Essay
Dios se rindió un lunes 
COLUMN/COLUMNA

Dios se rindió un lunes 

Julio González

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No me cabe duda que fue un domingo por la noche cuando a Adán y Eva los expulsaron del paraíso. Por eso cada lunes es una jornada digna de Sísifo, con la tarea imposible de encontrarle razones al mundo. Lunes, maldito día: fardo que se anuncia desde la noche del domingo y que no se disipa sino ya entrado el jueves, cuando se empieza a saborear el fin de semana.

Hace tiempo viene a mi mente un viejo ensayo de Luis Ignacio Helguera contra los domingos. Me lo recuerda un verso de Antonio Deltoro: “El Domingo es un día por decreto oficial, un falso día”. Por algo Dios decidió que tras una ardua semana de creaciones –desde la luz, pasando por la ínfima mosca hasta llegar al hombre– el domingo era justo descansar. No es casual que dominguear sea sinónimo de no tomarse nada muy en serio, de ir lentísimo, como queriendo postergar la llegada del día siguiente. Pero he aquí que pasó el domingo y Dios siguió cansado. Y algo o mucho de eso se nota en ese obsesivo día circular: el lunes.

Al lunes lo caracteriza la necesidad de poner buena cara al eterno retorno, de pensar que las primeras horas habrán, por fuerza, de marcar el tenor de los siguientes días (algo de eso tienen las cabañuelas). Y por ello nos pone en un estado tenso, casi paranoico. Sólo he sentido ansiedad los lunes. Cada signo o evento se me aparece como decisivo, como una prefiguración del orden que tomará el resto de la semana.

Pese a hacernos la promesa de ser otros, muy pronto se nos revela que el lunes nos despertamos cansados, porque el fin de semana apremiaban otros compromisos; el desayuno no prodiga ningún nutriente; el sol no baña con regocijo, sino que causa fatiga; tomar el auto o andar en transporte público son un disparate producto de la necesidad; y –máscaras que son– por más alegre, todo saludo guarda la sombría claridad de que se han ido las felices horas de recreo.

Incluso quienes toman cada lunes como un nuevo primero de enero –como hoja en blanco– saben que mienten. El lunes es día de excelencia para ser un mal actor de una mala obra: el mejor empleado; la pareja ideal; el que por fin se paró a correr temprano; la amiga que esta vez fue puntual; quien ha decidido dejar un vicio. Una golondrina no hace verano, así como un buen lunes no prefigura ningún cambio. Para el miércoles somos los mismos de antes, o peores.

Los pendientes que prometimos hacer en fin de semana, y que ya el domingo nos miraban retadores, arrogantes, ebrios de malicia, se han acumulado. Derrota de la voluntad. Los lunes empiezan, falsas e hipócritas, las promesas de redención (pero basta recordar que los católicos rezan en lunes por las almas en el purgatorio: es decir, todos nosotros). Para nuestra mala suerte al lunes siguiente todas esas promesas son cosa del pasado, no tenemos sino la culpa de abortar una vez más la misión de ser otros, de reiniciar la vida.

Los lunes algo se siente como atorado entre los huesos. No es tristeza ni enojo, es una sensación universal de frustración. El lunes nos confronta con la obviedad de la rutina, con que todos los proyectos, sueños y esfuerzo nos han llevado a ese día, a que esto es nuestra vida. Se añade como agravante que la semana se antoja eterna (nota y pregunta para físicos, para filósofos: ¿Por qué el tiempo se elonga en lunes y se contrae desde el viernes?) pero no hay ni la expectativa de entretenerse ni la recompensa de salir a burlarla con un trago –a riesgo de iniciar una semana gitana.

El lunes también es un día por decreto, pero su realidad es incuestionable. Nos devora como Saturno desde las primeras horas. Con el tránsito que nos restriega nuestro verdadero tamaño: hormigas en fila india. Salvo para los estudiantes de pinta, amantes clandestinos, jubilados, desempleados y desertores de la normalidad, los lunes no hay teatro, museos, antros ni fiestas, no hay reuniones con amigos. Hay, si acaso, la sesión de terapia de quienes, nerviosos e incapaces de lidiar con los inicios, se aferran a una balsa en medio del naufragio.

Me queda un frágil consuelo, un poema de Eliseo Diego cuyo primer verso dice: “La eternidad por fin comienza un lunes”. Y empiezan mis dudas.

 

Julio González. Ha escrito en Laberinto, Letras Libres y Nexos. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario.

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Posted: April 29, 2026 at 7:51 pm

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