El "Adonáis" de Víctor Manuel Mendiola
Edgardo Bermejo Mora
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El Adonáis de Víctor Manuel Mendiola, la traducción como una partitura de sonoridades
1.
Siguiendo, ampliando, y renovando la tradición que nos lleva casi un siglo atrás a Manuel Altolaguire y a Antonio Castro Leal, poco después a Vicente Gaos, y más recientemente al español Vicente F. Muñoz, Víctor Manuel Mendiola se dio a la tarea de traducir al español de México el Adonáis de Percy Bysshe Shelley (Bonilla Artigas Editores, 2025), una de las elegías pastorales más sorprendentes de la poesía inglesa, un himno sobre la vitalidad de la muerte y su reverso, un puente verbal –de una densidad simbólica y una riqueza lírica acaso insuperables– que unen en un solo artefacto lo que perece con lo que permanece.
Mendiola tradujo las 55 estanzas rigurosamente spenserianas y los 495 versos que las contienen, orientadas a revisar, ponderar y reivindicar el destino a un mismo tiempo trágico y luminoso de los poetas. Al hacerlo, logró mantener esa respiración amplia, solemne y meditativa que sostiene la noción del duelo vital a lo largo de todo el poema.
Con plena convicción y oficio, Mendiola asume la traducción como un ejercicio de reinvención escritural, un poner en el espejo de las palabras la mirada y el oído propios, no en pos de la nitidez engañosa de la literalidad, sino en busca de ese otro reflejo, inestable y ondulante, que aparece cuando nos miramos a nosotros mismos –y al texto a traducir– en la aparente quietud de un lago bañado por las aguas de dos lenguas colindantes.
Adonáis, uno de los textos más arriesgados y personales de Shelley, es un complejo y extenso poema sobre la admiración y el lamento, sobre la amistad y la juventud interrumpida. En él subyace una concepción de la poesía y de los poetas como poseedores de una fuerza espiritual y una pulsión existencial que se enfrentan, obstinadas, a la brutalidad del mundo.
Shelley no construye un monumento frío y plañidero: concibe un cuerpo verbal atravesado por el dolor, la admiración y la fe en la poesía como forma de permanencia.
La historia anecdótica del poema es conocida y, sin embargo, aún nos conmueve. Shelley escribió Adonáis a principios de 1821 al enterarse de la muerte de su colega John Keats en Roma, cuando apenas cifraba Keats veinticinco años de edad. Lo escribió sin imaginar que él mismo moriría ahogado un año después, también en Italia, y faltando otros dos para la muerte de Byron en Grecia, víctima de la malaria.
Con sus muertes cierra el trío romántico más legendario y trágico de la literatura universal. Tres vidas cortas, 25, 29 y 36 años respectivamente, tres muertes casi míticas, que refuerzan la idea romántica del poeta como figura expuesta, vulnerable y radicalmente desajustada, frente a la trepidación de su época.

Shelley escribió lo que hoy entendemos como un poema de largo aliento bajo la convicción –equivocada en lo factual, pero verdadera en lo emocional– de que las críticas feroces publicadas en la Quarterly Review contra los libros iniciales de Keats, habían causado dolor y frustración en el poeta, acelerado o propiciando el fin de una vida de suyo trágica, marcada por las carencias de la orfandad, no menos que por la necesidad de combinar el bisturí del aprendiz de cirujano con la pluma del poeta de bohardilla y tertulia, sin una formación académica de élite detrás de su escritura, ni una familia aristocrática que lo respaldase, como sí lo fueron las familias de Shelley y de Byron.
La manera en que Shelley recarga en Adonáis la tinta del rencor y el desprecio por los detractores de Keats, aparece como uno de los primeros actos de protesta e insumisión frente a los comisarios de la crítica y los monopolizadores del canon.
El poema nace, así, de un malentendido trágico: Shelley no llora sólo a Keats, sino también la violencia simbólica ejercida contra la poesía joven en una sociedad en transición –la británica de los umbrales de la Revolución Industrial–, que ya empezada a medir el valor de la literatura con criterios de utilidad, reputación, mercado y, sobre todo, buenos modales literarios.
No es casual que Adonáis se lea hoy también como una crítica de la modernidad y del racionalismo ilustrado, en el cruce incendiario de los siglos XVIII y XIX, con sus fiebres revolucionarias, la estulticia napoleónica, y la confianza ciega de toda una época en las bondades del progreso técnico y la razón instrumental. Los sueños de la razón que, como dijera Goya, generaron toda clase de monstruos.
La poesía romántica –y Shelley en particular– reivindica la imaginación, la emoción y la experiencia interior como formas de conocimiento. Adonáis es, en ese sentido, una elegía contra un mundo que ya no sabe escuchar la música del lenguaje, y que confunde el juicio crítico con la destrucción moral del otro.
El poema, estructurado como dijimos en estrofas spenserianas, recorre un arco temático complejo: comienza en el lamento enlutado por la muerte de Keats, invoca a Afrodita Urania como madre simbólica del poeta muerto y trasmutado en la figura mitológica de Adonis, convoca al duelo a la naturaleza entera, a la saga de los poetas épicos (Homero, Dante, Milton), a sus poetas contemporáneos, y avanza gradualmente hacia una transfiguración filosófica de la muerte.
Keats –es decir Adonáis– deja de ser sólo un individuo para convertirse en principio: una chispa de energía espiritual que no se extingue, sino que se dispersa en el universo. La elegía culmina así en una afirmación paradójica: la muerte no anula la poesía, la libera. Keats, sostiene Shelley, no murió: despertó de ese otro sueño que es la vida, para abrazar la eternidad.
Es aquí donde la traducción de Mendiola muestra su inteligencia, su habilidad y su rigor. Como él mismo explica en la nota que precede al volumen, se trata de una traducción que renuncia deliberadamente a la rima spenseriana (A-B-A-B-B-C- B-C-C), pero conserva la estructura estrófica, el ritmo interno y la respiración del poema original.
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I weep for Adonais—he is dead! A Oh, weep for Adonais! though our tears B Thaw not the frost which binds so dear a head! A And thou, sad Hour, selected from all years B To mourn our loss, rouse thy obscure compeers, B And teach them thine own sorrow, say: “With me C Died Adonais; till the Future dares B Forget the Past, his fate and fame shall be C An echo and a light unto eternity! C |
I
Lloro por Adonáis—¡él está muerto! ¡Lloren por Adonáis!¡ Mas nuestras lágrimas no fundirán el hielo de su rostro! Tú, hora triste, la elegida, sufre nuestro dolor, llama a tus pares lóbregos muestrales todo nuestro agobio y diles: murió conmigo Adonáis; si el futuro no olvida el tiempo, su destino y fama serán un eco y una luz en la eternidad. |
La ausencia inevitable de la rima no es una pérdida, sino una decisión ética y estética: al prescindir de ella, Mendiola evita el artificio forzado y permite que la cadencia elegíaca –esa pulsión grave, casi hipnótica– se mantenga viva en el español de nuestros días.
Su versión respeta la arquitectura del poema original y, al mismo tiempo, conserva por otras vías la sonoridad de Shelley, sin imitarla mecánicamente. El resultado es una traducción que no traslada artificiosamente el poema a las sinuosidades del español, sino que lo vuelve a un mismo tiempo legible, entonable y fiel a su intensidad conceptual. Como todo traductor, se apropia de él y lo transforma.
En ese equilibrio entre la fidelidad semántica, prosódica y el oído del traductor que propone una musicalidad paralela, reside una de las grandes virtudes del trabajo de Mendiola. Dialoga pues con la tradición y, al hacerlo, amplia el horizonte de nuestro entendimiento y nuestra apreciación por un poema mayor.
Intensidad y frontalidad
Original: I weep for Adonais—he is dead!
Traducción: Lloro por Adonáis — ¡él está muerto!
Aquí la decisión es clara: Mendiola conserva la estructura declarativa directa y el golpe final. No introduce el pretérito perfecto compuesto “ha muerto” (que habría mantenido en español las diez sílabas del pentámetro yámbico), sino que mantiene el pronombre y opta por “está muerto”, que en español tiene una densidad física inmediata, más corporal. Hay en las dos versiones la misma constatación brutal y certera de la muerte, como eje rector del poema.
Original:
Oh, weep for Adonais! though our tears
Thaw not the frost which binds so dear a head!
Traducción:
¡Lloren por Adonáis! Mas nuestras lágrimas
no fundirán el hielo de su rostro!
Cambia el “Oh” por un imperativo directo sin interjección ornamental, lo que evita un tono retórico arcaizante, pero mantiene la imagen central: thaw not the Frost, “no fundirán el hielo”. La metáfora del hielo como muerte se conserva intacta. No la suaviza. No la explica. No la moderniza. Aquí se ve una de sus líneas de trabajo: respetar la imaginería sin domesticarla.
Shelley, como ya vimos, escribe en estanza spenseriana con una musicalidad sostenida por la rima y el metro. Mendiola renuncia a la rima, pero mantiene la estructura de nueve versos, Conserva una longitud uniforme cercana al aliento del pentámetro y respeta, hasta donde es posible, la progresión sintáctica. El efecto es que el poema en español no suena rimado, pero sí respira con la intensidad, y con una sonoridad propia, que logra trasladar una misma cadencia emocional.
Shelley es musical y expansivo. Mendiola es grave y concentrado, pero la pulsión de una elegía -ese movimiento del lamento hacia la eternidad- permanece. Mendiola no intenta reproducir el 10/10/…/12 exacto del esquema spenseriano, pero sí mantiene una respiración amplia, cercana al endecasílabo y al dodecasílabo, con variaciones que alteran la métrica original, pero mantienen y aún refuerzan el tono elegíaco.
Original:
And thou, sad Hour, selected from all years
To mourn our loss, rouse thy obscure compeers,
Traducción:
Tú, hora triste, la elegida, sufre
nuestro dolor, llama a tus pares lóbregos
En estos versos Shelley construye una invocación amplia y solemne, con una sintaxis que avanza lentamente: la “Hora” es elegida entre todas y luego llamada a despertar a sus iguales; Mendiola, en cambio, concentra y simplifica la estructura al traducir: elimina el enlace inicial (and), logrando que la frase en español entre de forma más directa, más frontal, menos encadenada. No es un error ni una omisión descuidada: es una decisión estilística. Reduce “selected from all years” a “la elegida” y transforma el infinitivo inglés (To mourn) en un imperativo directo (sufre), lo que hace el tono más inmediato y dramático, mientras que “pares lóbregos” mantiene el registro elevado y oscuro del original, de modo que su versión conserva la alegoría y la gravedad, pero con una expresión más compacta y directa en español.
2.
Leer Adonáis hoy –y leerlo en esta traducción– es también releer la figura de Keats, poeta cuya vida y sensibilidad devinieron legendaria.
El libro canónico sobre Keats del erudito de Oxford Sidney Colvin (John Keats: his life and poetry, his friends, critics and after-fame, 1887), sigue siendo una de las aproximaciones más sensibles y equilibradas a la figura del poeta. Más que una biografía lineal, Colvin construye un retrato moral e intelectual de Keats, atento a la fragilidad física, a la intensidad afectiva y a la lenta conquista de una voz poética propia. Su lectura permite comprender hasta qué punto la obra de Keats nace de una tensión constante entre la exaltación imaginativa y la conciencia del límite, una tensión que Adonáis recoge y transforma en elegía metafísica.
Esa misma intuición reaparece, desde otra tradición y otra lengua, en el ensayo (Otras inquisiciones, 1952) y el soneto que Jorge Luis Borges dedicó a John Keats (El oro de los tigres, 1972). Borges lee a Keats como una figura del destino poético: alguien que alcanza la plenitud de la obra precisamente porque no llega a sobrevivirla. En el soneto, la juventud truncada se vuelve símbolo; en el ensayo, la muerte temprana es pensada no como carencia, sino como forma secreta de la perfección. Keats aparece así como una de las grandes paradojas de la literatura moderna: un poeta que “es” porque no tuvo tiempo de dejar de serlo.
Por su parte, Julio Cortázar, en Imagen de John Keats (Alfagura, 1996), propone una lectura intensamente personal y fragmentaria. No le interesa reconstruir al Keats histórico, sino captar su irradiación: la manera en que su sensibilidad, su relación con el cuerpo, el dolor y la belleza, sigue interpelando al lector contemporáneo. Cortázar lee a Keats desde la empatía y desde la afinidad electiva, como si reconociera en él una figura hermana: alguien para quien la poesía no es ornamento, sino experiencia extrema de la conciencia.
Finalmente, el ensayo narrativo La muerte de Adonáis: últimos días de John Keats y Percy B. de Fernando Valverde (Planeta, 2023), dialoga con el poema de Shelley y con ese momento irrepetible que unió los destinos de tres poemas románticos. Valverde convierte la elegía en materia narrativa y explora las resonancias éticas, políticas y afectivas de la muerte de Keats, preguntándose qué significa hoy escribir desde la herida, desde la pérdida y desde la conciencia de la fragilidad del arte. El libro no explica Adonáis: lo prolonga, lo desplaza y lo vuelve a poner en circulación como pregunta viva.
Tanto la obra monumental de Valderde como las traducciones de Víctor Manuel Mendiola –no sólo este volumen, sino la antología del romanticismo inglés que le publicó la UNAM en 2024 con el titulo La arena en Fuga– nos indican felizmente que hemos vuelto de nuevo la mirada a un momento de la literatura que interrogó las promesas vanas de su presente, en un tiempo en el que nosotros también nos hacemos las mismas preguntas en la era de la revolución digital y la inteligencia artificial, acaso un nuevo romanticismo en cierne, frente a los ecos de la posmodernidad, el post capitalismo y la posverdad.
En este sentido, la lectura de Adonáis no sólo reactiva la figura de Keats como mito romántico, sino que vuelve visible una constelación más amplia: la del poeta enfrentado a su tiempo. Shelley no escribe únicamente una elegía por un amigo muerto; escribe contra una época y especialmente contra un tipo de crítica literaria erigida en un poder cultural paralelo. Esa tensión –entre la vulnerabilidad creadora y la violencia simbólica de la crítica– atraviesa el poema con una intensidad que hoy nos sigue resultando inquietante.
Keats, en la lectura que de él hacen Colvin, Borges o Cortázar, no es sólo el joven enfermo y genial, sino una figura límite: alguien que intuye la belleza como experiencia absoluta, pero que vive bajo la amenaza constante de la precariedad material, del juicio ajeno y del propio agotamiento físico. En Adonáis, Shelley convierte esa fragilidad en energía cósmica: lo que en la biografía fue debilidad y pérdida, en el poema se transmuta en luz y permanencia. La muerte deja de ser clausura y se vuelve tránsito; el cuerpo que se enfría es apenas la envoltura de una potencia espiritual que se dispersa en el universo.
La traducción de Mendiola tiene un valor adicional. Al optar por un español sobrio, grave y sin concesiones retóricas, restituye al poema su dimensión combativa. No estamos ya solamente ante un lamento del romanticismo, sino ante un texto que discute con su presente. La poesía como forma de resistencia ante la muerte y el descrédito.
Leído desde la actualidad, cuando la velocidad digital y la economía de la atención fragmentan la experiencia estética, Adonáis reaparece como un recordatorio de la lentitud y la intensidad que exige la verdadera poesía. No es un poema sobre el pasado; es una interrogación persistente sobre el lugar del poeta en tiempos de transformación vertiginosa. Y en esa pregunta, que Shelley formuló hace más de dos siglos, seguimos reconociendo algo de nuestra propia incertidumbre.
Esta edición nos recuerda que traducir poesía no es trasladar palabras, sino rehacer una experiencia de un traductor que es a la vez autor y lector. Y que, en ocasiones excepcionales, como ésta, la traducción se convierte en un acto de duelo lúcido: una forma de mantener abierto el diálogo entre lenguas, épocas y sensibilidades.
Adonáis sigue hablándonos porque la herida que lo originó –la fragilidad de la poesía frente al mundo– sigue abierta. Y porque traducciones como la de Víctor Manuel Mendiola nos permiten escuchar, en español, ese eco y esa luz “para la eternidad”.

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98),del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. Su Twitter es: @edgardobermejo
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Posted: February 25, 2026 at 9:28 pm







