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Cristo jugador
COLUMN/COLUMNA

Cristo jugador

Pablo Majluf

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Desde el advenimiento del nuevo milenio se han puesto de moda especulaciones filosóficas sobre si el mundo no será una simulación, incluso una computacional. Siempre ha habido escepticismo sobre la realidad y la fiabilidad de los sentidos, yo creo que desde la alegoría de la caverna de Platón, pero ahora hay quien afirma que ya vivimos de plano en una realidad virtual.

Encontré dentro de toda una literatura contemporánea que mezcla autoayuda, ciencia ficción y filosofía, una posible explicación para la encarnación cristiana. La teología, como sabemos, no está basada en la razón, sino en dogmas de fe. No se puede explicar científicamente que Jesús haya sido al mismo tiempo hijo de Dios y Dios mismo, una de las tres personas de la divinidad. A los agnósticos y ateos les da mucha risa la idea antropomórfica de que un padre celestial barbón haya mirado durante tantos miles de millones de años el caos del cosmos lleno de gases, hoyos negros, explosiones, meteoritos y estrellas y haya decidido enviar a un judío semirevolucionario a una zona bastante precaria e iletrada de Palestina para propagar su mensaje.

Desde el advenimiento del nuevo milenio se han puesto de moda especulaciones filosóficas sobre si el mundo no será una simulación, incluso una computacional. Siempre ha habido escepticismo sobre la realidad y la fiabilidad de los sentidos, yo creo que desde la alegoría de la caverna de Platón, pero ahora hay quien afirma que ya vivimos de plano en una realidad virtual. Yo pienso que son epifenómenos culturales propios del cine y de películas como Matrix, del internet y las redes sociales, la inteligencia artificial y los videojuegos, pero en todo caso no todas son teorías estrafalarias de conspiración sino hipótesis probabilísticas de gente seria, como el filósofo Nick Bostrom, quien desde 2003, desarrolló una hipótesis filosófica que decía que hay tres posibilidades: o nuestra civilización algún día se extinguirá, o no se extinguirá pero jamás desarrollará técnicas complejas de simulación, o avanzará tanto que podrá crear realidades alternas. Y, si este último es el caso, decía Bostrom, ¿cómo sabemos si no es ésta ya una simulación de una civilización avanzada? Desde luego, esa aproximación se ha contestado con todo tipo de refutaciones.

 Pero supongamos que sí, jugando un poco con la imaginación. Supongamos que todo esto es una suerte de realidad virtual, una especie de videojuego. La verdad es que diversas teologías encajarían muy bien, porque necesariamente habría algún tipo de creador u origen, y una serie de reglas o leyes que no son sino un complejo código de diseño. El cabalista argentino Javier Witkoff, por ejemplo, está convencido de que así es. De que esto es sencillamente un tipo de juego con reglas, y donde somos jugadores con un propósito. Me he pasado horas muy divertido viendo sus videos, donde explica las reglas del juego, aunque desde luego muchos los desestimarían como disparates del ciberespacio.

Y particularmente encajaría muy bien, les decía, la encarnación cristiana y la propia divinidad de Cristo. En esta lectura, el programador o programadores del juego —llamémosle Dios— se habría querido meter a jugar a través de un jugador, Jesús, quien sencillamente sería una especie de “avatar” como se dice en los videojuegos (aunque esa palabra en realidad viene del hinduismo y quiere decir precisamente encarnación), o sea, un “nombre de usuario” que conoce de primera mano las reglas del juego pero se somete a sus propias leyes. ¿Por qué? No sólo para vivir la propia experiencia de jugar, sino porque el juego se está llenando de virus y hay que reescribir ciertas partes del código moral, como la Ley del Talión, e intercambiarlas por nuevas normas, como el amor.

Digamos que Jesús no sólo sería el mismo programador jugando como mensajero —y de ahí los milagros—, sino corrigiendo confusiones. En lenguaje de simulación, sería la única entidad que conoce tanto el código como la experiencia del jugador. Y cada tanto, cuando el juego se vuelve a llenar de virus, regresaría.

No sería el caso de otros jugadores avanzados como Buda, porque Jesús fue el único en alegar unicidad con el creador. Con esa premisa, si atendemos el instructivo, uno adquiere puntos o avanza en el juego mediante el amor y sus diferentes vertientes —el perdón, el desapego, la caridad— y pierde con distracciones como el dinero, el poder, la fama, el odio.

No es necesario creer que vivimos en una simulación para encontrar sugerente esta metáfora ni tampoco es que sustituya a la teología cristiana. Naturalmente, después surgen las mismas preguntas de siempre, como quién creó al creador, para qué inventó un juego, por qué lo dotó de fallas y dejó entrar agentes corruptores, entre otras. Pero al menos ofrece una lectura contemporánea, casi lúdica, de un misterio que por siglos ha parecido impenetrable.

Pablo MajlufEs autor de Confesiones de un deliberado (Literal Publishing, 2024) entre otros títulos. Es columnista semanal de la revista Etcétera y escribe en Literal, Letras LibresReforma y Juristas UNAM. Expanelista en “La hora de opinar”, de ForoTV, junto con Leo Zuckermann. Asimismo, conduce el podcast Disidencia. Estudió periodismo en el Tecnológico de Monterrey y Comunicación y Cultura en la Universidad de Sydney, Australia. XTwitter: @pablo_majluf

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Posted: December 1, 2025 at 9:10 pm

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