Z Home Page Featured Post
Menos Batman, más Estado
COLUMN/COLUMNA

Menos Batman, más Estado

Carlos Bravo Regidor

Getting your Trinity Audio player ready...

Share / Compartir

Shares

La notoriedad de García Harfuch y la sensación de alivio que inspira su figura expresan esa ansiedad social: la de que alguien, por fin, se haga cargo de enfrentar a la delincuencia organizada. Pero también delatan una tentación colectiva: creer que, para ser eficaz, el poder debe encarnar en una sola persona.

Omar García Harfuch duerme en su oficina. Hay un soldado armado del otro lado de la puerta. Parece una señal de carácter –la disciplina del policía, la austeridad del servidor público–, pero es otra cosa: una muestra de debilidad. ¿Qué tipo de Estado recurre a la escena de un secretario de seguridad atrincherado para comunicar fuerza?

En los últimos meses, esa estampa ha circulado hasta volverse argumento. El New York Times lo presenta como el rostro de la mayor ofensiva contra los cárteles en más de una década. La comentocracia –con sus matices– reconoce la diferencia respecto a la política del sexenio anterior. Cifras oficiales de detenciones, decomisos y destrucción de laboratorios apuntalan esa lectura. Incluso quienes mantienen sus reservas admiten que, por primera vez en mucho tiempo, “coordinación” no suena a palabra hueca. Se anuncian nuevos nombramientos, hay seguimiento diario, se habla más de “golpear estructuras” que de exhibir capos como trofeos de caza.

El problema es que esa estampa se vuelve un espejismo: confunde la imagen con la institucionalidad. La imagen calma; la institución protege. Sin embargo, cuando la protección no se refleja en el día a día, las estadísticas no bastan. Al tiempo que bajan los homicidios, suben las desapariciones, los secuestros y las extorsiones; mejoran algunos indicadores y, aun así, empeora la percepción de inseguridad. Entre tanto claroscuro, los datos dejan de convencer y lo que se busca, en su lugar, es un rostro en quien creer. La notoriedad de García Harfuch y la sensación de alivio que inspira su figura expresan esa ansiedad social: la de que alguien, por fin, se haga cargo de enfrentar a la delincuencia organizada. Pero también delatan una tentación colectiva: creer que, para ser eficaz, el poder debe encarnar en una sola persona.

¿Realmente se está construyendo un Estado capaz de desmantelar la economía criminal? ¿O sólo se está creando un símbolo para administrar la esperanza? Lo atractivo del personaje no debería hacernos olvidar lo arraigado del fenómeno.

No debato las virtudes de García Harfuch; reparo en su papel como síntoma. Un síntoma de concentración de mando: un “zar civil” que dispone sobre fiscalías, órganos de inteligencia y fuerzas armadas, con pleno respaldo presidencial y agenda propia. Un síntoma de sucesión adelantada: sus niveles de popularidad lo hacen “presidenciable”; esa posibilidad, no obstante, puede convertirse muy fácilmente en un estorbo para que cumpla su trabajo, sobre todo cuando al combatir a las redes de la criminalidad topa con liderazgos e intereses de la propia coalición que habría de postularlo. Y un síntoma de injerencia extranjera: Washington necesita un interlocutor creíble y México necesita que Washington crea; en esa ecuación, el desempeño del secretario de Seguridad se convierte en cuestión de soberanía. La prioridad estadounidense es obtener “resultados tangibles”; la prioridad mexicana, reducir la violencia; y la prioridad del oficialismo, no romper sus equilibrios internos ni sus redes de protección (i.e., preservar el pacto de impunidad).

Así, el país termina depositando su política de seguridad en un individuo que responde a incentivos cruzados, si no es que incompatibles. ¿Cómo definir la medida de su “éxito”: por cómo y contra quién ejerce el poder que tiene, por qué tan viable es su candidatura presidencial entre las filas morenistas o por qué tanto logra satisfacer a Estados Unidos? Sea cual sea la respuesta, lo que debería ser construcción de capacidades institucionales queda atrapado en un dilema personal. Y todo termina reducido a la óptica del personaje: a sus hábitos, su valentía, sus obsesiones, su aura, sus gestos…

Esa óptica le llena el ojo a la opinión pública, pero no altera el vacío que prevalece a ras de tierra: municipios sin policías confiables, fiscalías capturadas o inservibles, gobiernos locales coludidos, poderes judiciales desprofesionalizados, economías enteras sometidas al cobro de piso. García Harfuch puede parecer un superhéroe; el Estado sigue siendo una estructura carcomida por la corrupción, la negligencia y el crimen.

Regreso a la escena del principio: un secretario que duerme en su oficina, custodiado por un soldado. Si el Estado necesita a un hombre excepcional para cumplir con su obligación más básica –la seguridad de su población–, la pregunta no es qué le sobra a ese hombre: es qué le falta a ese Estado.

Y lo que le falta es, sobre todo, rutina. No la épica del operativo ni la biografía del funcionario, sino el engranaje que sigue trabajando donde no hay cámaras: policías locales que no se venden al primer sobre ni se quiebran a la primera amenaza; fiscalías que integran casos que llegan a sentencia; jueces que sostienen fallos sin consigna; cifras que resisten auditorías independientes; protección a víctimas que no dependa de favores; presupuestos y controles que no cambien con los humores de la mayoría en turno. Esa es la parte menos vistosa pero más decisiva de la seguridad. Mientras falte, cada avance se celebrará como una hazaña personal y cada retroceso como un golpe al personaje. Un Estado capaz no fabrica ídolos: produce confianza. El día en que García Harfuch presuma que puede dormir en su casa —y eso ya no sea noticia—, ese día la seguridad dejará de ser un espectáculo político y se habrá vuelto una experiencia cotidiana.

Photo by H&CO on Unsplash

Carlos Bravo Regidor. Es analista político. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México e Historia en la Universidad de Chicago. Sus áreas de especialización son la historia y la política contemporáneas, tanto en México como en Estados Unidos. Su libro más reciente es Mar de dudas. Conversaciones para navegar el desconcierto (Gatopardo / Grano de sal, 2025). X: @carlosbravoreg

 

 

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.


Posted: January 25, 2026 at 7:06 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *