Hoja de papel
Francisco Hinojosa
Hoja de Papel, publicado en 2005 (Fondo de Cultura Económica), es un libro que escribí a raíz de la invitación que me hizo mi querido y admirado amigo Alfonso Morales para acompañar una exposición que él curó, a partir de la colección fotográfica de la Fundación Televisa, para ser montada el Antiguo Colegio de San Ildefonso y en el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) de Monterrey. El pretexto de la exhibición fue la figura del caballo e incluyó, además de las imágenes –la más antigua de 1847–, videos, instalaciones, fragmentos de películas y animaciones.
Me invitó a ver una parte del material que sería expuesto con el fin de elegir la o las imágenes que podrían inspirar un cuento. Después de revisar entre ambos las fotografías nos inclinamos por dos. En la primera aparece un robusto caballo blanco que inicia un salto circense destinado a traspasar un gran aro de papel; la segunda corresponde a la caída triunfal del otro lado. Pensamos que allí estaban la portada y la contraportada del libro, principio y fin. Hasta ahí todo en orden. Solo faltaba escribir una historia que justificara las dos imágenes.
La exposición se inauguró en el 2004 y el libro, publicado un año después, no la pudo acompañar, por mi tardanza en terminarlo y porque pasó por dos ilustradores que no armonizaban con el texto, hasta que Rafael Barajas, El Fisgón, aceptó el encargo a pesar de estar muy lleno de trabajo. Mi respuesta, como ha ocurrido en otras ocasiones con él, fue que prefiero esperar más tiempo con tal de que él sea mi ilustrador y a pesar de que no estuvo a tiempo para la exposición.
Para seguir con la idea original, aunque las fotografías ya no formaran necesariamente parte del proyecto, tenía que saber qué significaba ese gran aro de papel. Al romperlo algo había pasado: ese círculo blanco había desaparecido y el caballo había aterrizado en otra realidad. Allí nació la historia: un caballo blanco, como una hoja de papel, de una belleza extraordinaria, aparece de pronto en un pueblo llamado Villa Graciana, cuyos habitantes tienen entre sí muchas diferencias y enemistades. El animal es admirado por todos y esa admiración los une. Al final el caballo desaparece de la misma manera en que llegó: sin explicación alguna. La última imagen del libro fue resuelta por Rafael Barajas con un toque poético: Hoja de Papel se transforma en una nube que se diluye en el cielo.
Cuento todo esto por algo que digo constantemente en charlas o encuentros con estudiantes y adultos: un libro lo escribe hasta cierto punto un autor y el resto le corresponde a los lectores. Como escritor solo algunas veces me entero del impacto que puede tener un libro en sus receptores.
Desde hace más de tres años, Rigoberto González Nicolás, maestro de varias generaciones de estudiantes de la UPN-Ajusco, me ha invitado a visitar diversas escuelas en Oaxaca. Este año ha sido en colegios de la Ciudad de México y de diversos municipios de Oaxaca, dentro de un programa, animado por él e impulsado por maestras, maestros y directivos de ambas partes del país, llamado “Red LELE Círculo Literario de Maestr@s Oaxaqueños”. El programa consiste en establecer una correspondencia entre niñas y niños de ambas partes del país a partir de los cuentos que han leído de mi autoría.
A fines del año pasado le pidieron a Rigo ayuda de la escuela primaria de educación indígena Ignacio Manuel Altamirano de un pequeño poblado llamado Santiago Tlazoyaltepec, en la sierra de Etla, a hora y media de la ciudad. Resulta que el maestro de cuarto de primaria había muerto de un infarto y sus alumnos lloraban y no querían regresar al salón de clases. Rigoberto recibió la llamada en la CDMX y eligió de su biblioteca algunos libros que tocaran el tema del duelo, entre ellos Hoja de Papel, para leerlos a esos alumnos. Viajó a esa pequeña comunidad de la sierra y decidieron entre todos que el libro que querían que él les leyera fue el mío. Al concluir la lectura una de las niñas, María, dijo: “nuestro maestro Leonel fue como Hoja de Papel. Nos hizo felices y luego se fue”, y con ello expresó lo que sus demás compañeros sentían. ¿Cómo darle las gracias al profesor? Le escribieron cartas, veinte cartas, en las que manifestaban su agradecimiento: “gracias, maestro, por hacernos reír”, “gracias, maestro, por regalarnos juguetes”, “gracias, maestro, por enseñarme a leer y escribir”, “gracias, maestro, por darme de su taco”, “gracias, maestro, por jugar con nosotros”. Reunieron todas las cartas e hicieron un montoncito con ellas en el patio. Uno de los niños encendió una vela y la acercó. Todos miraron cómo el humo subía hacia el cielo con la certeza de que Leonel las recibiría con alegría.
El mes pasado fui a esta escuela de Tlazoyaltepec, de tan solo ciento veinte alumnas y alumnos. En la entrada aún pendía un listón negro. Como suelo hacerlo, los invito a que me hagan preguntas y a partir de ellas desato una charla sobre mis libros. Al concluir vinieron las fotos con cada grupo y luego la firma de libros. Salí de la escuela con un generoso ramo de diversas flores (las flores son parte primordial de la economía del pueblo), una canasta llena de frutas y las cartas que niñas y niños me habían escrito. Al llegar a mi hotel en la ciudad de Oaxaca las leí todas. Me sorprendió una que estaba más abultada que las demás y firmada por dos alumnas. Al abrirla me encontré con una sorpresa que me hizo llorar: además de una carta, el sobre incluía dulces, sus lápices y plumones, pequeños juguetes, una pulsera y un billete de veinte pesos.
Francisco Hinojosa es poeta, narrador y editor. Es autor y antologador de más de cincuenta libros y columnista de Literal. Su twitter es @panchohinojosah
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Posted: July 22, 2026 at 11:07 pm







