¿Debatiría con Hitler?
Pablo Majluf
Popper no dice nada sobre negarse a debatir, al contrario, siempre defendió al debate racional como primera opción.
Cada vez que un lado se niega a debatir con el otro porque lo acusa de “genocida” o “nazi” o “fascista” o los apelativos favoritos para construir hombres de paja y no tener que lidiar con sus argumentos, alega que no se debe debatir con Hitler, como diciendo que no se debe debatir con extremistas.
Es una lectura falsa de la famosa paradoja de Popper, que dice que no se debe tolerar a los intolerantes en una sociedad porque te terminarán destruyendo. Popper no dice nada sobre negarse a debatir, al contrario, siempre defendió al debate racional como primera opción.
El dilema es medio estéril porque, a toro pasado, habiendo cometido el crimen y sabiendo lo que sabemos, queda más o menos clara la respuesta: lo primero que habría que hacer con Hitler es arrestarlo y juzgarlo. La verdadera pregunta, entonces, es si uno debe debatir con un extremista como Hitler en potencia, o sea, antes de haber cometido el crimen.
Sin embargo, es una pregunta útil para aclarar los alcances del debate y la razón, sabiendo que no sustituyen a la ley, las armas ni a la fuerza bruta, a veces necesarias para detener a estos personajes, sobre todo ya que están llevando a cabo el crimen. Me quedo en el caso de Hitler para construir mi argumento.
La primera clara manifestación de las intenciones de Hitler contra los judíos fue la famosa Carta Gemlich de 1919, donde le contestó a su superior Karl Mayr una consulta del soldado Adolf Gemlich sobre la postura del ejército alemán ante “el problema judío”.
En su opinión, había que eliminarlos de la sociedad. Decía que eran una raza inferior, los acusó de haber traicionado a Alemania y los responsabilizó de la derrota en la Primera Guerra Mundial. No habló todavía explícitamente del exterminio físico que vendría después, sino de su remoción completa de la sociedad. ¿Es esa intención suficiente para negar un debate? Reitero que aún no se ha cometido el crimen, apenas se manifiesta una idea escalofriante que se concretará después.
En parte es una ilusión del tiempo. Hoy, en las democracias occidentales, si un soldado escribiera una carta así, enfrentaría graves consecuencias disciplinarias y, dependiendo del país y de lo que hubiera dicho exactamente, incluso penales. Difícilmente habría chance de un debate.
Pero supongamos que no existe aún una ley militar similar y se diera la oportunidad de un debate. De nuevo: aún no se ha cometido el crimen, pero ya se manifestó la intención. ¿Debe uno debatir con alguien así, o debe negarse?
Desde mi punto de vista, es cuando más tendría uno que debatir. Por varias razones: primero, para obligar al demagogo a detallar el plan del crimen hasta sus últimas consecuencias y dejar registro; segundo, para convencer al público de que hay soluciones más civilizadas que la eliminación de poblaciones enteras; tercero, para ridiculizar, exhibir, desnudar y arrinconar al criminal en potencia.
Hay una objeción frecuente, y es que debatir con un extremista puede legitimarlo. Es sentarlo a la mesa civilizada y darle la oportunidad de presentar como moderada su postura. Pero ahí es donde precisamente importa no solo el formato del debate, reglas imparciales, y un moderador neutral, sino la habilidad del oponente para desafiar los trucos retóricos, eufemismos, circunloquios y mentiras. ¿Qué quiere decir usted con “eliminar”? ¿Por qué los considera inferiores? ¿Cuál exactamente fue la traición?
Me detengo en esto último porque es clave y supone dos grandes desafíos. Tengo para mí que ha habido polemistas y debatientes —desde Lincoln y Disraeli, hasta Reagan y Thatcher, por poner arquetipos— que tendrían la capacidad de arrinconar a un maniaco similar con las armas del debate: sátira, ironía, el método socrático, exposición de falacias argumentativas, ciencia, emoción, humor, sarcasmo, etc. El reto, en todo caso, es encontrar a la figura correcta y delinear una estrategia, no negarse al debate.
Y ahí viene el segundo y más importante desafío: lograr que el criminal en potencia quiera, en efecto, debatir. Ahí está la gran trampa de la pregunta. No es si uno debería debatir con un Hitler en potencia, sino si un Hitler en potencia se atrevería a debatir con la persona indicada en un formato parejo.
Es crucial entender esto porque la enorme mayoría de estos personajes controla absolutamente todo: cada escenario, audiencia, discurso, entrevista. No es coincidencia que Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Mussolini o Castro nunca se hayan sometido a debates libres, imparciales y en condiciones parejas. Lo mismo vale para autócratas posteriores, de Jomeini y Milosevic a Putin. Una vez alcanzado el poder, el debate deja de ser una alternativa: el demagogo lo sustituye por propaganda, oratoria, censura y fuerza. Si hay un momento para confrontarlo, es precisamente antes.
Por eso, tan a menudo, los que hoy se niegan al debate alegando razones morales, exhiben un viejo talante que pretenden repudiar. Y la falta de argumentos.
Pablo Majluf. Es autor de Confesiones de un deliberado (Literal Publishing, 2024) entre otros títulos. Es columnista semanal de la revista Etcétera y escribe en Literal, Letras Libres, Reforma y Juristas UNAM. Expanelista en “La hora de opinar”, de ForoTV, junto con Leo Zuckermann. Asimismo, conduce el podcast Disidencia. Estudió periodismo en el Tecnológico de Monterrey y Comunicación y Cultura en la Universidad de Sydney, Australia. X-Twitter: @pablo_majluf
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Posted: August 19, 2026 at 8:38 pm







