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Enseñar español después de Trump

Enseñar español después de Trump

Andrea Chapela

El miércoles nueve de noviembre entré por tercera vez ese día a enseñar español en una universidad en el estado de Iowa en Estados Unidos. Sentado en su lugar de siempre cerca de la puerta estaba el estudiante que durante los últimos dos meses había usado todos los días la gorra roja de Make America Great Again. Hasta ese momento la gorra había sido sólo una anécdota que contarle a mis compañeros. Mi estudiante de la gorra de Trump, que tres veces a la semana va a su clase de español elemental con su profesora mexicana. ¿No es lo más idiota que has oído? ¿Qué estará pensando? ¿No habrá considerado todo lo que me está diciendo con esa gorra? Por su comportamiento hacia mí hasta ese momento, sospecho que no. Hasta entonces, yo no había dicho nada al respecto, en parte porque yo, como tantos otros, no había considerado ese peligro como una realidad y no me lo había tomado en serio. Pero esa mañana, ya no pareció un chiste.

Terminé mi maestría en escritura creativa en español en la Universidad de Iowa en mayo y desde agosto comencé a enseñar español en dos universidades distintas, todavía con una visa de estudiante como un non-resident alien. Enseñar en dos universidades hace que tenga que manejar de un pueblo a otro tres veces a la semana, así que, horas antes de entrar al salón durante mi trayecto, pensé en ese estudiante, en entrar a clase y no sólo ver la gorra, sino en enseñar la lección sin decir nada. Sabía que no iba a ser capaz de quedarme callada, sabía que la confusión por lo que había pasado la noche anterior cuando Donald Trump se convirtió en el siguiente presidente de los Estados Unidos, por la gorra en mi salón de clase, iba a ser más fuerte y mi necesidad de expresarme iba a ganar cuando estuviera frente a mis alumnos, pero también sabía que debía tener cuidado. Cuando comencé a enseñar como ayudante de profesor hace dos años se nos advirtió a todos los nuevos que debíamos tener mucho cuidado con emitir opiniones políticas mientras enseñábamos, que el salón de español no era un lugar adecuado para expresarlas. Lo que menos quiere el departamento de español es tener que lidiar con las quejas de estudiantes ofendidos. Los temas religiosos o políticos no están expresamente prohibidos, pero se nos dio a entender que era mejor evitarlos.

Las carreteras en el Midwest son buenas para pensar. Son totalmente rectas y no hay ninguna distracción, nada que ver más que campos de maíz ya secos y árboles sin hojas. Mi mente estaba libre para ensayar lo que quería decir, para suavizar y ordenar mis pensamientos. No quería atacar a mi estudiante. Mi supervisor (otro estudiante como yo) me había aclarado desde principios del semestre que no podía pedirle a mi alumno que se quitara la gorra y, para cuando pensé en introducir sólo una política de “no gorras” en el salón, ya habían pasado varias semanas. Además, había una parte de mí que sentía que era darle mucha importancia al asunto. Lo dejé pasar, como todos los demás. Pero las cosas habían cambiado esa mañana, de pronto tenían importancia.

La noche anterior, mientras veía las elecciones con mis compañeros de casa y una vez que fue innegable que ganaría Trump, comencé a decirles lo que circulaba por twitter mexicano, todas las bromas que estaban apareciendo. Incluso les dije que ya no tenía ningún sentido que me levantara temprano a la mañana siguiente para enseñar español. Es extraño estar en Estados Unidos en este momento. Estar aquí como una extranjera que sabe que dejará este país en junio hace que me sienta como una espectadora. Pero, como persona, como profesora, como mexicana, sentía que no podía quedarme callada, que no podía dar mi clase y seguir tratando ese símbolo como una anécdota chusca.

Pensé que tal vez esa era la idea a la que quería llegar. No atacar a mi alumno que tenía la libertad de expresarse, de votar por quien quisiera, de estar feliz ese día. Mi malestar no tenía que ver con él, sino con el símbolo que todos habíamos permitido en ese salón. Quería decirles que los símbolos importan y que su significado importa. Esa gorra cuestionaba mi lugar en ese país como mujer, como extranjera, mi valor como persona y mi inteligencia; me decía que debía agradecer si pertenecía a ese some mexicano que era bueno, que no era mentiroso o violador o problemático. Esa gorra representaba la generalización de un pueblo entero, de mi pueblo. Quería decirles a mis alumnos que esos símbolos, esas palabras, importan y que todos teníamos que tomarlos en serio. Quería preguntarles si habían pensado que todos días les estaba enseñando mi idioma, el idioma con el que había crecido, en el que soñaba, en el que escribía, en el que reflexionaba, algo muy personal para mí, en un país que era capaz de elegir a Donald Trump, el hombre que como presidente pretende poner un muro entre nuestros países. No podíamos seguir ignorando que era ofensivo para una mujer mexicana enseñar español con ese símbolo frente a mí.

Pensaba en eso mientras pasaba junto a un mall y entonces también se me ocurrió que quería hablarles de mi propio miedo. Siempre me he preguntado si algún día podré identificar cuando una injusticia suceda frente a mí, si podré reconocer el dolor ajeno, si tendré el valor de decir algo, de apoyar, de actuar. El miedo de elegir no pensar, no discutir, no hablar, no cuestionar lo que sucede a mi alrededor. Pero esta vez estaba del otro lado, al ser inmigrante y profesora de una clase y pedirle que se quitara la gorra, me ponía en una posición difícil. De hecho, había una parte de mí que sentía que yo no debía ser quien se lo pidiera si no el resto de los estudiantes, sus compatriotas. ¿Se lo habrían preguntado? ¿Lo habrían considerado siquiera? Si no lo habían pensado, quería que lo hicieran.

Hasta el último momento antes de entrar al salón de clase dudé en decir algo o no. Ya estaban sentados cuando entré y él traía puesta la gorra. Encendí la computadora, puse mi PowerPoint y los miré en silencio hasta que se callaron. Luego les dije hoy no sé cómo enseñarles español. Se me rompió la voz. Les dije que no sabía cómo comenzar a enseñarles el vocabulario de la familia, como hablar de la familia, como mostrarles a mi familia ese día con esa gorra en frente de mí. Traté de no atacar, de hacer preguntas, de medir mis palabras. Fui cuidadosa. Me escucharon con atención. Incluso algunas de mis alumnas se pusieron a llorar. No sé si logré expresarme del todo, si fui elocuente, probablemente no tanto como me hubiera gustado. Al acabar, traté de decir algo positivo, decirles que sí importaba que yo les enseñara español, que sí importaba que ellos estuvieran aprendiendo otro idioma, que les emocionara, que se abrieran a otra cultura y otra manera de ver el mundo.

Varios de mis estudiantes me escribieron mensajes. El chico de la gorra dejó de usarla en clase y vino a buscarme a mis horas de oficina para que habláramos. Me explicó que no estaba de acuerdo con el discurso racial de Trump, le gustaba porque no era parte del sistema, además disfrutaba mi clase y era una de sus profesoras preferidas. Pero que sea un “buen chico” sólo complica mis sentimientos hacia todo el episodio. Reafirma mi creencia de que no había reflexionado durante el curso sobre lo que significaba esa acción.

Es un pequeño detalle, una profesora mexicana y una gorra, pero después de esto me pregunto cómo podrán los ciudadanos de este país frenar el odio que se propagó a partir de las elecciones si no cuestionan cada acto por mínimo que sea. Lo que se les viene es un gran reto y, para mí, ahora tenemos que dejar de ser observadores pasivos, tenemos que levantar la voz frente a las injusticias y solidarizarse los unos con los otros.

Andrea7Andrea Chapela (México, 1990) egresó de la Facultad de Química de la UNAM. Su novela La heredera, primera parte de la tetralogía Vâudïz, fue publicada por Ediciones Urano en el 2008. En el 2009 se publicó El creador y en el 2012 La cuentista. El último libro, El cuento, apareció en 2015. Se graduó en el 2016 del programa en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Iowa.”

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Posted: November 24, 2016 at 1:07 am

There are 3 comments for this article
  1. rolando at 12:14 pm

    Hola, Andrea, Iván me envió tu interesante texto. Creo que la supuesta “globalización”, más que el bienestar, ha globalizado la desigualdad y la crisis existencial. Trump representa la confusión de nuestros tiempos, la decadencia humana en su sentido civilizatorio, es decir, un abandono de principios morales y éticos en pos de algo mucho más elemental que es la satisfacción de las necesidades básicas. Creo qeu eso nos coloca, como individuos a empezar a trabajar y a vivir en función de esos ideales y principios existenciales que cómodamente habíamos venido dando por hecho, pero que hoy (tal vez gracias a Trump) tenemos que defender, promover y experimentar en la realidad. Creo que lo primero que hay que superar es el miedo. Como maestra sabes lo efectivo que resulta la amenaza como forma de control. Como seres humanos desarrollados, debemos vencer ese temor desmedido y cultivar la esperanza, las relaciones humanas cordiales, el afecto, las visitas a los amigos, los regalos, la comunión con personas cordiales, la honestidad, la lealtad, etc. Hoy sí tenemos que identificar y reivindicar esos valores que asumimos que nos constituyen, pero que rara vez nombramos y compartimos abiertamente. Veo esta situación más que como el miedo a la separación, como una oportunidad de verdadera unión, de identificación, de comprensión del otro. Ciertamente que muchos quedarán excluidos y eso tal vez cause mucho dolor.
    Un saludo cordial y felicidades por tu trabajo.
    Rolando

  2. Alberto Cornu at 11:52 am

    También me encantó tu artículo Andrea, y que interesante todo el hecho de haber vivido esta experiencia.
    Yo estuve recién al norte de Washington en una isla trabajando de carpintero, y fue muy extraño regresar a este lugar después de dos años y esta vez sentir como a la comunidad mexicana que está allá ahora se le ve con ojos de desprecio cuando antes era vista como un gran motor de la economía y una “ayuda” más que un “estorbo”.
    Pero el discurso racista permea por todos lados. Me tocó estar en Dublín cuando el Brexit, y me dio mucho gusto ver a los irlandeses que se sentían más parte del mundo que del Reino Unido.
    También me tocó convivir con refugiados afganos en el sur de Francia, y en Berlín con muchos muchos expatriados de España, Italia y Latinoamérica.
    En si mi conclusión después de mis viajes del 2016 es que a tod@s quienes vemos y sentimos las injusticias y la separación de las personas, nunca más podemos quedarnos pasivos, nunca más podemos al menos no expresar nuestra desaprobación; porque sino la derecha y sus herramientas de división y resentimientos, seguirán avanzando y conquistando más y más a la humanidad toda.

    Muchos saludos y gracias por compartirnos esto.

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