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Los libros que sobreviven: cómo la literatura imaginó Ucrania

Los libros que sobreviven: cómo la literatura imaginó Ucrania

Manuel Férez

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La imagen plantea una pregunta que trasciende la destrucción de objetos: ¿qué se pierde cuando arden libros? ¿Qué memoria desaparece junto con el papel y la tinta?

El incendio había dejado libros chamuscados, cubiertas ennegrecidas y páginas que ya no llegarían a sus lectores. Tras un ataque ruso contra un almacén editorial en Járkiv, algunos de los ejemplares recuperados fueron llevados a un festival literario en Lviv (Leópolis). Eran los llamados «libros que sobrevivieron», restos materiales de una invasión que también ha golpeado imprentas, depósitos, bibliotecas y librerías. La imagen plantea una pregunta que trasciende la destrucción de objetos: ¿qué se pierde cuando arden libros? ¿Qué memoria desaparece junto con el papel y la tinta?

En Ucrania, esa pregunta tiene una profundidad histórica particular. La literatura que durante siglos ha conservado lengua y memoria, discutido formas de pertenencia e imaginado comunidad ha sido también perseguida, censurada y destruida. Leer la historia del país a través de sus escritores significa seguir las maneras —a menudo contradictorias— en que distintas generaciones debatieron qué era Ucrania, qué lengua podía expresarla y qué lugar ocupaba en el mundo cultural. Como señala la crítica literaria Tamara Hundorova, la relación entre literatura e historia no se reduce a una lista de grandes nombres: es un proceso vivo de construcción y reinterpretación. La literatura ucraniana puede entenderse así, no como el depósito pasivo de una identidad ya formada, sino como uno de los lugares donde esa identidad fue imaginada, discutida y, después de cada ruptura, reimaginada. En un continente como el latinoamericano, tan marcado por la disputa de memorias y por la fuerza de la palabra escrita frente a la violencia, esta experiencia resuena con especial claridad.

Libros quemados tras un ataque ruso a un centro de publicación y distribución en Kharkiv el 2 de agosto de 2026. (Foto: Meanwhile in Ukraine/X).

Inventar una tradición

Las raíces de la tradición escrita ucraniana se sitúan en el período de la Rus de Kyiv. Aunque el nacimiento de la literatura moderna corresponde a una época posterior, entre ambas media una larga historia de transformaciones políticas, culturales y lingüísticas que fue moldeando un espacio propio de expresión.

El punto de inflexión llega con Ivan Kotliarevsky y su Eneida. La elección era provocadora: tomar el gran poema latino de Virgilio y convertirlo en una parodia protagonizada por cosacos. El gesto decisivo, sin embargo, estaba en la lengua. Kotliarevsky escribió en la lengua vernácula ucraniana y transformó un relato clásico en una celebración irreverente de la vida cotidiana, las costumbres y el habla de su entorno. Eneida demostró que aquella lengua podía convertirse en materia literaria capaz de expresar sátira, imaginación y una visión propia del mundo. Virgilio volvía a la escena, pero sus héroes hablaban de otra manera. Una tradición no tenía por qué limitarse a conservar lo heredado: también podía apropiárselo, transformarlo y hacerlo hablar desde otra experiencia.

Ese proceso alcanzó otra dimensión con Taras Shevchenko. Su colección Kobzar, publicada en 1840, se convirtió en mucho más que un libro de poemas. En sus páginas aparecen los cosacos, la servidumbre, la pérdida de la libertad y la experiencia de vivir bajo dominación imperial. Shevchenko no se limitó a registrar un pasado: dio a la lengua ucraniana una potencia poética que contribuyó decisivamente a consolidarla como lengua de alta cultura. Con el tiempo, Kobzar se transformó en un objeto de memoria colectiva. Generaciones de lectores encontraron en él una forma de nombrar sufrimientos compartidos y de conversar con quienes habían vivido antes que ellos.

Discutir Ucrania

Construir una tradición no resolvió la pregunta sobre qué era Ucrania; más bien abrió nuevas discusiones. La cultura ucraniana se formó en contacto permanente con otros mundos. Sus escritores participaron en debates europeos, dialogaron con tradiciones polacas y rusas y respondieron a las condiciones políticas de los imperios bajo los cuales vivieron. La cuestión no era únicamente conservar una identidad, sino decidir qué identidad se quería construir.

Lesia Ukrainka ayuda a entender esa complejidad. Poeta, dramaturga e intelectual, su obra rompe con la imagen de una cultura limitada al paisaje rural o al folclore. En Lisova pisnia (La canción del bosque), el mundo mítico y natural de Volyn se convierte en materia para una pieza donde el deseo, la libertad y la creación se entrelazan. Su literatura se movió también por la Antigüedad, el cristianismo temprano y los grandes conflictos morales de la modernidad. Afirmar una literatura ucraniana no implicaba encerrarse en lo local: significaba disponer de una voz propia desde la cual entrar en conversaciones más amplias. En Lesia Ukrainka, Ucrania no desaparece cuando la mirada se desplaza hacia otros mundos; participa en ellos.

Ivan Franko y Olha Kobylianska, desde trayectorias distintas, ampliaron ese horizonte. Franko convirtió las transformaciones sociales de su tiempo en materia literaria. Kobylianska exploró nuevas preguntas sobre la posición de las mujeres y las convenciones sociales. En Zemlia (La tierra), la propiedad, el deseo y el lugar de cada individuo dentro de una comunidad se convierten en fuerzas capaces de ordenar o destruir vidas enteras.

La lengua ocupó un lugar central. En un territorio atravesado por imperios y marcado por una historia multilingüe, escribir en una determinada lengua era una decisión cultural y política. Tampoco aquí existía una respuesta única. La literatura ucraniana surgió en espacios donde convivían varios idiomas y donde las identidades de los autores eran complejas y fluidas. Ucrania no fue simplemente una realidad que la literatura reflejó: fue también una posibilidad que la literatura discutió. Cada elección de lengua, cada recuperación del pasado y cada diálogo con una tradición extranjera contribuían a responder, de formas distintas y a veces incompatibles, a la misma pregunta.

Recuperar lo perdido

El siglo XX convirtió muchas de esas tensiones en tragedia. Revolución, guerra, construcción del régimen soviético y represión alteraron radicalmente el mundo cultural ucraniano. Uno de los símbolos más poderosos de ese periodo es el llamado Renacimiento fusilado, nombre con el que se recuerda a una generación de escritores, artistas e intelectuales que protagonizó una extraordinaria renovación cultural en las décadas de 1920 y 1930 y que fue destruida por la represión estalinista.

Detrás del nombre hay escritores concretos. Mykola Khvylovyi, por ejemplo, representó la voluntad de encontrar para la cultura ucraniana un horizonte moderno y europeo que no quedara subordinado a Moscú. La renovación no consistía solo en defender una lengua, sino en preguntarse qué tipo de literatura podía producir una sociedad en transformación. Muchos fueron arrestados, enviados a campos o ejecutados. Sus obras fueron prohibidas o marginadas y sus nombres desaparecieron durante décadas del espacio público. Aquella desaparición alteró la propia historia de la literatura ucraniana: dejó vacíos, interrumpió debates y convirtió posibilidades de desarrollo en caminos que nunca fueron recorridos.

Tras la independencia, recuperar nombres prohibidos y reeditar obras olvidadas significó reconstruir una memoria fragmentada. Aquella recuperación planteaba nuevas preguntas: por qué habían sido silenciados, cómo debían ser leídos y qué imagen de Ucrania cambiaba cuando esas voces regresaban. Aquí vuelve a cobrar sentido la observación de Hundorova. Una tradición no existe únicamente porque determinados libros hayan sido escritos y conservados, existe porque los lectores regresan a ellos, los reinterpretan y deciden qué preguntas siguen siendo capaces de formular. Recuperar una obra significaba también aceptar que ya no podía ser leída como antes.

La invasión actual ha introducido otra ruptura. Desde 2014 y, especialmente, desde 2022, la ocupación, el desplazamiento, la muerte y la vida cotidiana bajo las alarmas aéreas han entrado inevitablemente en la escritura. Al mismo tiempo, textos anteriores sobre imperio, violencia o pérdida, adquieren resonancias nuevas cuando se leen desde el presente.

Los libros que quedan

Resulta difícil regresar a la imagen inicial sin reinterpretarla. Los libros quemados en Járkiv son una pérdida concreta para autores, editoriales y lectores. Una cultura necesita imprentas, bibliotecas, librerías y depósitos; necesita instituciones que permitan que un texto circule y encuentre a quien lo lea. En una guerra, nada de eso está garantizado.

La tradición literaria ucraniana ha conocido interrupciones profundas: una lengua vernácula se convirtió en instrumento de creación literaria; escritores imaginaron formas distintas de pertenencia; una generación fue destruida por la represión y otras tuvieron que recuperar después sus nombres y obras. Los «libros que sobrevivieron» dicen algo más que una fotografía de la pérdida. Sobrevivir nunca significa salir indemne. Las marcas del fuego permanecen, como permanecen las ausencias de los autores asesinados y las obras destruidas. Hay pérdidas que ninguna recuperación puede reparar.

Sin embargo, una tradición puede continuar porque no depende únicamente de que sus objetos materiales lleguen intactos al futuro. Depende también de que alguien vuelva a abrir un libro, encuentre en él una pregunta que todavía le concierne y lo lea desde circunstancias que su autor nunca pudo imaginar. Los ejemplares recuperados de un incendio conservan las marcas del fuego, otros se han perdido para siempre pero seguir las muchas maneras en que los escritores ucranianos imaginaron qué podía ser ese país (no una esencia fija que hubiera permanecido idéntica durante siglos, sino una pregunta discutida una y otra vez desde la literatura) ayuda a entender por qué siguen importando.

Quizá esa sea la idea que une los libros chamuscados de Járkiv con Eneida, Kobzar, Lisova pisnia o las voces recuperadas del Renacimiento fusilado. Una literatura sobrevive no porque permanezca inmóvil, sino porque puede volver a ser leída. Cada generación hereda sus libros, pero también decide qué hacer con ellos y qué significados descubrir.

 

Manuel Férez. Doctor en Sociología por la Universidad Alberto Hurtado de Chile y Maestro en Integración Europea por la Universidad Autónoma de Barcelona. Se ha dedicado al estudio de las minorías en Medio Oriente y el Cáucaso, con especial énfasis en sus dinámicas históricas, políticas y culturales. Su línea de investigación se centra en el estudio de las diásporas de Medio Oriente en América Latina, analizando sus procesos de integración, identidad y memoria histórica. X: @ferezmanuel

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Posted: August 18, 2026 at 9:37 pm

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