Volver a Kant y a Lessing (o los presos políticos en Venezuela)
Ioana Gruia
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Nací en Bucarest en 1978, tenía casi once años en diciembre de 1989 y pasé mi infancia en la dictadura de Ceaușescu (sin ser consciente por supuesto en aquel entonces de que vivía en una dictadura). Políticamente, me defino (siempre preciso que desde un punto de vista occidental) de centroizquierda, partidaria de políticas sociales y el Estado del bienestar. Me atrevo a pensar que esas circunstancias vitales me hacen especialmente sensible a un tema que, como señaló estos días la escritora venezolana Karina Sainz Borgo, debería ocupar el centro del debate mundial ahora mismo: ¿qué puede hacerse para los presos políticos venezolanos, que a menudo han sufrido torturas?, ¿qué tipo de medidas pueden tomarse para avanzar en su liberación y en la garantía de los derechos humanos, tantos años pisoteados en Venezuela?
Puedo comprender perfectamente la euforia que hace días embargó a los perseguidos dentro y fuera de Venezuela. Tampoco me cuesta comprender la enorme preocupación que deben de sentir al comprobar, como todos nosotros, que la democracia y los derechos humanos no se invocaron en ningún momento para justificar la intervención militar. Si la diplomacia internacional puede hacer algo en este momento, creo que es justamente exigir la liberación inmediata de los presos políticos. Y algo más, enormemente difícil: intentar devolver el marco moral a la política.
He vuelto a leer estos días dos libros capitales, Sobre la paz perpetua de Kant y Las cárceles que elegimos de Doris Lessing, recientemente reeditado por Lumen. Tanto el filósofo de la Ilustración como la autora de El cuaderno dorado demuestran una lucidez muy desasosegante al no confiar demasiado en la naturaleza humana. Kant menciona explícitamente “la maldad de la naturaleza humana”, cuyo freno estriba en la ley moral y el derecho, y habla del político moral: “Puedo pensar en el político moral, es decir, en uno que toma los principios de la prudencia de Estado de manera que puedan convivir con la moral, pero no puedo pensar en un moralista político, quien se construya una moral que considere útil a la conveniencia del hombre de Estado”. Recordemos que la libertad, para Kant, es inseparable de la ley moral (su célebre credo “El cielo estrellado encima y la ley moral dentro de mí”). En este momento hay que procurar devolver la moral a la política y ver cómo pueden armonizarse los principios de prudencia política y la moral. Exigir la liberación de los presos políticos en Venezuela es un buen ejemplo en este sentido.
Las personas y su sufrimiento deberían estar siempre por encima de las ideologías. Escribo esto y me pregunto si la frase suena a lugar común. Aun así la volvería a escribir. No soy muy asidua a las redes, pero estos días he leído, con dolorida perplejidad, comentarios que descalificaban (o en el mejor de los casos silenciaban, como si fuera un detalle anecdótico, una verdad incómoda que no hacía falta subrayar) el sufrimiento de los perseguidos por la dictadura en Venezuela. En Las cárceles que elegimos Lessing explica lo difícil que es de verdad tener un criterio moral propio y analiza con suma lucidez cómo bajo la presión del grupo, de las ideas imperantes en nuestro entorno, las personas más bondadosas y razonables pueden llegar a actuar con crueldad. Pone el ejemplo de la historia de un minero que, en la huelga de 1984 en Gran Bretaña, aunque estaba de acuerdo con la convocatoria y llevaba varios meses en huelga, disentía de cómo esta se había gestionado y, necesitado de dinero, había vuelto a trabajar. Varios mineros le rompieron la ventana a pedradas y le dieron una paliza. Eran amigos suyos, aseguró su mujer. Deberíamos saber e incluso esperar, nos dice Lessing, que tales cosas puedan ocurrir, ser conscientes de “que podemos estar en una misma habitación rodeados de buenos amigos sabiendo que nueve de cada diez, si el grupo lo exige, se volverán contra nosotros (o por decirlo de otra forma: que romperán nuestra ventana a pedradas) […] Pero siempre hay una minoría que no lo hace, y en mi opinión el futuro, el futuro de todos nosotros, depende de esa minoría”. Esta minoría, argumenta Lessing, intenta analizar las pautas de nuestro comportamiento. Y, podríamos añadir, actuar de acuerdo con la ley moral.
Hay una reflexión en el texto final de Las cárceles que elegimos, “Actitudes mentales que el comunismo dejó a su paso” (1992), que es de una lucidez apabullante. Lessing (miembro en su juventud del Partido Comunista) afirma que la historia de la Unión Soviética fue una tragedia tanto para los rusos como para los demás países del Telón de Acero. Pero, añade, “también, aunque desde luego en menor escala, para Europa. Europa ha acabado contaminándose con esa historia de maneras que no siempre son evidentes, pero es demasiado pronto para decir hasta qué punto. Ha acabado contaminándose por la sencilla razón de que hemos permitido que nuestra imaginación se ensimismara por un motivo u otro con la experiencia de pueblos que no eran el nuestro”. Personas que vivían en democracia y defendían sus principios se habían entusiasmado y ensimismado depositando anhelos y un imaginario sentimental en regímenes dictatoriales, haciendo que los perseguidos políticos de estos regímenes se sintieran a menudo desamparados. No permitamos que vuelva a ocurrir.
Foto de Deleece Cook en Unsplash
Ioana Gruia (Bucarest, 1978) es autora de El sol en la fruta (Premio Andalucía Joven de Poesía, 2011) y de las novelas La vendedora de tiempo (2013) y El expediente Albertina (Premio Tiflos, 2016). Su último libro de poesía publicado es Carrusel (Premio Emilio Alarcos, 2016).
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Posted: January 8, 2026 at 1:45 pm







