Essay
El patio trasero del periodismo

El patio trasero del periodismo

Ricardo López Si

Si hay otra cosa que se puede aprender del periodismo deportivo es que en la vida no hay nada trascendental. Las cosas siempre vienen y se van, y eso es ley de la vida. Todo lo demás es una mentira de la literatura y por eso fracasé como profesor y por eso metí mi novela en el cajón y no volví a sacarla de allí.

RICHARD FORD, El periodista deportivo

Confieso que me escandaliza que las redacciones deportivas no hayan montado un boicot en contra de Richard Ford en su día por haber determinado que Frank Bascombe, su famoso alter ego, se haya refugiado en la insoportable vacuidad del periodismo deportivo para sobrellevar el tedio existencial.

Me reconforta, por otro lado, haber encontrado en el camino cómplices con altavoz mediático capaces de desprenderse sin reservas de ese incomodísimo corset llamado periodismo deportivo. Como medida revolucionaria, he emprendido, tímidamente, una campaña para desmitificar todo aquello que surja después del término periodismo. El decir periodismo deportivo siempre me ha parecido siniestro, más siniestro incluso que autodenominarse escritor de novela fantástica o escritor de autoficción. Si se cuenta una buena historia no reivindicamos al periodismo deportivo, sino al periodismo. Si contextualizamos y matizamos para huir a toda costa de los juicios absolutos no reivindicamos al periodismo deportivo, sino al periodismo. Si salimos a hacer reporteo y contrastamos fuentes no reivindicamos al periodismo deportivo, sino al periodismo.

Reflexionando sobre todo esto, me es imposible no pensar en el periodista Jimmy Cannon, aquel carismático personaje inducido al salón de la fama del boxeo. El propio Ernest Hemingway, devoto del pugilismo, llegó a profesarle su entera admiración por su labor periodística. En Por qué importa Sinatra, de Pete Hamill, se describe una escena en la que Cannon forma parte de una sobremesa en el Clarke’s de Nueva York. Entre botellas de whisky y pretzels, surge un acalorado debate: ¿Quién fue mejor, Hemingway o Fitzgerald? Además de Hamill y Cannon, aquella noche estaban presentes Danny Lavezzo, dueño del lugar; William B. Williams, el locutor de radio que había bautizado a Frank Sinatra como Chairmain of the Board; Jilly Rizo, quien regenteaba una cantina al otro lado de la calle; y el propio Sinatra. Mientras Cannon insistía en la superioridad de Hemingway a partir de su variedad de registros y una nada desdeñable producción literaria, Sinatra abogaba por Fitzgerald, poniendo el acento en la repercusión y trascendencia de El gran Gatsby en la cultura americana. A Hamill, el eterno cronista de Nueva York, le pidieron que terminara por inclinar la balanza. Para zanjar la discusión, utilizó hábilmente una vieja teoría de Dizzy Gillespie, la otra gran bandera del bebop: Un profesional es el que puede hacerlo dos veces. Cannon, convencido de su triunfo, lo interpretó como un voto a favor de Hemingway para dar carpetazo a la conversación. Saco esto a cuento porque tanto Hamill como Cannon coincidieron con la época febril del nuevo periodismo norteamericano, en la que gente como Norman Mailer, Tom Wolfe o Gay Talese pudieron escribir varias de las mejores crónicas y reportajes deportivos sin que nadie les llamara periodistas deportivos, porque eran, más bien, periodistas con trajes, en mayor o menor medida, de gente conceptualmente más cercana a la literatura que al periodismo deportivo. Esto se debió, quiero pensar, a que su talento era lo suficientemente especial como para ser estigmatizado.

Quizá los que mejor hayan envejecido en las redacciones deportivas, o en lo que queda de ellas, sean los contadores de historias románticos. Pese a que las lecturas de formación, los viajes iniciáticos y la documentación son más asequibles que nunca, se siguen reciclando los mismos temas en la víspera de las grandes citas. Además, sigue habiendo una gran resistencia de los editores en jefe por afrontar retos narrativos más complejos y abandonarse a la tiranía de la hoja en blanco sin recurrir a un cúmulo insoportable de lugares comunes. Es duro admitir que haya pasado desapercibido que una pléyade de kurdos hayan fundado un equipo en un condado de pescadores en Dalarna, en el corazón de Suecia. Que dos antagonistas seculares en Egipto se hayan fundido en un mismo abrazo para derrocar a un dictador. Que un armenio que opositó alguna vez a convertirse en estrella mundial se niegue a jugar una final europea en Azerbaiyán por temas políticos. O que Alejandro Magno, el macedonio, no guarda ninguna relación con Macedonia del Norte. Debe ser responsabilidad de las keywords, intuyo.

Además, en el periodismo deportivo, particularmente en el que se consagra al fútbol, están pasando cosas muy curiosas: se está condenando el sobreanálisis como no se había condenado nunca la falta de análisis; es decir, interesa la complejidad del juego, pero tampoco se tolera ser demasiado profundo y minucioso, no vaya ser que se convierta en una ciencia. Hay un temor evidente a que un grupo de analistas de sofá, que no hacen otra cosa que ver fútbol, secuestren un deporte que nos pertenece a todos a golpe de una herencia intangible y una pasión irracional. Además, por si no fuera poco, existen colegas encolerizados por el hecho de que algunas palabras de uso común estén saliendo a la superficie en el debate del día a día. Aquí conviene recordar que bascular, por ejemplo, no es un término que haya nacido en las aulas, en las canchas o en los asados de fútbol, ni mucho menos que sea exclusivo del fútbol. Bascular, hablando o no de fútbol, significa más o menos lo mismo. O que el intervalo no fue concebido para referir al espacio indefendible del que hablaba Pep Guardiola, sino que está en el diccionario para su uso democrático. Sería bueno que pronto nos demos cuenta que el lenguaje de fútbol deriva del lenguaje común.

Ahora, para los que defienden la pureza y candidez del juego en el fútbol y en otros deportes, los términos sencillos corren el mismo riesgo que los académicos de ser irrelevantes y superfluos. El lenguaje, con contexto, es conocimiento, y el conocimiento no se puede flexibilizar. Hay una tendencia a pensar que los trajes emergentes de analista o de comunicador son válidos para empatizar con la audiencia. La realidad es que hay buenos y malos comunicadores. Buenos y malos analistas. Miradas más o menos educadas y reflexivas, que luego pueden ser más o menos capaces de transmitir ese conocimiento independientemente de las audiencias. Existe muy poca gente inmersa en la comprensión del juego y su complejidad interesada en vulgarizar su discurso. Lo que necesitamos no es deslegitimar esas voces disidentes, sino dotarlas de un altavoz mediático para que la gente, según sus intereses, decida qué consumir. Para reflexionar más en ello, volvamos a Richard Ford, quien junto a Raymond Carver abanderó el denominado realismo sucio o minimalismo. No se trataba de escritores reverenciados sólo por tener un estilo seco y directo, sin ornamentos, sino por ser narradores virtuosos, que veían y describían cosas en las que el resto no repara.

Entonces, habiendo hecho un riguroso ejercicio de introspección, sin ánimos de sacar conjeturas catárticas, propongo que, como primer salto evolutivo, de ahora en adelante dejemos de mirar con condescendencia a la gente que escribe de deportes. Luego, si su prosa es capaz de tomar distancia del sensacionalismo y logra salir indemne del detector de mierda que algunos atribuyen a Faulkner y otros tantos a Hemingway, quizá, algún día, podamos dejar de llamarles periodistas deportivos.

 

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

 

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Posted: December 10, 2020 at 10:23 pm

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