Los mitos cautivos
Alberto Chimal
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Simplificando un poco, se puede partir de la idea de que las mitologías más antiguas no eran propiedad de nadie, ni siquiera en sentido figurado. Si se propagaban y crecían, podían intervenir en ellas los poderes fácticos de las culturas en las que existieran, pero siempre había la posibilidad de variantes, adiciones y modificaciones que no dependieran de un solo grupo, de una sola persona con autoridad. Sus primeras versiones eran orales; luego se les transcribía, y las transcripciones podían ser parte de su propio ciclo de cambios. Los llamados textos canónicos, que asientan las viejas historias de una forma que se pretende definitiva, siempre llegan hasta mucho después. Por ejemplo, el Concilio de Trento, que fijó y declaró dogma el índice actual de los textos de la biblia católica, se reunió por primera vez en 1545, es decir, 1,545 años después del comienzo de la Era Común y 1,512 después de la muerte de Cristo.
Superman, el personaje fundador del subgénero contemporáneo de los superhéroes, fue creado en 1938 por el guionista Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster. Ambos fueron llevados a vender los derechos de su creación a la editorial que los empleaba, entonces conocida como National Allied Publications y después rebautizada como DC Comics. De esta manera, Siegel y Shuster resultaron privados de ganancias millonarias durante el resto de sus vidas y el personaje se convirtió en un ejemplo clásico de IP (Intelectual Property: propiedad intelectual) corporativa.
Durante 87 años, las aventuras de Superman, el reparto de personajes secundarios a su alrededor y la cronología de su mito –su biografía “canónica”, desde su origen extraterrestre y su adopción de una identidad estadounidense– han sido mantenidos, expandidos y revisitados por miles de artistas en todo el mundo, siempre bajo el control de DC. Sátiras y parodias, ilustraciones por encargo para coleccionistas, fanfics (historias escritas por aficionados sin pedido ni autorización expresa del propietario de una IP) y otros pocos casos de creaciones derivadas tienen permiso de existir fuera de ese canon, pero en general se puede decir que el control de la empresa es total sobre lo que se comercializa de manera “oficial” con el símbolo y las demás “características básicas” de Superman, y especialmente las narraciones más difundidas que se crean a su alrededor: los comics, libros, videojuegos, películas, series o podcasts que lo mantienen vigente e intentan que resuene con los intereses de su público.
También aquí podemos simplificar un poco. Una mitología contemporánea, que a su vez ha sido complemento o modelo de muchas otras desde sus primeras apariciones, ha pasado de empresa en empresa, de compra en consolidación, y actualmente es propiedad de Warner Bros. Discovery, una multinacional de medios y entretenimiento. Nunca ha dejado de ser una IP corporativa. Para que dejara de serlo, el sistema capitalista, los medios de comunicación como los conocemos y el orden internacional de los estados nación tendrían que dejar de existir.
(Las tres cosas sucederán, seguro, pero no sin grandes catástrofes, y no lo veremos ni yo ni las personas que leen este artículo en esta revista virtual.)
Esta realidad, relativamente nueva en la historia humana, es la que está detrás de mucho de la imaginación popular contemporánea. No de toda: la discusión y veneración de los deportes, los chismes del espectáculo, los memes, los videos virales, la música y otros tipos de contenido (de discurso, dirán algunas personas todavía) no son IP corporativa de la misma manera que pueden serlo un superhéroe, una space opera multimedia o una serie de novelas de fantasía juvenil. Quizá las artes, en su sentido más tradicional, estarán también afuera. Pero un aspecto importante de las IP como Superman o las otras que he mencionado es que actualmente son, para miles de millones de personas, las primeras puertas de entrada, y tal vez las únicas, a la experiencia de un mundo narrado complejo, detallado, vasto en el espacio y en el tiempo. Hay gente que aprende en ellas, y no en otra parte, de causas y de efectos, de cronologías, de ordenamientos geográficos y estructuras sociales. Hay personas que tienen más clara la historia del mundo de tal o cual “saga” que la de su país o la del planeta que realmente habitan.
Debido a esto, siempre llama la atención cuando una de esas mitologías cautivas converge con lo que llamamos lo real, y más cuando lo hace de manera inesperada. Un ejemplo se vio el mes pasado gracias a la “polémica” (aunque fuera más bien sensacionalista y sin mucha sustancia) alrededor de la más nueva iteración global de Superman, que es la película de James Gunn del mismo título con David Corenswet en el papel titular.
En las últimas décadas, los aficionados más convencionales de los superhéroes no habían tenido en mucha estima a Superman. Lo consideraban soso, aburrido por representar una presunta bondad sin complicaciones. Preferían la versión más cínica, endurecida, un poco incoherente de las películas de Zack Snyder, o de plano las imitaciones aún más violentas de otras IP, como el cómic Invincible de Robert Kirkman, Cory Walker y Ryan Ottley, o la serie televisiva The Boys, donde se destaca Homelander, un superhombre que es clarísimamente un villano fascista.
Los fans no tomaban en cuenta que Superman, como cualquier otro personaje, no “es” de tal o cual modo, sino que depende de los deseos de sus propietarios y de lo que éstos permiten hacer a los trabajadores encargados de mantenerlo vivo en la cultura. A fines de los años treinta, y de la crisis económica con la que finalizó el periodo entre las dos guerras mundiales, Superman empezó como una especie de luchador social, empeñado en ayudar a personajes desprotegidos; después fue figura de propaganda política, representación de un “padre” ideal y conservador, héroe atormentado ante la pérdida de su propia inocencia…
Aquellos fans quedaron muy sorprendidos cuando una buena cantidad de personas, aunque no tenía mayor interés en los universos ficcionales de DC, expresó su simpatía por el guión de Gunn y la interpretación de Corenwset. Justamente lo que más ha gustado de ese Superman es su bondad, que el propio personaje considera “punk” dentro de la película, es decir, una actitud inusitada, opuesta al status quo, y necesaria.
Los fans más extremistas le colgaron a Superman sus odios habituales: que era woke, dijeron, y poco masculino, y las demás vilezas habituales de la misoginia y la homofobia en redes. Pero la película va a pasar a la historia de nuestro tiempo –aunque sea como una nota al pie– justamente por esa modificación realizada por Gunn y permitida por Warner Bros. Discovery. Por casualidad, o en un momento de auténtica inspiración (tampoco son tan infrecuentes, incluso en las IP corporativas), los realizadores se dieron cuenta de que Superman puede funcionar bien como un ejemplo de bondad, incluso de gentileza, si el tiempo que habita es cruel. El nuestro lo es. La sociedad que nos hemos creado alrededor de los medios y las redes sociales fomenta lo maligno y lo brutal. Y, sorpresa, todavía no nos hemos resignado a ello como especie. Todavía nos parece deseable un poder que no tenga como objetivo principal el hacer sufrir a los más débiles.
El momento más significativo de la película no es una escena de acción, sino un diálogo: vestido con su disfraz humano de Clark Kent, Superman discute con Lois Lane (Rachel Brosnahan) la situación de Jarhanpur, un país inventado que está siendo invadido por la nación vecina de Boravia. Ésta, en apariencia, se encuentra empeñada en una campaña de terror contra los habitantes de Jarhanpur, que viven en un entorno desértico y en aparente pobreza extrema. El paralelo de la situación mostrada con el genocidio en Palestina es obvio. El deseo de que no haya más muertes ni padecer, también.
No hay que esperar demasiado de una gran corporación. Para la siguiente versión de Superman, sus propietarios pueden volverlo partidario de la oligarquía tecnológica, mostrarlo expulsando migrantes de Jarhanpur (o de México), en fin, arrepentirse de su pequeño gesto de 2025 y volverlo ejecutor de horrores indecibles. Pero el descubrimiento que han propiciado puede llegar a perdurar, al menos en los recuerdos de algunas personas.
¿Quién iba a decir que el cuidado y la empatía podían llegar a ser el nuevo punk?
Foto de Daniel Álvasd en Unsplash

Alberto Chimal es autor de tres novelas, más de 30 libros de cuentos, ensayos y guiones de cine y de cómic. Recibió el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002, el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2014 y el premio del Banco del Libro 2021, entre otros. Su libro más reciente es la novela La visitante. Contacto y redes: https://linktr.ee/
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Posted: August 7, 2025 at 9:55 pm







