El hotel de los corazones solitarios, de Eduardo Rabasa
Naief Yehya
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En un tiempo en que los laberintos de las políticas de identidad dominan la cultura contemporánea, escribir sobre este tema parece un camino fácil para entrar en resonancia con el Zeitgeist. En su nueva novela El hotel de los corazones solitarios (Galaxia Gutenberg, 2025), el autor y editor Eduardo Rabasa parece seguir ese camino al contar la historia de Bruno Bolado, un veinteañero perdido en la esterilidad intelectual, moral y social de una familia fragmentada, amistades parasitarias, consumo excesivo de alcohol y la supervivencia entre el ocio y las actividades semicriminales. Sin embargo, la novela que hace un atento, crudo y melancólico retrato de ese Distrito Federal que ha desaparecido tanto de la nomenclatura como en la geografía y el paisaje imaginario, va mucho más allá en su disección de las nociones de la identidad. Esta historia de una máscara, que es la historia de una botarga, podría evocar a las Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, y la necesidad de ocultar la verdadera identidad y deseos para escapar de los juicios y expectativas sociales. Bruno vive con su padre alcohólico, quien padece de delirios de haber sido un gigoló y “amigo” de José José, y su hermano, el Yorch, quien trabaja en un McDonalds y está obsesionado con Nirvana. Tres solitarios que comparten un departamento e inagotables vasos de brandy con coca tibia, sin la menor intención o capacidad de comunicarse o entenderse.
La única pasión de Bruno es Elvis Presley y sueña rendirle homenaje escribiendo una radionovela (sin ser capaz de poner dos palabras juntas en el papel) o volverse DJ radiofónico (sin entender lo más mínimo de lo que requiere ese trabajo). La ruptura de esa monotonía existencial viene cuando Bruno ve a una botarga de Elvis bajar de un pesero y decide seguirlo. Ese es el agujero del conejo lewiscarroliano en que el protagonista se mete. Bruno obtiene el puesto de vestirse con ese disfraz de felpa para entretener en fiestas y reuniones. Semejante empleo hace que su perspectiva del mundo cambie, no solamente siente haber tocado fondo como perdedor sino que también al entrar en ese cuerpo y cabeza parece estar en una especie de caverna suave, refugio antropomórfico platoniano de la realidad que esconde su mediocridad y ofrece una visión distorsionada tanto de la realidad exterior (a través de los hoyos de los ojos de la máscara), como de su vida interior al volverlo un ser sin consciencia, invulnerable, casi como un superhéroe anónimo. En las fiestas Elvis/Bruno es el entretenimiento ridículo y una especie de piñata móvil a la que todo mundo quiere golpear. La botarga es una figura de afecto pero también un objeto para descargar las frustraciones. Este oficio es una forma de autosacrificio y penitencia ritualizada, una expiación de culpas que puede provenir de la historia de las botargas que por lo menos desde el medievo, danzaban por la purificación, fertilidad y para ahuyentar a los malos espíritus.
Bruno se disfraza de Elvis, mientras que sus amigos se hacen pasar por socorristas en una ambulancia pirata, una Unidad Móvil de Emergencia, y su jefe, el agallas, un adicto miserable, se hace pasar por empresario mientras sueña vengarse de un notario. Sin embargo, en este universo de impostores existen códigos de conducta y honor, ya sea entre los payasos (“el sagrado respeto” al disfraz y maquillaje de los colegas y a no participar en violencia mientras se está en uniforme), como entre los falsos paramédicos (que si bien roban carteras, teléfonos o relojes y piden pagos a la familia por sus servicios, a la vez pueden llevar a los heridos a un hospital y posiblemente salvarles la vida). Estas normas dan civilidad a estos marginales. Cuando parece que la vida no puede ser más grotesca y deprimente Bruno conoce a Milena, una estudiante universitaria y activista tan atractiva como culta e inteligente, que por alguna razón inexplicable ve en él alguna promesa, una ilusión o quizá simplemente un atractivo físico. Con ella Bruno tiene otra transformación, esta vez en el novio dócil y comprensivo que prefiere mantenerse en silencio y escuchar a su pareja con respeto.
Rabasa tiene un ojo agudo para los detalles, un tono narrativo vertiginoso, cáustico y sórdido que nos conduce entre carcajadas por los rincones del absurdo hasta hacernos encallar en la nostalgia; por lo menos a quienes vivimos esa ciudad vital, surrealista, disfuncional y dolorosa. La historia es contada por Bruno que es una especie de analfabeta funcional que no ha leído un libro en su vida pero pone atención a lo que escucha y tiene un formidable sentido del ritmo y cadencia narrativa. La música es un protagonista central (con una bipolaridad entre Elvis y Kurt Cobain, como símbolos de tradiciones creativas y suicidas opuestas). La novela incorpora una cantidad notable de elementos de la cultura popular de la época, las conspiraciones y obsesiones que van desde el bestseller El perfume de Patrick Süsskind hasta el Tao Te Ching, pasando por los reportajes del History Channel de la televisión por cable. Rabasa entreteje el relato callejero chilango con docenas de referencias literarias y apuntes cultos, responsabilizando a Milena de sus citas a Kafka, Edgar Allan Poe, Nietzsche y Sylvia Plath, entre otros, y convirtiendo a Bruno en el apuntador de los intereses literarios y culturales de su compañera. También le atribuye a ella una ingeniosa interpretación de la idea del amor obsesivo en Romeo y Julieta y la hipótesis de que el personaje de La metamorfosis, Gregor Samsa debe su nombre a los sirvientes de los Capuletos: Gregory y Sampson.
El año es 1999, es el fin del siglo y la UNAM está una vez más en huelga peleando por el derecho a la educación gratuita, tratando de salvar una idea de universidad. Y con esos hechos la historia de un giro más. Por un lado tenemos a los militantes que sacrifican su comodidad y seguridad por un ideal, en cierta forma un símbolo y por el otro tenemos a la sociedad indiferente de esa lucha. La pasividad de Bruno es la perfecta complicidad con el status quo. La reforma de la universidad es el mejor ejemplo de una causa que beneficia a las generaciones venideras y no particularmente a quienes hacen la huelga, arriesgándose a represalias, y tratan de obligar a las autoridades a un diálogo y negociaciones. Milena es ahí el símbolo de esa juventud comprometida que no sólo lucha contra un estado reaccionario sino que debe cuidarse de los impostores, traidores e infiltrados, de ahí que la referencia a El hombre que fue jueves, de Chesterton sea particularmente afortunada. Y si bien Milena podría ser el agente de cambio, debido a que es la imagen de la honestidad ella también teme ser una impostora. El desencanto de la chica nos lleva a la inocultable certeza de que no hay movimiento político, cultural o social sin impostores y ante eso debemos medir cualquier ilusión, entusiasmo, anhelos de subversión, transgresión o sueños revolucionarios. Esa inevitable realidad puede rompernos el corazón o despertar de su letargo hasta a una botarga que reivindica su fracaso.
Naief Yehya es narrador, periodista y crítico cultural. Es autor, entre otros títulos, de Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Planeta, 2013) y de la colección de cuentos Rebanadas (DGP-Conaculta, 2012). Es columnista de Literal y de La Jornada Semanal. Twitter: @nyehya
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Posted: December 7, 2025 at 5:03 pm







