Essay
Vargas Llosa boleándose los zapatos

Vargas Llosa boleándose los zapatos

Rose Mary Salum

Hace unos días la Casa Cultural de las Américas, a cargo de Elizabeth Quila, y la Universidad de Rice, organizaron la visita de Mario Vargas Llosa a Houston. Esta no era la primera vez que veía yo al Premio Nobel. Antes había tenido la suerte de escucharlo en otras conferencias, además de verlo en la Fil de Guadalajara boleándose los zapatos, una costumbre en vías de extinción. Descubrirlo ahí sentado me trajo el recuerdo de cuando mi padre, en localidades ya borrosas de mi memoria de infancia, me hacía esperarlo mientras veía atenta cómo le sacaban brillo a sus mocasines cafés. De ahí que no haya podido evitar tomarle una foto al Nobel boleándose los zapatos en un momento para mí único.

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La rueda de prensa se llevó a cabo en un hotel de Houston y estuvo organizada por David Medina, director del Multicultural Community Relations de la Universidad de Rice. Mientras me dirigía al evento pensaba que el escritor era el último sobreviviente del Boom, corriente literaria que se ha quedado en una suerte de estado de congelación en el imaginario gringo. Desde mi llegada a este país mi experiencia literaria había sido muy curiosa; no importaba qué escribiera o qué taller tomaba, las críticas que recibía eran: Love your story, it reminds me of García Marquéz (así, con el acento en la última e). Nunca he sido buena para desentrañar los juicios ajenos pero lo que sí puedo distinguir es cuando alguien ha leído mi trabajo y, erróneamente, cree que un texto sobre la guerra de Líbano tiene la misma cantidad (por seguir el afán cuantitativo de este país) de realismo mágico que El amor en tiempo del cólera. Y yo, desde mi atrincherada rebeldía, pensaba, en buen castellano: “no me jodas”. Lo interesante es que para algunos de ellos fue también García Marquéz –nótese el acento– el primero y el último representante del Boom en el mundo. Ni Elena Garro ha figurado como uno de los antecedentes más sustanciosos ni, mucho menos, Vargas Llosa como el último sobreviviente de un grupo literario que ya pertenece al canon.

Me dirigía a la rueda, ya lo decía, y mientras manejaba repetía en mi mente las preguntas que debía tener en la punta de la lengua apenas se presentara la oportunidad de realizarlas. Pensé pedir su opinión sobre la situación política cubana; sobre la venezolana e, incluso, la de su país de origen. Consideré preguntar por su próxima novela aunque nunca, lo juro, nunca pasó por mi mente cuestionarlo sobre su separación, su nueva relación amorosa y a quién le dejaría los derechos de su obra.

Al llegar al hotel tuve la oportunidad de saludar al escritor y fui de inmediato a tomar mi lugar. Mientras escuchaba a Vargas Llosa dar inicio a su charla, no pude evitar sentir admiración por la trayectoria de este hombre y por la forma de conducirse frente a la prensa. Qué ganas de tener un saber universal, pensé, qué ilusión poder estar al tanto de todo y de todos. Quedan pocos hombres así, me dije, pero al instante comprendí que tampoco quedaban tantos lectores con la capacidad de apreciarlo. Aquí en Estados Unidos no todos sabían de su existencia, pocos sabían que había ganado un Nobel y mucho menos que era de Perú. ¿Para qué tomarse la molestia si se pueden leer escritores americanos? ¿Perú? ¿Es el país que colinda con Japón y de allí su relación con Fujimori? Sería por eso que su próxima novela iba a dedicarse al tema del periodismo amarillo en el mandato del presidente de origen japonés. Al respecto, Vargas Llosa dijo que tal novela se publicaría en la primavera del 2016. El título lo había tomado de Cinco Esquinas, un barrio muy antiguo que en la época colonial tuvo cierta importancia: “Era el centro que albergaba quizá las mejores iglesias de Lima. Luego el barrio fue decayendo y tuvo un auge distinto a comienzos del siglo XX porque fue un barrio muy identificado con el criollismo, la música criolla y Felipe V nacido en ese barrio. Fue famoso por esos conjuntos musicales y sus tabernas, centros recreativos. Luego el barrio siguió declinando y hoy más bien es un barrio peligroso y marginal. Un barrio asaltado por la violencia que se vincula al narcotráfico. El nombre del barrio como título de la novela simboliza la historia que se cuenta. Está situada en los meses, incluso en las semanas finales de la dictadura de Fujimori, cuando el régimen se descalabraba, hacía agua por todas partes, en medio de una gran violencia extendida que era política; había terrorismo y contraterrorismo. Pero también una violencia asociada con la dictadura. Todo eso aparece en la novela aunque tal vez el protagonista central sea el periodismo amarillo, chismográfico, escandaloso, un fenómeno de nuestro tiempo que ha cobrado mucho auge tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado. Fujimori utilizó este tipo de periodismo para desacreditar a sus opositores”. Y precisamente, Montesinos fue uno de estos instrumentos para desacreditar a dicho opositores, aseguró el Nobel: “Era un periodismo pagado directamente por Montesinos. A veces comprando a los directores, a veces a los dueños y a veces comprándolos a todos. Ese periodismo bañaba en mugre a los desaparecidos del régimen sin hablar de política. Los acusaban de homosexuales, de pervertidos, de ladrones. Les inventaban escándalos con la idea fundamental de desacreditarlos moralmente. Es muy interesante ver cómo surgió un periodismo vil, con escándalos y mentiras y que llegó a tener mucho impacto en un sector de la población. Aunque no lo pensé desde un inicio, el motivo se me fue imponiendo mientras escribía. Si hay un tema central en esa novela es ese periodismo amarillo y la vida política de una sociedad que vive dentro de un régimen autoritario”.

Cuando Vargas Llosa confesó que prefería las preguntas sobre literatura antes que las de política me armé de valor y como si hubiera tenido resortes en la silla me levanté y le pregunté cómo, en su opinión, los escritores del siglo XXI podrían recuperar su lugar de intelectuales y críticos de su entorno. Aunque la pregunta le pareció muy “interesante”, así lo dijo, su respuesta resultó más bien una reflexión sobre cómo poder escribir una novela apta para todo el mundo y no volverse el autor de culto de un grupo reducido de lectores… “Hay un desafío para los escritores. Los escritores que quieren llegar al gran público sin sacrificar el rigor, la exigencia intelectual en la creación literaria”. Aludió a Cien años de soledad como un libro complejo y profundo y que había sabido capturar la atención de millones de lectores en el mundo entero. “No es fácil que todos los libros alcancen por igual a los lectores de toda índole, como es el caso de Cien años de soledad y otros autores que son capaces al mismo tiempo de unir a esos públicos tan distintos gracias a la diversidad de lo que escriben. El esfuerzo no sólo puede venir de los escritores, tiene que haber una educación que forme lectores que cree en los ciudadanos, desde que son muy niños, una afición por la lectura, una comprensión cabal de que la literatura exige un esfuerzo intelectual y que puede convivir con la cultura de la imagen, del cine, de la televisión, la cultura de hoy en día, de las redes sociales, que es una manifestación de la cultura de nuestro tiempo. Desgraciadamente no es la tendencia general. La tendencia actual es impartir una educación apoyada fundamentalmente en la revolución audiovisual de nuestro tiempo que va marginando cada vez más a la cultura tradicional, la cultura del libro y la de las ideas. Es una deriva peligrosa porque si la literatura queda muy marginada, una fuente riquísima del progreso humano se verá segada. Una función que siempre ha tenido la literatura es la de mantener una actitud crítica de los lectores frente al mundo en que viven, de la sociedad de la que forman parte. Esa actitud crítica se puede perder. La cultura de la imagen puede ser mucho más fácilmente manipulable que la cultura del libro. La idea pesadillezca de quienes han imaginado sociedades controladas totalmente por el poder, como la de Orwell, podría ser realidad en nuestro tiempo porque existe la tecnología que permite ese tipo de control y la manipulación de las vidas hasta la tumba. Creo que aunque fuera desde ese punto de vista, de la defensa de la libertad en una sociedad donde la crítica se manifiesta con libertad, habría que defender la cultura del libro, de la palabra escrita, como algo que debe coexistir la una con la otra. No deberían ser enemigos irreconciliables como parece que está sucediendo en nuestras días”.

A pesar de que el Nobel se hubiera confesado públicamente a favor de las preguntas literarias, las referentes a la política fueron las primeras en llegar. Sobre Venezuela se mostró en desacuerdo rotundo. Calificó al régimen de Maduro como autoritario, intolerante y un eficaz represor de la libertad de expresión. Dijo que las cadenas de televisión, la mayor parte de las estaciones de radio y prácticamente todos los periódicos estaban controlados directamente por el gobierno. Las voces críticas carecían de espacios para manifestarse. La situación económica era crítica, el país había ido incrementando su inflación hasta hacerla la más alta del mundo. Se refirió a Caracas como una de las ciudades más peligrosas del planeta por los índices de criminalidad y un régimen que se encontraba al borde del abismo. Además, añadió: “Si en aquél país hubieran elecciones libres no habría ninguna duda de que la oposición, que es ahora mayoritaria, las ganaría y quizá comenzaría a enderezar a un país que está yéndose al abismo. Lo importante es que la solidaridad internacional de quienes defiende ideas democráticas se vuelque a esa oposición que está dando una batalla muy valiente, heroica, enfrentando una opresión de gran virulencia y brutalidad porque la existencia de Venezuela es un peligro para el resto de América Latina. El chavismo tenía ambiciones ecuménicas, quería encabezar la revolución del siglo XXI en el continente Latinoamericano. Una ilusión que, afortunadamente, se ha hecho trizas. Venezuela no puede ser un modelo para nadie, salvo un referente de lo que no hay que hacer cuando uno quiere gobernar un país de manera moderna y eficiente. En ese sentido, el chavismo es un llamado de atención al resto de América Latina para no caer en el populismo y el delirio mesiánico estatista y colectivista que ha arruinado a uno de los países que debía tener uno de los niveles más altos del mundo por la riqueza de su subsuelo.”

Qué deseos de que este escritor hubiese estado en medio del escenario del Toyota Center, un estadio que puede acoger a más de 50 mil personas. Qué ganas de que esta rueda de prensa se hubiera desarrollado en inglés para que hubiera tenido más alcance. En cambio, estaba frente a un grupo de menos de 20 personas intentando afanosamente recoger cada pensamiento para que otros pudieran apreciarlo. ¿Quienes serían esos otros? He ahí la incógnita.

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Mario Vargas Llosa también habló sobre Trump, su xenofobia y cómo ataca a los inmigrantes en un país que fue construido por éstos. Esa contradicción agraviaba la mejor tradición de los Estados Unidos. Dijo que había que ser muy severo y muy crítico contra alguien que en esta época, después de las terribles lecciones de la historia y de las consecuencias del racismo, se atrevía a utilizar este tipo de argumentos que apelaban a los peores instintos del ser humano.

También se refirió al PRI. Dijo haberse equivocado cuando calificó al sistema mexicano del siglo pasado como la dictadura perfecta. “Me equivoqué felizmente; si hubiera sido perfecta ahí seguiría. Mi percepción ahora es que el PRI es muy distinto al que yo me refería cuando hablaba de la dictadura perfecta que controló 70 y picos de años de la vida mexicana con un sistema que era una dictadura discreta, que guardaba ciertas apariencias, pero una dictadura sumamente eficiente, eficaz, a la que no había manera de sacarla del poder. Yo creo que México, a partir de entonces, ha cambiado de una manera muy positiva porque ya no hay ese control absoluto del PRI en la vida mexicana. Hay muchos problemas en México, sin lugar a dudas, pero por lo menos en el campo de la libertad de expresión y diversificación política hay un cambio muy grande. El gran problema de México es el narcotráfico, un fenómeno que hay que enfrentar con mayor coraje al analizar la posibilidad real de la legalización. Pero hay más riesgos pensando que el problema de las drogas se puede resolver con presión sistemática. En México, el sistema político ha empezado a resolverse a partir, justamente, de la presidencia de Zedillo.”

Un tema que me pareció interesante fue su percepción de la literatura en Latinoamérica. La diversidad que había estado mostrando en las últimas décadas y la variedad de temas que iban desde la literatura de corte fantástico hasta la literatura experimental mostraban su riqueza. Añadió además que “la presencia de la mujer ha aumentado considerablemente en las últimas décadas en América Latina, tanto en la poesía como en la novela y el ensayo y, quizá aún más importante, el público lector se ha incrementado sin duda alguna. La difusión de los libros es mucho mayor que en el pasado”. Sin embargo, se mostró escéptico con respecto al tema de la cultura del espectáculo y la banalización de absolutamente todo, incluyendo la literatura: “sí creo que la orientación de la cultura de nuestro tiempo va mucho más hacia la diversión, el entretenimiento; hay una literatura que a veces es brillante y de mucha originalidad pero que persigue fundamentalmente divertir, entretener. Busca tener un efecto más bien pasajero o superficial en los lectores. En este ámbito, una competencia muy poderosa para la literatura es la alternativa audiovisual. La cultura de la imagen tiene una fuerza arrolladora, llega a un público inmenso y eso vale tanto para el mundo desarrollado como para el subdesarrollado. En consecuencia, ha creado hábitos relacionados con el facilísimo intelectual. La imagen es algo que recibimos, que nos baña, como decía McLuhan –a quien, por cierto, hay que resucitar y recordar. La influencia de la cultura de la imagen es extraordinaria en nuestro tiempo, y es una cultura que tiende a exigir el menor esfuerzo intelectual, a diferencia de la literatura. Los libros deben ser descifrados mediante un mecanismo intelectual para ser entendidos. La imagen no necesita de esos mecanismos, no hay nada que descifrar, la imagen llega, nos baña directamente y nos convierte, en cierta forma, en espectadores pasivos. Debemos reconocer que esa es la cultura que predomina en nuestro tiempo, que llega a todos los sectores sociales y que, de alguna manera, competir con ella hace que la literatura parezca derrotada. La literatura queda confinada a una minoría aún “grande” pero que puede irse encogiendo cada vez más si no hacemos algo quienes creemos que la cultura del libro es importante y debe existir y coexistir con la de la imagen. Desgraciadamente, en nuestro tiempo prolifera esa creencia de que la literatura es un placer suntuario que no debe figurar entre las disciplinas que hay que inculcar básicamente para formar un ciudadano de nuestro tiempo. Yo creo que eso es una grave equivocación, nuestra cultura necesita ciudadanos que sean conscientes, que tengan responsabilidad cívica, ética, que sean capaces de juzgar por sí mismos lo que ocurre y actuar en consecuencia. Nada forma a un ciudadano de esta índole como la buena literatura. Esa debería ser la idea detrás de nuestros planes de estudio, desde la primaria hasta la universidad. Mi impresión es que la tendencia no va por ese camino, que se dirige al entendimiento de que la literatura es prescindible en la formación de un ciudadano.”

Esta última afirmación se me grabó como una sentencia. Esa misma impresión tenia yo. Sobretodo cuando vivo en un país donde los primeros recortes que sufre el sistema educativo recaen sobre las humanidades. Es un hecho que hemos olvidado,  la aspiración al saber universal, pero cuando dentro de las metas diarias se encuentran la de expresar una idea en menos de 140 caracteres, el embrutecimiento de la sociedad es inminente. Pero lo verdaderamente trágico es que Latinoamérica, desconociendo su tradición humanista, olvidando sus antecedentes, siga sin cuestionamiento alguno las políticas pragmáticas de un país que ha encumbrado al dinero por encima de la educación. Quedan pocos intelectuales del calibre de Vargas Llosa, pocos hombres que se toman el tiempo de cuidar hasta del brillo de sus zapatos. De allí mi admiración y respecto por un escritor como él. Quizá no esté entre mis escritores favoritos, pero si algo he de decir de Vargas Llosa es que, en menor o mayor medida, sigue dejando huella entre nosotros.

*Imágenes de la autora

RoseMarySalumRose Mary Salum es la fundadora y directora de Literal, Latin American Voices. Es la autora de El agua que mece el silencio (Vaso Roto 2015) y Delta de las arenas, cuentos árabes, cuentos judíos (Literal Publishing 2013) entre otros títulos.. Su twitter @rosemarysalum


Posted: November 26, 2015 at 12:45 am

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