El samurái y el prisionero, de Kiyoshi Kurosawa
Luis Madrigal
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Es raro decir: Esto le habría gustado a Borges. Qué va a saber uno. Al mismo tiempo es también maravilloso pensar que sí sabemos, que esa autora o aquel artista han conseguido que su sensibilidad sea la nuestra, o por lo menos que podamos colocar las cosas con las que nos cruzamos dentro de aquello que llamamos con cierta pomposidad su universo. El de Borges es bastante conocido: policiales, Oriente, motivaciones invisibles, acertijos, bibliofilia, traidores y héroes, a veces todo en un mismo cuento. El samurái y el prisionero (Kurosawa, 2026) lleva ya desde el título una típica recurrencia borgesiana: la duplicidad, el espejo torcido. También, por supuesto, creo que le habría gustado la coincidencia de otro Kurosawa director de películas de samuráis que no es hijo, ni sobrino, ni pariente de ningún tipo del primero (y quién sabe del que vendrá).
La película está ambientada a finales del siglo XVI, cuando Japón (simplifiquemos) era una colección de reinos más o menos autónomos que parecían gravitar hacia la centralización del poder, un acomodo territorial y político distinto, unificado, que después vendrá a llamarse shogunato. Gravitar parece lento e indoloro, como el movimiento de un girasol, pero en realidad es una historia de cabezas que ruedan por la arena, de katanas ensangrentadas y de asedio constante. En ese contexto hay un señor de apellido Murashige, el samurái del título, que decide no ceder ante el avance de un antiguo aliado que quiere quedarse con todo, incluyendo su castillo. Por razones inescrutables, según las califica la película en los créditos iniciales, Murashige se planta en vez de entregar las llaves.
Dentro del castillo hay una corte, por supuesto, integrada por otros samuráis y por una mujer que, asumimos, es su pareja. No hay espacio para la democracia deliberativa al interior de las murallas, y Murashige tampoco es uno de esos que anda por ahí explicando sus decisiones. Por tanto lo que crece —como en toda corte— es el rumor, las sospechas, la hermenéutica. Nadie sabe muy bien por qué Murashige hace lo que hace, pero el samurái también se empeña en hacer lo opuesto de lo que marcan ciertos códigos de la época. Por ejemplo, cuando llega al castillo un mensajero del samurái rival, Murashige decide ni ejecutarlo ni devolverlo (como al parecer debió haber hecho), sino que se lo queda como rehén y lo avienta en un calabozo que, con sus montículos hipnóticos de arena, parece más bien la mítica zona del Stalker de Tarkovsky.
Ese es el prisionero. Con la regularidad de las estaciones del año que estructuran la película, el prisionero aparece a cuadro cada tanto y cumple con la función fundamental que Murashige había imaginado para él: una especie de consejero aforístico, su propio oráculo subterráneo que le ayuda a dilucidar misterios y tomar decisiones. Es precisamente el aislamiento radical de este hombre, su ausencia de contacto con los otros, lo que lo vuelve el mejor intérprete de la realidad, de lo que sucede afuera. Y lo que sucede es casi siempre un asesinato: alguien aparece muerto en circunstancias misteriosas y unos y otros interpretan ese cuerpo según sus intereses. Lo que enmarca esas muertes es la sospecha de subversión; alguien parece querer que las cosas salgan de otra manera a como Murashige las planea. Cada vez que esto sucede el samurái le encarga a algún subordinado que escriba una crónica de los hechos, que hable con todo mundo involucrado, que narre lo sucedido. Ese cuento policiaco después se lo lleva al prisionero, al cual se le pide que ejerza en vivo el noble (¡y por fin vital!) oficio de la crítica literaria, de la interpretación del texto. El prisionero lee el manuscrito y siempre descifra el misterio.
Hay algo que recuerda a la estructura de The Silence of the Lambs (Demme, 1991), donde una agente del FBI le pide ayuda a otro prisionero para resolver una serie de enigmas homicidas, mientras que el prisionero no desperdicia la oportunidad para avanzar en sus propios objetivos. Ahí, sin embargo, no había duda de que las motivaciones de la agente eran, a la manera estadounidense, de un pragmatismo desarmador: el FBI existe para que se cumpla la ley, etcétera. Acá es la opacidad del samurái (que, por supuesto, a la vez es prisionero en su propio castillo, etcétera al cuadrado) la que anima a la cinta. ¿Qué o quién es Murashige? Cada vez que algún personaje está a punto de pronunciar su hipótesis al respecto, o de revelar lo que ellos consideran la verdad sobre el samurái, algo pasa, incluido uno de esos momentos de intervención climática que uno no puede sino asociar con la divinidad.
La decisión más importante que toma la película en este sentido es rítmica. La duración de cada toma, de cada escena, es impredecible. La forma en que avanza en el tiempo es lineal, pero semeja la experiencia de saltar de piedra en piedra para cruzar un río. Nunca pasamos demasiado tiempo a solas con Murashige. La película corta corta corta y avanza como el sitio alrededor del castillo. No hay tiempo para ver ni los asesinatos ni para escuchar las intrigas; lo que no vemos es equivalente a lo que no sabemos. Murashige se sienta y medita pero alguien siempre lo interrumpe, y el único momento de atención decidida, de tiempo dedicado a una acción concreta, primero resulta extraño, mientras lo vemos suceder (precisamente porque no se parece a nada, en términos de ritmo, a lo que hemos visto antes), y después, al final de la película, se revela fundamental. Es hasta el último momento de El samurái y el prisionero, ya fuera de cuadro incluso, que creemos entender por fin a Murashige, y que pensamos, como quizá pensó Borges, que la retirada también puede ser un triunfo.
Foto del poster oficial.
Luis Madrigal es escritor e investigador especializado en México contemporáneo. Cuenta con una maestría en Escritura Creativa por la Universidad de Nueva York y un doctorado en Estudios Hispánicos y Luso-Brasileños por la Universidad de Chicago. Su trabajo explora las relaciones entre política, estética y representación urbana, con especial interés en la literatura, la fotografía y el cine mexicanos de los siglos XX y XXI. Ha sido reconocido con el George Watt Prize (ALBA, 2022) y el Premio de Ensayo para Jóvenes Escritores del Fondo de Cultura Económica (2016), además de haber sido finalista de diversos premios de ensayo y narrativa.
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Posted: September 9, 2026 at 10:02 pm







