Ramón Xirau cumple cien años y está bien
Mayco Osiris Ruiz
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• Ramón Xirau: Gradas/Graons (Galaxia Gutenberg, 2024, 115 pp.)
Al revirar, en el pequeño ensayo que condensa su lectura de Cántico, las aseveraciones sobre el artepurismo y la frialdad retórica de Jorge Guillén, Ramón Xirau escribió lo siguiente: “… si Guillén es un poeta muy preciso, laborioso buscador de aristas exactas, es también, y fundamentalmente, un poeta para quien el mundo es relación y revelación. Toda su poesía surge de una vivencia creadora, de una certera capacidad de entusiasmo”. La frase —que desvela la hondura con la que los poetas consiguen descifrar el universo estético de otros poetas— me resulta, además, un modelo perfecto de lo que llamaría crítica reflejante, es decir, una forma particular de exégesis que al alumbrar el mundo de los otros nos descubre, también, el mundo propio.

Quizá por ello, la fuerte consonancia que ese juicio mantiene con la idea de poesía y la visión creadora de Xirau, repercute, a su vez, en los motivos e intenciones que rigen un libro ya señero de su horizonte lírico: Gradas. Publicado por primera vez en 1979 y reeditado ahora para honrar los cien años del nacimiento de su autor, el libro —que llega hasta nosotros en formato bilingüe y con la traducción del desaparecido Andrés Sánchez Robayna— discurre, como la mayor parte de su obra, entre fuerzas de signos contrapuestos pero reconciliados en la red del lenguaje, en la zona sagrada de un espacio en “donde la poesía, la religión y la filosofía se cruzan y desdoblan… preguntándose por su ser y su historia”:
Las frutas y los cortos mirajes de la noche
son cachorros blancos. Cielo encendidamente arco,
Martín del Arco —¿y dónde, dónde Dios?
Bien lo saben las hierbas verdes, verdes,
bien lo saben las gradas del naciente mar,
bien lo saben los pájaros madrugadores,
bien lo sabe la oruga de las yerbas
que Dios es Dios en cada
trozo del mundo…
Sabemos, pues lo apuntó en su día Octavio Paz, que en la persona y obra de Xirau se cifra y se dirime una querella que ya desde los tiempos de Platón podía catalogarse de anticuada: hablo de la ruptura que, acaso paralela a la historia del arte y el pensamiento abstracto en occidente, ha enfrentado poesía y filosofía, el orden racional y la emoción sensible. Sin embargo, entre la idea y los hechos se mantiene vigente la pregunta sobre cómo acortar, o bien, homologar, la distancia que impera entre esos dos sistemas del conocimiento.
Paz, con su agudeza siempre visionaria, se inclina por la síntesis de una palabra vuelta hacia el origen o que se retrotrae hasta el momento en que “la comunicación se vuelve unión”. Y si bien es verdad que, en el poema, tanto ideas como imágenes devienen y concilian sus contrarios, quiero pensar, acorde al desafío que cada época tiene de leer con nuevos ojos a sus clásicos, que otro tanto se debe a la confianza y al accionar seguro de una retórica de la imaginación, es decir, de figuras que asumen la encomienda de encarnar aquello que persiguen: un “arco de visiones”, una “suma de símbolos” en los que la inventiva, esa tan denostada facultad de la poesía, transmutará el lenguaje en la razón ardiente por la cual los objetos, las ideas y las formas pueden reconocerse, fundar una sintaxis libre de restricciones que cambia los conceptos del esto y el aquello por un esto es aquello, y donde aquello, siempre, es otra cosa:
Cae la oscuridad, cierra las nieves,
libera voces. El cuerpo de la sombra
vive de palabras, las palabras
viven de la Palabra, fuego
que es la «Razón Ardiente» en el claustro de fuego.
Es el fuego de las horas precisas,
es, ¿pero puede decirse qué es?
Vale más contemplar olivos y manzanos,
mirar rocas eternas,
las espumas eternas, los escudos de la fauna,
las sombras siempre sombras del Pez siempre
que en su mar ríe y juega.
Se abre, de esa manera, un reino diferente: el del lenguaje hermano del Lenguaje, el del mundo invisible a los “ojos carnales”, el de la duración en el instante:
Se abren los libros,
se abren todos los signos —barcas, barcas—
las estrellas nos miran lentamente,
se cierran las bahías. El arco de la luz
a pesar de Dolor, canta, todo canta
cuando las naranjas maduras, en el campo
verde caen y son luz,
ah, mar, de barcas, barcas, barcas,
en la bahía abierta, en el cristal
de la bahía de las barcas, barcas, cuando
las naranjas se abren en el cielo.
Por supuesto, la carga metafísica del verso, su avance en “sucesivos círculos de expresión densa y acumulada”, pueden crear el prejuicio de una escritura que, atada a los designios de la filosofía, se evade de sentir, deja de lado el mundo, o bien, lo representa como la oscura síntesis de una oscura dialéctica de ideas. Con todo, hay que tener en cuenta que Xirau, lo mismo que Guillén, es un contemplativo y que, difícilmente, su poesía se propone volverse un añadido de la realidad. Quiere, eso sí, sondearla desde la integridad de su misterio, aun si eso le demanda hacerse un buscador de exactitudes, ir de la relación a la revelación por la senda de un verso cuya fuerza depende, amén del entusiasmo, del amor con que cede su voz al universo:
Yo no hablo, no hablo,
………………………………me habla la palabra:
para que diga yo playas, árboles, fuentes,
galaxias, naves y aves, playas, nieves,
las plantas amarillas, amarillos racimos,
los ciruelos, los cáñamos, los cactos, las mujeres,
Mujer y todos esos niños Niño
y las higueras, verdes oleadas
y rojo el viento rojo.
Hablaríamos, entonces, de una dicción “arrebatada y tensa” que da paso a un idéntico lugar sentimental. Si se trata, como insistentemente recalcan las imágenes, de dar con el sentido y la presencia —de peguntar, incluso, por la razón de ser de esa presencia— resulta comprensible que el poeta se decante hacia una forma, no menos emotiva pero sí más compleja, de sensibilidad: esa que en otro sitio, y en circunstancias más bien particulares, Andrés Sánchez Robayna definió como “un estado de conciencia en el que sentimiento y pensamiento se entrelazan” con tal intensidad que a veces no se trata ya más de sentimientos, “sino de sensaciones que se ponen a pensar, de una corporalidad que toca directamente a la conciencia”:
Nuestro Otro, todo es claro en el paisaje,
las velas en el mar, los sauces en el campo,
el amor en los ojos, los soles hacia el Sol,
claror de mundo, claror de nuestro sol,
olas, olas, ríos breves,
……………………………..ah, playas:
el limonero todo verde
………………………………ilumina el espacio
y lentamente, enamoradamente, todo es belleza.
Todo es sencillo, todo claro.
Mirad:
el mundo es tal y como se ve.
Estimo que en el centro de esa actualidad, donde el ahora, como lo dice él mismo, “no es momento ni ser sino raíz”, y donde las palabras, más que materia fónica modelada en el juego de las paranomasias, son puentes que se tienden entre los dos extremos de realidades antes inconciliables, se sustentan, lo mismo, la ostensible vigencia de Xirau como su permanencia. Y una palabra más: en un siglo de redes ya sólo artificiales, en el que algunas máquinas son capaces de urdir textos más literariamente consistentes que los de los poetas que asisten a talleres (y a las lecturas después de los talleres), quizá valga la pena atender la lección de esta afanosa empresa del lenguaje que nos devuelve intacto el infinito y la sacralidad de una poesía cuyo único fin es conducir al hombre a ese conocimiento “que «está en las gradas del naciente mar»”.
Mayco Osiris Ruiz (Xalapa, Veracruz, 1988). Poeta y crítico. Ha publicado en revistas como Sibila, Palimpsesto, Literal. Latin American Voices y Letras Libres. Es autor de El revés de esta luz (Taller Ditoria, 2015). Twitter: @MaycoOsirisRuiz
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Posted: July 29, 2025 at 8:35 pm







