Flashback
José Emilio Pacheco, todo lo que recuerdo

José Emilio Pacheco, todo lo que recuerdo

F. Díaz San Miguel

—Mira, te presento a José Emilio Pacheco, no consigue hablar con su mujer en México. Marca el prefijo de México, pero no da señal. Lleva dos días intentándolo.

Entonces él me dijo el teléfono y yo le dije los números que faltaban. Por ciertos azares que serían demasiado largos, o demasiado cortos de explicar aquí, yo sabía que para llamar al D.F. desde el extranjero había que añadir el prefijo de la capital detrás del país.

Estábamos en Salamanca. Un encuentro de poetas. Al rato o a la mañana siguiente me pidió que lo acompañara a la librería Cervantes, que tampoco existe ya. Nada más entrar me entregó un paquete, advirtiendo que era el dinero del premio García Lorca. Me dijo:

—Cuida que no me deje esto encima de cualquier sitio, soy muy despistado, capaz que lo olvido. Luego rebuscó en las estanterías con decisión, sin titubeos, sabiendo lo que necesitaba, dos nuevos diccionarios imprescindibles, una poesía completa, pero no recuerdo de quién. Luego le devolví sus cincuenta mil euros.

Nos sentamos en una terraza de la Plaza Mayor con más gente, era primavera y él me miró como si en esa hora que hacía que nos conocíamos hubiéramos tenido tiempo para forjar complicidades. Me habló muy cerca, como haciéndome entrar en razón:

—Pero nosotros tomamos ron, ¿no es cierto?

Era la una de la tarde, así que nos tomamos esa copa y al terminar, antes de la comida con más escritores, José Emilio Pacheco me dijo:

—Acompáñame al hotel para dejar estas cosas.

Eran los libros comprados, su pasaporte, el paquete con el dinero que le habían dado en Andalucía un par de días atrás y que, no sé por qué, solo a veces llevaba encima. El caso es que me dijo que lo acompañase.

Subimos los dos a la habitación. Yo le había dado Agosto y otro libro mío, el número de mi revista que abría con su poema «Calzada de los poetas» junto a la foto que había tomado yo, cinco años atrás, de aquel destartalado paseo en Chapultepec. Me pareció, entre aquellas sombras de los árboles, la amarga metáfora del destino de los poetas. Creo que en ese final de siglo la gente todavía creía en el destino. Y creo que aquello de que yo hubiera tomado una foto a la calzada le gustó. O le había trasladado esa falsa confianza con la que dejarme cincuenta mil euros sin saber que yo soy igual de distraído que él a la hora de olvidar cosas en los sitios.

También le sorprendió que tuviera en España algunos de sus libros editados en México. El silencio de la luna y otros dos. La razón es que yo compartía piso en México con Tanja Ringewaldt, en la colonia Roma y ella dirigía la librería Gandhi de Bellas Artes, y algunas veces parábamos bochos en la calle para llegar a tiempo a su trabajo. Así que en aquella librería repasé casi todas las estanterías.

Nada más entrar en la habitación del hotel José Emilio dejó las cosas sobre la cama y me dijo:

—Espérame un momento, o un tantito.

Pasó al baño y se puso a mear. Entrecerró la puerta. Yo miraba la habitación y oía el chorro de pis: Estoy con José Emilio Pacheco en su habitación, él está meando. Cuando salió me miró, así como mira él, un poco por encima de las gafas, y me dijo quería que vinieras para darte algo, solo traje uno y en la terraza éramos muchos. Entonces sacó de entre la ropa de su maleta el ejemplar de Tarde o temprano que tengo en mi biblioteca:

—Aquí está, dijo.

Alzó el libro en una mano. Luego se sentó a un lado de la cama y se estiró a lo largo, abrió la página y empezó a escribir tumbado. Yo estaba de pie a un metro de distancia. Me parecía un viejo león tumbado en la sabana. Recuerdo que eso era lo que pensaba, en el silencio y en el león escribiendo.

Salimos con prisa. Paqui Noguerol y los otros nos estarían esperando en el restaurante. Mientras comíamos le conté que en Ciudad de México yo había vivido en la colonia Roma, en San Luis Potosí:

—Somos casi vecinos, vivo en la Condesa, en la calle Ámsterdam, dijo.

En la Condesa hay una réplica de la estatua de Cibeles de Madrid. Siempre que Gina y yo pasábamos por aquella plaza en coche me parecía un error geográfico, un derrumbe de la realidad. Como otras imágenes del sueño que incorporamos a nuestra memoria.

Comimos en aquella arrocería. Allí habló de otras cosas que recuerdo de manera imprecisa. Solo pensaba en cómo su cerebro enlazaba unas ideas a las otras, en todo lo que había ahí guardado.

Luego pasó un año. Ayer José Emilio Pacheco ganó el Premio Cervantes. Y la semana anterior nos habíamos visto de nuevo en el Palacio Real, en Madrid, en donde le entregaban el Premio Reina Sofía. Yo diría que nos habíamos visto otra vez en los siguientes años, pero no sé.

En Madrid él me dio su correo electrónico que ya no sirve para nada, pero no lo utilicé, no se me ocurrió molestarlo. Sé que escribió, o imaginó apócrifamente, un prólogo para la obra de Renato Portales, pero pasó poco más en esos años.

Casi todos los autores me decepcionan cuando los conozco en persona. O por lo menos han estropeado mi lectura. Con Pacheco no pasa eso, José Emilio Pacheco es bello. No puedo imaginar que va a morir dentro de otros cuatro años en esa casa de la calle Ámsterdam que ya no visitaré. Tropezará con una de las montañas de libros que se apilan en el pasillo de la casa y el golpe provocará una hemorragia cerebral. Podría haberle ahorrado a los montones aquellos tres o cuatro libros míos.

1 de diciembre de 2009


Posted: January 3, 2021 at 8:26 pm

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