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Revitalizar el centro
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Revitalizar el centro

Armando Chaguaceda

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Una apuesta liberal para el siglo XXI

 

El hombre occidental de mediados del siglo XX vive tenso,
inseguro y a la deriva. Consideramos nuestra época como un tiempo
de tribulaciones, una era de ansiedad.
“La política en una era de ansiedad”, El Centro Vital, 1949.

¿Por qué volver a Schlesinger?

En 1949, Arthur M. Schlesinger Jr. publicó The Vital Center como respuesta a una época atrapada entre dos totalitarismos: el fascismo recién derrotado y el estalinismo en plena expansión. Su tesis central no era una defensa de un incoherente, ecléctico y timorato “término medio”, sino algo más audaz: la propuesta de que el liberalismo democrático, templado por el reformismo social del New Deal, constituía la única tradición política capaz de reconocer simultáneamente la necesidad de justicia social y los límites del poder estatal. Evitando tanto la complacencia conservadora ante la desigualdad como la fe totalitaria en la perfectibilidad histórica del hombre a través de la coerción, Schlesinger comprendía a ese liberalismo como el proyecto político de un centro vital precisamente porque rechazaba la neutralidad pasiva: exigía combatividad frente a sus enemigos, de derecha e izquierda, y demandaba una psicología política madura capaz de aceptar la ansiedad, la tragedia y la falibilidad humana como condiciones permanentes de la vida en sociedad, no como problemas a resolver de una vez por todas.

Este ensayo retoma la tesis central de The Vital Center, según la cual el liberalismo democrático constituye una tercera vía combativa entre los totalitarismos de derecha y de izquierda, proponiendo su actualización frente a cuatro retos contemporáneos no anticipados por el autor. Estos desafíos son el ascenso del populismo iliberal, el aumento de la desigualdad producido por la globalización neoliberal, los nuevos desafíos planetarios —el acelerado cambio climático, el auge de la inteligencia artificial, la multiplicación de las migraciones masivas— y la competencia sistémica con potencias autoritarias como China y Rusia. Pero reconociendo la vigencia del núcleo normativo y la cosmovisión del centro vital schlesingeriano, es preciso acometer una reconstrucción profunda de su contenido programático, capaz de proveer una propuesta liberal eficaz y atractiva frente a los retos del mundo actual.

Antes de avanzar, conviene precisar qué ideas de esta obra siguen en pie. Tres elementos son, a juicio de este autor, vigentes e irrenunciables. La primera de todas es el rechazo de la equidistancia complaciente. El centro vital de Schlesinger no era un punto medio aritmético entre dos polos, sino una posición con contenido propio: la convicción de que la libertad individual y la justicia social no son objetivos en tensión irresoluble, sino que se necesitan mutuamente. Un liberalismo que renuncia a la reforma social se vuelve vulnerable a la demagogia de quienes prometen justicia mediante la fuerza; un igualitarismo que renuncia a los límites al poder se convierte, tarde o temprano, en tiranía. Esta intuición —que la libertad sin igualdad es frágil y la igualdad sin libertad es opresiva— sigue siendo el núcleo normativo más defendible del liberalismo contemporáneo.

Tal postura sería imposible, a nivel individual o colectivo, sin una psicología de la madurez democrática. Schlesinger, influido por el teólogo y pensador político Reinhold Niebuhr, sostenía que el totalitarismo seduce porque ofrece certeza y sentido frente a la ansiedad de la libertad moderna (Niebuhr, 1944; Schlesinger, 1949). Sobre esta psicología de la madurez democrática, Schlesinger apunta: “El ‘hombre ansioso’, como hemos visto, es el habitante característico de la sociedad libre del siglo XX. El triunfo final del totalitarismo ha sido la creación del hombre sin ansiedad, del ‘hombre totalitario’. El totalitarismo se propone liquidar las trágicas intuiciones que dieron al hombre el sentido de sus limitaciones” (“El desafío del totalitarismo”, p. 56). Es quizás la formulación más precisa de la tesis de que el atractivo totalitario reside en ofrecer certeza frente a la ansiedad de la libertad. A contrapelo, el ciudadano liberal maduro es quien tolera la ambigüedad, la incertidumbre y el conflicto sin huir hacia ideologías que prometen resolver de raíz la complejidad social. Este diagnóstico psicológico anticipa, con varias décadas de ventaja, buena parte de lo que hoy la ciencia política describe como intolerancia a la incertidumbre en tanto predictor del voto autoritario.

Pero esas actitudes intelectuales y morales serían insuficientes sin un liberalismo que apueste por ser una fuerza combativa y relevante, no un árbitro neutral. Schlesinger criticaba tanto a la derecha que naturalizaba el statu quo como a la izquierda que coqueteaba con el “frente popular” y minimizaba los crímenes soviéticos por afinidad ideológica. Lo dejó claro al escribir “Nuestra tradición democrática ha sido, en su mejor expresión, una tradición activista. Ha encontrado su plenitud no en la queja ni en la evasión, sino en la responsabilidad y la toma de decisiones. En tiempos de crisis […] quienes creen profundamente en la libertad y la democracia han ejercido, por lo general, un liderazgo de auténtico alcance nacional” (“The Revival of American Radicalism”, p. 159). Desde esta perspectiva, un liberalismo vital y renovado no evita el conflicto: elige bando, y ese bando es el de la democracia constitucional frente a cualquier proyecto que subordine el pluralismo a una verdad histórica cerrada.

Casi ocho décadas después, el diagnóstico de fondo —que el liberalismo democrático necesita una identidad combativa, no defensiva, para sobrevivir entre extremos— sigue siendo pertinente. Pero el mapa ha cambiado radicalmente. Cualquier actualización seria del “centro vital” no puede limitarse a repetir su fórmula original, toda vez que debe reconstruirla sobre cuatro frentes que Schlesinger no pudo prever: el auge del populismo como fenómeno transversal a izquierdas y derechas iliberales; la competencia geopolítica con potencias autoritarias que ofrecen un modelo de modernización sin democracia; la obscena desigualdad estructural producida por la globalización neoliberal; y el riesgo existencial generado por una serie de desafíos planetarios capaces de aniquilar el orden de las sociedades humanas, que exigen de estas unas formas de cooperación sin precedentes para su supervivencia.

Cuatro retos, una actitud

El populismo iliberal, como reto bifronte, remite de modo superficial a la doble amenaza que Schlesinger asumía, en la forma de dos enemigos externos y claramente identificables: el fascismo y el comunismo soviético, ambos con maquinarias estatales, partidos disciplinados y proyectos geopolíticos definidos. Empero, el populismo iliberal contemporáneo es distinto: no es una ideología sistemática sino un estilo político que puede anexarse a contenidos de derecha o de izquierda, y que crece frecuentemente dentro de las instituciones democráticas antes que fuera de ellas, mediante elecciones legítimas seguidas de una erosión gradual del pluralismo, lo que Levitsky y Ziblatt (2018) han descrito como una “muerte lenta” de la democracia.

Una actualización schlesingeriana debe reconocer que el populismo de derecha —nacionalista, identitario, frecuentemente antiinmigrante— y el populismo de izquierda —que reduce toda disidencia a traición de clase o construye mayorías plebiscitarias contra “las élites”— comparten una misma lógica antipluralista: la afirmación de que existe un “pueblo” homogéneo cuya voluntad auténtica es traicionada por instituciones intermedias —parlamentos, cortes, prensa, universidades, bancos centrales— que por tanto pueden ser desmanteladas sin culpa. El centro vital actualizado no puede tratar esto como un problema exclusivamente de la derecha, como hizo buena parte de la izquierda liberal en las últimas dos décadas, ni ignorar que buena parte del atractivo populista nace de fracasos reales del propio orden liberal para distribuir sus beneficios.

Aquí el gesto schlesingeriano correcto no es la denuncia moralizante del populismo desde arriba, sino la disputa activa por las mismas ansiedades materiales y culturales que el populismo explota, ofreciendo respuestas institucionales en vez de chivos expiatorios. Esto exige que el liberalismo recupere un lenguaje de pertenencia nacional y comunitaria que no ceda el monopolio de estos temas a la derecha identitaria, así como un lenguaje de justicia económica que no ceda el monopolio de la crítica al capitalismo a la izquierda antisistema.

Unos pasos allende la deriva populista, la amplificada competencia sistémica con las nuevas potencias autoritarias globales impone otro reto al proyecto liberal. Schlesinger combatía a la Unión Soviética, un régimen económicamente ineficiente que ofrecía sobre todo una promesa ideológica. China y Rusia hoy plantean un desafío distinto y en cierto modo más peligroso: ofrecen —sobre todo China— un modelo de modernización material exitosa sin democracia liberal, y activamente exportan tecnologías de vigilancia, capital sin condicionalidad democrática y respaldo diplomático a regímenes autoritarios del Sur Global, erosionando la presunción de que el desarrollo económico conduce naturalmente a la apertura política.

En una muestra de lucidez autocrítica que desmiente a quienes, como Samuel Moyn, han desarrollado una obra reciente para descalificar, caricaturizando, a los liberales de Guerra Fría, Schlesinger reconoce que “Las impactantes crueldades raciales en Estados Unidos o en la mayor parte de las zonas bajo colonialismo occidental contrastan desfavorablemente con la política soviética sobre las nacionalidades… (al menos tal como se describía en la propaganda soviética) y con las arraigadas tradiciones rusas de asimilación racial. Este hecho confiere al comunismo un prestigio especial ante los intelectuales africanos o asiáticos que han sufrido la discriminación racial en Occidente”. (“Freedom in the World”, p. 230). Semejante alerta iba de la mano con el exhorto de “Debemos alentar a los gobiernos autóctonos a evolucionar en una dirección democrática; debemos fortalecerlos en el ámbito internacional —por ejemplo, acogiendo favorablemente el desarrollo de un sistema regional en el sur de Asia— y debemos colaborar con dicha federación en la elaboración de programas positivos para abordar los problemas que provocan la oleada revolucionaria: los vestigios del colonialismo, la cuestión de la tierra y la industrialización”. (“Freedom in the World”, p. 232). Creo que en la actual disputa global, la respuesta a las narrativas surglobalistas y civilizacionistas movilizadas por las autocracias china y rusa en su esfuerzo de hegemonía antioccidental debe recuperar esa capacidad autoreflexiva y propositiva, presente en la obra de Schlesinger.

Una actualización del centro vital debe recuperar la disposición combativa de Schlesinger frente al autoritarismo, pero corrigiendo su punto ciego: la Guerra Fría liberal a menudo toleró o promovió dictaduras aliadas en nombre del anticomunismo, minando la credibilidad moral de Occidente en el Sur Global, una hipocresía que las potencias autoritarias explotan hoy con eficacia en su propia propaganda (Levitsky & Ziblatt, 2018). Un liberalismo creíble frente a China y Rusia no puede basarse solo en la superioridad militar o económica de Occidente, sino en demostrar —mediante resultados concretos en desigualdad, gobernanza y cooperación genuinamente no condicionada geopolíticamente— que la democracia liberal ofrece mejores resultados materiales y mayor dignidad política que el autoritarismo eficiente, particularmente para los países del Sur Global que hoy dudan entre ambos modelos.

Otro desafío es el crecimiento de la desigualdad social, en tanto socavadora de la convivencia social y la propia legitimidad liberal. Schlesinger escribía en la cresta del compromiso keynesiano de posguerra, cuando el capitalismo regulado, los sindicatos fuertes y la expansión del Estado de bienestar parecían haber resuelto de manera duradera el problema que Marx había planteado como irresoluble: la contradicción entre capital y trabajo. Ese compromiso se erosionó a partir de los años setenta y ochenta, y la globalización neoliberal de las últimas décadas —liberalización financiera, desregulación laboral, competencia fiscal a la baja, financiarización de la economía— ha producido una concentración de la riqueza que en muchos países occidentales no tiene precedentes desde antes de la Primera Guerra Mundial, según ha documentado extensamente Piketty (2014) y Wolf (2023) siguen registrando como una tendencia global persistente tras la pandemia.

De tal suerte, la desigualdad no es solo un problema distributivo: es un problema de legitimidad democrática, donde los poderes salvajes deben ser regulados, tanto en el entorno empresarial como el institucional. Por cuanto, cuando amplios sectores sociales perciben —con razón— que las reglas del juego económico están capturadas por minorías con acceso privilegiado al poder político, la promesa liberal de igualdad ante la ley se vuelve una ficción, y el terreno queda abonado para narrativas que prometen romper ese orden por medios antidemocráticos. Schlesinger lo tuvo claro, al punto de sintetizarlo de modo magistral al defender que “la tarea del liberalismo consiste en dedicarse a preservar las libertades individuales y a garantizar el control democrático de la vida económica, sin admitir concesión alguna —ni en el ámbito interno ni en el internacional— respecto a ninguno de estos dos principios fundamentales: toda vez que “el liberal estadounidense ha llegado a la conclusión de que, dado que el ser humano no es perfecto ni moral ni intelectualmente, no se puede confiar en que ejerza un poder absoluto —ya sea público o privado— con virtud o con sabiduría” (“The Revival of American Radicalism”, p. 169).

Una actualización seria del centro vital debe, por tanto, recuperar sin complejos el ala reformista de Schlesinger, que él mismo situaba explícitamente en la tradición del New Deal: regulación efectiva del capital financiero, fiscalidad progresiva capaz de gravar la riqueza y no solo la renta laboral (Piketty, 2014), fortalecimiento de la negociación colectiva, e inversión pública en los bienes que el mercado subprovee —vivienda, salud, educación, infraestructura verde. No se trata de un socialismo democrático que subordine el mercado al Estado, sino de restaurar la convicción schlesingeriana de que un capitalismo no regulado es tan peligroso para la libertad como un Estado omnipotente, porque ambos generan concentraciones de poder incontroladas.

Cuando nos asomamos a los nuevos riesgos globales, es donde el marco original de Schlesinger muestra su límite más claro. “The Vital Center” fue escrito para una era de Estados-nación soberanos compitiendo o cooperando dentro de un sistema westfaliano razonablemente estable. El cambio climático, la disrupción de la inteligencia artificial y las migraciones masivas por crisis climáticas, económicas y de violencia son problemas de naturaleza distinta: no se resuelven mediante la reforma doméstica de un solo país, por robusta que sea. Estos retos exigen cooperación internacional sostenida, en una coyuntura en que la confianza multilateral es más baja que en casi cualquier momento desde 1945.

Por eso el liberalismo actualizado debe abandonar la ilusión de que estos problemas pueden delegarse enteramente al mercado global o a la buena voluntad interestatal, sin caer tampoco en la tentación tecnocrática de sustraerlos del debate democrático. La gobernanza climática necesita mecanismos vinculantes con capacidad de sanción real, no solo compromisos voluntarios; la regulación de la inteligencia artificial necesita marcos que combinen innovación con salvaguardas democráticas verificables, evitando tanto la desregulación que concentra poder en un puñado de corporaciones como el control estatal centralizado que algunos regímenes autoritarios ya despliegan para la vigilancia masiva; y la política migratoria necesita un liberalismo que reconozca abiertamente que la gestión ordenada de fronteras es compatible con —y de hecho necesaria para— sostener el apoyo democrático a sociedades abiertas, en lugar de tratar cualquier preocupación sobre migración como intrínsecamente iliberal.

El punto schlesingeriano aplicable aquí es metodológico más que sustantivo: frente a estos desafíos, el liberalismo debe ofrecer gestión institucional competente y basada en evidencia como alternativa tanto al negacionismo de la derecha populista como al catastrofismo despolitizador de ciertos sectores de la izquierda, que a veces sustituye la construcción de coaliciones amplias por un lenguaje moralizante que aleja a quienes debería convencer.

Hacia un centro vital reconstruido

La sociedad libre sobrevivirá, en última instancia,
solo si hay suficientes personas que crean en ella
con la profundidad necesaria para morir por ella.
(“Libertad: una fe por la que luchar”, El Centro Vital, 1949).

La actualización que propone este ensayo puede resumirse en cinco principios que conservan el espíritu schlesingeriano mientras responden a un mundo que Schlesinger no conoció. Apuesta, ante todo, por un liberalismo combativo capaz de disputar activamente, y no ceder por default, tanto el terreno identitario y de pertenencia comunitaria que hoy domina la derecha populista, como el terreno de la justicia económica que hoy domina la izquierda antisistema. En paralelo, ese liberalismo coherente debe competir creíblemente con China y Rusia por la confianza del Sur Global. Cree además que un liberalismo redistributivo debe recuperar sin complejos su ala reformista, entendiendo que la desigualdad extrema no es un efecto secundario tolerable del crecimiento, sino una amenaza directa a la legitimidad democrática. Sostiene, a la par, que un liberalismo institucionalmente ambicioso debe construir o fortalecer mecanismos de cooperación global vinculante para el clima, la inteligencia artificial y la migración, en vez de delegar estos problemas al mercado o a la voluntad estatal dispersa. Finalmente, para todo lo anterior, demanda la actitud civil y epistémica de un liberalismo psicológicamente maduro —en el sentido más profundamente schlesingeriano del término— que debe seguir ofreciendo lo que ninguna ideología totalitaria puede ofrecer honestamente: no la promesa de resolver definitivamente la tensión entre libertad e igualdad, entre apertura y pertenencia, entre mercado y Estado, sino la disposición cívica para gestionar esas tensiones de manera permanente, sin ansiedad paralizante ni huida hacia certezas falsas.

Pero acaso mi perspectiva remite a la formulación programática más citada del libro de Schlesinger —y la que mejor resume la tesis de que el liberalismo debe ser una fuerza activa y no un árbitro neutral—, la cual mantiene una vigencia impresionante “¿Podemos ganar la batalla? Debemos comprometernos con ella con todo nuestro vigor y en todas sus dimensiones: la lucha en el mundo contra el comunismo y el fascismo; la lucha en nuestro país contra la opresión y el estancamiento; la lucha en nuestro interior contra la soberbia y la corrupción; y el compromiso en una dimensión no puede eximirnos de la responsabilidad en otra. La acción económica y política puede ayudar a restablecer el equilibrio entre el individuo y la comunidad, reduciendo así una gran fuente de ansiedad. Pero ni siquiera las estructuras sociales más favorables pueden garantizar la virtud individual; y estamos aún lejos de haber resuelto el problema social. Es un compromiso complejo y riguroso. ¿Cuándo no lo ha sido? Si la democracia no logra forjar esa estirpe de hombres resueltos, capaces de realizar el esfuerzo supremo, sucumbirá. Solo de ese esfuerzo, solo de esa lucha, pueden surgir el gran valor y la fe que preservarán la libertad” (“Freedom: A Fighting Faith”, p 256)

Schlesinger escribió “The Vital Center” convencido de que el liberalismo democrático necesitaba dejar de ser un conjunto de buenas intenciones dispersas y convertirse en una fuerza política con identidad propia, capaz de pelear por su visión del mundo con la misma convicción que sus enemigos totalitarios. Ese llamado no ha perdido vigencia; lo que ha cambiado son los actores, medios y frentes de la batalla. El liberalismo del siglo XXI no puede limitarse a defender lo ya construido en 1945 o en 1989: debe demostrar, mediante reformas concretas frente a la desigualdad, mediante instituciones nuevas para problemas planetarios, y mediante coherencia moral frente al autoritarismo, que sigue siendo la propuesta política más capaz de sostener simultáneamente libertad, dignidad y justicia. Si el centro vital de Schlesinger nació para sobrevivir entre dos totalitarismos del siglo XX, su versión actualizada debe demostrar que puede prosperar —y no solo sobrevivir— frente a las múltiples formas de poder autoritario que compiten hoy por la posibilidad de moldear el futuro de la humanidad.

Referencias

• Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). How Democracies Die. Crown Publishing, New York.
• Niebuhr, R. (1944). The Children of Light and the Children of Darkness: A Vindication of Democracy and a Critique of Its Traditional Defense. Charles Scribner’s Sons, New York.
• Piketty, T. (2014). Capital in the Twenty-First Century, Harvard University Press, Cambridge.
• Schlesinger, A. M., Jr. (1949). The Vital Center: The Politics of Freedom, The Riverside Press, Cambridge, Houghton Mifflin Company, Boston.
• Wolf, M. (2023). The crisis of democratic capitalism, Penguin Press, New York.

Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador, profesor visitante de la cátedra Karl Loewenstein en Amherst College. Investigador en el think tank Gobierno y Análisis Político (GAPAC). Con 30 años de experiencia docente en Cuba, México, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Nicaragua y Venezuela. Experto del proyecto V-Dem especializado en el estudio de los procesos de democratización y autocratización en América Latina y Rusia. Editor, coautor y/o autor de numerosas publicaciones sobre esas temáticas. X: @DMando21

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Posted: August 27, 2026 at 9:55 pm

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