La escritora descansada
Ioana Gruia
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“Tú sabes perfectamente que un hombre cansado no puede escribir… Las mejores horas, las horas más descansadas hay que dedicárselas a la literatura, que es lo más importante”, le dice García Márquez a Vargas Llosa en una memorable conversación en Lima en 1967, que podemos leer en Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina (Alfaguara, 2021). Se trata de una verdad como un templo y al mismo tiempo incómoda, parecida a tener arena entre los dientes. Que levante la mano la autora que ha escrito siempre descansada.
Sabemos perfectamente que tampoco una mujer cansada puede escribir y que las escritoras también seguirían todas si pudieran el axioma (porque es un axioma, no una opinión) de que “las mejores horas, las horas más descansadas, hay que dedicárselas a la literatura, que es lo más importante”. También cuidar a quienes dependen de nosotros (no de nosotras solas, sino de nosotros) es importante, lo más importante, y si entramos en las aguas turbulentas de la tensión entre escribir y cuidar el vértigo resulta insoportable. Una distribución escrupulosamente igualitaria del cuidado y la liberación del espacio mental femenino para que allí germinen mundos ficticios con la precisión y los matices imprescindibles en la escritura son tareas urgentes y con frecuencia quiméricas.
El tiempo de las mujeres (el título de una magnífica novela de Ignacio Martínez de Pisón y de otros dos libros, de Ángeles Espinosa y Dominque Méda, este último con el significativo subtítulo Conciliación entre la vida familiar y profesional de hombres y mujeres) es un bien escaso. En el caso de las mujeres artistas o escritoras disponer de un tiempo propio se vuelve a menudo un agotador encaje de bolillos y la imposibilidad de conseguirlo se convierte en una fuente de frustración con dolorosos efectos en la vida y el arte o la escritura. En su extraordinario ensayo de 1929 Una habitación propia, que no ha perdido ni un ápice de su vigencia, Virginia Woolf afirmaba que para escribir una mujer necesitaba dinero y un espacio propio, un lugar en el que concentrarse en la compleja y exigente tarea de construir un mundo ficticio. Los argumentos de Woolf son de un claro sentido común: escribir requiere tener cubiertas las necesidades básicas (comer bien para pensar bien) y disponer de un lugar no solo físico, también mental, que posibilite el trabajo creativo. “Los perros ladran, la gente interrumpe, hay que hacer dinero”, resume Woolf con magistral concreción algunos de los obstáculos a la escritura.
Dinero y una habitación propia, pues. A estas condiciones imprescindibles debemos añadir el tiempo. ¿Qué significa eso? No se puede escribir ni hacer ningún tipo de trabajo creativo “en los huecos”, en el apresurado tiempo entre dos (o tres o cuatro o cinco) tareas que se multiplican a lo largo de la jornada y de las que, mira por dónde, siempre se acaban encargando más (bastante más) las mujeres. Se necesitan horas y horas todos los días para construir un mundo ficticio, agudizar la atención, rehuir las interrupciones que pueden echar todo por la borda, examinar detenidamente cada palabra para encontrarle el lugar preciso, buscar la difícil naturalidad y al mismo tiempo evitar los clichés. Se necesita una disciplina feliz -un puro privilegio que cuesta conseguir- y para la que a menudo se paga el precio de la incomprensión, la soledad o las tensiones amorosas o familiares. Muchas veces las mujeres renuncian de antemano. Que levante la mano la escritora que no ha sentido una punzada devastadora en el cuerpo, el corazón, la mente, al oír el consejo, a menudo bienintencionado, de algún ser querido, familiar o amigo: “Bueno, a ver si encuentras un hueco para escribir”.
En su magnífico libro Una casa lejos de casa, Clara Obligado cuenta una anécdota muy significativa sobre su abuelo escritor: cuando el abuelo escribía su tiempo era sagrado, merecedor de un respeto reverencial, “no volaba una mosca”. “Pienso en la lucha de las mujeres para lograr esa rebanada de silencio”, afirma la autora. ¿Para cuándo el tiempo rigurosamente respetado en el horario diario de las mujeres que escriben (o pintan, fotografían, etc…), sin que vuele una mosca?
Como profesora de literatura comparada enseño tantos los textos como las dinámicas de construcción del canon literario. Harold Bloom, autor del célebre y polémico El canon occidental, afirma que el canon es “el ministro de la muerte”, es decir, que para entrar en él los textos deben estar al nivel del de los muertos ilustres. Es una verdad incontestable, desde luego, y también incómoda, como la enunciada por García Márquez, porque para alcanzar la imprescindible singularidad (que define a un/a escritor/a) no basta con el talento (el genio, diría Bloom), también se deben dar o conseguir (o batallar) las condiciones económicas, sociales y familiares de la escritura, entre las que sobresale el tiempo. El tiempo para construir lentamente una estructura compleja, unos personajes que nos revelen plenamente, con luces, sombras y abismos, ángulos de la condición humana, el tiempo para pulir cada frase hasta que resplandezca no de ornamentos sino de precisión, el tiempo para afinar la percepción, psicológica y de lenguaje, el tiempo para lecturas y conversaciones lentas que acaben de perfilar un personaje o una escena y antes de todo eso, ay, el tiempo para que la rabia o la frustración o la impotencia por no tener el suficiente tiempo se disuelvan, desaparezcan licuadas por la disciplina feliz de la escritura porque Woolf nos enseñó otra verdad como un templo, que hay que escribir sin odio.
“Nuestro tiempo es el tiempo de las mujeres” es el título de un artículo de Javier Cercas. Ojalá el tiempo de las mujeres en sentido literal les pertenezca plenamente, que sea una realidad gozosa y no una aspiración frustrada. Ojalá llegue y se quede el tiempo de la escritora descansada. Que no vuele una mosca mientras escriba.
Foto de Joshua Davis en Unsplash
Ioana Gruia (Bucarest, 1978) es autora de El sol en la fruta (Premio Andalucía Joven de Poesía, 2011) y de las novelas La vendedora de tiempo (2013) y El expediente Albertina (Premio Tiflos, 2016). Su último libro de poesía publicado es Carrusel (Premio Emilio Alarcos, 2016).
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Posted: October 27, 2025 at 8:19 pm







