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Cada criatura

Cada criatura

Giovanna Rivero

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Durante un par de días contengo el llanto. No soy venezolana, nunca he pisado el suelo de Venezuela, pero de pronto me siento venezolana. Mi corazón me pide a gritos decirlo, mi corazón me reclama una expansión que, por lo general, está contenida, pudorosa, demasiado bien comportada.

Voy con mi esposo al supermercado a hacer la compra de la semana. Y entonces, en la vacuidad limpia del ‘huge parking lot’ (como ironizaba Homero Simpson imaginando su mundo ideal), me echo a llorar. No puedo con este dolor, le digo a mi marido. Me duele tanto Venezuela, me duele casi físicamente.

Mis hijos me piden que ya no mire tantas noticias sobre la tragedia. Entonces cierro los ojos, pero la imaginación hace lo suyo y lo hace a su manera, sin leyes, sin compartimentos estancos entre la lógica y la oscura fantasía. “Nosotros no sacamos a la persona de debajo del edificio; sacamos el edificio de la persona”, dijo un rescatista. Y no puedo evitar pensar en las descripciones de la novela Miles de ojos(2021), del escritor boliviano Maximiliano Barrientos. Allí, nos sumergimos en el delirio de una realidad ¿(im)posible? en la que partes de cuerpos humanos se han fusionado con troncos de árboles, carrocerías de camionetas, objetos de plástico. Como resultado de una suerte de nuevo y atroz Big Bang, ese mundo de hibrideces monstruosas, inconcebibles, parece advertir que, si seguimos cabalgando sobre el potro de un aceleracionismo desatado, nuestro destino es la profunda colisión, la brecha insalvable entre quienes pueden acelerar sus propias capacidades y quienes serán cuerpos residuales, sacrificiales.  Sé que estoy mencionando dos aspectos que no están conectados, pero la imaginación, como digo, funciona con esa aleatoriedad en la búsqueda de encontrar sentido en la sinrazón.

Hago clic en una página confiable para donar. Envío mi pequeña ayuda. Deseo que signifique algo. Pero eso no apaga la sensación de impotencia. Pienso que la creación de esos superhéroes de la cinematografía occidental ha sido siempre una respuesta, tal vez infantil, a esta fragilidad. Pero ni acá ni allá hay Batmans o Supermanes capaces de levantar solitos, rechonchos en su individualidad, moles de concreto para que los torsos aplastados tengan una oportunidad. La tele muestra al pueblo.

Y entonces brilla, brilla cegadoramente en mi corazón esa palabra tan disputada: “pueblo”. Allí están esas personas, sorprendidas por la fatalidad, levantando escombros a mano desnuda, el espíritu azuzado por la adrenalina y la desesperación, el alma terca en su esperanza. Allí están, recordándonos de esta manera que cada mujer, cada hombre, cada niño, niña, joven o animalito rescatado, muerto o vivo, es inexorablemente nuestro hijo, nuestra hermana, nuestros padres.

Debido a la torpeza de estos días extraños, me golpeo la mano contra un mueble filoso. Los nervios cercanos al pulgar acusan recibo: el golpe se ramifica hasta el codo con ese fuego incómodo, brevemente terrible, de las heridas domésticas. ¿Cómo se sentirá que la mano lastimada soporte el peso de la heladera y del techo que ahora me protege? ¿Se apagarán los nervios para cortar comunicación y activar el modo de supervivencia emocional?  La idea de otros seres humanos que, mientras escribo esto, experimentan dolores indescriptibles en Venezuela me obliga a sollozar. Comprendo, entonces, que mi cuerpo me hace humana, que es esto, esta carne sufriente la que ahora, paradójicamente, me permite entender de un modo total –no encuentro otro adjetivo, quizás no quiero encontrarlo– que el sufrimiento de cualquier criatura humana o animal o vegetal, o incluso el rajarse de las capas de la Tierra es también mío, es también mi pérdida, es también la constatación de nuestra pertenencia a esta especie y a este planeta. El planeta se ha roto, me digo. Se ha roto jodidamente y a él también le duele tener que masticar a tanta criatura preciosa. Tiene que dolerle. No es ciega su crueldad, no es inmoral.

¿O quizás sí? Slavoj Žižek dice que la ideología ecologista propone falazmente la idea de una naturaleza orgánica, en equilibrio, cuando en realidad la naturaleza es puro caos y violencia. “¿Tenemos una idea de la catástrofe inimaginable que tuvo que ocurrir para que se genere el petróleo?”, se pregunta. Y su pregunta me empuja a buscar cómo se han formado los yacimientos de petróleo que constituyen la razón de tantas guerras, de tantas invasiones. Incontables restos de algas y animales se descompusieron, a través de los tiempos, en grandes cuencas sobre las que nuevas capas geológicas se asentaron imprimiendo una presión y una temperatura insoportables. Y para llegar a esa sustancia hecha de antiguos cadáveres es preciso romper el suelo. Violencia, entropía, es cierto.

Pero también una injusta soledad.

“Estamos solos”, dicen quienes esperan con las uñas quebradas de tanto levantar los retazos del colapso. Así se sienten.

Y yo pienso que esa extrema soledad, además de referirse a los aspectos logísticos, tiene que ver también con la epifanía desnuda de saberse y de sabernos sujetos a la intemperie, pues la ferocidad del capitalismo que todo lo toma, que todo lo atraviesa, que todo lo pringa y lo retuerce y lo penetra, nos aloja en sus estructuras blandengues, maquilla nuestra orfandad, nos quita, si puede, incluso el alma.

Habrá que levantarse –toda la especie– haciendo de esa soledumbre una bandera. Allá, en esa Venezuela que nunca he visitado, pero que ha hecho suyo mi corazón, o acá, aquí, mientras me estremece, al borde de la repugnancia ontológica, la vastedad lisa de este ‘huge parking lot’, este vacío de la época que es como un inacabable ataque de pánico.

Todo el día, en el radar salvaje que es el cuerpo, me hago preguntas. Es mi cuerpo, en realidad, el que interroga: ¿podría yo, con este tamaño, con este peso, con esta edad, ayudar a levantar piedras?, ¿podría yo, con mis ilusiones, con mis apegos, con mis ambiciones y complejos, comenzar de nuevo, de cero, de los escombros?, ¿podría yo perderlo todo y aun así intentar no perderme a mí misma porque ese ‘mí misma’ se lo debo a la belleza invencible de esta especie?

No lo sé, dice mi cuerpo. Duda, se lamenta, se conduele de esos cuerpos hermanos que, incluso si ya no respiran, enuncian su último dictamen con la voz más clara que nunca.

Foto de Marlis Trio Akbar en Unsplash

Giovanna Rivero (Bolivia). Es doctora en literatura hispanoamericana por la University of Florida. Es autora de los libros de cuentos Tierra fresca de su tumba (2020) y Para comerte mejor (2015), y de la novela 98 segundos sin sombra (2014), entre otros libros. Fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina” (2011). Profesora Asistente en la Maestría de Escritura Creativa en Español del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Iowa. https://giovannarivero.com/

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Posted: July 2, 2026 at 5:40 pm

There is 1 comment for this article
  1. Consuelo Cabrera at 6:29 pm

    Hay tragedias que reducen una ciudad a escombros y otras que amenazan con dejar sin palabras a quienes sobreviven. Este texto demuestra que la literatura también puede ser una forma de acompañar el duelo: no explica el dolor ni pretende aliviarlo, simplemente permanece a su lado.

    Como venezolana, leerlo en estos días ha sido profundamente conmovedor. Duele reconocer en cada línea la fragilidad de un país que amo y, al mismo tiempo, encontrar la certeza de que la palabra sigue siendo una manera de abrazar a quienes hoy lo han perdido casi todo. Gracias por escribir cuando el silencio parece la única respuesta.

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