Venezuela: desolación y aguante
Gisela Kozak
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Venezuela: desolación y aguante
Del lat. desolatio, -ōnis.
f. Acción y efecto de desolar o desolarse.
Sinónimos o afines de «desolación»
devastación, asolación, asolamiento, ruina.
aflicción, angustia, desamparo, tristeza, dolor, pesar.
Antónimos u opuestos de «desolación»
consolación.
En Venezuela, al igual que en toda nación que se respete, se maneja un repertorio identitario que no por fácil de desmontar y cuestionar deja de ser efectivo como herramienta de cohesión social. La alegría, el echar pa´lante y la solidaridad serían algunas de nuestras marcas nacionales. Echar pa´lante refiere a salir adelante, evolucionar, sobreponerse a la adversidad. Parecemos inmunes a la desolación: cómo puede hablarse de desolación en un país gozoso, de gente resiliente, de supermujeres multitarea y distinguido con una espléndida belleza natural. Nada más venezolano que un video en el que aparece nuestra extraordinaria geografía sin apenas una persona incluida en el paisaje. Somos edénicos, por demás: nuestro paraíso no tiene gente.
Pero sí la tiene, dentro y fuera del territorio.
¿Nos une la alegría en este momento, la belleza natural, las mujeres multitarea, el podemos con todo?
No, nos une la desolación. No hay razones para estar contento con un país en el que un fenómeno natural arrasó con vidas e infraestructura porque el Estado no tiene los protocolos sísmicos de México, Chile o Japón. El doble terremoto afectó a varios estados del país, murieron miles de personas, hay un sinnúmero de desaparecidos y los daños se calculan en millones y millones de dólares. Mi pareja y yo somos víctimas: nuestra vivienda en Venezuela tiene daños por fortuna reparables, no así las de amistades y conocidos que han perdido su patrimonio en un país en el que el gobierno arruinó a la población. Tal vez por la necesidad de seguir adelante, las personas se aferran a consuelos que no son tales: “perdió su casa pero está vivo”; “lo material se recupera”; “somos muy solidarios”. En las redes sociales se multiplican las peticiones de dinero para reparaciones y recuperación de instrumentos de trabajo, con el añadido de que incluso los que vivimos en el exterior estamos en problemas a causa de los terremotos y no podemos ayudar. Como indica el dicho popular, éramos muchos y parió la abuela.
Acostumbrados a un gobierno cuya única finalidad ha sido reprimir y mantener a la población en situación de supervivencia, hemos olvidado que reconstruir un país exige un robusto sistema financiero, una política de Estado eficaz, un control severo de la corrupción y la organización de los esfuerzos colectivos. Salir corriendo a zonas de desastre con insumos pero sin un plan prefijado puede conducir al caos; de hecho, comienzan a faltar artículos de primera necesidad en algunas zona de la Guaira, como el agua para beber, porque los esfuerzos no siempre llegan a donde tienen que llegar, a falta de una acción concertada de protección civil. La buena voluntad de las personas ha sido proverbial y entrañable, pero se necesita mucho más. El tutelaje estadounidense mantiene frente al gobierno a la misma gente que llevó a Venezuela a donde está, y el único consuelo con el que contamos es que no todo el dinero para la reconstrucción será manejado por la cleptocracia bolivariana pues organismos internacionales como la CAF tendrán injerencia.
A casi un mes del doble sismo no deja de sorprender la falta de normalidad que marca a mi país, cuando en países al estilo de Chile, Japón y México ha habido terremotos de igual o mayor magnitud y se regresa al cauce cotidiano rápidamente; en cambio, en Venezuela la ausencia de instituciones y de un Estado mínimamente eficaz retrasa la vuelta a las rutinas laborales, domésticas y escolares. No se trata solo de la escala de las afectaciones sino de la falta de servicios públicos funcionales y de capacidad técnica. Las peculiares características de la economía venezolana, dolarizada de facto, han convertido a la divisa en un bien escaso perseguido por la población y la migración retiró del mercado una oferta sensata de mano de obra, cuyo costo, conociendo las dinámicas de mi país, se disparará al máximo, para beneficio de quienes puedan pagar, en medio de un mar de pobreza que incluye a las clases medias y los sectores populares que no ganan en dólares.
Desolación absoluta.
Duelo.
Hay que seguir, desde luego, es lo que hemos hecho durante estos años. Más que ponernos de pie, hemos encontrado la manera de resistir como cuerpo colectivo los embates de una dictadura horrorosa que no ha dejado de tocar ningún aspecto del acontecer de Venezuela. Fracasamos como nación: la tercera parte de la población tuvo que irse, estamos bajo tutela extranjera, nuestro PIB se redujo en un ochenta por ciento en los últimos diez años y, para colmo, ha acontecido un fenómeno natural devenido en catástrofe debido a fallas humanas. A pesar de tanta desgracia, seguimos vivos, deudos de un territorio y de una historia, como el prisionero que lucha por continuar y sigue intentando salir de la cárcel. La existencia humana es así: la gente se las ingenia en medio de circunstancias extremadamente adversas y no es infeliz las veinticuatro horas del día porque le tocó en suerte un régimen terrible, extenuante como una guerra. Esta capacidad de aguante ha permitido que surjan diversas maneras de afrontar las salvajes distorsiones económicas venezolanas, el estado de los servicios públicos y las innumerables decepciones políticas.
En este momento, la población venezolana es apenas testigo y no agente de su futuro, por más que se abran negociaciones entre el gobierno y la oposición que le parece aceptable al gobierno de Donald Trump. No es un buen augurio el que la líder venezolana más representativa, María Corina Machado, no esté presente en esta instancia. Con todo, hay una ventana de oportunidad en el hecho de que los gringos sean garantes de lo que se negocie porque, como es harto sabido, la dictadura no cumple sus promesas. Habrá que esperar, una vez más.
En medio de la desolación, aguante
Foto de Edgardo Ibarra en Unsplash
Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak
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Posted: July 27, 2026 at 9:51 pm







