ustedes hicieran el concierto en la platabanda de una casa de esa zona popular y entonces…
–Es una leyenda urbana, como bien dices –me corta con seriedad Horacio Blanco. –Eso que tú estás diciendo nunca lo vimos.
De repente, queda sin valor toda la investigación previa sobre este episodio. Por suerte, lo que dura un instante puede llegar a ser eterno y providencial, aunque nos separen píxeles de distancia y una pantalla dividida en tres.
–Disculpa, Horacio, yo hablé con los morochos sobre eso, que son parte de la organización Cine Platabanda –interrumpe Danel con mucho tacto. –Ellos me dijeron: “Para que sepas, ese día hubo una tregua de bandas”. Cuando tocamos, uno de los capos armó una fiesta para ver el show; es decir, invitó a todos sus amigos, porque fue un día de cese al fuego totalmente pactado en Petare.
Pienso que yo, al igual que Danel, estaría muy orgulloso de formar parte de una banda capaz de amansar a un barrio bravo.
No miento si digo que ese puede contarse como el gran momento de la banda. 20 de diciembre de 2020: nueve meses atrás se había decretado una cuarentena que puso a la humanidad en el confesionario. La pandemia de la COVID-19 metía más que miedo y nos hizo pensar que no existía un mundo futuro sin tapabocas y terror al contagio. Bajo ese telón de fondo pasaron muchas cosas extrañas, y obvio que Desorden Público no podía escapar de esto.
“Sí te voy a decir algo”, me suelta Caplís de vuelta en la habitación del motel. “Astutamente, ese concierto se anunció para el 30 de diciembre y lo hicimos el 22. Si lo hubiéramos dejado para el 30, nos habríamos jodido. Ese día cierta gente fue con un poco de patrullas y un poco de vainas. No nos iban a meter presos, pero iban a prohibir el toque con una excusa balurda de que no habíamos pagado impuestos y nos estábamos metiendo una bola de billete… La vaina fue que ese día estuvimos desde las 9 de la mañana hasta las 12 de la noche metidos en el corazón de Petare arriba, en el mismo punto donde estuvieron los cinco días de plomo del rey del barrio. Ese carajo fue quien autorizó el concierto”.
Después de esta cita, se me hace obligado redondear algo que deslicé unos párrafos atrás: el que considero el momento de inflexión de la banda. Así como Bob Dylan tiene su Newport Folk Festival de 1965, Fania All Stars el concierto de Zaire de 1974 y Johnny Cash su recital en la prisión estatal de Folsom de 1968; Desorden Público tiene su momento estelar. Fue encima de una platabanda y en una barriada capitalina tan popular como peligrosa: Petare: más de 40 kilómetros cuadrados de extensión, cerros invadidos por casas construidas con láminas de zinc y medio millón de personas pululando por escaleras interminables y veredas en donde la vida vale menos que un par de zapatos. Escuchen Allá cayó del disco Plomo Revienta de los desordenados para que se hagan una idea del escenario.
“No tocamos cagados, como preguntas, y te voy a decir por qué”, sentencia Caplís.
***
“Todo el tema de Petare comenzó por una vaina súper casual. Yo vivo en Santa Paula, en una de esas calles cerradas de Caracas. Mis suegros murieron, y nos mudamos para allá. Quizás sepas que toda mi vida he sido muy amiguero. Cuando era chamo, en mi casa de Vista Alegre se reunía todo el poco de vagos”.
Se trata de la casa del cuento de Danel, la misma a la que iba un preadolescente Horacio Blanco como chaperón obligado de su hermana mayor…
“Pero acá sentía que la gente era medio antisocial. Con la pandemia, los vecinos comenzaron a salir a caminar por la cuadra y a saludar. De repente, un día conocí a un albañil, que se quedó atrapado en el vecindario, y que resultó ser un guitarrista clásico”.
–¿Un guitarrista clásico?
–Ahí le dije: ‘bueno, chamo, vamos a hacer una actividad aquí en la redoma de la calle. Todo el mundo que venga con su tapabocas, pero que la gente tenga algo de vida cultural’. Y les organicé una vaina. Yo puse un equipito de sonido, el tipo se montó y tocó su recital de guitarra clásica. La cosa quedó muy bonita. La gente empezó a pedirle canciones y, al final, todo el mundo comenzó a cantar con unos palos encima. Cuando terminamos, el carajo me dijo: ‘¿te fijaste que la gente lo que quiere es música popular?’
Así nació Cuarentena Social Club, un vente tú musical en donde hasta el hijo de Caplís aportó sus tempranas destrezas con el piano. Tocaron temas de Yordano, Franco de Vita, Miriam Makeba, PPS, Adrenalina Caribe; y la gente comenzó a salir de sus casas. Embriagados por el éxito comunitario, estos nuevos guerreros del guateque callejero recibieron una oferta directa de su naciente club de fans: subir el cerro pero con la banda seminal.
“Alguien llega y me dice que trabaja con un colectivo en Petare, de gente que está haciendo labor en el barrio. Ya sabes, puros reinsertados: tipos que eran drogadictos, presos, malandros duros. Ahora, entre evangélicos, sociólogos y profesores, los mismos personajes crearon Cine platabanda. Cosieron no sé cuántas sábanas y proyectaron películas en la pandemia. Llevaron a atletas, pintacaritas y a mucha gente, pero no a músicos. Ahí me preguntaron si Desorden sería capaz de echarle bolas a tocar allá arriba en el cerro”.
–¿Y qué le dijiste?
–Le dije: ¡no joda, me canso de hacerlo!
***
El concierto en Petare ha pasado la prueba del tiempo sin rasguños. Caplís, Danel, Oscarello y Horacio lo dieron todo en los tres sets que tocaron. Ver este directo, si no se conoce al grupo, es una grata experiencia de melómano. Presenciarlo en su momento, vía streaming en la pantalla del televisor, era un asunto casi místico en pleno confinamiento. Estar ahí, como músicos y como público, debió rozar lo legendario.
La versión oficial contiene 17 éxitos de Desorden Público, tocados y captados sin mácula. Lo que no se mostró merece mención: conversatorios, clínicas musicales, entrega de juguetes, comida, medicinas, útiles escolares y guantes de béisbol firmados por Luis Sojo. Caplís no se olvida de la casita que les prestó una familia humilde para que se cambiaran de ropa, comieran, descansaran y vieran televisión.
“Yo no me olvido de otra cosa”, dice Horacio. “Antes de tocar fuimos con un ingeniero para comprobar la resistencia del techo donde íbamos a dar el recital. Eran las seis de la mañana, y nos invitaron un café. Una chica me dio una taza del tamaño de una olla de sopa, mientras me decía: ‘Quisiera pedirte algo. Cuando puedas, por favor, dile a la gente que esto no es un nido de malandros. Somos gente buena, que estamos trabajando y echándole pichón a la vida.”
No cabe duda de que en las barriadas existe mucha gente así. Aunque siempre hay un detalle incómodo: una minoría suele adueñarse de la zona a punta de hierro. El cuarto disco de la banda, Plomo revienta, estudia esa problemática como concepto en letras que con el tiempo se han vuelto himnos. Siento que el concierto en esa platabanda se hizo carne en ese álbum, y se lo deslizo a Caplís.
–Como te dije, no tocamos cagaos –dice Caplís. La experiencia de Petare fue de verdad una vaina mágica. Cantamos Valle de balas y otra que se llama Mini Uzi, cuya letra es heavy. Creo que nunca la habíamos hecho en vivo. La montamos para ese show y quedó chévere.
–Además, le metimos un coro salsero del grupo más famoso que ha salido de Petare: la Orquesta La Banda –completa Oscarello. Ese que dice: ‘en mi barrio donde yo nací, se aprende a respetar así’.
Y vuelvo a ver a Oscarello ya no como un hermano mayor, sino como a un alto pana con quien escuchar salsa brava, mientras me sube el ánimo en momentos adversos.
***
Hay un pensamiento con Desorden Público que me acompaña desde que tengo uso de razón: tiendo a ver a esta banda como un ser humano, con personalidad, imagen propia y todos sus accesorios. No creo que haya nada de raro en eso. Acompañar por 40 años a un grupo, que tuvo éxito en su país desde su primer disco, es como asistir a las diferentes etapas de desarrollo o estancamiento de una persona allegada.
Solo en estudio tienen 11 álbumes hasta la fecha, y de todos se puede rescatar algo. Los hay con espíritu primerizo, más maduros y algunos menos ubicados en el tiempo. En todos hay un par de rasgos que no se pueden dejar pasar: (1) siempre han sido fieles a su estilo (esa mezcla de ska con jazz, rock, salsa, cumbia y otros sonidos tropicales); y (2) ya se dijo que las letras funcionan como láminas de rayos X que dan cuenta del devenir político y social venezolano desde mediados de los años 80.
“Todos somos de izquierda”. Me lo dice Emigdio Suárez, un miembro que no nombré, y que se me hace importante presentar: él fue el tecladista de sus discos más emblemáticos, quien metió el mundo del jazz en la formación, cuidó los arreglos, compuso algunos éxitos y completó el cuadro intelectual de la banda. Sus estudios universitarios en Comunicación Social y Ciencias Políticas aportaron nuevas galaxias a la propuesta. Aunque lleva un rato en otros asuntos ajenos a Desorden Público, desde Miami se sigue considerando hermano de todos los integrantes. Este sería el pana con el que podríamos conversar de música y libros, incluso delante de un vaso de agua.
“Yo soy bien liberal”, prosigue Emigdio. “Aquí voto demócrata, no estoy con ninguna cruzada antiaborto ni nada de eso. Pero, obviamente, no estaba con esa izquierda. ¡Cómo voy a votar por un militar en Latinoamérica! Es una de las vainas más estúpidas que alguien puede hacer en la vida. En esos países, las fuerzas armadas son un partido más. En otros lugares no se les permite entrar en política, porque tú no puedes competir con alguien que tiene una pistola. Pero también quiero aclarar que nunca me peleé con mis panas de la banda. Ellos son mis hermanos, se han quedado en mi casa, tienen mi teléfono en las claves de sus bancos, soy compadre de Oscarello… Su hija mayor, de hecho, es la diseñadora de todas las vainas de mi negocio. Esos chamos hasta me dicen tío y me piden la bendición”.
Algunas fuentes, que no quieren ser nombradas, aseguran que el primer roce interno de la banda fue cuando se presentó una oportunidad de tocar en Cuba hace más de 20 años. Aunque el recital nunca se efectuó, uno de los integrantes pidió ser suplantado en dado caso.
“Te voy a decir una cosa: Desorden es una banda en donde el tema político se ha tocado con insistencia”, suelta Caplís enfrente del talante serio y casi inédito de Oscarello. “Antes era más fácil porque, pese a vivir en una democracia maltrecha, tú podías decir tus vainas. Ahora todo es más complicado”.
“Nosotros aprovechamos la poesía para gritarle al mundo, para decir que merecemos un espacio”, me comenta Horacio días después. “Fíjate que dije la palabra poesía, y lo hice con toda la intención, porque es bueno que se entienda que no somos un factor de la política partidista. ¡No señor! Las dos o tres veces que por torpeza nos hemos acercado a ese mundo del poder para trabajar desde el arte, hemos salido trasquilados”.
***
Son conocidas las polémicas de Desorden Público con el poder en la Venezuela actual. En un país donde la polarización es extrema, su caso es único. Su legado es incontestable y permea todas las querencias políticas posibles. No obstante, tal como asoma Horacio Blanco, no han sido pocas las veces que han salido con el rabo entre las patas.
El 29 de noviembre de 2014, en el Festival Suena Caracas, organizado por el gobierno, fue censurado en televisión parte del show del grupo: sucedió en medio de un discurso cívico del cantante antes de entonar la irónica Todo está muy normal. Esta canción se grabaría en estudio un año después, con un coro ajeno a diplomacias: “Si nos van a seguir robando, al menos cámbiennos los ladrones”.
Luego, el 1 de septiembre de 2018, la misma banda participó en el Paix Festival, organizado por agentes que nada tenían que ver con el oficialismo. En esta ocasión, la mala puntería quiso que quien diera el discurso político durante el recital fuera un aliado de la otra orilla: Willy Mckey, otrora socialité cultural relacionada con el equipo de Juan Guaidó, y quien tiempo después se quitaría la vida tras una brutal cancelación mediática.
Desorden Público como un ente individual… Sí, es posible notarlo incluso en sus discos. Hagamos el experimento: en la Venezuela antes de la revolución bolivariana editaron los ahora clásicos: Desorden Público (1988), En descomposición (1990), Canto popular de la vida y muerte (1994) y Plomo revienta(1997). Durante esa etapa de democracia bipartidista la banda cantó su disconformidad en piezas del tenor de Políticos paralíticos, Lo agarraron, ¿Dónde está el futuro?, Peces del Guaire, Caribe, Tetero de Petróleo, Allá cayó o Valle de balas.
En los primeros años del chavismo aparecieron los discos Diablo (2000) y Estrellas del caos (2007), entregas interesantes en su propuesta musical, pero mucho menos inconformes en su contenido político. Llama la atención que los dos temas más combativos de la última placa nombrada sean Hipnosis ySepulturero, dos ganchos de izquierda a los mismos enemigos del por entonces mandatario Hugo Chávez: la televisión y el presidente de Estados Unidos.
Para el año 2011 sorprenden con Los contrarios, un álbum cuyas composiciones parecen ir desde la decepción hasta la rabia producida a raíz del arrepentimiento: El poder emborracha, Llora por un dólar, Cristo Navaja, Los contrarios y Dispersos (un viejo tema del desaparecido Alí Primera, músico popular apropiado por el chavismo más ultra). La placa se vio como un ejercicio de expiación política con llamado a la concordia, y fue tibiamente recibida por el público.
Y en 2016 lanzaron sus últimos discos con canciones originales: Bailando sobre ruinas (y la colección de rarezas Desorden forajido). Piezas como Gorilón, Mini Uzi, Todo está muy normal y Los que se quedan, los que se van se pasean por fenómenos que van desde la migración venezolana, la violencia, el abuso de poder y la corrupción.
¿Un segundo aire?
Imposible saberlo. Bajo el sol de un país que no perdona la indefinición, Desorden Público toma decisiones arriesgadas.
En noviembre de 2023 la Fuerza Armada Nacional Bolivariana condecoró a Horacio Blanco con la Medalla de Honor Santa Cecilia en un acto oficial con motivo del día del músico. El video, subido por todos los canales del Estado, desató una ola de odio inmediata. Blanco sonreía ante Vladimir Padrino López; el ministro de Defensa de Venezuela, conocido por detentar el récord de 11 años en su posición y sobre cuya cabeza pesa una recompensa de 15 millones de dólares por parte del gobierno de Estados Unidos. Cabría la duda razonable: ¿en la Venezuela actual existe la mínima posibilidad de decirle no a un ministro?
La cosa sigue: ese mismo año, pero en diciembre, la banda participó en el Esequibo Fest, un evento electoral organizado por el chavismo para azuzar la disputa territorial con Guyana. El canal del Estado volvió a sacar del aire la interpretación de Desorden Público. Esta vez fue durante Políticos paralíticos, y en medio de otro discurso. Este estuvo dirigido a los haters, y a favor de la concordia, el poder de la música y el respeto a todas las maneras de pensar. La cita citable del momento en la voz del cantante: “Nosotros estamos claros de que somos parte de la Caracas rebelde. Siempre lo vamos a ser”.
“Hemos tratado de no callarnos en el aspecto político, pero al mismo tiempo sabemos que la cosa no es tan blanda como podía ser antes”, comenta Caplís con evidente frustración. “Antes te veían como un carajito diciendo güevonadas por rebeldía. Pero ya no somos unos chamos. Por ejemplo, yo soy casi de la edad de Diosdado Cabello, pana”.
“Además de que muchos de ellos son fanáticos de Desorden”, completa Oscarello.
El estruendo de un ronquido de Harold Quevedo surca la habitación.
Como si faltara poco para despertarnos de un mal sueño.
***
Volvamos a lo bonito.
Estoy con Oscarello en el estacionamiento del hotel de Austin escuchando parte de su proyecto personal: Percusión & Buena onda. Me lo muestra como si se tratara del interior del maletín de Pulp Fiction. Suena la canción El blues del OFF, y su estilo me recuerda al sabroso tumbao de algunos temas de Joe Cuba.
Pienso que este dentista de carrera sí que sabe hacer sufrir a la gente. Si por un lado taladra y saca muelas; por el otro es el único curador del OFF que alude a un tema: el Oscarello Film Fest, un simpático engendro que solo puede disfrutarse dentro del bus de la gira de Desorden Público. Imagine cualquier película serie B, gore o de humor involuntario; e inclúyala dentro del vehículo que transporta a los integrantes de la banda.
–¿Tú tenías idea del ska como género antes de entrar a Desorden?
–¡Qué va! Cuando entré a la banda me dejó loco que existiera una familia ska a nivel planetario. Los panas se comunicaban entre ellos por carticas, a punta de fanzines. Así hicimos nuestra primera gira europea.
Una cosa lleva a otra, y de repente, hablamos de lo milagroso que aún exista Radio Pirata, un programa de Caplís y Horacio que tiene más de 30 años haciendo sonar “lo mejor de lo que nadie pone”. También de lo raro de su contenido: décadas de temas de The Slackers, Madness, The Specials y cualquier descubrimiento de regiones ignotas del planeta.
Pienso que pocos como ellos se han mantenido tan fieles a su trabajo, al ska y a su amistad: una santa trinidad de esa religión pagana que profesan con tanta devoción. Y ya que estamos casi místicos: si a Horacio lo salvó el fútbol, a Danel lo salvó el surf. Eso pasó cuando al primer baterista de Desorden Público su familia lo sacó del grupo con una tabla a manera de soborno. Fue tocar el intercomunicador del edificio de Danel, y ofrecerle el puesto para que éste dejara su banda de entonces sin pensarlo dos veces.
De ese pacto no se han separado.
Todo eso me lo imagino en el carro de regreso a casa. Y también me imagino una escena digna para abrir un biopic: un cielo azul surcado por alguna gaviota antes de que aparezcan las letras “Puerto La Cruz. Vacaciones de 1985”. La cámara baja hasta tomar de espaldas a dos adolescentes, algo apartados del resto de amigos fiesteros, que ven chocar las olas en la orilla, con cervezas en mano. El sonido del mar es envolvente. El que se ve más joven le dice al otro con voz grave:
–Pilla lo que escribí la otra vez en el cuaderno de matemáticas:
Yo quisiera que los políticos fueran
¡Fueran! Paralíticos
Evitaríamos que nos robaran
Y que luego corriendo se largaran
Evitaríamos que nos estafaran
Y se rieran en nuestras caras
Yo quisiera que los políticos fueran
¡Fueran! Paralíticos
No nos trataran a las patadas
Como si no nos necesitaran
Pero a la hora de las elecciones
Nos engañan como a güevones…
El mayor se entusiasma al instante, tararea una melodía sacada de la nada y que calza a la perfección con la letra, antes de soltar: “¡Coño, Horacio, tenemos una canción! ¡Lo que falta es aprender a tocar algún instrumento!”
Las olas…
El orden…
El Caribe…
El desorden…
Mientras pienso en alguna cara conocida para hacer de estos Caplís y Horacio versión imberbes, me llega un mensaje al celular que me saca de la ensoñación. Es de Caplís, mandándome un episodio de Radio Pirata. Tan solo segundos antes, me había hablado sin ningún chaleco antibalas, me dejó entrar a su habitación de hotel y no me quiso cobrar por una camiseta de la banda.
Y pienso que ese pana, Caplís, sería ese amigo gruñón y cabal al que le pediría compañía en mis grandes batallas.
Siento que, incluso perdiéndolas, las ganaría a su lado.
El amigo definitivo, quizás.
Foto de Frank Lloyd de la Cruz en Unsplash
Daniel Centeno Maldonado (Barcelona-Venezuela) ha vivido en Venezuela, España y Estados Unidos. En su labor docente se ha desempeñado como profesor en universidades de Caracas, Ciudad Juárez, El Paso y Houston. Ha publicado los libros Postmodernidad en el cine, Periodismo a ras del boom, Retratos Hablados, Ogros Ejemplares y La vida alegre. Como editor ayudó a crear un catálogo de autores venezolanos en su país natal entre los años 2006 y 2009. También fue editor en jefe de las revistas literarias Río Grande Review y Coroto. Desde el año 2021 dirige Carátula, una de las publicaciones online más longevas y con mayor tráfico en redes dedicadas a la literatura iberoamericana. En la actualidad trabaja para el condado de su ciudad, y también enseña cine y literatura en el Departamento de Lenguas Clásicas y Modernas de la Universidad de Houston, Texas. Su Twitter es @dcenteno
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Posted: August 3, 2025 at 10:55 pm







