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EXPLICAR CUBA
COLUMN/COLUMNA

EXPLICAR CUBA

Odette Alonso

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En estos días oscuros para (casi) todos, aunque ligeramente esperanzadores para quienes ponen su confianza en los ensambles de cacerolas rugientes que suenan cada noche en barrios de la isla o en las conversaciones entre la familia real, o sea los Castro, y el imperio, no han faltado, como es ya costumbre de larga data, las tantas personas de buena, o no tan buena, voluntad que deciden explicarnos qué es lo que pasa en Cuba, por qué hemos llegado a este punto, qué debemos hacer y qué no, a quién debemos creerle y qué podemos esperar de ese país al que ellos no conocen pero en el que son expertos.

Personas que, no habiendo ido nunca a Cuba, no conociendo a ningún cubano o no creyéndoles a los que conocen, sin leer un solo libro al respecto o consumiendo noticias, películas y panfletos promocionados por el gobierno isleño, enarbolan su opinión fundamentada en una fantasía, en la historia de una isla encantada de la que les platicaron hace décadas, en algún libro de textos de la educación básica, otras personas que tampoco conocían Cuba ni prestaron oídos a quienes venían de allá.

U otras que alguna vez fueron tres días con un paquete turístico o a un festival organizado por el Ministerio de Cultura o la Casa de las Américas, y se alojaron en un hotel con buffet de desayuno, en el que no se iba la luz, disfrutaron las mejores vistas de La Habana y las playas privadas de Varadero, comieron y bebieron en paladares de lujo y luego, regresaron contando lo alegres y cachondos que son los cubanos, lo bien que bailan, y qué malo el bloqueo que los tiene tan pobres.

O aquellos que donan generosamente una bolsa de arroz pensando que con eso van a comer 8 millones de cubanos el resto de la vida y se asombran de que, con suerte, a algunas familias les haya tocado en la repartición una única lata de atún, si hay mayores de 65 años  en el núcleo, y un tubo de galletas Marías si hubiera niños. O creen que los barcos de petróleo que supuestamente dona el gobierno mexicano paliarán la insuficiencia de energía eléctrica, en vez de ser desviados y revendidos en otros mercados. O los otros, que van a mítines de protesta si quitan una estatua, a gritar “Cuba sí yanquis no” junto a los funcionarios oficialistas de la embajada cubana, y regresan aliviados a sus casas, donde sí hay luz y agua y comida, sintiendo que cumplieron con su deber de ciudadanos conscientes, empáticos y solidarios.

Incluso aquellos melómanos que respaldan a Cuba sólo porque es la tierra que le regaló al mundo a la gran Celia Cruz, a Bienvenido Granda y la Sonora Matancera, a Pérez Prado y Beny Moré, a las rumberas de oro, a Acerina y su Danzonera o a Gloria Estefan, iconos mundiales de una nación donde fueron prohibidos y silenciados tantos de ellos, como todos los artistas, escritores, deportistas y científicos que osaron cuestionar al sistema o traicionarlo con el abandono de la migración.

O aquellos otros que, habiendo luchado en sus países por la democracia y los derechos humanos, incluso habiendo huido de sus tierras para salvarse de alguna dictadura, a la hora de tomar partido con respecto a Cuba, se ponen del lado de un gobierno macabro, represivo e inepto que, tras la máscara del supuesto socialismo, ha implementado un modelo económico improvisado, fallido, voraz y criminal, que no ha servido para otra cosa que no sea enriquecer a las élites y sus clanes.

En un ejercicio de imaginación, veo a todas esas personas entrar en un supermercado cubano o una tiendita de las llamadas popularmente mipyme. ¿Cuál sería su reacción al ver paquetes de pollo y barras de mantequilla que dicen Made in USA? ¿Qué pensarían cuando encuentren mermeladas, carnes frías y mayonesas españolas, arroz y café brasileños, aceite turco, quesos alemanes y uruguayos, variados productos de marcas mexicanas, papel sanitario vietnamita, refrescos y helados de empresas internacionales, licores más que conocidos, galletas y golosinas de otros lados? ¿No les parecería rara toda esa mercancía de importación en un país tan rigurosamente bloqueado desde hace más de seis décadas? ¿Tampoco les llamaría la atención que, entre tanta mercadería extranjera hubiera tan pocos productos nacionales?

Tal vez se asombrarían, si lo supieran o les interesara, que ese extenso y carísimo surtido, con precios marcados en dólares, no puede ser adquirido por el cubano promedio, que recibe sus salarios en la moneda oficial: el peso cubano. En el cambio actual, un dólar estadounidense oscila alrededor de los 500 pesos cubanos. La pensión de maestra normalista de mi madre asciende a tres mil pesos (unos 6 dólares mensuales); el salario de mi hermana, actriz del teatro y la televisión, tres dólares más. Un cartón de huevos cuesta alrededor de tres mil pesos, es decir, lo que recibe mi madre; un kilo de leche en polvo, 2,500. Una pizza hawaiana en un restaurante de medio pelo cuesta alrededor de 2,500 pesos; si le pusieran tocino o camarones, alcanzaría un precio muy cercano al salario de mi hermana. Ojo: una pizza de las que aquí llamamos mediana. Pero si quisieran comprar un pastel de cumpleaños, mediano, el precio podría llegar hasta los 7 mil pesos, es decir, casi el doble de su salario.

Peor sería si tuvieran que hacer alguna reparación urgente en la casa (cambiar un cableado eléctrico, contener una fuga de agua, aplicar una fumigación) o comprar algún mueble o electrodoméstico, cuyos costos están por encima de los 30 mil pesos. No, no me equivoqué: 30 mil pesos, es decir ocho veces el salario de mi hermana. ¿Qué cómo paga algo así quien no recibe remesas del extranjero o tiene maneras, más o menos legales, de conseguir esas entradas de dinero? Simple: no podría pagarlo.

Si a ello, que no es poca desgracia, sumamos la precaria situación de las termoeléctricas y del sistema eléctrico nacional, que somete a la población a apagones diarios, programados o sorpresivos, de varias horas; el desabasto de medicinas y material hospitalario y la devastación de todo el sistema de salud, rebasado hasta para atender enfermedades tropicales comunes que en años recientes se convirtieron en epidemias incontrolables gracias a la situación generalizada de insalubridad y el abandono de las labores de limpia y recogida de basura, lo que ha favorecido que los vectores trasmisores de esos males se reproduzcan exponencialmente. Entre esas montañas de basura, rebuscan algo de comer personas en situación de calle, que también han proliferado y se ven durmiendo en portales y parques y pidiendo limosnas. Agreguen a todo esto el constante derrumbe de edificios históricos y habitacionales que no reciben mantenimiento desde hace décadas porque no se ubican en el casco histórico patrimonio de la humanidad, donde también abundan, como en toda Cuba, eternas fugas de aguas albañales convertidas en ríos que atraviesan las calles.

Si les platicamos de esto a los amigos que nos explican Cuba, dudarían de la veracidad de las noticias y rematarían diciéndonos que es culpa del bloqueo malo malo de los imperialistas. Que mejor nos fijemos en la calidad de la educación y la salud y ni se diga del deporte, ¡la pelota, el atletismo, el volibol!, aunque ya no lleguen ni a las finales de los campeonatos. Que esos comentarios negativos huelen a la mafia de Miami y vienen de personas proyanquis, de gusanos y traidores.

Y ahora resulta que el gobierno cubano está platicando con los gringos como si no hubieran dicho siempre que los principios no se negocian. Y, una vez más, acuden a los cubanos de afuera, o sea, a quienes ellos llamaron lumpen y escoria y les gritaron pin pon fuera que se vaya la gusanera, a los de Playa Girón y Camarioca, a los marielitos y los balseros, a los cerebros fugados y los traidores de misiones, a los apátridas cubanos no cubanos, a los que huyeron cruzando El Darién y la ruta de los volcanes, para rogarles que les tiren un cabo, que regresen a invertir a la isla y les ayuden a sacarla del hoyo infinito en que ellos la han hundido… ¡Chico, qué pena! ¡Cómo vamos a explicarles esto a quienes nos explican Cuba! ¡Qué va a decir esa gente que, sin conocerlos ni sufrirlos, se ha desvivido por ellos durante más de medio siglo! ¡Cómo podrán explicarnos ahora lo que está pasando! Y, sobre todo, qué dirán de no perder la dignidad.

Foto de Dylan Shaw en Unsplash

Odette Alonso nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Es poeta, narradora y promotora cultural, autora de una veintena de poemarios, una novela y dos libros de relatos. Ha obtenido el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2019 por Últimos días de un país, el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI Zacatecas 2017 por Old Music Island y el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999. Es compiladora de la Antología de la poesía cubana del exilio (2011) y coeditora de Versas y diversos. Muestra de poesía lésbica mexicana contemporánea (2020). Fundó el ciclo Escritoras latinoamericanas, que ha coordinado durante más de una década en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Su libro más reciente es Lo que transcurre (Ediciones Furtivas, 2023).

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Posted: March 22, 2026 at 4:42 pm

There are 2 comments for this article
  1. Rosa Maria Ruiz at 1:08 pm

    Certifico cuanto dice la escritora.
    Eso y más! es una constante sobre exposición al dolor lo de Cuba. Miseria distribuida entre un pueblo que padece el Síndrome de la desesperanza inducida y en la cima, un grupo de parásitos vividores que se aferran al poder. Gracias Odette.

  2. Mare at 9:51 pm

    Es increíble cómo ningunean a los cubanos esos que dicen sí saber. Cómo nos anulan, y hasta nos entierran, porque el desgobierno de Cuba es suficiente para ellos. A una académica de Estados Unidos casi le da un soponcio cuando el dije que llamar Revolución a ese gobierno, a estas alturas, era un contrasentido. Se enrojeció, miró hacia los demás buscando una respuesta a mis palabras; cómo era posible que una cubana dijera tal cosa. Mis palabras, la afrenta a los que luchan por la libertad o por los derechos humanos en otras partes; no el oprobio del gobierno corrupto que mancilla la dignidad de todos los cubanos.

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