Essay
Memorias de una bolchevique a destiempo

Memorias de una bolchevique a destiempo

Gisela Kozak

I

¿Cómo es posible que a los quince años yo anduviera presumiendo de materialista histórica y dialéctica?

¿Todo empezó con una lectura adolescente, la novela La madre, del escritor ruso  Máximo Gorki?  

¿O tal vez una amiga del liceo influida por alguna hermana mayor que estudiaba  en la Universidad Central de Venezuela habló conmigo sobre el tema?

En casa había algunos libros, que ya habían sido comprados antes de mi nacimiento,  sobre la Unión Soviética. Eran unos mamotretos. ¿Es posible alguna sugerencia de lectura -”lee el Manifiesto”- por parte de un pariente al que recuerdo permanentemente resentido con la vida?

¿Será culpable de tan precoz vocación revolucionaria la presencia cerca de los mamotretos de marras de Los diez días que estremecieron al mundo, del periodista estadounidense John Reed, y de Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovsky ?

Me viene a la mente el  impacto de un libro de historia universal, dirigido al bachillerato,  escrito en clave de “modo de producción”.

¿O el origen de mi inclinación fue la lectura de País portátil, novela de Adriano González León, que había ganado el premio Biblioteca Breve de la Editorial  Seix Barral hacía más de una década, y cuyo protagonista era un guerrillero marxista leninista?

¿En qué momento la jovencita lectora deslumbrada con Demian de Herman Hesse, una novela dedicada al cultivo  de la más rotunda individualidad, contempló el embravecido mar de la historia y se dio cuenta de que era diferente a los jóvenes que bailaban la música de Fiebre del sábado por la noche (aunque  también le gustaba esa música)?

No está de más recordar mi voraz lectura de los manuales de Martha Harnecker comprados en una librería al lado de la Plaza Diego Ibarra en Caracas.

Esa librería ya no está.

Tampoco está la revolución bolchevique, que terminó como se suponía debió haberlo hecho  todo lo que se le oponía.

En el basurero de la historia.

II

Si mal no recuerdo, corría el año 1979 cuando dos compañeras del liceo y yo, que no llegábamos a los dieciséis años de edad, dijimos a nuestros padres que iríamos a estudiar a la biblioteca pública Paul Harris, en el extremo opuesto de la ciudad. En realidad, nos dirigimos a otro destino, absolutamente ajeno a noviazgos, fiestas o escapadas más acordes con la edad y con la vida en una Caracas que prometía un futuro estupendo. Se trataba de la sede  del  Partido Comunista de Venezuela (PCV) en la parroquia El Valle, una vieja casa que recordaba los tiempos antiguos de esta parroquia, antes de convertirse en una inmensa urbanización popular con  gigantescos edificios de apartamentos. Ir al PCV nos llenaba de emoción y nos inundaba del sabor de lo prohibido pues con certeza nuestros padres no aprobarían la incursión. Nos recibió un hombre mayor, con una esposa mucho más joven, cuyo rostro desconfiado se iluminó cuando aquel trío de ingenuas solicitó educadamente información sobre el partido. Pasamos una mañana estupenda con aquel narrador,  de  voz de hombre mayor con prótesis dental, que nos dio la buena nueva: al principio fue la revolución bolchevique, la gloriosa revolución rusa que inspirada en los principios del marxismo- leninismo liberaría a los proletarios del mundo de la opresión capitalista. Nos sirvieron coca cola (aguas negras del imperialismo) en unos vasos de plástico que le confirieron al refresco un  muy popular  y proletario sabor a aceite. Con cierta inquietud le preguntamos al mensajero de Vladimir Ilich Ulianov (un tal Lenin) si para ser comunista era imprescindible vivir en la pobreza. Nos miró honda,  seriamente;  con voz dramática y las manos extendidas en ademán suplicante  afirmó que no, que de lo que se trataba era de que el obrero no comiera en un ladrillo mientras el capitalista comía en  una mesa de lujo. Entonces lanzó el versículo apropiado:  «De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades»

No podíamos estar más de acuerdo.

III

Nos regalaron libros en el PCV; recuerdo que una de mis amigas me enseñó conmovida un poema que arrebatadamente repetía:

Soy comunista.

No recuerdo al autor, pero no importa: la autoría es un invento burgués, el arte es de la humanidad.

¿Arte?

IV

Desde luego, los lugares comunes sobre el comunismo bullían en aquellas cabezas: ¿de verdad todo el mundo vestía del mismo modo? ¿En serio le quitaban los hijos a sus padres? ¿La gente no podía salir de su país? ¿Había largas filas para obtener alimentos? ¿Era cierto que  familias enteras que se marchaban en balsa de Cuba? ¿Por qué bailarines, deportistas y científicos se escapaban en cuanto les era posible del paraíso de la igualdad soviética? ¿Fidel mintió acerca de su verdadero proyecto político cuando era el líder del Movimiento 26 de julio antes de 1959? ¿Los horrores que describió Alexander Solyenitzin en Archipiélago Gulag sobre los campos de concentración para disidentes ideológicos en la URSS no eran exageraciones? ¿Había hambre, enfermedad, tortura, persecución, contaminación ambiental, dispositivos brutales de control social, impedimentos de toda índole para vivir una vida digna y con un mínimo de libertades? ¿Cómo explicar la invasión soviética a Afganistán en 1979? ¿O la invasión a Checoslovaquia en  1968?

V

En visitas posteriores al PCV de El Valle conocí a ingenieros y médicos que hacían un trabajo muy serio en la popular parroquia de San Agustín del Sur. El compromiso excedió  las posibilidades reales de las pichonas rojas pues los padres de entonces sostenían una estrecha vigilancia sobre las actividades de las chicas,  no fuese que perdieran su condición de doncellas  con el primer aventurero. Igual dejaríamos pronto tan preciado tesoro virginal a cargo de algún camarada en  la universidad pero todavía estábamos en la secundaria.  Mi militancia tendría que esperar. Los camaradas eran mucho más agradables y comprensivos que el montón de machistas que teníamos como parientes masculinos y las camaradas eran mujeres libres e inteligentes, no como nuestras madres esclavas de sus maridos.  Recuerdo que en el liceo la hija de un famoso líder comunista, que literalmente era fanática de la Unión Soviética, me regaló una revista Sputnik. Se trataba de un mensuario publicado en  la URSS que pretendía competir con las Selecciones de Reader’s Digest, una revista gringa que se compraba en cualquier quiosco en Caracas. En Sputnik pude constatar las varias perfecciones de la patria grande del socialismo, desde urbanizaciones estupendas hasta bellos y encantadores Kindergartens. Allá nadie pasaba hambre, frío o enfermedad. No había problemas de racismo, los judíos tenían su espacio (era lectora de un autor sionista a morir, León Uris), las mujeres contaban con los mismos derechos de los hombres (El segundo sexo, de Simone de  Beauvoir, había llegado a mis manos)  y sobraban  los premios Nobel. Nada que ver con el país en el que yo vivía, aquel  que llegó a describir un  tal Michael Chossudovsky  en un libro llamado  La miseria en Venezuela como el reino de la injusticia y la desigualdad absolutas. En definitiva, quienes hablaban mal del socialismo no sabía lo que estaban haciendo. Terrible era el capitalismo de estado venezolano, ese que permitía que oyéramos música gringa, compráramos coca cola libremente en los supermercados y viésemos películas de todo tipo    a cambio de nuestra dignidad humana y nuestra soberanía como pueblo latinoamericano.

VI

La mesa estaba servida: la vida tenía sentido. La lectora adolescente de La Náusea, de Jean Paul Sartre, cuyo ateísmo la hizo víctima de una expulsión del colegio Santa Cecilia antes de cumplir los catorce años, había encontrado el sentido de su vida: ser parte de la vanguardia que llevaría al mundo a su redención a través de la dictadura del proletariado. A la sartreana pregunta de “para qué tantas existencias si todas se parecen”, formulada por el protagonista de la mencionada novela, la jovencita respondía: se parecen porque pertenecen a la misma clase social.  El camino hacia la revolución no estuvo exento de contradicciones pues convertirse es siempre difícil y la definitiva revelación no llegaba. El materialismo histórico y dialéctico, evangelio de los nuevos tiempos, no había penetrado del todo mis juveniles huesos. Creía y dejaba de creer y me hacía demasiadas preguntas.Tenía que llegar a la Universidad Central de Venezuela para la revelación definitiva contenida en tres gruesos tomos de las obras escogidas de Marx y Engels, de la editorial soviética Progreso, comprados a dos estupendas libreras en el pasillo entre la Facultad de Humanidades y la de Ingeniería. Comenzaba mi camino  como  predicadora. Recuerdo la cara de aquellas mujeres cuando de lo más oronda pagué mi biblia de tres volúmenes. Maravilladas veían a la jovencita y su pareja de entonces llenarse de las luces con el libro rojo de Mao, el libro verde de Gadafi, la entrevista de Frei Betto a Fidel Castro, los socialistas utópicos, José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci. Todavía recuerdo los emocionados subrayados a estos textos, con signos de admiración. Ah, y la lectura del catecismo de la época: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Repetimos con emoción que  los gringos y las burguesías malinches y traidoras eran las culpables hasta del mal tiempo. Cuba en cambio era buenísima.

VII

Dos profesores, mi pareja de nombre Marianela, y dos amigos, Darío y Fernando,  fueron protagónicos. Sin mis maestros Luis Navarrete y Judith Gerendas en la Escuela de Letras el marxismo hubiese sido un camino mucho más pedregoso. Con ellos se convirtió en una suerte de entrenamiento intelectual que me ha sido útil así haya abandonado la fe y me haya entregado al demonio brugués del escepticismo frente a cualquier credo que mate la complejidad esencial de la vida humana  en nombre de su verdad. Marianela fue clave para que el credo se convirtiera en amor al futuro;  su fe sí perduró y hasta la última vez  que supe de ella coincidía con el proceso revolucionario adelantado por la revolución bolivariana. De igual modo, Darío, mucho mayor que nosotros, comunista acérrimo y con un pregrado en historia que no culminó, respondió cual buen pastor a todas nuestras inquietudes. Las invasiones soviéticas no eran tales sino inevitables incursiones para prevenir la caída del socialismo frente al imperialismo norteamericano. Efectivamente la revolución cultural de Mao en China cometió muchas tonterías -torturas, muerte, quitarle los hijos a los disidentes, ordenar que todos vistieran igual- porque no era marxista-leninista. Cuba hacía lo que hacía con la disidencia y pasaba enormes penurias porque era víctima de un bloqueo económico de Estados Unidos. La menor productividad soviética respondía a que el socialismo no es cruel como el capitalismo y tenía que darle empleo a todo el mundo. Engels en La familia, la propiedad privada y el estado, recomendado desde luego por Darío,  me liberó de las fantasías del amor romántico, una vulgar forma de convertir a la pareja en pertenencia personal. Sumado a esto, me abrió los ojos sobre la familia, simple dispositivo de poder que reproducía las relaciones de explotación capitalistas.

La diosa revolución cuida a los suyos.

VIII

Fernando, Marianela y yo nos acercamos al Partido Comunista en la universidad. No fuimos bien vistos, éramos demasiado preguntones y aguafiestas. Nos burlabamos de Tribuna Popular, el periódico del partido, por sus innumerables obituarios, sus cerrazón ideológica respecto al feminismo o la teología de la liberación y la pobreza de sus intentos de crítica de cine o literatura. Petulantes y displicentes lanzábamos al ruedo sesudos análisis estéticos, sociales  y políticos basados en Louis Althusser, Pierre Macherey o Lucien Goldman y con Antonio Cornejo Polar, Ángel Rama y Alejandro Lossada, críticos de la cultura marxistas latinoamericanos, jurábamos que la crítica literaria podría contribuir a la descolonización de nuestros pueblos. Todo tenía lugar y sentido, todo tenía relación con el sistema capitalista y su lógica imperial. Había que rehacer la mundo de raíz pues no cabía duda que era el momento apropiado: la historia era la que era pero ya no tenía que continuar igual. No había resquicio de la vida individual y colectiva que no  poseyera su explicación en nuestra amplia biblioteca marxista.   Si nuestro predecesores de los años sesenta no habían podido, los muchachos de los ochenta todavía teníamos chance. Cómo nos hubiera gustado formarnos como comunistas en la escuela de cuadros de la Universidad Patricio Lumumba en La Unión Soviética. Militamos cierto  tiempo en la juventud comunista, con una célula de treintañeros muy agradables donde no se hacía nada, y nos emocionamos con nuestras incursiones  a Cantaclaro, el legendario edificio del partido en la populosa parroquia San Juan, al oeste de Caracas.

IX

En 1983 Mijaíl Gorbachov era nuestro héroe, de cuyo ascenso yo había tenido ya noticia en la Revista Internacional, órgano de los partidos comunistas en todo el mundo, sumamente instructiva en cuanto a explicaciones sobre la realidad del socialismo y del mundo. La leía de cabo a rabo con una fruición increíble: ser una joven predicadora tiene sus placeres, no cabe duda. Mi pareja y yo nos separamos en 1986 por diferencias que me imagino tenían que ver con mis obstinadas desviaciones pequeñoburguesas (yo era una pobretona, la pequeño burguesa con plata y automóvil era ella, pero en fin). En mi opinión tenía vocación de santa: cuando le comentaba acerca de la sólida homofobia cubana me espetaba que no le viniera con esas inquietudes individualistas y pequeñoburguesas.

La revolución era más importante que nosotras.

En realidad la revolución era más importante que la gente.

Entonces leí La perestroika, de Mijaíl Gorbachov, en el año 1986, cuando me gradué de Licenciada en Letras.

Todo lo que decían los cloacales medios imperialistas sobre la Unión Soviética era verdad.

Nada más y nada menos que el zar y sumo sacerdote, perdón, el secretario general del Partido Comunista de la URSS, confesaba que Stalin había sido malo (malo-maluco, como se dice en Venezuela) y que, en fin, se habían cometido algunos errorcillos que habían costado millones de vidas y esperanzas pero así era la historia.

En 1989 cayó el Muro de Berlín.

X

Desde mi condición de inmigrante en plena mediana edad que salió de Venezuela, país víctima de una tiranía neo-bolchevique, veo con ironía cómo en nombre del bien nos volvemos cómplices del mal. De tanto creer que la humanidad debe ser salvada se puede llegar a justificar intentos de exterminio; de tanto odiar lo que existe nos volvemos verdugos de la gente real. Nuestras madres no eran las únicas y patriarcales  esclavas, esclavas eran también aquellas mujeres de izquierda cuya inteligencia y lecturas las pusieron al pie del chavismo. Mi padre no eran un simple machista cerrado, era también una víctima del comunismo en Checoslovaquia cuya madre, mi abuela, murió de un balazo soviético en 1968. Nada tenían que enseñarle mis camaradas de juventud que ahora apoyan a un gobierno que impide abiertamente que la población coma o tome medicinas necesarias.

XI

Pero yo era buena, sabia, iluminada en mi juventud.

Era una bolchevique a destiempo.

 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006);  Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales(Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.


Posted: December 4, 2017 at 11:23 pm

There are 3 comments for this article
  1. Florencio Vicente Martinez Ron at 11:06 am

    Excelente muy interesante el articulo describe todo lo que eramos los jóvenes adolescentes de esa época, ya que yo también pertenecí a la JPCV en los años setenta. Para luego comprender que se trataba de un utopía y que en la actualidad estamos viendo el verdadero rostro del Socialismo. Felicitaciones

  2. Jorge A at 8:45 pm

    Igual que yo.las diferencias son pocas.pero bien encausadas.ostrovsky jhon Reed,tolstoi.y después cuestionar Solinsky Anatoly marchenko.yo era la esquina de los mamertos:San Pedro.Y MOS en el congreso de Socialismo Real en Parque Central.anos para el olvido.

  3. Jose Orellana at 9:01 am

    Como viejo militante desde 1945 y desilusionado de esa utopía desde 1959 considero que estas reflexiones pueden ser asumidas por todos nosotros. Copia nuestra trayectoria y nos conduce a lo mismo. Me ha agradado la lectura.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *