El año que llegamos a Metrópolis
Alberto Chimal
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Aún falta un año para el centenario del estreno de Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Pero no está mal adelantar la celebración. Una gran obra artística lo es todo el tiempo, y Metrópolis es de las películas más importantes de la Historia: una clásica del cine mudo, del cine de ciencia ficción y del cine en general, famosa por su estilo visual y la primera en ser inscrita en el registro “Memoria del Mundo” de la UNESCO. La primera distopía fílmica, y todavía de las mejores.
Además, hay un detalle crucial que vuelve a Metrópolis muy pertinente ahora mismo. El año en el que la película está ambientada –el futuro que estaba imaginando– se anuncia con un número preciso: la historia imaginada por Lang y su guionista, Thea von Harbou, “ocurre” en 2026. Este es el primer año del porvenir que se difundió por todo el mundo gracias a los medios audiovisuales, antes que el 2001 de Stanley Kubrick (en 2001. Odisea del espacio, 1968), el 2019 de Ridley Scott (en Blade Runner, 1982) y todos los demás.
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¿Acierta Metrópolis al imaginar nuestro presente? ¿Es nuestro mundo parecido al de la película?
¿Son esas las preguntas correctas?
Como cualquier otra corriente de las artes, las narraciones especulativas tienen tradiciones curiosas, lugares comunes, juegos. Uno de éstos podría llamarse de la falsa profecía. Para jugarlo, basta ambientar una historia de anticipación en una fecha precisa del futuro. No es un juego nuevo. En 1848, uno de los últimos cuentos de Edgar Allan Poe, “Mellonta tauta”, imaginó el mundo en 2848 –mil años después–, incluyendo extraños sistemas de gobierno y viajes transcontinentales en globo. Incluso hay otro ejemplo curioso, y mexicano, anterior al mismo Poe: en 1844, durante la octava presidencia de Antonio López de Santa Anna, un autor desconocido, firmando con el seudónimo “Fósforos”, publicó en la revista Liceo Mexicano un cuento titulado “México en el año 1970”, que hasta hoy se considera entre los primeros precursores de la literatura especulativa latinoamericana.
Lang estuvo al frente de una producción larga y accidentada: quince meses entre 1925 y 1926. Todo lo que hicieron él y von Harbou fue fechar su mundo narrado un siglo exacto después de su año de terminación.
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Es verdad que el discurso profético es mucho más antiguo que la ciencia ficción, como puede averiguar cualquier persona que mire el final del Antiguo Testamento. La humanidad ha estado imaginando su futuro, de diferentes maneras, por miles de años, y por lo tanto tiene una costumbre, una inercia cultural (de muchas culturas) que no es fácil de vencer. Una fecha aún por llegar siempre podrá sonar a augurio, a declaración de que las cosas “serán” como las representa tal o cual obra, y la mayoría de la gente se quedará en esa lectura superficial, sin importar la intención de quien haya formulado la “profecía”.
Pero hay otro efecto aún más importante de la falsa profecía en las artes: al menos por unos años, la fecha futura expresada en una obra nos permite compararla con la fecha actual, la de un día cualquiera; así adquiere un aire de misterio, de expectación, o por el contrario, de frustración y desesperanza. Esto importa porque, más que del futuro, la ficción especulativa trata siempre –de forma oscura, distorsionada, a veces deliberadamente oculta– del momento en el que se crea. Refleja las preocupaciones e intereses de ese momento y les agrega una pregunta: ¿qué puede suceder si esto que nos llama la atención, que nos alienta o nos asusta, persiste? ¿De qué manera cambiará el resto de lo que conocemos si esto –tal o cual parte de la existencia real– prosigue tal como es ahora?
“Mellonta tauta” comenta, de forma ligera y velada, ciertos aspectos de la política de su tiempo. En “México en el año 1970” se ha encontrado una serie de quejas, en clave de fantasía, contra el régimen de Santa Anna. (A fines del siglo pasado, el académico Miguel Ángel Fernández identificó a “Fósforos” con el escritor y político mexicano Sebastián Camacho Zulueta.) Metrópolis se preocupa por las consecuencias de la industrialización, la deshumanización debida a la tecnología, el lado oscuro de una cultura hedonista y la fragilidad de un estado nación en el que la mayoría apenas tiene nada y unos pocos concentran el poder y la riqueza. Es decir, está mirando la República de Weimar, el régimen que presidió Alemania entre las dos guerras mundiales, y que terminó con el ascenso del nazismo.
Ninguna falsa profecía se sostiene realmente como augurio. Ninguna “atina” a describir a la perfección el mundo futuro que supuestamente prevé. Pero todas permiten, hasta cierto punto, observar la realidad profunda de quienes las crearon y del entorno en el que lo hicieron. Como todas las grandes obras fantásticas, permiten conocer, si no cómo se ve vivir en cierta época, sí qué se siente estar en ella.
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Thea von Harbou publicó primero la historia de Metrópolis en forma de novela, en 1925, apenas comenzada la producción de la película. Desde esa versión se puede ver lo que la crítica iba a reprocharle: su visión de la Historia, la acción política y el cambio social no tiene nada que ver con las corrientes de pensamiento del siglo XX, y parece no sólo extraña, sino ingenua. Consciente de lo que sufren los obreros que trabajan para él, el oligarca Joh Fredersen, señor de Metrópolis, no hace nada al respecto hasta que su hijo Freder se entera de la opresión por casualidad, luego de una vida entera aislado en los espacios de lujo de las clases altas. La vidente María, líder de los obreros, predica la paz y la resignación. Hay un conflicto entre la oligarquía y los obreros, pero es provocado por el propio Fredersen, con la ayuda de Rotwang, el científico-hechicero, y de la androide Futura, creada a imagen de la esposa muerta de Fredersen pero que termina por tomar el lugar de María, incitar un levantamiento y ser castigada –quemada en la hoguera, como una bruja– al provocar una catástrofe que casi destruye los barrios subterráneos de los más pobres. María reaparece y, con la ayuda de Freder, logra que Joh y un líder obrero (cuya personalidad individual no figura en la narración) se den la mano. Como la novela, el último intertítulo de la película declara: “El mediador entre el cerebro y el músculo debe ser el corazón”. En la vida real, ningún conflicto social se ha resuelto así.
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Por otra parte, además de realzar detalles de su propio tiempo, las grandes obras de ficción especulativa pueden ir más allá de él y coincidir, de maneras imprevisibles para quienes las crearon, con tiempos posteriores.
Metrópolis, por ejemplo, es una película que contiene todo lo ya mencionado, pero también una ciudad estado tecnocrática, independiente de cualquier nación; torres altísimas que se alzan sobre barrios miserables; una clase oprimida y precarizada que apenas conoce el descanso y en la práctica no tiene derechos; un magnate de la tecnología que se conduce como un ser superior y se empeña en la construcción de robots humanoides y otros proyectos dementes; grandes masas pacificadas (o enardecidas) mediante historias absurdas y discursos religiosos; una clase alta aislada por completo de las consecuencias de sus actos y empeñada en la búsqueda de placeres cada vez más extravagantes… Nada de esto parece inusitado en el 2026 que estamos viviendo. Los creadores de Metrópolis no podían saber que así sería, pero sus intereses y obsesiones, aunque fueron impulsados por lo que sucedía a su alrededor, trascendieron su propia época, y ahora encuentran ecos y semejanzas en otras: nos permiten a nosotros, habitantes del siglo XXI, describir lo que vivimos con más claridad.
Aparte, la influencia de la película se ha colado directamente a la realidad en muchas ocasiones. Su diseño de producción –realizado por Otto Hunte, Erich Kettelhut, y Karl Vollbrecht, con fuertes influencias del arte de vanguardia del temprano siglo XX– ha sido inspiración para incontables películas, y también se adivina en un buen número proyectos arquitectónicos colosales de los últimos cien años, que han intentado hacer realidad la metáfora de la Nueva Torre de Babel (creada por von Harbou y Lang a manera de advertencia) sin entenderla realmente. De igual forma, el aspecto de Futura ha afectado lo mismo al mundo del espectáculo –es la base del diseño de C-3PO, el personaje de la serie Star Wars– que al diseño industrial y publicitario, y tan frecuentemente que ya no podemos ver con claridad hasta dónde ha alcanzado. No llegamos exactamente al 2026 de Metrópolis, pero nuestra percepción de lo que sí nos rodea, en el presente tal como es, le debe mucho a la película. Ella llegó primero hasta nosotros.
Foto de Daniam Chou en Unsplash

Alberto Chimal es autor de tres novelas, más de 30 libros de cuentos, ensayos y guiones de cine y de cómic. Recibió el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002, el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2014 y el premio del Banco del Libro 2021, entre otros. Su libro más reciente es la novela La visitante. Contacto y redes: https://linktr.ee/
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Posted: February 8, 2026 at 2:03 pm







