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Fusiones y confusiones de una cubanita en México
COLUMN/COLUMNA

Fusiones y confusiones de una cubanita en México

ODETTE ALONSO

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Hace unos días, un colega publicó en redes sociales un post donde hablaba de la envidia. Sentí que algo se me escapaba, que no lo alcanzaba a comprender, hasta que caí en la cuenta de que, en México, al menos en el centro del país, se le dice envidioso al egoísta, al que no comparte lo que tiene. Fue entonces que entendí el sentido del texto y eso me trajo innumerables recuerdos de mis primeros tiempos en esta tierra, en la que vivo desde hace 34 años.

“¡Qué suerte haberte ido a un país donde se habla el mismo idioma!”, dijeron los amigos residenciados en Estados Unidos o Europa. “Eso creen ustedes”, respondí al instante, porque una de las primeras cosas que tuve que aprender en México fue a hablar mexicano. “¡Qué fascinantes cruces de lenguaje, qué hermosas diferencias en las normas regionales!”, decía la filóloga que hay en mí. “Y cuántos malentendidos provocan”, agregaba la migrante.

Porque esa idea de que del río Bravo a la Patagonia hay un solo pueblo es más falsa que un billete de dos pesos, y ha quedado bastante claro en los días recientes, con las rivalidades desatadas por el certamen del balompié mundial, que puso a prueba no sólo las relaciones entre países y continentes, sino también las amistades y familias, donde nunca faltan personas dispuestas a odiar furibundamente a países de los que no conocen ni a un solo habitante.

Porque el odio es un ejercicio que a algunos se les da muy bien y disfrutan a tope. Así ─lo vemos a diario en ese infierno que pueden ser las redes sociales─, el mundo se convierte en una competencia de insultos y en una odiadera demente, sin clemencia ni fin. Y se juzga a toda una nación por lo que dice o hace un comentarista deportivo, un presidente o un jugador de futbol, como si ya no existieran las individualidades y todos tuviéramos que ser, obligatoriamente, un solo cuerpo de unánime reacción, siempre violenta.

Pero a lo que íbamos. Les decía que cuando llegué a México, paralelamente al descubrimiento del ahorita, el órale, el híjole y el mande, vino el choque con los horarios, las cantidades de comida y sus modalidades. En Cuba ─cuando hay qué─, se desayuna sobre las 7, se almuerza entre 12 y 1 y se come a más tardar a las 7 u 8 de la noche; una comida a las 3 de la tarde es algo a lo que es difícil acostumbrarse. Además, es muy raro que haya tres o cuatro tiempos en el almuerzo porque todo lo comemos en un mismo plato al mismo tiempo. Por si fuera poco, ningún cubano llamaría sopa al arroz ni lo comería, solo, antes del guisado y ningún mexicano acompañaría todos sus alimentos con un plátano maduro.

En cierta ocasión, me encontré con una amiga que venía de Cuba. Ella no tenía ni un quilo prieto ─o sea, ni un quinto─, y yo tenía muy poco, por lo que decidimos ir a una modesta cafetería de la Zona Rosa, que entonces las había. La carta anunciaba flautas de pollo a precio bastante razonable. La mesera ─camarera, diríamos allá─ nos explicó que el platillo traía cuatro flautas y nos pareció una cantidad fabulosa. El detalle ─diría Cantinflas─ es que en Cuba llamamos pan de flauta a las baguettes, de modo que cuando llegaron las flautas mexicanas, bañadas con una salsa verde picosísima, no sabíamos si reír o llorar, por la sorpresa y por la enchilada. Porque otra cosa que debe aprender y no olvidar un extranjero es que todos los chiles pican (con y sin albur).

A propósito de comida, un domingo compré un pollo rostizado ─adjetivo que no existe allá─ y no pude comer a gusto pensando que nunca hubo un pollo entero en nuestra mesa familiar y que mi madre renunciaba a la pechuga, que es la pieza (posta, diríamos) que le gusta, para dárnosla a Piri y a mí. Sé que a los no cubanos esto les está causando una confusión similar a la mía con la envidia y el egoísmo, pero ya lo hablaremos en otro momento, para no ponernos a llorar.

También recuerdo mi incredulidad ante una torta cubana, esa especie de emparedado que contiene todo lo que usted se pueda imaginar: milanesa, pierna, jamón, quesillo y queso amarillo, salchichas, chorizo, huevo, aguacate, tomate, cebolla y una embarrada de frijoles refritos (que parece albur, pero es realidad). Mientras observaba su preparación, pensaba que con tal cantidad de ingredientes comería una familia en Cuba por una semana y sobraría para el tentempié del domingo. De lo que significa torta allá luego hablamos, para no entrar en intimidades tan temprano.

Hace unos meses, en una charla sobre ser extranjero en México, contaba cómo tuve que aprender, de manera expedita, que aquí guagua es camión, conversación es plática, espejuelos son lentes, acera es banqueta y banco, la institución donde se guardan los dineros, porque donde una se sienta a descansar es banca. Aprendí que el diminutivo de mano es femenino, que parir es aliviarse y estómago, todo lo que está dentro de la panza, independientemente de si arriba o abajo. Que rubia es güera y rizada, china; que los cordones son agujetas, la soga es mecate y la resaca, cruda. Y que caguama no es una tortuga gigante sino un también gigante envase de cerveza, que es cheve o chela y no laguer.

La lista puede ser infinita, porque zunzún es colibrí, aura es zopilote, guajolote el guanajo y a un tipo medio guanajo le llaman menso. Guapo no es buscapleitos sino bonito; coraje es enojo y no valor, tareco es tiliche y pimpampum no existe. Los caramelos son dulces; los dulces, panecitos; la conserva, ate; los malvaviscos, bombones y los bombones simplemente chocolates. Fregar es lavar los trastes, la candela es lumbre, el fogón, estufa. Las duchas son regaderas; las piscinas, albercas y bañarse en ellas se dice nadar. La botella es aventón, la rotonda es glorieta y al sitio de taxis, ni se te ocurra decirle piquera.

Pero nada es comparable con el uso del adverbio hasta. Iba a visitar un departamento ─no apartamento─ que pretendía rentar ─no alquilar─ y la casera me advirtió: “Estoy hasta las 3 de la tarde”. A la 1 estaba yo sentada en la escalera porque no había nadie. Dos horas después, cuando ya me iba, la encontré a la entrada y me ratificó: “Te dije que llegaba hasta las 3”. Salí de allí con cara de whats, pero entonces recordé a Juan Gabriel. Él cantaba: “Yo jamás sufrí, yo jamás lloré, yo era muy feliz, yo vivía muy bien… Hasta que te conocí, vi la vida con dolor…” Y como Sherlock Holmes, uno de mis personajes favoritos, exclamé: “Elemental, Watson”. Si él era feliz y sólo conoció el dolor a partir del momento en que se enredó con ese señor ─señora o señore─, entonces quiere decir que hasta marca aquí el inicio de algo y no su terminación, como en Cuba. Por eso la casera dijo que llegaba hasta las 3, o sea a partir de esa hora, y yo entendí que estaría allí hasta las 3, momento en el cual partiría.

Aun ahora, cuando hablamos de Rosalinda, nuestra bella carrita dorada, se suscitan miles de malentendidos porque en Cuba el automóvil es máquina; el estacionamiento, parqueo; las llantas son gomas; el volante, timón; la cajuela, maletero; el cofre, capó y las placas, chapas, como también se les dice a las tapas de las botellas que acá se llaman corcholatas.

“Tú no pareces cubana”, me dicen con frecuencia porque mi apariencia no corresponde con el estereotipo que se tiene de nosotros ni con el desenfadado patrón dancístico que nos asignó la época de oro del cine mexicano. Les contesto con la típica frase que usaba en esos casos un amigo: “Ni todos los cubanos somos rumberos, ni todos los mexicanos, mariachis”. Pero lo cierto es que, más de tres décadas después, a veces ya no sé si soy de aquí o de allá porque, en realidad, soy de ambos lados y de ninguno. Una es la fusión de todo lo que ha vivido y de todos los lugares que ha habitado. Entonces, me declaro cubamex no sólo en los documentos legales y al que le parezca mal ─me viene a la mente alguno por allá por Acapulco─, como dirían los tacubos en su “Chilanga banda”: carcacha y se te retacha.

Foto de Jezael Melgoza en Unsplash

Odette Alonso nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Es poeta, narradora y promotora cultural, autora de una veintena de poemarios, una novela y dos libros de relatos. Ha obtenido el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2019 por Últimos días de un país, el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI Zacatecas 2017 por Old Music Island y el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999. Es compiladora de la Antología de la poesía cubana del exilio (2011) y coeditora de Versas y diversos. Muestra de poesía lésbica mexicana contemporánea (2020). Fundó el ciclo Escritoras latinoamericanas, que ha coordinado durante más de una década en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Su libro más reciente es Lo que transcurre (Ediciones Furtivas, 2023).

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Posted: August 3, 2026 at 8:45 pm

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