Es un escándalo
Alberto Chimal
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Me estoy enterando de que ya se filmó una serie de Netflix basada en Las muertas (1977), la novela de Jorge Ibargüengoitia. La verdad es que ya se habían tardado. No es sólo que, en los últimos años, varias obras importantes de la narrativa hispanoamericana –desde Pedro Páramo de Juan Rulfo hasta El Eternauta de Oesterheld y Solano, pasando por Temporada de huracanes de Fernanda Melchor– hayan recibido “el tratamiento audiovisual” en esa plataforma, ni que proyectos semejantes hayan aparecido en otros servicios de streaming o incluso en cines.
Aparte de que hay público, como se dice, para versiones audiovisuales de narraciones hechas en América Latina; aparte de que el prestigio literario sigue siendo un aliciente, Las muertas me parece una fuente bastante obvia, casi que hecha para ser adaptada. Desde un punto de vista cínico y codicioso, lo tiene todo. ¿Violencia? Sí. ¿Crimen? Sí. ¿Abuso y corrupción? Sí. ¿Ambientes sórdidos y miserables? Sí. ¿Una trama basada parcialmente en un caso de la vida real, con muchas víctimas –en especial mujeres– y episodios sensacionales? También. Todos los lugares comunes de la actualidad acerca de lo latinoamericano, y en especial de lo mexicano, en un solo paquete, y uno que ha seguido creciendo en estatura desde su publicación y a pesar de la muerte de su autor. Un clásico, pues. Uno de los libros favoritos de Salman Rushdie, por si esto sirve de algo, y a la vez uno cuyo resumen podría interesar incluso a ese pariente que no tolera las escenas con diálogo en una película o serie, y las pone en alta velocidad con la esperanza de llegar más pronto a las explosiones y la matazón.
Habrá que ver qué tal les queda, por supuesto, pero tengo confianza. La serie está anunciada como “limitada”, es decir, será de una sola temporada, sin necesidad de estiramientos ni cabos sueltos. Además, será la primera serie de Luis Estrada, el cineasta que dirigió La ley de Herodes (un título usado por Ibargüengoitia, aunque la película de Estrada no es una adaptación) y varias otras películas esenciales de la desventura nacional. Estrada es también protagonista de una leyenda, según la cual se negó a permitir la remake hollywoodense de su película Bandidos (1991) porque el estudio que deseaba hacerla insistía en rebajar la violencia y dureza de la película, cuyos protagonistas son niños; en vez de inspirar Los Goonies en la Revolución y de ganarse mucho dinero, Estrada se quedó con su película, tal como la quería. Tanto la leyenda como la carrera posterior del cineasta sugieren, sin importar si su obra gusta o no, una enorme integridad. Y realmente quiero ver a la gran Arcelia Ramírez en el papel de Arcángela Baladro.
Por otra parte, algo que no he encontrado en la cobertura de la serie es una mención de la pertinencia de Las muertas. La novela no es únicamente una propiedad intelectual ni una “fuente de contenido” de prestigio. Es un libro que nos habla ahora, que nos dice algo incluso más allá de sus descripciones de la violencia y la injusticia.
No es algo tan extraño como podría parecer. Si una novela de otro tiempo suena pertinente en este momento, no es porque haya “predicho” nuestro presente. Los grandes textos convergen, y pueden converger con muchos presentes distintos. Al leerlos –nosotros, quienes estamos vivos y podemos hacerlo– encontramos los sentidos que contienen y los aplicamos al mundo.
Dos intereses cruciales de Ibargüengoitia suelen aparecer por separado en su obra narrativa. Dos de sus seis novelas, Los pasos de López y Los relámpagos de agosto, son históricas, dedicadas a desmontar “épicas” nacionales (la Independencia, la Revolución) y criticar su culto; otra, Maten al león, se les acerca, pues es versión de su obra de teatro El atentado (de tema revolucionario: la conjura que llevó a la muerte de Álvaro Obregón); finalmente, dos más, Estas ruinas que ves y Dos crímenes, tratan de sucesos contemporáneos pero pequeños, en los que la escasa estatura de sus personajes vuelve más cercanos todos sus errores y defectos (lo mismo sucede en sus cuentos). Únicamente Las muertas trata, a la vez, de sucesos colosales y de su propio presente: de lo que hoy llamaríamos un fenómeno mediático o incluso viral, que una población experimenta de manera vicaria a través de los medios.
Es el que se conoció como el caso de Las Poquianchis: las hermanas Delfina, María Luisa y María de Jesús González Valenzuela, que a mediados del siglo XX mantuvieron burdeles en los estados de Guanajuato y Jalisco con apoyo y participación de autoridades corruptas, y que al ser por fin denunciadas por alguien –una trabajadora fugitiva–resultaron ser responsables de varios asesinatos. Todo México se enteró de sus crímenes, en especial gracias a la cobertura de la revista Alarma! Aunque Ibargüengoitia escribe diez años después de los hechos, no pretende hacer un relato fiel de los mismos y apenas menciona a los periodistas que investigan lo sucedido, el primer gran impulso de Las muertas se debe a su relación con los acontecimientos reales, que causaron una conmoción difícil de creer en nuestra época colmada de imágenes violentas, y que muy pronto inspiraron incontables artículos, varios libros y al menos una película: Las Poquianchis (1976) de Felipe Cazals.
Lejos de caricaturizar a las González Valenzuela, de reducirlas a una imagen maligna e indescifrable, Ibargüengoitia les da –transformadas y resumidas en las hermanas Arcángela y Serafina Baladro– el punto de vista durante la mayor parte de su novela. Lo que él imagina no es halagüeño y ciertamente no las redime: Arcángela es codiciosa, dispuesta a cualquier abuso con el pretexto de cuidar su “inversión” en las mujeres a las que esclaviza, y Serafina es al mismo tiempo impulsiva y estúpida. Como en el resto de las historias de Ibargüengoitia, todo en el mundo de Las muertas ocurre por una mezcla de tontería, ignorancia y estrechez de miras, y la crueldad es el atributo humano que más y mejor se aprende. Pero el hecho de que logremos comprenderlo le da a la conclusión del libro un efecto distinto. Luego de que las sobrevivientes del burdel de las Baladro se dispersan –abandonadas por la prensa, que ya las explotó cuanto podía–, un epílogo se refiere al “destino posterior” de los personajes de ficción. Lo narrado, de forma escueta, está entre lo patético y lo banal, y es exactamente el mismo tipo de “actualizaciones” que nos ofrecen los medios actuales cuando alguien se pregunta qué fue de tal o cual famoso en desgracia. Ahí siguen, haciendo bien o mal lo que pueden, a veces sin conciencia de que no acaban de parecer reales, de sentir que lo son, si no reciben la atención ajena.
Esa limitación es una que los demás compartimos y que provocamos, porque nosotros –los observadores morbosos–somos quienes les damos fama, y por tanto realidad, a nuestros ídolos y monstruos. Las muertas, sin proponérselo, es la primera novela mexicana que describió la fama pública, ciega y voraz, del siglo XXI.
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Ibargüengoitia era famoso, entre otras cosas, por sus quejas acerca de cómo le criticaban los finales de sus artículos. Que le sonaban raros a la gente, decía; que daba la impresión de no saber qué poner y, por lo tanto, que ponía cualquier cosa. En homenaje a Ibargüengoitia, termino diciendo que Las muertas tiene uno de los mejores paratextos de la historia de la novela, pues comienza con esta advertencia: “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios.” Fernanda Melchor lo usó como epígrafe de Temporada de huracanes y lo quemó para siempre.
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Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego, Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal
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Posted: September 7, 2025 at 3:21 pm







