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ESCRIBIR OTRA VEZ LOS MISMOS HUESOS

ESCRIBIR OTRA VEZ LOS MISMOS HUESOS

Mayco Osiris Ruiz

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• Renato Tinajero, Yorick (Medusa Editores, 2025, 76 pp.)

Conocí a Renato Tinajero en mayo de 2017, mientras Aguascalientes celebraba las Jornadas de poesía y nosotros, los convidados, el Premio Aguascalientes que ese año lo coronaba a él. Entre las cosas que traje a mi regreso, además de amistades e historias entrañables, estaba un ejemplar, ahora inconseguible, de la primera edición de Yorick, publicado en 2008 por la editorial Diáfora. Infortunadamente para mí, obra de una mudanza y de un gesto pueril como intrigante, el ejemplar pasó de mi poder a engrosar los haberes de una casa en donde doy por hecho que continúa hoy en día, esperando a que su residente, sea por curiosidad o contingencia, lo libere del polvo de los años. Y es que lo doloroso —más allá del cariño con que me fue entregado, de la dedicatoria que recuerdo a la letra (Para Mayco, estos huesos mal rimados), o de que hoy constituya una rareza editorial— es que sus versos, al chocar con la piedra de un obtuso intelecto, resultasen herméticos e inexplicables.

Ocho años después de estos sucesos, con la misma finura y el esmerado amor que los caracteriza, la editorial Medusa da a la luz una nueva —y creo que necesaria— edición de este libro donde esta vez convergen, como espejos dispuestos el uno frente al otro, dos vertientes de un mismo hacer poético. Hablo de que al juzgar la integridad estética de una forma fijada años atrás desde esos promontorios que le ofrecen el tiempo y la distancia, el poeta se decanta por preservar su esencia, sometiendo lo escrito no al desmontaje propio de la ultracorrección, sino a un premeditado artificio dialógico que busca demostrar que los poemas son parte de una misma “Continuidad tenaz”.

En ese sentido, como nos lo confirma la “Rendición de cuentas” incluida al final de la propuesta, se trata de un volumen que mira hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, intercalando, entre las comisuras de la forma y entre los intersticios de una poesía entendida como una sucesión de infinitos comienzos, poemas concebidos con posterioridad, pero que pertenecen a una misma familia melódica y tonal. De allí que su factura no sólo desdibuje o vuelva relativa la línea temporal que los separa, sino que nos remita a una certeza estética explorada a detalle en Fábulas e historias de estrategas:

Lo invariable es así…
escenas concebidas según las circunstancias.
Lo importante es el juego, su impermeable equilibrio
de fuerzas y de números, su cierta matemática,
la trinchera infinita donde luchan dos conciencias,
el tiempo, palacio de las formas,
la escritura invariable en que invariables sílabas
están narrando la caída de este reino,
una segunda vez que es siempre la primera…

En términos estrictos, Yorick es el comienzo de la senda poética de un autor que, hasta entonces, había transitado sólo por las veredas del cuento y de la prosa. Y aunque dicha razón basta para encomiar la idea de reeditarlo —de abrir, para el lector, el pestillo indiscreto que descubre el momento preciso en que el autor comenzó, como dice, a “fantarsear” y a equivocarse “con amplia libertad”—, me parece que el principal motivo reside en lo que muestra respecto a la escritura en tanto que principio de invariabilidad. Lo que quiero decir (y podrá constatarlo quien conozca la obra del poeta) es que al recuperar su historia lírica y, contra toda costumbre, añadirle episodios francamente anacrónicos, persigue, al mismo tiempo, enjuiciar y afirmar a posteriori una intuición que le fue dada a priori, en el momento exacto en el que su poesía pergeñaba, por la primera vez, una imagen plausible de la invariable estabilidad del mundo:

Que se sepa en toda Dinamarca:
a Yorick le han echado tierra encima
para que acabe de envejecer en el subsuelo.
Y ahí estoy, envejeciendo. Calvo, y además
aficionado al tedio y con caries en los huesos.
Nada permanece entre los vivos
como nada entre los muertos permanece.
Otro bufón habrá llegado a este palacio
y otro muerto a ocupar mi sepultura.

No sé, pero estimo innecesaria la respuesta, si existe, en realidad, algo como el inicio y el fin de la poesía, (de lo escribible, dirían los académicos). Como poeta, me limito a pensar que, entre la idea y los hechos —esto es, entre las emociones que la experiencia arrastra y su depuración en la forma concreta del poema— medra siempre la sombra de lo que nos resiste, lo que da a la poesía su cualidad de intento o aproximación y al poema su talante de triunfo relativo frente a una realidad que le supera incluso como idea, como imagen mental de un intelecto que la traduce no como la imagina, sino como permiten su (in)genio y circunstancias. Esta, lejos de lo ominoso, es quizá la razón por la que los poetas continúan escribiendo aun después de Homero, por la que la poesía se rehace y se renueva a través de los tiempos.

Me permito mencionar lo antedicho pues resulta, de menos, sintomático de cara a una propuesta como la que me ocupa. Creo que una buena parte de lo que hace girar los engranajes de la obra de Renato Tinajero (no solo desde Yorick a Todas las ballenas, sino, también, de vuelta, en un orden inverso y azaroso) es justo ese acicate de nunca terminar realmente de decir, o bien, de contar otra vez la misma historia para poder fijarla en sus fragmentos y con ellos urdir lo más aproximado a una totalidad. De allí que, como “escenas concebidas según las circunstancias”, los poemas de este Yorick dialoguen en un orden también circunstancial y, más allá de encajar, se reconozcan, tomen su posición dentro de una secuencia que podría comenzar en cualquier parte, pues la conforman hitos de una conversación en donde las palabras viajan de extremo a extremo sólo para encontrarse de nuevo en el principio:

Ante estos pies nadie quiere más milagros.
Será como subir a la atalaya y mirar el horizonte,
y mirar más allá y encontrar más horizonte,
y más allá, hasta que el círculo se cierra
y a nosotros mismos nos hallamos nuevamente,
atónitos y extraños,
como quien parte de viaje y vuelve exhausto
y encuentra las mismas casas y los mismos rostros,
pero se demora unos segundos en comprender que
son los mismos.
Y la roca se llena una vez más de pájaros.
Y damos media vuelta. Y la página se vuelve
y arriba a la derecha bien se lee: capítulo segundo.

Por otro lado, me resulta esencial que este conocimiento de la forma y de la densidad que hay tras el ejercicio de la creación poética no ensombrezca ni impere sobre lo que, a mi juicio, constituye un rasgo distintivo de su obra poética en general y de Yorick en particular: el componente humano. Visto con detenimiento, el libro encarna un ejemplo perfecto de lo que en jerga teórica se conoce como literatura [auto]referencial. En él, asistimos a una suerte de inmensa performance cuyo antecedente directo, visible desde el título, se enuncia (y se recrea) de manera explícita:

He soñado, Su Majestad, mi calavera
repleta de lodo, en manos del sepulturero.
Y es el sepulturero un mentecato
a quien he roto en la cabeza una botella
—vino del Rin, por cierto nada malo—,
cierta ocasión, en una riña de taberna.
El truhán, en venganza, ha dado fuerte
con la pala en mi indefensa calavera.
La ha tomado luego y la ha arrojado
a los pies de dos hombres que pasaban.
Uno de ellos me ha reconocido.

Esa recreación, afianzada en los ecos de la tragedia de Hamlet e impulsada por el vasto artificio de la imaginación, deviene, a su vez, en un desdoblamiento de conciencia que permite, primero, aprovechar los atributos universales de la literatura e implantarlos (e implementarlos) en la construcción de un modelo poético que elabora con ellos sus particulares figuraciones de la vida, la muerte, la belleza, los sueños o el azar:

He aquí al niño
señalando con su dedo
hacia la quietud del pájaro que se ha posado en la rama
baja de aquel fresno.
Y sólo eso.
Los gorriones no viven demasiado.
Mueren pronto de sed.
O de vejez, que en la escala de los pájaros
se alcanza en un puñado de semanas o de días.
¿Y el niño?
Que también se nos muere.
Tras un puñado de años.

De igual forma, paralelo e intrínseco a ese primer aspecto, dicha conciencia es también el trasunto de una mirada vuelta sobre sí misma, quiero decir, que no sólo se esfuerza por crear literatura desde o a partir de la literatura, sino que reflexiona sobre sus propios límites (“Este no es un poema. No atraviesan sus faldas la /tensión del gato /ni la espuma… Carece de la médula. / Prolijamente evita /el sismo y los fantasmas”) e incluso hace evidente su condición de engaño colorido:

Es el turno del murciélago.
Míralo aquí, arrastrándose a tientas en mi mano,
como nos arrastramos, tú y yo, a tientas el uno sobre
el otro […] Verlo y evocar al animal del pubis parece aquí tan
literal, tan lógico,
que cualquier metáfora resulta por completo
innecesaria.

***

No crea, Su Majestad —dice el bufón—,
mis falsas lágrimas.
Imito a la muerte, poco seria.
La bribona, como un falso comerciante
que disfraza la verdadera mercancía,
hace pasar por tragedia
el curso y fin normal de los objetos.

Sin embargo —como una consecuencia lógica de su ascendente shakesperiano—, todos estos destellos de una pericia al mismo tiempo técnica y formal parecen existir tan sólo en la medida de las obsesiones que habitan la escritura. No imagino otro logro más concreto que este modo acabado y sutil de urdir una poesía autorreferencial y explorarla en un libro cuya complejidad radica en descubrir la complicada maquinaria de la literatura no a través de abstracciones, sino de una escritura que se escucha a sí misma y cifra en ese acto, recordando tal vez a Harold Bloom, la invención y la esencia de lo humano:

La amorosa clavícula, larga como un palmo—
De un pulmón su textura más secreta—
La complicidad paralela de las rótulas—
La celebrada longitud del fémur—
Los escépticos ojos—
La médula que medra entre las sombras—
El connubio de un riñón y su gemelo—
La alambrada espinosa de los vasos capilares—
Cuando digo humanidad pienso en los huesos.

Por último, quisiera subrayar la importancia del acto editorial que hizo posible esta nueva edición. El trabajo de Medusa —cuyo amor al oficio y al arte de hacer libros se percibe en cada uno de sus títulos— constituye, en el presente caso, algo más que un rescate: se trata de una especie de justicia poética que confiere una segunda vida a un libro cuyos méritos fueron poco atendidos debido, en buena parte, a las circunstancias de su aparición. Gracias a las gestiones y a la afinada sensibilidad de su editor, el también poeta Edgar Trevizo, Yorick deja de ser un episodio esquivo o marginal en la bibliografía de Tinajero para ocupar el sitio que le corresponde como propuesta estética y punto de inflexión de una obra que todavía no cesa de escribirse. Y ocupa ese lugar de la mejor manera: con una edición digna de sus reales huesos.

 

Mayco Osiris Ruiz (Xalapa, Veracruz, 1988). Poeta y crítico. Ha publicado en revistas como Sibila, Palimpsesto, Literal. Latin American Voices y Letras Libres. Es autor de El revés de esta luz (Taller Ditoria, 2015). Twitter: @MaycoOsirisRuiz

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Posted: January 5, 2026 at 9:57 pm

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