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Breverías
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Breverías

Edgardo Bermejo Mora

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Un aforismo de Elías Canetti me permite adentrarme en el mundo de la brevedad: “el arte consiste en leer lo suficientemente poco”. La brevedad es ese escaparate que puede mostrarnos casi todo donde al parecer no cabe casi nada. Otra forma de la experiencia escritural. En ella florece la imaginación, se explora y se estiran las posibilidades del lenguaje, se administran las palabras con disciplina espartana y austeridad monacal, un lugar donde conocimiento e ingenio entran con calzador, y donde subsiste, perdura y se amerita la voluntad literaria.

El arte de la brevedad es un foro diminuto donde caben el aforismo, las greguerías —como las bautizó Ramón Gómez de la Serna—, los pensamientos a la manera de Pascal, la micro ficción, el micro ensayo, o el humor deletreado en unas pocas palabras de quien observa y se observa en la brega de todos los días. A la brevedad le tomamos de la mano para pasear por las horas cotidianas o por los pensamientos insomnes, para celebrar ciertos hallazgos verbales o dejar por sentado las más simples ocurrencias.

La brevedad va al encuentro —o al desencuentro— de las minucias del idioma español, con sus perlas, sus canicas, sus pepitas, sus más hostiles rocas o sus garbanzos de a libra.

Es la brevedad un espacio para hablar con palabras de las palabras, para reírnos de ellas, para enamorarnos de ellas, para odiarlas. Para, como escribiera Octavio Paz: darles la vuelta y cogerlas del rabo, para azotarlas, para darles azúcar en la boca a las rejegas, para inflarlas y pincharlas, para sorberles la sangre y los tuétanos, para secarlas, caparlas, desplumarlas, destriparlas, arrastrarlas, para que las palabras se traguen todas sus palabras.

Yo les llamo Breverías a estos paseos por el arte de las palabras que hablan de las palabras, de las cosas y de otros hallazgos insulsos. Comparto una selección:

El idioma no se descompone. Al contrario, se enriquece si se desconchinfla.

Vieja, en desuso, fea y encantadora al mismo tiempo, me gusta esta expresión pueril, que aligera con afecto verbal a un sinvergüenza, y que resonó en los oídos de mi infancia: chingüengüenchón.

El español no había logrado encontrar mejor pretexto que el de Chuchita, cuando la bolsearon, hasta que se chingó la rodilla.

Hay una enorme distancia visual, verbal, lúbrica y lúdica entre la palabra braga y la palabra pantaleta. ¡Sí Chucha! ¿Y tus calzonzotes?

Dos palabras se incorporaron a la lista de muletillas habituales del español de los mexicanos más jóvenes, hasta casi desvirtuarse: obvio y literal.

La X es trans en su identidad fonética y gráfica: suena a j como en México, a sh como en Xola, a s como en Xochimilco y a x como en un café expreso. Es letra postrera del alfabeto, es un tache, una marca en el mapa del pirata, una señal de prohibición, y es número romano. La X es de andar esquizofrénico. La x es todo menos “x”, como le llaman los adolescentes a lo inocuo.

El buen español les permite a las parejas bien avenidas los apapachos, los arrumacos, las sobadas, el cuchareo y el empierne.

Advierto un atisbo poético en el nombre de una vieja gaseosa mexicana: Manzanita Sol. Involuntario Haikou de la nación refresquera. Advierto también la épica de la fonética en el nombre de otra gaseosa mexicana ya desaparecida: Titán de Toronja; y algo del surrealismo nacional —ése del que tanto descreo— en el nombre de otro refresco mexicano también extinto: “Pato de Grosella”, o bien una promesa castrense y refrescante que me remite al Yucatán mi infancia: “Soldadito de chocolate”.

Blando, maleable, que de tan frágil se parte, una pátina oscura que avanza sobre la mocedad verde de su carne, así es un aguacate aposcaguado.

Entre el kikiriki de los gallos y el cucurrrucú de las palomas, la i y la u se emplean a fondo en el departamento de las onomatopeyas.

Acusado de ladrón, uno, y de autor de fraudes electorales, el otro, el cacomixtle y su primo hermano, el mapache, reclaman se les haga justicia.

“Un amor baladí, eso fui para ti”, cantaba Manoella Torres –la mujer que nació para cantar– en la década de los setentas. Nunca más se volvió a usar la expresión “baladí” en una balada. El español a veces nos permite decir lo mismo de una manera más rebuscada. Por ejemplo, si digo: “pronto caerá el caudillo populista”, puedo decirlo de esta otra manera: el adalid es baladí.

Pregunto a los comensales a una cena por el nombre de una golosina que admite una sola vocal en su flexible longitud de malvavisco y mermelada de fresa. Nadie responde. Fácil: bubulubu. En el reino de la u, la canción: cucurrucucú; la golosina: bubulubu.

La auténtica mala hierba que nunca muere es el epazote. Su fragancia resume todos los aromas de la cocina de mi madre. A través del epazote, hierba inmortal, mantengo vivo su recuerdo. “Dios nunca muere” es la canción compuesta en 1868 por el músico oaxaqueño Macedonio Alcalá, el epazote —también oaxaqueño— es resiliente como un Dios.

El huauzontle tiene alas, vuela en mi paladar.

De los nuevos usos del idioma. Dos expresiones mexicanas de los años setenta mudaron de código postal en los últimos años: “güey”, derivada de buey, y “neto”, que cambió por “neta” para asegurar algo que se asume verdadero y fidedigno. A otra más: “está cañón” (como sustituto “de está cabrón”) le pasó lo mismo de unos años para acá. Todas ellas ascendieron en la escala social del español de los mexicanos, mientras que el “¡Wey ya!” de la chica que expresa de esta forma su hartazgo y su abulia, se ahorró la diéresis y devino meme.

Hay objetos con mala fortuna lingüística, que a pesar de su uso extensivo y milenario, no hay palabra grata que los nombre. Es el caso de la chancla, del huarache y de sus primas la sandalia y la alpargata. La chancla es la chancla aunque la vistan de seda. El huarache es el huarache aunque lo pinte Diego Rivera en los murales que adornan el Palacio Nacional.

Me gusta la palabra chicharrón, con ese eco onomatopéyico de chicharra, que le delata. Un crepitar de la piel del cerdo sumergida en el cazo anegado de su propia manteca, que necesita de la doble r para cumplir su identidad crujiente. El que no me gusta es el chicharrón de los autoritarios, que solo el de ellos truena. O el de Siqueiros, para quien no había más chicharrón que el suyo.

Como superlativo es insuperable y certero: un titipuchal

Me encanta la palabra rascuache, con esa ch de chafa y de chundo que la hace sonar tan rascuache.

Al tigre lo valoramos por sus rayas, por su nombre y por Borges. Pero hay otros animales cuyos nombres son una prolongación verbal de la belleza: el lince, el leopardo, el manatí.

Me gustan estas tres palabras: enclenque, mequetrefe y soquete, ¡Cuantas “e” caben para denostar a un individuo!

 

Me ofrecieron un Afore, pero prefiero los aforismos, que también saben de ahorros y de economía.

Sostengo que la Academia Mexicana de la Lengua debería pronunciarse sobre esta frase insufrible del nuevo español de los mexicanos: “lo mejor del mundo mundial”.

Toda la música del mariachi cabe en la palabra tololoche, como toda la música andina resuena en las palabras bombo, zampoña y charango, y todo el tango cabe en la palabra bandoneón.

La cocina de mi abuela oaxaqueña era un fogón lingüístico extraordinario: el nicoatole, el agua de chicozapote, las picaditas de asiento, los alverjones con carne de costa, el chilate, el amarillito, el coloradito (así, en diminutivo las dos), la salsa de guajes, el entomatado, la ropa vieja, las machucadas, las quebronas  y el chile de gato. Todas esas palabras entraron por mis oídos antes que por mi boca.

Más por su alta sonoridad prehispánica, menos por el acento de menosprecio que anida, me encanta la palabra achichincle.

Me gusta también la palabra canchanchán, algo a medio camino entre el amante, el amigo y el novio, cuyas vocales ritman, a trompicones, los brincos alegres del chachachá.

Que no me hablen del internet de las cosas, que no, que aquí lo que vivimos es el internet de las fosas.

Las expresiones “lo que viene siendo”, “lo que es”, y “le vengo manejando”, tan del uso común del español mexicano de un tiempo a la fecha, tal vez son aproximaciones epistemológicas del pueblo bueno en la 4T.

¿Desde cuándo el español mexicano adoptó y abusa de esa muletilla inglesa que dice “al final del día”?

A la i le gustan los ríos: el Missisipi, el Rin, el Tigris. A la o, los objetos: el oro, el foco, el globo. A la e lo leve: lo breve, lo endeble, lo enclenque.

La X, si se duplica, fermenta; si se triplica, nos excita o nos inhibe; si es J, irrita a los nacionalistas.

Me gusta la palabra quinqué, su sonoridad metálica y sus vocales iluminan la penumbra.

Me preguntan por una palabra especialmente fea en su sonoridad, tengo una: popurrí. El popurrí por sí mismo suele ser un despropósito musical.

Colecciono, amiga mía a la que amo, palabras feas. Te comparto una que no quiero nunca que tú y yo, alguna vez, la compartamos: chilpayate.

Todo niño es un diseñador de sonido. Mi hijo, al jugar, es capaz de reproducir con la boca el ruido de una nave espacial, de un felino cósmico o de un soldado caído en pleno combate.

Convivo conmigo pacientemente porque sé que tendremos que permanecer juntos hasta que la muerte nos separe.

Soy una mezcla de todo aquello que hace a una vida completa: instintos y esperanzas, inteligencia y estupidez, vicios y virtudes, un ser habitado de palabras y de silencios.

“La costumbre es más fuerte que el amor”, Juan Gabriel; “es tan corto el amor y es tan largo el olvido”, Pablo Neruda. Dos poéticas.

Si convivir conmigo mismo es un trabajo de tiempo completo, ¿por qué las horas extras del insomnio?

Veo con mi hijo la película Mad Max 2, convenimos que en el presente podría haberse titulado Apocalipsis Huachicolero 2.

500 años ha que Cortés hizo quemar las naves, y la nave del olvido no ha partido.

“Te dije nena dame un beso/ y tú contestastes que no…”. (sic.). “…Pues conmigo / conociste / el amor” Leo Dan corrige a Mecano. Los usos del español en la gramática de la balada romántica.

Altivo monstruo de mil ojos: el pavorreal. El pavor real.

La obra de la naturaleza más perfecta y aterradora es la vida, ese cúmulo de células que se ayuntan, se multiplican y mueren. La obra de arte más perfecta y aterradora de la vida es el ser humano, esa criatura que intenta sobrellevar la tristeza a fuerza de interpretarla. La creación más perfecta y aterradora del ser humano es la división del tiempo, su capacidad para fragmentar y parcelar la eternidad en siglos, décadas, años, días, minutos que desquician, segundos impacientes y mortales.

Poco somos, solo lodo, polvo, oro no, ontólogos torvos. Lloro con dolor por todos los rostros, por todos nosotros, los colonos.

Desde hace muchos años me encanta la banda argentina Soda Estéreo, pero apenas ahora caigo en la cuenta que no entiendo ni papa de la mayoría de sus letras. Un buen ejemplo de la música que se impone sobre las palabras. La música es, por sí misma, un lenguaje.

El mar es la república de todas las infancias

Hay años en los que la Academia Sueca me recuerda la diversidad del planeta, la vastedad de sus autores, y la extensión de los páramos donde habita mi ignorancia.

Quino, a través de Mafalda, nos enseñó el verdadero significado de la interculturalidad: amar a los Beatles sin entender inglés y amar a los perros sin saber el significado de “guau”.

Gorostiza revisitado: el bar, el bar, dentro de mí lo siento, ya solo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de mezcal, mi pensamiento.

 

Del Beisbol 1: en la loma, el diestro lanzador deviene camarero: reparte ponches y chocolates. Del Beisbol 2: Abel Quezada nos enseñó que un jardinero central es básicamente un filósofo asceta que busca respuestas en el cielo.

 

Nuevas miradas a la interculturalidad: “Cause I don’t care too much for money / Money can’t buy me love”,The Beatles; “No tengo dinero ni nada que dar / lo único que tengo es amor para amar”, Juan Gabriel. “Here comes the sun, and I say it’s all right”, The Beatles; “Buenos días alegria, buenos días señor Sol”, Juan Gabriel.

El Antiguo Testamento contiene algunos relatos magistrales de terror. Breves y escalofriantes perlas bíblicas. Antecedentes remotos de Poe y de Lovecraft. Aquí un fragmento aterrador del Libro de Job: “En el momento en que se tienen pesadillas -cuando una pesadez se apodera de los hombres- Job sintió un escalofrío de susto y sus huesos temblaron de miedo. Entonces algo parecido a un soplo se deslizó sobre su cara y le erizó la piel. Alguien estaba ahí, en el silencio, no distinguió su cara, pero pudo reconocer su figura: era Dios, a punto de descargar todo el poder de su ira sobre su insensatez”.

A medio camino entre la revolución industrial y el descubrimiento del fuego, el carrito de los camotes silba, cruza las calles, y atraviesa el tiempo.

Antes de dormirse, mi hijo me pregunta: “Papá, entre la piedra y el fuego, ¿quién gana? Otra noche pregunta: “¿Papá, qué color no existe?” Y ante mi mirada atónita me adelanta, gentil, una respuesta y una sonrisa: “pues el del aire”. La paternidad es una fuente de hallazgos y de preguntas.

El pez nada, y el insomne: nada. Yo solo sé que no he soñado.

¿Cuál es el monosílabo más largo de la lengua española? !!!!Goooooooooooooooool!!! Acaso la mayor aportación de los cronistas deportivos a la historia de la gramática castellana. Para castellanizarlo, al vocablo inglés se le restó una vocal, la letra a, y se le redujo a una sola: la o. El resultado del canje contribuyó a que la expresión se alargue o acorte según el ánimo nacional: un gol de nuestro equipo en copa mundial contiene un número insospechado de letras o; la anotación del equipo contrario —en cambio— se le reducirá a su mínima expresión, casi una rabieta gutural por lo que apenas asoman una g y una l; prosodia oscura que delata el fervor por El Gran Juego del Hombre (Ángel Fernández, dixit.)

Cada mañana Amanda daba lata a Márgara. La llamaba a la cama, la ataba a la sábana, la agasajaba hasta arrancar las bragas, Ambas bramaban. Cansada, Márgara llamaba a la paz, hasta jamás acabar la batalla. Para Amanda la cama daba para más. Márgara, pasaba. Mal saldada la mañana, raspadas las ganas, Amanda ladraba: “¡haragana, jamás acabas!” Márgara, clama: “¡Caramba, Amanda, apaga la flama!” Márgara la abraza, la llama a la calma, a sanar la llaga. Amanda, la madrastra, saca arma y balas. Callada, la mata. Ya nada más pasa.

Quise conversar con una piedra. “Soy poeta”, le dije. “Si a esas vamos —imaginé su respuesta— yo soy montaña”.

El sobreviviente: la única razón que tenía para vivir es que no tenía ninguna buena razón para morir

La i es un cíclope con su ojo al centro, es Polifemo. La Zeta es un siete en patineta. La Z es medio rostro: una nariz y un párpado cerrado.

El triste de Roberto Cantoral o el tsunami del desamor, cuando “los mares de las playas se van”.

“Estoy preso entre las redes de un poema”, dice José José en una canción memorable. Yo también lo estoy: se llama Incunable, y mi prisión de palabras se la debo a David Huerta.

Antibenedettiana para amores tóxicos: si te quiero es porque S.O.S

Cuando no has dormido toda la noche salvo a ratos.  Cuando el insomnio se entromete y se amerita, y llega el momento fatal y predecible del alba. Y la luz, blanca, apenas azulada, se filtra por la ventana y desgarra las persianas. Cuando tus oídos, esa prolongación sonora de lo que piensas y lo que sientes, escuchan el coro incesante de cien pájaros que parlotean en su lenguaje de silbidos. Entonces te preguntas de qué hablan. A veces pienso en esas aves mañaneras como dioses mínimos, como un coro estridente que en su lenguaje indescifrable describen y anuncian lo que nos depara la jornada. A mí me dicen hoy: “Ya levántate, sabemos que casi no has dormido, pero ya es hora. Haz lo que tengas que hacer, y prepárale el desayuno a tu hijo… “y camina, y prosigue, y atraviesa tu historia” (esto último no lo dijeron los pájaros, lo apunta José Emilio Pacheco en los versos finales del poema “De algún tiempo a esta parte”).

Por las noches, el mosquito narcisista cree que le aplauden su actuación.

He cruzado rachas insomnes, valles depresivos, altos momentos de intensidad profesional, líos legales inquietantes. Cordilleras escarpadas de angustias variopintas, amores y desamores en los pantanos de mi insensatez. Y, con todo, heme aquí, dilucidando la cartografía del porvenir en las noches vanas del insomnio.

La noche insomne es un tenaz repaso autobiográfico. La memoria es el tuétano del insomnio, la medida de toda eternidad, un recurso de queja en el tribunal de la noche. Desgrano insomnios en la soledad de mi almohada. Qué largos los minutos que preceden al sueño, qué obstinados.

Otro préstamo insomne con el favor de Octavio Paz: detenido, no en el aire, en la sábana, no en la sábana, en el insomnio, el mosquito.

Me acecha un mosquito narcisista y altanero con sus alas maquinales. Acaso imagina que le aplaudo su actuación. Yo lo que intento es aplastarlo. Es él la metáfora de todo aquello que me amenaza en el presente. También esto pasará, me digo, aunque el mosco desconozca la sana distancia. El principal problema de los mosquitos es que padecen de insomnio, pagamos con el nuestro su inquietud nocturna.

Con las manos manchadas de sangre, tras asesinar al rey Duncan, Macbeth se repite una y otra vez: “¡Sleep no more! ¡Sleep no more!. Con mis manos manchadas de sangre, tras aplastar al mosquito que se festinó con mis venas, me repito esas líneas y su decreto insomne: “no dormirás más”. Macbeth asesinó al sueño y al hacerlo decretó el insomnio universal. Nostalgia culpígena del sueño, que es, nos dice Shakespeare, “muerte de la vida de cada día, baño reparador del duro trabajo, bálsamo de las almas heridas, principal alimento del festín de la vida”. Me temo que el insomnio lo patentó hace más de cuatro siglos un príncipe danés llamado Hamlet.

“Llorar improvisando, de memoria. Llorar todo el insomnio y todo el día”. Oliverio Girondo. El insomnio es la última frontera de un reino que nunca habremos de pisar.

Pálido y atroz rostro del insomnio, el techo.

El cuento no comienza, termina, aquí.

Regreso a Elías Canetti: “es posible que la brevedad nos haya hecho perdernos de lo que merece la pena de las frases, sus crecidas y estiajes, sus altos y bajos, sus venturas y desventuras. Quizá no habría que comprimir las frases, tal vez no deberían ser destilación sino plétora inagotable”.

 

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela  Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98),del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste  Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. X: @edgardobermejo

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Posted: April 27, 2026 at 3:30 pm

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