Estas ruinas que ves
Miriam Mabel Martínez
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La primera vez que deambulé por el Parque Fundidora me pareció que era como transitar un tiempo ajeno; era mi presente que parecía un futuro en el que los vestigios de una época industrial cercanísima me inspiraban a imaginar la distopia. Me atrajo el espíritu ciberpunk escondido en un sitio arqueológico industrial justo en el corazón de Monterrey; una urbe que ya poco tenía que ver con la ciudad de las montañas observada y retratada por la artista neolonesa Saskia Juárez. Un estar en una dimensión que parecía sacada de la mirada de Ridley Scott sin blade runners sino poblada de vaqueros galácticos, como Melchor Flores Martínez, cuya violenta desaparición inspiró a David Coronado, alias Remo, a escribir su leyenda.
Transitaba en una dimensión paralela a la fama de bonanza empresarial regia, acompañada de los habitantes de esa ciudad que desafían al calor intenso, al sol quemante, para descubrir Corteza Seca, la VIII edición del Programa de Arte Público impulsado por Las Artes Monterrey que, en esta ocasión más que intervenir el espacio, lo reinventó. Al menos eso sentí al rodear las siete piezas exhibidas que integran la propuesta curatorial de José Esparza Chong Cuy (Mexicali, 1984), exposición que por primera vez habita en el Parque Fundidora.
En las siete ediciones anteriores, esta muestra de arte público se había exhibido en la Macroplaza. En esa sede, uno se “topaba” con la obra, quizá, o la miraba de reojo en el trayecto hacia algún lugar, una obligación o cualquier actividad más conectada con la vida civil que con el disfrute. El encuentro era más fugaz, tal vez, más distante, lo que limitaba la posibilidad de abordar y de vivir la pieza. En la dimensión de lo civil, sin duda, el tiempo es oro. En la Macroplaza sucede el tiempo de la economía exitosa regia, no hay escape, cruzarla, exige estamina para aguantar el calor o el frío abrasadores (los extremos se tocan, dicen). Andarla implica un deber más que un gusto; mientras que a Fundidora se va porque se quiere ir, y esta decisión lo cambia todo, porque la gente ya no se “topa” en su tránsito con las piezas sino que irrumpen como ficciones en su deambular.

Y estas ficciones transformaron mi vivencia no sólo en el Parque Fundidora, sino en Monterrey, una ciudad que es mucho más que el apodo casi eslogan La Sultana del Norte, donde siempre están sucediendo muchas cosas que van más allá de las franquicias rentables, a las cuales el resto del país deberíamos voltear a ver. Ejemplo de ello, es la propuesta curatorial de José Esparza Chong Cuy parte de una lectura de desde la contradicción (una reflexión que se ha venido observando en exposiciones recientes como la colectiva fotográfica: Nuevo León: el futuro no está escrito, exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey o en los prototipos ciudadanos desarrollados en el LabNL, entre muchos). Monterrey –con sus municipios aledaños– es una urbe de calores sofocantes y de nevadas inesperadas (2017 y 2020), años de sequías y años de lluvias torrenciales, como este 2025, que exigen esfuerzo para ser y estar, con una actividad industrial voraz cuyo éxito ha generado desigualdades tan extremas como sus temperaturas. Entre esos contrapuntos, la vida urbana se reorganiza una y otra vez para sobrevivir. Los ajustes son tan constantes, que no hay tiempo para la adaptación, apenas para sobreponerse al impacto e intentar mantener el equilibrio en una geografía rota.
En ese intersticio habitan los siete proyectos artísticos comisionados para la exposición Corteza seca, título que deriva de la reflexión del curador José Esparza Chong Cuy sobre las implicaciones de habitar una ciudad exhausta, donde la resiliencia es –más que una estrategia– el arte de vivir en peligro, en el sentido que lo exponen Brad Evans y Julian Reid en el libro Una vida en resiliencia. El arte de vivir en peligro; quizá ser resiliente es una trampa para perpetuar nuestra esclavitud al capitalismo. Estas contradicciones, y más, están contenidas en las obras realizadas ex profeso por ASMA, Paloma Contreras Lomas, Miguel Fernández de Castro, Chavis Mármol, Andy Medina, Bárbara Sánchez-Kane y Abraham González Pacheco, mismas que tras contemplarlas u ocuparlas nos generan preguntas. Punto y aparte está la escultura Coquín(2024) de Minerva Cuevas (CDMX, 1975), la cual –a diferencia de las otras que, pese a lo duro de la temática, se integran al paseo coloquial de los ciudadanos que acuden al parque en busca de un respiro de su extenuante cotidianidad– aparece como un respiro. Su monumentalidad ocupa la vista y nos distrae grácilmente de las problemáticas abordadas tan duras como las cortezas secas de los árboles que, como parafraseando al curador: guardan memoria y resistencia.
Las siete piezas irrumpen el paseo por Parque Fundidora con su halo distópico y nos abren la puerta para entrar a ficciones críticas del presente que nos invitan a imaginar el futuro. Un mañana consecuencia de las contradicciones en nuestras acciones, de consumismo salvaje, del individualismo rampante, pero también efecto de reflexiones que ya en este presente-pasado asumía la interconexión entre las decisiones humanas y los eventos naturales. En este sentido, las obras son férreas porque la metáfora no alivia el dolor de las repercusiones ni de los afectados y, sin embargo, el espectador logra maravillarse por las formas en la que las y los artistas narran sus pensamientos y sentires; y tras rodearlas –como en el caso Refugio, de Miguel Fernández de Castro (Hermosillo, 1986)– o habitarlas –como en Nostalgia del agua, de Chavis Mármol (CDMX, 1982)–, sentirse protagonistas. La primera traslada al presente regio las carpas improvisadas que parecen brotar, en el desierto del Altar, en Sonora, como “oasis” fallidos para los migrantes que buscan protegerse del sol, de maleantes y de la autoridad. Duele observar esta estructura más parecida a una yurta edificada con el material que esos hombres y mujeres usan para no dejar huella en el desierto. Duele imaginar su escala en la vastedad, tan mínima como las esperanzas de esos que ansían refugio. Sin acceso al interior, la pieza de Miguel queda suspendida, como describe el curador “entre utilidad y abandono, como testimonio de una arquitectura provisional marcada por la urgencia”. La segunda –una fuente seca– se integra a la cotidianidad, los visitantes al parque se sientan para tomar un descanso con tal certeza que su presencia es parte de la normalidad, tal como lo es la escasez de agua; sin embargo, poco a poco el ocupante entiende que está sobre una ruina que evoca otros tiempos donde el agua corría por este hoy deseo.

En esta línea de la nostalgia de un futuro no vivido, pero como un conducto de la crítica, está la pieza Carolina Herrera I♡ NY de la dupla ASMA –Matías Armendaris (Ecuador, 1990) y Hanya Beliá (México, 1994). Se trata un ciempiés-prisma rectangular lleno de desechos encontrados que subrayan la voracidad de un consumo que transforma cada vez más rápido a cualquier objetos en basura, como esos llaveros-suvenires desechados al término de las vacaciones. Entre esos desechos están también nuestras emociones que se integran a este ciempiés que pareciera caminar lentamente por el parque.
En ese camino, irrumpe un espectacular publicitario con la silueta de un toro que nos hace sentir en una película de Carlos Saura; se trata de Big Solutions 4 Big Problems, de Andy Medina (Oaxaca, 1993), cuya intención es parodiar, tal como se explica en la cédula: “la publicidad corporativa y las inciertas promesas de solución frente a las crisis contemporáneas”, porque esta escultura no vende nada más que ilusiones ya agotadas. Esta monumentalidad contrasta con la delicadeza de Ring of Iron, Ring of Wool, de Bárbara Sánchez-Kane (Mérida, 1987), que se mimetiza al entorno vegetal de Fundidora, un gesto textil que abraza a un árbol, del cual pende una cuerda de bronce generando una tensión entre lo que natural y lo industrial, que imperceptiblemente se filtra en la mirada. Al contrario de la pieza de Paloma Contreras Lomas (CDMX, 1991): No le haga caso a Lenin: los tres procesos y las casi muertes del Tenebras, una cabina de video que llama al paseante a espiar una realidad paralela construida de recuerdos que subrayan el abandono de un rumbo citadino, donde alguna vez –en un pasado inmediato– se vivió la noche marginal masacrada porque aún antes de la guerra contra el narcotráfico su destino estaba marcado. Un palimpsesto visual que narra una ficción ciberpunk con sentido del humor, en la que suceden los múltiples Monterrey (incluso el guerrillero, el producto de la violencia económica, el efecto del despojo, el de los migrantes…) que se reinventan una y otra vez sobre las ruinas de otras ruinas, de otras ruinas.

Y esas ruinas son las que pareciera evocar el mural Estoy solo frente al mar, de Abraham González Pacheco (San Simón El Alto, Malinalco, 1989), donde se cuenta la historia de una cultura que alguna vez habitó un territorio tan abrasador como Monterrey. Este rastro arqueológico de nuestro presente nos traslada a un futuro colapsado. En ese vestigio ficticio está la evidencia del vínculo quebrado entre los humanos y la naturaleza.
¿Advertencia o premonición? La curaduría de José Esparza Chong Cuy delata al Parque Fundidora como una metaficción que sucede sobre este sitio arqueológico industrial, corazón de una ciudad que se empeña seguir expandiéndose en el riesgo sin preguntarse eso que al curador inquietó y motivó: “¿Qué significa persistir en un lugar donde la industria que sostiene la vida cotidiana es también la que acelera su desgaste?”.
Cada paseante tendrá su propia respuesta… O su ficción.
*Imágenes cortesía de Las Artes Monterrey.
Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México y Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016). Coordinó las antologías Oríllese a la izquierda y Mujeres (2019) y Mujeres. El mundo es nuestro (2021) ambas bajo el sello Universo de Libros.
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Posted: November 20, 2025 at 11:35 pm







