Mi marido, de Maud Ventura: tretas, locura y supervivencia de la enamorada moderna
Alba Lara
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El amor es uno de los temas preferidos de la literatura, ¿quién se atreve a negarlo? Ahí están Romeo y Julieta, don Quijote y Dulcinea, Heathcliff y Catherine Earnshaw, Calisto y Melibea, Cyrano de Bergerac, Ana Karenina, Madame Bovary… ¡Ana Ozores! Pero para convertirse en material literario, el amor ha de ser trágico, no correspondido, impedido por la distancia (geográfica, de clase), imposible, postergado. ¿Qué referencias culturales le quedan a una mujer que está profundamente enamorada de su marido después de quince años de matrimonio burgués en el extrarradio parisino, con dos hijos perfectos y silenciosos, a la que su esposo se lo ha dado todo? ¿Dónde se encuentran los modelos literarios del amor correspondido? La narradora y protagonista de Mi marido (Nórdica, 2025), de la escritora francesa Maud Ventura, se hace esta pregunta. La novela, ópera prima de su autora, en uno de esos extraños casos de unanimidad de criterio, ha recibido tanto reconocimiento crítico (finalista de los Prix Médicis y el Prix de Flore; ganadora del Prix du Premier Roman) como del público (más de 400.000 copias vendidas, recomendado por Vogue y Oprah Daily).
La falta de referentes de la que se queja la protagonista de Mi marido, que se presenta a sí misma como una anti-Fedra, quizás no sea casual. Puede que tenga sentido que no haya libros sobre amores perfectos porque no hay amores perfectos (a pesar de nuestro empeño). Seguramente por eso, porque la mera idea de que exista un matrimonio que no deje nada qué desear nos resulta inverosímil, desde el principio sospechamos que no podemos confiar en esta narradora; sabemos que esta historia no va a ser como nos la presentan.
La novela abarca una semana en la vida de un aparente matrimonio perfecto contada desde la perspectiva de la mujer. En esos siete días, vamos viendo qué significa para la protagonista estar enamorada de su marido. Su existencia gira por completo en torno a él: cómo seducirlo, cómo castigarlo cuando se siente humillada, cómo hacerse la difícil. Cada uno de sus movimientos está minuciosamente calculado. Cuando el marido llega a casa cada noche (siempre puntual y predecible), ella, que lo espera impaciente, escenifica indiferencia y una pizca de provocación (sentada en el sofá, finge que la llegada interrumpe su lectura de El amante). Muchas veces sus anzuelos, sin embargo, no parecen surtir efecto. Ella interpreta estos fracasos como síntomas del aburrido amor conyugal, al que teme como a la peste. Su marido la quiere: pero ¿cómo la quiere? ¿Con un amor de besos en la frente?
La misión de esta mujer es controlar cómo su marido la ama y la desea y evitar que la abandone, un miedo constante. Para lograrlo, recurrirá a las técnicas más extremas. Ninguna respuesta es espontánea. Conoce cada uno de los movimientos del marido, escudriña todos sus actos. Esta obsesión por el control y el registro de la realidad se destila también del orden que la narradora impone en otros aspectos de su vida, que siempre acaban supeditados a la relación conyugal: cada día es de un color; posee multitud de libretas organizadas por tema (incluida una observación minuciosa de la correlación entre música seleccionada por su marido y su estado de ánimo); solo es infiel los jueves. Sí, esta mujer tiene trabajo (es profesora de inglés y traductora) y dos hijos, pero estas son realidades completamente irrelevantes cuando no puede reinterpretarlas en el mundo amoroso. Ella orbita única y exclusivamente alrededor de su marido; en lo demás, se limita a cumplir con su deber.
Me gustan muchas cosas de esta novela que me habían recomendado no leer (quizás no es el momento, me dijeron, pensando en mi reciente separación). Primero, que es inteligente y ágil, que se lee con ansiedad de saber qué va a pasarle a este personaje tan siniestro que nos cuenta sus perversas estratagemas como si fueran lo más normal del mundo. Segundo, que la prosa es sencilla y efectiva y la traducción al español de María Teresa Gallego y Amaya García Gallego, absolutamente exquisita. Tercero, que es una divertidísima caricatura—por exageración—del amor romántico y sus modos.
Pero como seguramente le pase a muchas lectoras, lo que más me interesa del libro es esa desconfianza que produce una y otra vez la voz narradora, que insiste en hablarnos de amor y de un marido perfecto, cuando es evidente que él, por mucho que se dedique a las “finanzas”, cosa de la que ella parece estar orgullosa, deja mucho que desear. De puertas para fuera, sin embargo, este hombre sí da el pego de ser ejemplar. Y no solo con ella: ¡por la noche les lee a los niños la historia de los reyes de Francia!
Sin embargo, algo no deja de sugerirnos que el marido no es de fiar. Pero cada vez que parece que va a mostrar su cara oscura, aparece con un te quiero en sueños o comprando billetes para Venecia. ¿Es o no es un buen esposo? ¿Nos estamos tragando los miedos y ansiedades de la narradora? La duda no se disipa, fluctuamos en el juicio (como en la vida misma). La novela tiene un cierre sorprendente que no voy a destripar, pero que recoloca las doscientas páginas previas y puede darnos una idea más sólida sobre quién es el esposo (o no). No obstante, he de confesar que ese giro argumental resignificó por completo las emociones que me había producido la novela: todo el gusto y el morbo con el que había leído esta sátira del amor romántico, de los roles de género tradicionales, de trad wives y hombres proveedores, se transformaron en un malestar profundo con el amor en tiempos de las redes sociales y el bombardeo de contenidos.
Sin duda Facebook se ha enterado de mi nuevo estado civil y me ha empezado a meter prisa para encontrar nueva pareja. Me da, paso a paso, las instrucciones. Me muestra vídeos de este cariz: cómo seducir a un hombre, qué cosas les gustan a los hombres, qué aleja a un hombre, cómo jugar con la tensión para no estar siempre disponible y despertar el deseo de conquista, cómo identificar los signos del verdadero interés en un hombre, qué decirle para hacerle sentir admirado, qué tipo de maquillaje le gusta más, cómo hacer que un hombre te considere seriamente como pareja, cómo amarrarlo con firmeza…
Estos vídeos no les resultarán extraños a casi nadie, pero para mí son nuevos y deprimentes. La seducción (y, en última instancia, el amor) se presenta, en resumen, como un juego de poder en el que no se puede bajar la guardia. No hay respiro en esta idea del amor, no hay paz, no hay sinceridad, hay, simplemente, planificación, reglas y batalla. Lo importante es mantenerse por encima del otro, que sea él (o ella) quien está más involucrado en la relación. El que se enamore ciegamente, el que pierda el control, pierde (y hasta pierde nuestro interés). No es casualidad que la protagonista de esta novela consulte este tipo de materiales e incluso pague por contenidos extra que la ayuden a dirigir su vida amorosa.
Mi marido explota estos discursos online que, por supuesto, no son ni mucho menos exclusivos del mundo femenino (ya sabemos de los infames métodos de la manosfera para conseguir mujer). Pero nuestra narradora es una firme devota de estas tácticas, las sigue todas, las lleva al extremo: el marido no puede ni saber que ella no es rubia natural o que utiliza productos cosméticos para resaltar su belleza natural. El resultado es una sátira divertidísima, pero también un dardo envenenado: el amor reducido a la lucha de poder, a tutoriales de vídeos de Tiktok, Instagram o Facebook. Da risa, da pavor.
No digo que las cosas no hayan sido siempre un poco así (recuerdo leer consejos similares en la revista Bravo cuando era niña), pero las instrucciones para dominar dentro de la pareja que proliferan ahora en internet robotizan e intensifican un comportamiento que solía depender de un aprendizaje lento, más arcano y, por qué no, tal vez más intuitivo. Y, si no se han dado cuenta, no he mencionado el nombre de la narradora/protagonista aún en esta reseña/ensayo. La razón es simple: no lo tiene, acierto total de la narración que convierte al personaje en un arquetipo del amor en tiempos del algoritmo.
Cuando decidí escribir este artículo, lo que realmente me interesaba era plantear si esto que he llamado “lucha de poder” entre hombres y mujeres es posible—estoy hablando de relaciones heterosexuales, que es de lo que trata el libro y lo que yo conozco mejor. ¿Es posible que exista una lucha de poder entre seres que habitan el sistema en desigualdad? ¿Puede realmente una mujer entrar en paridad de condiciones a esa lucha? ¿Puede salvar todos los escollos del patriarcado y dominar al hombre? ¿Puede, acaso, alguna vez salir victoriosa de este juego?
Hay un momento en el que la narradora nos confiesa por qué juega a este diabólico juego con su marido: no quiere que él sepa que ella está loca por él. Es una nueva estrategia. Antes de conocer a su marido, vivir el amor a todo gas había hecho que sus relaciones naufragaran: unos la encontraban excesiva (aunque reconfortante), otros huían con espanto ante lo que consideraban una insaciable expectativa. Tras estos fracasos, decidió cambiar de táctica: ocultarle a su futuro marido que estaba buscando al hombre de su vida y esconder cualquier signo de dependencia, incondicionalidad o amor desmesurado. Si es que hemos de creerla, a la narradora no le gusta tener que comportarse así: “Me entristece hacer una lista de las reglas que debo seguir para que el hombre que comparte mi vida siga enamorado de mí”. Ha escogido el camino de la manipulación, nos dice, porque no le quedaba otra.
Lo que quiero decir (y no puedo terminar de argumentar para no arruinar la lectura de quienes no han leído el libro) es que en esa “lucha”, por más que, en apariencia, se comporten como locas psicópatas como la protagonista de Mi marido, las mujeres siempre, estructuralmente, empiezan desde la posición de la defensa. Con esto no quiero decir que seamos débiles, ni carentes de poder, ni mucho menos que no haya casos específicos en los que esta relación se invierta. Lo único que afirmo es que en un sistema desigual, construido para beneficiar a un género sobre otro y al servicio del cual se pone el amor romántico, es imposible que hombres y mujeres partan del mismo lugar, que la batalla, por así decirlo, empiece equilibrada. No es lo mismo atacar que defenderse.
Y ya puestos a señalar las diferencias estructurales que operan en el libro, mencionaré también la cuestión de la clase social. En las reseñas y artículos que he leído acerca de Mi marido se omite esta diferencia. Supongo que pasa desapercibida porque, la verdad, no es un tema en el que nos fijemos mucho últimamente en las Humanidades; no está de moda. Pero aunque no hablemos de ella, la diferencia de clase existe y marca, como el género, las relaciones a nivel estructural. La protagonista de Mi marido deja traslucir su complejo a lo largo de toda la novela. Creció en un barrio obrero, en una colmena, soñando con casas grandes de jardines bien cuidados. Ahora que vive en una de ellas, en la casa “más bonita del barrio” y se ha casado con un hombre de una familia burguesa que juega al tenis, la gente no deja de recordarle la suerte que tiene de haber encontrado a su marido (cosa que no ocurre a la inversa). Lo que ella interpreta de este supuesto halago es que la gente cree que él podría haberse casado mejor. Esta asunción la enfada y exacerba los miedos que le asaltan constantemente sobre no saber cómo comportarse en el mundo elegante, culto y refinado de su marido. A pesar de sus más grandes esfuerzos de transgresión de clase, sigue—y seguirá siendo para siempre—una impostora.
En el modesto barrio en el que creció la protagonista, solo una cosa la hacía destacar: su belleza, el único aspecto que le han elogiado desde niña. La consecuencia de esa alabanza extremadamente localizada es que la protagonista se aferra a esa circunstancia como su auténtico valor: una belleza que no necesita del dinero para serlo, que deslumbra “sin maquillaje, en vaqueros y con un par de deportivas viejas”. La belleza como arma de la mujer obrera para salir de su clase social tiene la misma potencia que la habilidad futbolística para los hombres que aspiran a un futuro mejor, pero conlleva grandes riesgos.
La belleza de este sistema de valores patriarcal es efímera y está irremediablemente ligada a la juventud. La protagonista tiene cuarenta años y tiembla de miedo ante la pérdida de su baza más poderosa. Por eso tiene que seguir urdiendo ardides delirantes para tratar de paliar sus desventajas estructurales y jugar al juego del amor romántico. ¿Y de qué le sirve? Bueno, tendrán que leer el libro para comprobarlo.
Foto de Karina Syrotiuk en Unsplash
Alba Lara Granero (El Pedernoso, 1988) es escritora y licenciada en Filología Hispánica y máster en Formación del Profesorado por la Universidad Complutense de Madrid. Es graduada del programa MFA de la Universidad de Iowa y sus ensayos han sido publicados en Iowa Literaria y otras revistas. Su Twitter: @a_laragranero
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Posted: August 24, 2026 at 8:42 pm







