Los convidados
Luis Mendoza Vega
El poema es tanto una elegía como un testamento del exceso. María, la indigente beoda, se despide del mundo entre el jolgorio y la desesperanza, mientras toca todas las puertas implorando un último trago. “Este ‘Canto de la Santa Bebedora’…
Gil Vicente vivió en una frontera espiritual: la que separó a la Edad Media del Renacimiento, al misticismo tardomedieval del pragmatismo de los tiempos mercantiles. En su obra se halla un esfuerzo por preservar este momento dramático: el naciente orden del dinero y la usura. Como Jano, fue un personaje bifronte que escribió tanto en español como en portugués, de ahí su dispersión editorial en bibliotecas y repositorios de la Península Ibérica. Adolfo Castañón tradujo y prologó el Lamento de María la Parda (Universidad Veracruzana, 2023), poema escrito en una época de tránsito donde las prostitutas, criadas y borrachas, se convirtieron en emblemas de las ciudades en expansión.
En 1520, el poeta fue nombrado dramaturgo oficial de la corte, por lo que encontró terreno fértil para su teatro en la sociedad cortesana. En los palacios, durante los reinados de Manuel I (1469-1521) y de Juan III (1521-1557), presentó autos y farsas, piezas que cruzaban el umbral entre la fe y la picardía. María, la protagonista, es una vieja pobre y beoda que representa a los márgenes, la humanidad que sobrevive entre los escombros de la abundancia. Pues Lisboa era entonces un puerto bullente, un centro mercantil y cultural que atraía toda clase de viajeros, exploradores y esclavos, así como riquezas y miserias.
El pranto [lamento] del título original remite a un canto fúnebre que acompañaba a la vida y a la muerte del pueblo. De ahí que la Iglesia lo mirara con recelo, intentando sustituirlo con los Salmos, considerados la única expresión adecuada para las exequias. Pero ni los edictos ni las amenazas lograron desterrar a la canción popular, pues numerosos testimonios demuestran cómo seguía esta practicándose, incluso en los lugares donde se emitían condenas. El propio Lamento de María la Parda fue censurado por la Inquisición portuguesa en 1536.

Entre los muchos recursos que animan la escritura del texto de Gil Vicente, destaca el uso de refranes. En la obra, el proverbio no es ornamento ni imitación del habla coloquial, sino una forma de sabiduría condensada que revela el pulso de la calle. Sus versos, llenos de musicalidad, de humor carnavalesco y de tono litúrgico, expresan así la desventura del personaje principal:
Oh, bebedores hermanos,
¿de qué nos sirve ser cristianos
cuando Dios se lleva el vino?
Año triste, tan mezquino,
¿por qué nos quiere paganos?
El poema es tanto una elegía como un testamento del exceso. María, la indigente beoda, se despide del mundo entre el jolgorio y la desesperanza, mientras toca todas las puertas implorando un último trago. “Este ‘Canto de la Santa Bebedora’ ―dice Castañón― es una obra nacida a todas luces de aquella Europa jovial que no ignoraba la gaya ciencia de la embriaguez.”
No hay que olvidar que, en 1521, Lisboa fue azotada por una terrible crisis de alimentos. Compuesto y presentado un año después, el Lamento es una obra inspirada en una tierra tan seca como su protagonista, quien recorre las calles y tabernas para, finalmente, exhausta lamentarse:
Traigo los brazos cansados
de cargar estas quijadas
y entumidas las orejas
de tanto gemido oír.
A taberneros y a taberneras,
a escanciadores de vino,
ruego una jarrita
fiada por mi cara bonita.
La voz de María es un canto a la saudade, esa nostalgia que mezcla el deseo con la pérdida. En su peregrinaje se cruza con una serie de figuras ―vendedores, criados y religiosas― que la rechazan repitiendo tanto apotegmas como letanías. Comparados, dichos personajes parecen más acordes a los cambios de mentalidad renacentistas, mientras que la alcohólica se muestra arraigada aún en el medievalismo, acostumbrada a la fiesta y a la abundancia. Es una prófuga del tiempo.
En la Antigüedad Clásica, el vino estaba ligado a las funciones del alma: podía alegrar, entristecer o enloquecer al hombre, porque, según Aristóteles, contenía viento. Esta idea del vino como fuerza vital, como hálito del cuerpo, aparece en líneas como las siguientes:
Calle ahora de amargura,
¿de dónde tu pasión por los cerrojos?
Cuando voy por ti, calle mía,
todos los pedos que suelto
son suspiros de nostalgia.
Y esas ventosidades
soplaron en mi nacimiento.
María, antes que renunciar a su mundo, prefiere morir. Encomienda su alma a Noé, el patrón de los alcoholizados, y, en un testamento lleno de redención festiva, reitera:
Al que esté más borracho
se dé entera mi fortuna,
muebles, inmuebles y todo.
La muerte es el acto más significativo del personaje, pues convierte su funeral en una última fiesta, lo único que realmente puede legar, y ordena así:
No digan misas rezadas.
Todas serán bien cantadas
en flamenco y alemán,
pues así me llevarán
a las viñas más cargadas.
Dirán por mi alma
cuatro o cinco o diez
rosarios de treinta misas
cantadas por curas borrachos
como yo de tan bebedores.
Solo a través de la muerte logra preservar su espíritu carnavalesco con el que vivió. María la Parda no olvida a aquellos que, como ella, siguen ebrios y buscan consuelo en las emergentes ciudades cosmopolitas. En este sentido, ¿el pranto es en realidad una metáfora sobre la pérdida de la alegría, compartida gracias al vino y a la fiesta, frente a la emergente Modernidad y sus restricciones? Tal vez la ciudad, atrapada en su prosperidad mercantil, ha dejado de celebrar para dedicarse a sobrevivir, como en todas las épocas de crisis. María, en cambio, muere fiel a su fe pagana: la del gozo y la del exceso.
La desventura puede leerse como el proceso con el que ella alcanza cierto misticismo. Su muerte no es de derrota, sino de purificación. Ha probado el vacío, la codicia y la soledad, y en ellos encuentra sentido. Su último anhelo, repartir todo entre los borrachos, parece una parábola sobre la generosidad perdida: en un mundo seco, ella ofrece su savia. El eco de su voz lleva inevitablemente a los textos sagrados. “Tengo sed”, dijo Cristo en su agonía. Y le ofrecieron vinagre. María igual fallece sedienta, pero su sed no es penitencia, sino deseo. En él habita su fe. Como escribió Luis Rosales: “Para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra.” En el caso de la Parda, la fuente no es transparente, sino purpurina, de celebración.
Gil Vicente supo escuchar en el ruido de la taberna un eco del misterio. El vino, que fue ofrenda pagana y símbolo cristiano, se convierte en medida del alma humana. Desde los versos del poeta chino Li Bai hasta la insolencia de Rimbaud, el preciado líquido ha sido imagen de lo imposible: la vida que arde y se apaga en un mismo gesto. En ese linaje se inscribe María, la mujer que bebió hasta entender que su sed era, en el fondo, la de todos.
Luis Mendoza Vega (1999) es poeta y crítico literario. Textos suyos aparecen en Criticismo, Letras Libres, Casapaís y La Palabra y el Hombre. X: @eromenopatroclo
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Posted: November 24, 2025 at 6:11 am







