Huberto
Malva Flores
Todo empezĂł con las palabras, ya se sabe. Se volvieron metálicas y luego lo oscurecieron todo. SĂłlo ellas brillaban: palabras que para mĂ eran remedos, falsos remedios. Y empecĂ© a contarlas. Cuando alguien hablaba, sĂłlo escuchaba las infames palabras como un tintineo que se robaba el oxĂgeno y mi cabeza iba contando: una, dos, tres, cuarenta veces la misma palabra repetida sin ningĂşn pudor por alguien que no se daba cuenta de que lo hacĂa. Ya no sabĂa quĂ© estaban diciendo las personas y su rostro tomaba para mĂ el de un ruido distorsionado y monstruoso. Era el Mal convertido en palabras que querĂan convertirnos a nosotros tambiĂ©n. TerminĂ© en el hospital.
En el principio fue el verbo. Pero, Âżcuál verbo? DejĂ© de salir. Primero de mi casa, luego de mi estudio, luego de mi habitaciĂłn. Una “habitaciĂłn propia” donde creĂ que no entrarĂan las palabras. DejĂ© de escribir. Con un esfuerzo inaudito logrĂ© cumplir algunos compromisos. Pero abrĂa Twitter, abrĂa Facebook y otra vez estaban ahĂ las palabras, la violencia inaudita, los linchamientos idiotas en los que participaban tantos “sĂłlo por convivir”; un muerto, los muertos, Trump…
Aunque lo necesitaba, decidĂ abandonar esta columna que escribĂa para sostener lo que siempre dije a mis alumnos: que las palabras son nuestra Ăşnica arma, que no pensáramos que Ă©ramos subversivos o serios por no hablar con un lenguaje comprensible y empático. Sustituirlo por fĂłrmulas traicionaba y corrompĂa a la literatura que era real como un cuerpo: se podĂa tocar, oler, oĂr, sentir. Pero me di cuenta de que era una cruzada no sĂłlo inĂştil sino patĂ©tica. Una batalla perdida.
Gracias a un tratamiento poco amigable pero al final efectivo, poco a poco me he ido recuperando. VolvĂ al libro que estaba escribiendo y ayer le hablĂ©, despuĂ©s de mucho tiempo, a Huberto Batis. QuerĂa que me prestara las cartas de las que hablaba en un artĂculo: “La pax octaviana”. No las tenĂa ya consigo. No habĂa guardado una copia. Además, su archivo estaba perdido o disperso.
A Huberto Batis le debo no sĂłlo la vida literaria pues fue el primero en publicarme en el legendario Sábado. A Huberto Batis le debo tambiĂ©n, paradĂłjicamente, mi admiraciĂłn por Octavio Paz. Eran tantas las anĂ©cdotas y los chistes (los mejores chistes que he escuchado) que contaba a costa del poeta cada clase, que en mi cabeza —y en la de muchos otros como yo— fue creciendo una admiraciĂłn profunda por aquel “terrible personaje”. Quizá Batis no lo sepa, pero de su aula se salĂa paceano o antipaceano a morir. Yo fui de las primeras.
A Batis le debo otra cosa. Hubo un tiempo en que no tenĂa el mĂnimo dinero necesario para alimentarme. Huberto me invitaba a su casa a desayunar o a comer y a veces a cenar, cerca del Unomásuno. Junto con Ă©l improvisĂ© una piñata para el cumpleaños de alguno de sus hijos en el balcĂłn de su casa. Recuerdo tambiĂ©n que sobre la chimenea de su comedor nos miraba un perico disecado que habĂa perdido ya casi todas sus plumas y me daba entre risa y espanto. En aquel momento mi mayor aflicciĂłn era pagar un estĂşpido auto y mi sueldo sĂłlo alcanzaba para pagar la renta, las mensualidades del Tsuru y la comida de mis gatos. Entonces me propuso algo: “Si tĂş arreglas mi archivo, pago lo que debes a la agencia”. Le dije que lo hacĂa gratis. Me dijo que, entonces, no. Hoy lo lamento muchĂsimo, no por el auto —que finalmente pude pagar—, sino por el archivo.
Ayer, con un hilo de voz que se interrumpĂa, hablĂł conmigo varias horas. VolvĂ a sentir una pequeña alegrĂa que iba creciendo mientras escuchaba sus palabras. Era como volver a casa. A la casa de lo que siempre amĂ©: las palabras. Y me puso, como antes, a prueba. No lo sabes Huberto: si pude medio contestarte fue porque a mi lado estaba un alma piadosa que habĂa venido a visitarme.
Cuando el poeta Mayco Osiris Ruiz llegĂł a mi casa, aĂşn estaba hablando con Huberto. Puse el altavoz para que escuchara las palabras del maestro que siempre recordaba en mis clases. “Ustedes estudiaron poco latĂn, Âżverdad?”, “No saben griego…”, “A ver, Âżde dĂłnde viene onomatopeya?”, “¿QuĂ© es sinĂ©cdoque?”. Asombrada, porque apenas la semana anterior le habĂa ayudado a mi hijo a estudiar las figuras retĂłricas (que siempre confundo), le daba un codazo a Mayco, que me susurraba: “La parte por el todo”. “Pero —me dijo Huberto—, Âżcuál es la parte, cuál es el todo?”
Me contó varias anécdotas y le pregunté de qué tiempo me hablaba. “No sé en qué tiempo verbal ocurrieron las cosas”. Me recitó unos versos claros, simples, hermosos. “¿De quién son, Huberto?”, “De mi infancia”. Al terminar nuestra conversación, se rio y me dijo: “La clase ha sido larga, ¿eh?”
La infancia deberĂa ser un lugar feliz y luminoso. Ayer volvĂ a ese sitio y hoy me levantĂ© con el Ăşnico propĂłsito de escribir mi columna y empezar de nuevo con las primeras palabras que uno deberĂa aprender a escribir: muchas gracias, maestro.
FotografĂa de Huberto Batis: © Wikimexico.com
Malva Flores es poeta y ensayista. Sus libros más recientes son La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesĂa y poetas de hoy (Ensayo; Literal Publishing/ Conaculta, 2014) y Galápagos (PoesĂa; Era, 2016). Es columnista de Literal. Twitter: @malvafg
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Posted: February 26, 2017 at 10:52 pm








Gracias por este bello texto, Malva. Tengo recuerdos similares de la clase de Huberto.
Gracias a ti por leerlo. Huberto siempre ha sido maravilloso.
Muchas gracias por este maravilloso texto.